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Capítulo 15

Actualidad

Era el día libre de Vincent, que solía pedirlo cuando su hijo Mark tenía controles médicos. El pobre niño padecía leucemia, una enfermedad que enfrentaba con valentía pese a su corta edad.

Emma decidió aprovechar ese momento de soledad para respirar aire puro y distraer su mente. Un acto tan simple como un paseo al aire libre se convirtió en un tormento para Emma. Encontrarse con Mary, la antigua asistente de Antwan, fue una enorme sorpresa, pero las sorpresas iban más allá de toparse con una compañera de trabajo.

La invitó a un café, y en medio de risas, recuerdos y datos del pasado, Mary le dio respuestas a una pregunta que jamás había tenido solución ¿Qué sucedió con Nick? La ex asistente había visto a Nick en la ciudad, y eso le recordó un encuentro pasado.

Mary le contó que, una semana después de su secuestro, Nick había ido a preguntar por ella a la oficina al no saber de su paradero. Aseguró haber escuchado a Antwan decirle que Emma se había casado y que se encontraba de luna de miel y no se atrevió a decirle la verdad por miedo a Antwan, pero que, sintió pesar cuando lo vio salir de la oficina.

John Pierre D'Angelo P.
Enero 14, 1983 — Mayo 16, 2012.

Rezaba la lápida, sobre la cual Emma pasaba sus dedos con delicadeza. No comprendía cómo lo que había escuchado sobre Nick se asociaba al dolor de la pérdida de Pierre.

Sus labios se tensaron en una fina línea, intentando contener las lágrimas. Los recuerdos golpeaban su mente una y otra vez; cada mirada al espejo le recordaba los meses de secuestro.

Todos tenían algo que agregar, opinar o aconsejarle: que debía superarlo, que no había podido hacer nada, que solo Dios sabía por qué había sobrevivido. Todos tenían algo que decir: Antwan, la psicóloga que intentó ayudarla sin éxito... hasta el mismo Alessandro D'Angelo le había dicho que olvidaría esa época.

Pero era imposible cuando los recuerdos de Pierre llegaban a su mente. Recordaba las últimas palabras que él le dijo, la última vez que lo vio con vida en el hospital. Esas palabras la visitaban todas las noches, y hoy, como todos los años, le pidió perdón a su amigo en la tumba por no haberlo ayudado a salir a tiempo de ese lugar.

"Al final, todo tiene solución, y todo tendrá sentido, Emma. Recuerda: no dejes nunca de soñar, que nunca se apague tu sonrisa. Solo espera y confía."

Eso le había dicho Pierre seis años atrás, un día antes de morir.

Limpió una lágrima y suspiró pesadamente. ¿Qué sabía el mundo de dolor, si nunca se había enfrentado a la muerte como ella lo hizo? Pocos salían del infierno, y quienes lo hacían no salían ilesos.

Se levantó del pasto y dio media vuelta, encontrándose frente a Alex, que la miraba fijamente.

—Sabía que te encontraría aquí.

—No estoy de humor.

La respuesta divirtió a su amigo y le dejó un sabor amargo en la garganta.

—Tú nunca estás de humor —replicó él en calma—. Mi padre está preocupado por ti. Fui a buscarte a la empresa, y la secretaria dijo no saber nada.

Alex suspiró, se acercó a ella y le rodeó los hombros con un brazo. Juntos comenzaron a caminar hacia la salida del cementerio. La tragedia de Pierre los había unido a los tres en un lazo de hermandad que pocos entendían; se habían vuelto tan inseparables que el dolor de uno afectaba al otro.

—¿Qué sucedió? —le preguntó—. Debemos aprender a vivir sin él.

—Lo sé —fue su respuesta.

Emma le narró lo sucedido, y Alessandro la escuchó en silencio. Pierre, Jason, Nick, Samantha y Alex eran su familia. Antwan, más que nadie, lo sabía. Hoy, con la experiencia ganada en estos años, se daba cuenta de lo extraño que había sido el comportamiento de Antwan: la alejó del bar, la envolvió en una deuda imposible de pagar, la comprometió con Arthur...

—Te dije que lo buscaras —le recordó Alex—. Muchas veces me ofrecí a averiguar por él y nunca quisiste. No te quejes ahora.

