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—Dime el poema que me dijiste ese día.

Manuel se tensa un poco cuando escucha la voz de Martín a su espalda, eco en el camarín, casi vacío de no ser por ellos dos y Juan en la otra esquina, susurrando algo en su teléfono. Sus escápulas sienten la forma en que su piel se estira en el minuto en que se queda quieto, silencioso con su espalda hacia el cuerpo de Martín, que sigue cambiándose en completa paz y silencio, el sonido de sus manos doblando la ropa como el único ruido de fondo para el lugar además de los murmullos de Juan, que a Manuel no le interesan ni la mitad de lo que le interesa el susurro de los dedos de Martín rozando los bordes, las coseduras de su polera para guardarla en su bolso azul. Sus costillas se notan en la pálida, tenue piel que descubre en el momento en que estira sus brazos, los aleja de sus costados y Manuel nota, también, lo pequeña que es su cintura. El frío de enero se derrite en esos pensamientos, en las yemas de los dedos de Manuel gritando por rozar y trazar las líneas de las costillas, de cada hueso de Martín, de sentirlo bajo su piel, de que el frío se extinga para siempre bajo sus manos, en el espacio entre su mano y el torso transandino.

Manuel traga. Sus hombros se estiran más cuando intenta sacarse esos pensamientos de la cabeza y decide ignorar las palabras de Martín en el mismo exacto minuto en que Juan Pedro decide salir del camarín, soltando un grito y un gesto con la mano en su camino. El nerviosismo se apodera de sus músculos, sus piernas tiesas, su garganta seca.

—¿Manuel?
—¿Ah?

—¿Me escuchaste?

Manuel quiere decir que no – no, no te escuché, ¿qué dijiste? Ignorémoslo, pero no puede. Su corazón suena tan fuerte contra su propio pecho que siente que apenas diga el monosílabo, soltaría un ruido estruendoso, violento, que esta es la verdad, no le creas a la boca de Manuel, créele a su corazón incesante que no se detiene en el momento de sincerarse.

—Sí—termina por responder en silencio, en voz baja, casi callado. Martín da un paso hacia él, el calor de su cuerpo luego del entrenamiento todavía persiste, y choca contra Manuel en esos mismos segundos, su pecho a centímetros de su espalda, sus manos lejos, pero Manuel sintiendo casi que se están rozando en ese mismo instante, que esa proximidad ha sido de lo más íntimo que ha tenido en años.

Manuel se da vuelta. Los ojos verdes de Martín como el mar que salva el mundo, que ahí fue que se fundó Tenochtitlán, en el medio de los ojos de agua precolombina de Martín, donde todo es verde y bueno y todo existe y nace y vuelve a nacer, y ahora Manuel puede sentir el privilegio de sentirlos ahí, sobre su coronilla, sobre la frente perlada por el vapor de las duchas. Su corazón suena tan fuerte, le golpea con tal violencia las costillas, los pulmones, que a Manuel casi le empieza a doler el pecho.

—¿Me lo podés decir? Por favor—Martín pide, aún a centímetros de Manuel, que Manuel todavía tiene que estirarse un poco para poder tocarlo, pero esto se siente tan suyo, tan cercano, que aquí lo tiene, que siente que lo tiene en la laringe, en la boca, en las pestañas, un sentimiento tan extraño.

Y Manuel maldice el momento en que decidió quedarse jugando más rato con Martín, el momento en que sus piernas lo llevaron a pararse frente a él en medio de la cancha y el momento en que asintió ante su duda, ante la pregunta de quedarse un poco más con él, otra pelota, otro gol, un rato más. Pero cómo podría haberse negado si Martín se para frente a él como si supiera todos los secretos del universo, como si Calisto diera vueltas en sus ojos y lo obligara a contemplar la galaxia entera. Manuel es solo un hombre, y es un hombre débil ante otro hombre que parece el hombre más humano del mundo, con sus poros abiertos y las cicatrices en sus piernas, sus labios secos, sus uñas de forma más cuadrada que nada en sus dedos tan delgados. La forma en que tirita y parece no saber las palabras adecuadas para expresarse (que el de las palabras eres tú, dice mirándolo a los ojos), pero siempre está hablando y no parece haber forma de apagarlo. Es solo él, el hombre que se para frente a él en todo su esplendor defectuoso, el que lo hace brillar aún más.

La más dulce y mejor de las criaturas, sin defecto a pesar de todos sus defectos, Manuel recita en su cabeza, sus ojos aún puestos en la mano de Martín y sus labios secándose, su lengua perdiendo todo tacto de humedad dentro de su propia boca, sus pupilas intentando quemar, marcar el contorno de la mano de Martín, aún lejos, aún demasiado cerca de él.

Manuel se siente como Ícaro. Que Martín es brillante y vibrante como el sol, que se está parando demasiado cerca de él, cada día que pasa un segundo más en que Ícaro acerca sus alas al sol, un segundo más cerca de sus alas siendo destruidas y él cayendo al piso, muerte inescapable, sus huesos destruidos y él hecho ceniza contra la tierra. Demasiado cerca, su calor chocando contra sus costados desnudos todavía, demasiado cerca, demasiado cerca.

Bueno, y qué importa.

