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Se siente sucio, como barro en la piel,
un peso invisible, un oscuro laurel.
Llora a mares, pero no limpia el daño,
las lágrimas queman como fuego en el baño.
"¿Qué hice yo para merecer esto?"se pregunta el niño, roto por dentro. Sus manos tiemblan, quieren borrar,pero la marca está ahí, no se puede quitar.El silencio grita, la soledad abraza,la inocencia rota, su alma se desplaza.Mira al espejo, no se ve igual,un niño perdido en un mundo cruel y brutal.Pero aún en las sombras, una chispa perdura,una esperanza tenue, una fuerza pura. llora, pero en su llanto hay vida,porque incluso roto, su alma no está vencida.
¡Ŧⓤ 𝒸ⓤ𝐄ℝpㄖ 𝐄丂 ᗰί ㄥⓤgคℝ 千ค𝕧ㄖℝίŦㄖ!
Las gotas de rocío caían suavemente sobre las flores, dejando un brillo bajo el sol. El aire estaba cargado con un aroma fresco y embriagador, como si el bosque mismo respirara vida. El cielo, despejado y azul, era un manto prometedor para un día que parecía perfecto.
En medio de este paisaje encantador, un niño llamado Gea corría alegremente entre los campos de flores. Su risa, ligera como el canto de los pájaros, resonaba entre los árboles altos que lo rodeaban. En su pequeña cesta descansaba su único amigo, un gatito llamado Kie, cuyos ojos brillaban como dos diminutas lunas.
Gea, como cualquier niño, tenía una imaginación desbordante. Mientras recogía flores de colores vibrantes, hablaba en voz alta con Kie, compartiendo sus pensamientos más sinceros.
—Kie, ¿crees que algún día tendré amigos de verdad? —preguntó, con un susurro cargado de esperanza. El gatito lo miró, inclinando la cabeza como si no entendiera.
—Papá dice que los niños de afuera son malos y maleducados. Por eso no me deja jugar con ellos... —añadió, bajando la mirada hacia las flores que había recogido.
El camino de vuelta a casa era una mezcla de luz y sombra. Los árboles altos formaban arcos naturales que, aunque hermosos, ocultaban rincones oscuros donde parecía que algo siempre observaba. Sin embargo, Gea no tenía miedo. Su mente estaba llena de sueños sobre amigos, risas y juegos.
Al llegar, abrió la puerta de madera con energía y corrió hacia la cocina, donde Júpiter, su padre, cocinaba algo que llenaba la casa con un aroma cálido y reconfortante. Gea dejó la cesta sobre la mesa y sacó a Kie con cuidado, acomodándolo en sus brazos.
—Gea, ¿ya te lavaste las manos? —preguntó Júpiter, lanzándole una mirada severa mientras removía el contenido de la olla.
—Ehhh... sí... ¡De todas formas no toqué ninguna bacteria! —respondió con una sonrisa intentando excusarse, Júpiter claramente no creyó esa vaga mentira.
—Niño malcriado, ve a lavarte las manos ahora mismo —ordenó Júpiter, esta vez con un tono que no admitía réplica.
De mala gana, Gea se dirigió al baño, arrastrando los pies. Mientras tanto, Júpiter revisó la cesta y notó las flores que su hijo había recogido. Había una morada, una naranja y una roja, todas radiantes, pero una azul en el centro parecía marchitarse. Mientras que las otras flores parecían absorber su vida. Júpiter frunció el ceño, pero decidió que no valía la pena preocuparse, así que las arrojó al cubo de basura.
Cuando Gea regresó, se apresuró a ayudar a poner la mesa. Dos platos hondos, dos tenedores, cuchillos y la cuchara favorita de Gea quedaron perfectamente dispuestos. Júpiter sirvió la comida con destreza, y ambos se sentaron a disfrutar de la comida. Gea devoraba su plato con entusiasmo, mientras Júpiter lo observaba con una sonrisa, algo poco habitual en su rostro siempre serio.
—Gea... —comenzó Júpiter después de unos momentos de silencio, con un tono más grave de lo usual—. Mañana tendré mucho trabajo, así que tendrás que llevarle la comida a tu abuela.
Los ojos de Gea se iluminaron al escuchar esas palabras. Nunca antes había recorrido el bosque solo. Siempre iba con su padre o, en la mayoría de las ocasiones, era Júpiter quien hacía el viaje. La idea de embarcarse en esta aventura lo llenó de una emoción incontenible.
—¡No puedo esperar a que sea mañana! —exclamó, casi saltando en su silla.
Júpiter, sin embargo, no compartía el entusiasmo de su hijo. Sus ojos adquirieron una sombra de preocupación mientras hablaba nuevamente:
—Ten cuidado, Gea.
—¡Sí, sí, tendré cuidado con el lobo! —respondió Gea entre risas, recordando las historias que su padre solía contarle.
—No es solo el lobo... —dijo Júpiter, inclinándose hacia él, su voz más baja, casi paranoica—. Ten cuidado con las personas.
Gea lo miró con confusión por un breve momento, pero pronto su entusiasmo lo dominó nuevamente.
—¡No te preocupes, papá! Mañana será un gran día.
Después de cenar, Gea se acostó en su cama, abrazando a Kie mientras el sueño lo envolvía. Su mente estaba llena de pensamientos felices, imaginando el bosque como un lugar mágico lleno de aventuras. En sus sombras habitaban secretos oscuros, y no todas las sonrisas eran sinceras.
Pobre niño ingenuo... ☺
Perdón si es aburrido TT
En mis dibujos subiré el diseño de terraza
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