Emma alzó los hombros ligeramente y pasó su brazo por la cintura de su amigo mientras continuaban caminando hacia el auto.

—No lo entiendes. Al igual que a ti y a muchos, le pregunté a Antwan por él —le aclaró—, y negó saber algo.

—¿Qué importancia tiene eso ahora?

Alessandro le restó importancia, recordándole que en esa época estaba supuestamente comprometida. Un compromiso absurdo, pero que ella había aceptado.

—Eras inocente y supo envolverte con ese compromiso ridículo.

El rostro de Emma se tensó. Alex tenía razón. ¿Cómo habría podido negarse? Su padre enfermo de cáncer de pulmón, su hermano mayor había asesinado a un hombre en una riña y necesitaba dinero para el abogado, dinero con el que Emma no contaba. Antwan se lo prestó, y así fue comprometiéndose cada vez más con su jefe. Cuando este le pidió que aceptara las invitaciones de Arthur, no pudo negarse.

No tuvo más remedio que aceptar. Le habían dicho que solo sería un matrimonio de nombre. Lo que Samantha, su amiga, no se creyó. Dudaba de la supuesta homosexualidad de Arthur y le pidió que dilatara el compromiso hasta su regreso de España. Logró posponerlo por mucho tiempo.

—Ese tal Nick jamás llegó a conocerte de verdad —le dijo Alex—. Cualquiera que realmente te conociera te habría buscado, aunque fuera para pedir explicaciones.

—Tal vez no pudo, Alex. Y sobre el matrimonio... le debía demasiado a Antwan como para negarme —le recordó.

—Tu orgullo te impidió pedir ayuda a tus verdaderos amigos.

Jason y Pierre se habían ofrecido a pagar la deuda. Había ido donde el francés a decirle que le pagaría y que dejaría la empresa, lo que lo enfureció. La acusó de desagradecida. Al no ver otra salida, habló con el implicado, pero este le tenía tanto miedo a su padre que solo le propuso una relación platónica por un tiempo. La idea era dejarse ver por la prensa y, después de un tiempo, terminar la relación con algún pretexto.

—¿Le preguntaste por qué negó tu secuestro?

Emma observó cómo el rostro de su amigo se ponía serio. Pudo ver el gesto de enojo en su cara. Sabía que recordar esa época era doloroso para él.

—Discreción —recordó su respuesta—. Aún no sabía quién me tenía.

Según Antwan, lo habían amenazado: ella moriría si la policía se enteraba. Además, mencionó que Nick había recibido dinero de su parte para alejarse de ella. Ese acto fue suficiente para que Emma dudara de toda la historia.

—Nick era un hombre orgulloso. Jamás habría aceptado dinero, y menos de Antwan. No se llevaban bien —recordó con tristeza—. No puedo exponer a Mary contándole lo que sé, Alex.

Llegaron al auto de Alex, quien le abrió la puerta del copiloto. Rodearon el vehículo y se sentaron. Alex pensó un momento antes de hablar.

—Deberías alejarte de ese Antwan.

Le dijo que nunca le había gustado ese hombre y que se alegraba de que ya no dependiera de él, de que fuera independiente. Lamentaba lo ocurrido, pero le pidió que siguiera adelante con su vida sin mirar atrás.

—¿A dónde quieres ir? —preguntó una vez dentro del auto—. Hoy soy todo tuyo.

Emma lo miró y rodó los ojos. A Alex le gustaría ser como él, ver las cosas de manera sencilla, pero no podía.

—¡Sorpréndeme!

—Iremos a tu antiguo trabajo... —respondió rápidamente—. ¿Te parece?

—¿Y Sara? —El recordatorio de su esposa parece enojarlo—. Si se entera que estás conmigo, se enfurecerá.

Sara no la soportaba, pues se le había metido en la cabeza que era amante de Alex. Tampoco es que Emma hubiera intentado limar asperezas con la mujer. Era obvio que nunca se llevarían bien, así que Emma había tomado la inteligente decisión de mantenerse alejada, prácticamente a años luz de la histérica.

—Algún día entenderá lo que realmente nos une —respondió con indiferencia. —¿Qué dices?

