🍎 Prueba de Embarazo 📻
Trimestre 1: Un Mes.
Había pasado un mes desde su inesperado encuentro con Lucifer. Durante ese tiempo, el rey supremo había estado un poco más cerca de él, algo que, aunque extrañamente agradable, le resultaba desconcertante.
Incluso había notado que, al igual que él, sufría de insomnio. La rutina consistía en levantarse muy temprano y preparar el desayuno para todos juntos. Al principio, en esos momentos de soledad, se sorprendía constantemente al sentir la traviesa mano del soberano en su cintura, en un acto cariñoso.
Sin embargo, en las últimas dos semanas, el insomnio ya no era una molestia menor; las noches se volvían oscuras y largas, con él dando vueltas en la cama sin poder dormir y un deseo horrible de descansar. Para empeorar las cosas, cuando finalmente lograba conciliar el sueño, un fuego en el estómago lo obligaba a despertar y correr al baño.
Bueno. . ., eso era antes.
Ahora, tenía una cubeta al lado de la cama, porque una vez no alcanzó a llegar al baño y terminó vomitando en la alfombra. Alfombra que tuvo que quemar, ya que el desagradable olor persistió a pesar de las diez lavadas, ¡incluso con el gran secreto de su madre!
No sabía qué le estaba pasando y ya no lo estaba soportando, pues empezaba a afectar su trabajo cotidiano. No tuvo otra opción que visitar a Rosie en busca de consejo o un posible diagnóstico, ya que al ser un pecador no podía atravesar los demás anillos del infierno, lo que incluía la pereza.
Llegó al barrio caníbal casi arrastrando los pies. La gente lo miraba con extrañeza; ¿dónde estaba aquel hombre elegante y pulcro?, ¿a dónde había ido de vacaciones?
—¡Alastor! ¿¡Dios mío!? ¡¿Qué te ha pasado!? Pareces un cadáver en descomposición —dijo Rosie, acercándose rápidamente para sostenerlo y sentarlo en la primera silla que encontró—. ¿Te atropelló un coche?
—No. . . he estado así desde hace tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos semanas. . . o tres.
—¡Madre mía!
—¿Tienes idea de qué me puede pasar?
—Bueno, la verdad es que no —Rosie se quedó pensando—. Te dije que comer esa carne podrida de ciervo te haría mal.
Alastor se quejó al sentir el estómago revuelto.
—No hables de comida, y menos de carne o ciervos, porque me dan ganas de vomitar.
—Ok, ok —Rosie, confundida, notó que su gran amigo nunca perdía la oportunidad de hablar sobre las delicias culinarias con carne de ciervo o los exquisitos guisos de su natal Louisiana, Nueva Orleans. Sin duda, Alastor estaba más raro que nunca—. Al, ¿hay algo que deba saber y no me has contado?
Alastor se cubrió el rostro al recordar a Lucifer y sus cariñosos gestos hacia él.
—Yo. . .
—¿Tú?
—Puede que me esté gustando alguien.
—¿¡En serio!? —Rosie se abalanzó sobre él, sacudiéndolo—. ¡¿Cómo es que no me contaste algo tan importante como eso!? ¡Mi querido amigo aroace está enamorado! —Los gritos de Rosie delataban su gran emoción, pero Alastor tuvo que detenerla al empezar a sentir nuevamente náuseas.
—Sí, sí, sí, lo que digas. Sabes que no entiendo esos términos modernos.
—Eso no importa ahora. Cuéntame todo: ¿quién es, dónde vive, a qué se dedica, qué tipo de pecador o demonio es? ¡Lo conozco, ¡todo!
—. . .Desearía mantenerlo en secreto por el momento.
—¿¡No le vas a contar a tu mejor amiga!?
—Lo siento, pero en esta ocasión prefiero mantenerlo en secreto. . . aún estoy confundido por todo.