—Y se me reveló tu presencia—Manuel levanta la vista hacia Martín, los ojos verdes tras el abanico de pestañas que le miran desde arriba, y su garganta seca—/con el mismo resplandor/del hacha con que el amigo corta la leña.

Martín se siente demasiado cerca como para estar realmente a cinco, diez centímetros. Manuel siente que lo tiene encima, que está respirando en su nuca, que sus dientes están frente a los suyos. No puede creer el ardor de su cuerpo cuando no lo toca, que es la primera vez que siente esto, estar hirviendo en un contacto no directo.

Ícaro, Ícaro, Ícaro. El sol lo está dejando ciego y Manuel cree que entiende lo que Ícaro estaba pensando cuando puede ver las pupilas casi inexistentes en el océano jade de los ojos de Martín, un segundo más, solo un poco más, que si estiro mis manos puedo tocarlo, solo un poco más.

¿Cayó ya al piso?

Martín mueve un poco el brazo, apenas un poco pero Manuel siente la forma en que sus pieles rozan, que sus calores y colores se mezclan y algo en sus costillas queman.

Dios, si tiene dieciséis de nuevo, pero por primera vez. Que esta es la primera vez que quiere besarle las clavículas a alguien.

—Nunca me has preguntado qué será de nosotros:—su boca se sigue moviendo. Esto no es algo que pueda controlar, esto es solamente él siendo sincero, todo su ser abriéndose ante este hombre de pieles pálidas—/solo me has preguntado el nombre de una estrella.

La comisura de los labios de Martín se estira su rostro, casi blanco en el enero invernal, se colorea del más leve de los rosados ante los ojos fascinados de Manuel. Su mano se estira hasta rozar el meñique de Manuel, su corazón detenido.

—Decíme el nombre de una estrella.

Manuel piensa que su corazón se ha detenido. No lo hace, en realidad, porque lo siente en sus muñecas, en su garganta, en sus ojos, en todo su cuerpo. ¿Qué se hace en estos casos? Manuel solo puede mover ligeramente su meñique, tan solo un poco, aumentando el roce entre la mano pálida y su dedo.

El sonido de una puerta cerrándose estruendosamente hace que Manuel dé un pequeño salto. De repente los casilleros tras Martín vuelven a tomar forma, el blanco de la habitación, la banca con que la parte trasera de su rodilla roza. El camarín sigue siendo este escenario, todavía hay gente dando vueltas en el lugar, y Miguel lo espera en la casa para poder ver una película juntos. Manuel no puede creer que está siendo tan despreocupado, tan desprolijo en este enamoramiento fútil y hormonal, que lo está dejando pasar entre todas sus cosas solo porque quiere sentir un poco de Martín frente a él.

Manuel aleja un poco su cuerpo, lo que el espacio le permite, y se da vuelta a buscar su polera entre sus cosas. Martín parece quedarse quieto tras él, pero eventualmente también vuelve a lo suyo, vuelve a doblar sus cosas, se cambia la polera, se pone calcetines limpios, se pasa una mano por el pelo. Manuel termina de cambiarse, se pone la chaqueta encima, y cierra el bolso. Sus manos se posan sobre el cierre por unos segundos, indeciso de si esperar a Martín o salir en busca de su auto (uno de esos días en que Julio no lo iba a buscar), así que deja que sus dedos floten sobre el metal un poco más, solo unos segundos más, hasta que finalmente toma la banda y la pone en su hombro, cruzándola sobre su pecho. Sus ojos pasan del piso a Martín, que también está acomodando su bolso en su cuerpo, con sus ojos fijos en sus zapatillas. Manuel lo admira por unos segundos antes de abrir su boca.

—Canopus—dice. Martín levanta sus ojos hasta su rostro y el rosado vuelve a sus mejillas, sus cejas un poco más arriba de lo normal y su boca abriéndose ligeramente. Manuel se siente un poco nervioso, pasando sus dedos por la banda de su bolso, su lengua sobre sus dientes en su boca cerrada.

—Lo sabes todo.

Manuel levanta la vista y se encuentra con la boca de vía láctea de Martín, sus dientes como supernovas y su corazón latiendo tan rápido.

Pobre Ícaro, algo susurra en el fondo de su cabeza, pero Manuel deja de sentir tanta lástima por él cuando cree entenderlo completamente.








 si alguien a quien le gusta leer les pregunta alguna vez cómo se llama una estrella, sepan en qué se están metiendo aaaaa 

¿cómo están? obviando la cuarentena, ¿cómo van sus vidas? yo me hice chasquilla y he tomado tanto café que mis amigas temen que me vaya a salir una úlcera. ¿cómo van ustedes?

esta semana tengo pocas cosas que decir así que solo les quiero agradecer mucho mucho que sigan leyendo, que sus comentarios me ponen contenta y me alegran muchísimo. cuídense mucho mucho, tomen agua, duerman ocho horas y duerman temprano!!! coman verduras y escuchen buena música, un besito muakk 

(el poema es "Con el sol de los avellanos", de Jorge Tellier. es del libro "para un pueblo fantasma" y es un poema absolutamente precioso y lleno de candidez. lo recomiendo al mil porciento :-) ) 

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