—Está bien, Alex —aceptó—, pero te advierto que, si tengo problemas con esa mujer, no me quedaré callada.

Alex echó la cabeza hacia atrás y sonrió abiertamente. Le confesó que ya se imaginaba una pelea entre ambas. ¿Quién ganaría? Claramente sería Emma: no solo estaba mejor entrenada, sino que también era más alta y ágil. Lo sabía porque había entrenado con ambas, y solo Emma le había dado pelea, incluso casi lo venció. Era una mujer perfeccionista que se imponía retos y no descansaba hasta lograrlos.

—Vamos entonces.

El teléfono de Alex sonó, y contestó por las manos libres:

—Hola, nena... Ahora no puedo atenderte, Sara. Estoy en una reunión. Llegaré tarde a casa, tengo unos pendientes. No te preocupes, descansa. —pese a lo que dice, su rostro no sonríe, lo que ocasiona intriga en Emma —Sí, yo también te quiero, cariño. Nos vemos.

—¿No era mejor decirle la verdad? —preguntó Emma con tono acusador—. Si se entera de que le mentiste...

—No se lo dije porque sé cómo reaccionará —replicó molesto—. Todavía recuerdo cómo se puso aquella vez que le confesé que nos habíamos besado.

—Dirás que tú me besaste —corrigió Emma—. Te recuerdo que yo no participé. Y sigo pensando que fue una mala idea.

*****

Emma observaba los cubitos de hielo danzar en su vaso, trazando pequeños círculos con el dedo índice. Aquel movimiento hipnótico la transportó al día que conoció a Alessandro, cuando una amistad instantánea terminó uniendo a su hermano y Samantha en un matrimonio secreto. Unión que jamás hicieron pública —Samantha insistía en que era peligroso para los D'Angelo. Su padre, pronto a ir a prisión, nunca perdonaría que hubiera entregado aquellos documentos. Por eso Sam solo los contactaba por teléfono, como un fantasma que se negaba a desaparecer.

Nunca exigió explicaciones a Jason o Alessandro sobre la empresa. Emma prefería la libertad de vivir con lo esencial. Que terminara al frente del negocio había sido una ironía del destino: durante meses se resistió a abandonar a su antiguo jefe, el francés, hasta que su insistencia en aquel grotesco "matrimonio de conveniencia" con Arthur hizo que Jason pagara su deuda de un golpe. Desde entonces, se convirtieron en cómplices. Él la protegía con devoción casi fraternal, y ella... bueno, le permitía ese capricho.

—Parece que se divierten —la voz de Sara cortó el aire como un cuchillo.

Emma alzó la vista lentamente.

—Hasta hace unos minutos, sí —respondió, haciendo girar el vaso entre sus manos.

—¿Me explicas por qué me mentiste, Alessandro? Dijiste que estabas en una reunión —las uñas esmaltadas de Sara arañaron la mesa.

Emma bebió un sorbo, disfrutando el sonido del hielo al chocar contra el cristal.

—Parece que Ricitos está celosa, Alex —musitó, dibujando una sonrisa en el borde del vaso.

Sara estalló:

—¡Díganme qué clase de relación tienen! ¡Porque amistad no es!

Esta vez, Emma posó los ojos en ella. No con ira, sino con esa calma que siempre enfurecía a los demás.

Alessandro se interpuso:

—No empieces otra vez. Te he explicado mil veces.

—¡Ah, sí! ¿Ese cuento de que es tu "hermana"? —Sara imitó una pose pensativa—. Entonces ¿por qué corres cada vez que la princesita necesita ayuda?

El puño de Alessandro golpeó la mesa. Emma notó cómo los músculos de su mandíbula se tensaban.

—¡Basta, Sara! —intentó mediar Alex, pero era inútil.

Sin prisa, Emma se levantó, colgó el bolso al hombro y se ajustó el saco. Cada movimiento, calculado.

—¿A dónde crees que vas? —Sara le agarró el brazo con fuerza.

Emma sintió cómo los dedos de la otra mujer se clavaban en su piel. Alessandro contuvo el aliento, pero al ver la expresión serena de Emma —ese brillo divertido en sus ojos—, comprendió que el peligro no era ella.