—Oh, entiendo, todo esto es nuevo para ti, Al —Rosie puso su mano sobre la de Alastor como un gesto de consuelo, mostrando que no lo forzaría—. Aunque. . . no creo que esos nuevos sentimientos te hayan dejado en este estado.
—Lo mismo pienso. Por eso vine a ver si podías ayudarme.
—Bueno, no soy médica, pero puedo conseguir algo similar por mis contactos. Tú solo espera —dijo Rosie antes de levantarse—. Ya vuelvo.
Fue lo último que dijo antes de irse a hacer una llamada. Mientras tanto, Alastor bebía un té para sentirse mejor; el calor del mismo lo tranquilizaba un poco.
Regresó al hotel azotando la puerta de su habitación, furioso. ¡El inútil que Rosie le había conseguido como sustituto de un médico no detectó nada! ¡Y así se hacía llamar médico infernal!
Al borde del colapso, la estática de su radio resonaba en toda la habitación, producto de su mal humor. Todos en el hotel decidieron no acercarse al demonio de la radio, pues valoraban su vida; incluso Lucifer optó por mantenerse a distancia y darle su tiempo.
Mientras tanto, Alastor maldecía entre dientes al demonio que lo había atendido.
—¿¡Quién se cree!? —refunfuñó, entrando al baño—. ¡Se burló de mí! ¡De mí, el demonio de la radio, en mi cara! ¡¿Acaso tengo cara de inútil como él?!
No podía sacar esa burla de su mente. El demonio había sido tan atrevido que soltó una risa y le dijo: "No tiene nada, patrón. Mejor hágase una prueba de embarazo", todo mientras reía.
El ojo de Alastor comenzó a temblar, así que decidió cambiarse de ropa y acostarse en la cama, tratando de que una pequeña siesta le ayudara a calmarse.
No sintió que durmió mucho, pero al escuchar su reloj anunciando que eran la una de la mañana, se dio cuenta de que había dormido ocho horas. Se despertó al sentir nuevamente náuseas, y mientras se lavaba los dientes, recordó la broma del demonio. Esta vez, en lugar de enojarse, se quedó pensativo.
No era idiota; sabía de los síntomas de un embarazo gracias a la educación que le dio su madre, que le enseñó todo para tratar bien a una dama, incluso temas complicados para su época, como la menstruación. También sabía que algunos síntomas se pueden confundir con anemia, pero no creía tener anemia.
Empezó a morder el cepillo de dientes, buscando respuestas en sus pensamientos. Sin embargo, la idea de un embarazo no dejaba de atormentarlo.
—Imposible —murmuró en voz baja.
Entonces recordó algo: Lucifer era un ángel, aunque caído. Y por lo que había escuchado, había sido él quien se embarazó de Charlie. . . Tal vez, y solo tal vez, ese enano había...
Tocó su vientre con preocupación y, al verse a sí mismo, hizo que su sombra se teletransportara a una farmacia en el infierno para comprar una prueba de embarazo.
Regresó al hotel, entró en el baño y rápidamente sacó la prueba. Leyó las instrucciones por encima y realizó el procedimiento, esperando con ansiedad los resultados.
—Dos. . . dos rayas —dijo asustado, mirando la prueba y leyendo que las instrucciones indicaban un resultado positivo—. N-no, no, no, esto debe estar defectuoso.
Arrojó la prueba a la basura y se teletransportó nuevamente a la farmacia, comprando ahora quince pruebas de embarazo.
. . .
. . .
Recargado en la puerta de su baño, abrazando sus piernas temblorosas, miraba la décima sexta prueba que había hecho, y nuevamente el mismo resultado: positivo.
Todas las pruebas, dispersas en un círculo extraño alrededor de él, mostraban el mismo resultado. Esto le empezó a causar dolor de cabeza; no podía ser cierto. ¿¡Cómo había sucedido esto!?
Sin darse cuenta, comenzó a llorar mientras su cuerpo temblaba, no de felicidad, sino de miedo, disgusto y confusión.
Así comenzó el auto-reclusorio de Alastor en su habitación.
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