Con un giro de muñeca, Emma invirtió las posiciones. Ahora era su mano la que aprisionaba el brazo de Sara, atrayéndola hasta quedar nariz con nariz.

—Que esta sea la última función de tu circo —susurró Emma, con una voz tan gélida que hasta Alessandro contuvo el aliento—. Mi paciencia tiene límites, y no están dictados por miedo a ti, sino por respeto a los D'Angelo.

Al soltarla, Sara retrocedió tambaleándose.

—Ahora, si me disculpan —Emma se enderezó, alisando su saco con un gesto impecable—. Voy a la barra. Te sugiero que lleves a tu mujer a casa, Alex. Yo llamaré un taxi... o quizá a Jason.

Caminó hacia la barra con la espalda recta, sintiendo las miradas ardiendo en su nuca. Mientras pedía un bourbon al barman, escuchó a Alessandro decirle a Sara con voz ronca:

—¿Puedes explicarme qué diablos te pasa?

Tiempo después...

Miró la hora: eran las 12:30. Habían pasado cinco horas desde el altercado con Sara. Se había ido a otro bar cercano para que Alex no la encontrara.

Quien decía que el alcohol ahogaba las penas mentía. En Emma, el estado etílico solo traía los recuerdos a su mente con mayor claridad.

Se sintió observada. Giró la cabeza y, en una mesa más adelante, lo vio: un hombre alto, elegante, de ojos oscuros y mirada penetrante. Él alzó su vaso hacia ella con una sonrisa, pero ella no se molestó en corresponderle. No quería compañía; en ese momento, solo deseaba estar sola.

Llevó la bebida a sus labios de nuevo cuando sintió vibrar su celular en el bolso. Metió la mano, lo sacó y miró la pantalla. Sara. Sabía que insistiría si no contestaba. Alex era perfectamente capaz de organizar una búsqueda por toda la ciudad si no la localizaba.

Decidió atender la llamada.

—Hola, Ricitos.

—Alex está preocupado por ti... y yo te debo una disculpa —escuchó decir a Sara—. Lo siento, de verdad. Tienes a todos intranquilos.

—No tienes que disculparte. Alex es un capullo; le dije que no debió mentirte, pero temía tu reacción. Y parece que tenía razón, por lo que vi. No te preocupes, Ricitos, estoy bien. Ya hablé con Jason y lo estoy esperando para irnos a casa. Espero que ustedes dos lo resuelvan.

¿Dónde estás, Emma?

—Ve a descansar y deja de buscarle problemas a tu esposo.

Oyó la respiración agitada de su amigo al otro lado de la línea.

¡Por Dios, Emma! —Esta vez es Alex quien habla —¿Tienes idea de cuánto tiempo llevo buscándote? ¿Dónde estás?

—Solo déjame tranquila, Alex. Estaré bien; no he bebido mucho —intentó calmarlo.

Voy a buscarte ahora mismo —exigió—. ¡Tengo a todo el maldito equipo de seguridad buscándote!

Alejó el teléfono del oído al escucharlo gritar. Alessandro D'Angelo jamás alzaba la voz... excepto cuando estaba furioso.

—Deberías estar con Sara en vez de perder el tiempo buscándome —aconsejó—. Solo quiero estar sola. Estaré bien.

Lo escuchó maldecir antes de que su voz estallara de nuevo:

¡Por última vez, Emma! ¿Dónde estás?

Cerró los ojos... y entonces se rompió.

Fue como si todo se desmoronara a sus pies. Ya no podía más. No podía seguir siendo la mujer dura, la que fingía que nada la afectaba, que nada la había lastimado. Era mentira. No era de piedra.

El teléfono vibró de nuevo sobre la barra. Jason. Lo tomó sin dudar.

Dime dónde estás, preciosa —fueron sus primeras palabras—. No estás sola.

—En el Refendes —respondió antes de colgar.

Alguien le tendió un pañuelo. Emma alzó la vista: era el hombre que la había observado minutos antes.

—No me gusta ver llorar a un ángel.

Ella no respondió. Solo tomó el pañuelo con un murmullo de "gracias".

—¿Puedo preguntar el motivo de tus lágrimas?

—A todo y a nada —respondió, encogiéndose de hombros—. Exceso de pasado, tal vez.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza, su voz fluía como terciopelo:

—Hay que usar el pasado como trampolín, no como sofá. —Sus palabras llevaban la cadencia de quien está acostumbrado a ser escuchado—. Recordar los errores es sabio, pero darles hospedaje permanente... eso es masoquismo.

Emma notó cómo su elegancia no era estudiada, sino innata. La forma en que su brazo descansaba sobre el respaldo de la silla contigua, el cruce perfecto de sus largas piernas. Pero había algo más, una vaga sensación de familiaridad que no lograba identificar.

—Algunos recuerdos son huéspedes inevitables —respondió sin mirarlo, haciendo girar su vaso.

Gabriel esbozó una sonrisa enigmática:

—Quizás el hombre que añoras esté más cerca de lo que imaginas...

—¿Qué le hace pensar que extraño a un hombre? —La pregunta salió más cortante de lo previsto.

Su sonrisa se amplió mientras llevaba el vaso a los labios:

—Intuición, Emma. —Hizo una pausa teatral—. Disculpa mis modales, no me he presentado: Gabriel, para servirte.

Emma lo escrutó con renovada atención. ¿Cómo conocía su nombre?

—¿Como el arcángel? —preguntó distraída, segura de no haberse presentado.

—Pero sin alas ni halo —aclaró con una risa suave.

Ahora que lo observaba mejor, notó los detalles: el traje de tres piezas que caía como segunda piel, el negro azabache de su cabello peinado con precisión militar, esos ojos oscuros que parecían registrar cada uno de sus gestos. Y, sobre todo, su estatura imponente que la obligaba a alzar la mirada.

—¿Cómo sabe mi nombre? —La pregunta sonó más como un reto que como curiosidad.

—Sigo tu carrera desde hace tiempo —respondió, mostrando apenas los dientes en una media sonrisa—. Ah, y tu prometido acaba de llegar. —Señaló la entrada con un movimiento discreto del mentón.

Antes de que pudiera reaccionar, tomó su mano y depositó un beso que rozó más el aire que su piel, pero sin apartar esa mirada penetrante:

—Nos volveremos a ver. —La frase pendió en el aire, entre promesa y amenaza. Cuida tu cuerpo que yo cuidaré tu alma. Fue un placer.

Emma optó por ignorar el escalofrío que le recorrió la espalda:

—El gusto fue mío. —Mintió, mientras una sospecha comenzaba a anidar en su mente.

Esa despedida... "Cuida tu cuerpo que yo cuidaré tu alma". Demasiado parecida a la que Nick solía usar. Al volverse, vio a Gabriel reunido con un grupo de hombres igualmente imponentes. Sacudió la cabeza: estaba viendo fantasmas donde no los había.

—¡Por Dios, Jason! —Casi saltó del asiento al sentir la mano en su hombro—. ¿Quieres matarme del susto?

Jason se deslizó en la silla frente a ella, pero sus ojos no dejaban la mesa donde Gabriel y sus acompañantes conversaban en voz baja:

—¿Quién es ese tipo? —La pregunta venía cargada de proteccionismo.

—Un extraño que me hizo compañía —encogió los hombros—. Nada interesante.

Jason le tomó la mano con firmeza:

—¿De verdad no entiendes que tu vida sigue en peligro? —Su voz era un susurro áspero.

El peso de los últimos meses cayó sobre Emma de golpe:

—Lo siento... —Su voz se quebró—. Tal vez deberían dejarme ir, Jason. Solo les traigo problemas. No merezco...

—¡Basta! —Jason le tomó el rostro entre sus manos, obligándola a mirarlo—. Mereces toda la felicidad del universo.

Emma intentó sonreír:

—Sara peleó con Alex por mi culpa. Él me buscó y le mintió, dijo que estaba en una reunión...

—Se reconciliarán —Jason interrumpió con un guiño—. Ya sabes lo que dicen del sexo post-pelea...


—¡Jason! —Emma le golpeó el brazo, pero la carcajada que siguió fue genuina, liberadora. Por primera vez en horas, sintió que quizás, solo quizás, todo podría mejorar.

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