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01

El cielo oscuro se encontraba lleno de estrellas, el fenómeno estaba ocurriendo y había destellos en tonalidades amarillas y verdes. Las personas caminaban por las calles, se encontraban en diversos sitios en realidad y solamente algunas miraban la peculiar lluvia de Oriónidas que había en ese momento.

Un hermoso brillo amarillo resplandeció mucho más que los demás, cayó velozmente y se impactó con fuerza en el mar de Busan. No había nada ni nadie alrededor para presenciar el suceso, se quedaría como un secreto entre el agua y la soledad.

El hijo de Venus había caído, quien pasó de ser una estrella a un joven de cabellos dorados, ojos grises, piel perlada, labios esponjosos y mejillas regordetas. Su nombre era Park JiMin, siempre tuvo vida, pero no de esta manera, no con un cuerpo humano y mucho menos en la Tierra.

JiMin no sufrió daño alguno, aunque estaba sorprendido y desconcertado porque en un parpadeo había dejado su lugar en el cielo y apareció ahí. Su cuerpo estaba cubierto por prendas blancas ligeras, por lo que la sensación de la arena contra su piel, el sonido de las olas del mar y el aroma salado, lo distraen. Todo es nuevo para él, en su puesto solo había oscuridad, frío, ningún sonido ni aroma en particular y lo único que se quedó en su mente fue YoonGi.

En cuanto se dio cuenta de ese detalle, se puso de pie, no sabía usar sus piernas y tambaleó, cayó de rodillas y miró hacia todos lados en busca de su hyung. No estaba, no había nadie, eso hizo que su pecho doliera y es inexplicable la sensación de opresión que tenía, nunca había sentido nada parecido.

—YoonGi...— murmura JiMin y el tono de su voz, el sonido que salió de su boca, también es nuevo, se escuchaba roto.

Lágrimas comenzaron a descender por su rostro, esas gotas que salían de sus ojos no las entendía, se sentó y dejó que el agua golpeara contra sus pies. Llora y se rompe porque no sabe qué hacer, mira la noche y la lluvia ha pasado, justo frente a sus ojos hay una estrella resplandeciente que sobresale de todas las demás y algo en su pecho se acelera.

—Con que así te ves.— dice observándola con admiración, una sonrisa torcida adorna su cara y alza su mano para intentar atrapar lo inalcanzable.

En el cielo está YoonGi, él puede diferenciarlo entre todas las estrellas que hay, su hyung es la más hermosa y la única que lo mira. Sabiendo mínimamente esto se recompone un poco, limpia su rostro con el dorso de sus manos y algo llega a su lado con el soplo del viento.

JiMin toma la cosa amarilla y extraña que apareció, es una cobija suave y calientita, la sensación le gusta y la frota contra su mejilla. Es cálido, le recuerda al manto que lo cubría cuando era una estrella, decide quedársela y observar un poco más el lugar.

El mar es hermoso, pero no tanto como YoonGi y ese pensamiento lo hace buscarlo nuevamente, sigue allí, más el cielo comienza a cambiar de color. Eso solo indica que el Sol saldrá, no podrá ver más a su hyung y la Luna se despide de él desapareciendo por el horizonte.

Intenta repetidas veces ponerse de pie y caminar, con esfuerzo logra hacerlo y camina por toda la orilla hasta llegar a un enorme faro. El sitio está abandonado y le es fácil entrar, está vacío y empolvado, eso lo hace estornudar.

—¿H-hay alguien? — pregunta titubeante y su voz produce un eco.

JiMin agacha su mirada y entristece, no le gusta estar solo, le gusta la compañía, como la de sus demás hermanos y hermanas estrellas. No tiene opción, mira las escaleras que hay pegadas a la pared y sube por ellas.

Cuando llega hasta lo más alto puede ver mucho mejor el cielo que ahora es de un tono celeste y es acompañado por el Sol, sonríe por la imagen. Rebusca entre las cosas que hay, parece que antes hubo personas y que se fueron ya hace mucho tiempo.

—Esto... ¿Qué será? — se cuestiona, mirando el artefacto entre sus manos.

JiMin encontró mucha utilería, entre esas cosas un telescopio viejo, que a pesar de todo se encuentra en excelentes condiciones. Su curiosidad es grande, así que comienza a darle vueltas y ver a través de los lentes, hasta que comprende su función.

—Ahora podré ver a YoonGi hyung.— festeja con emoción.

El día pasa lentamente, el atardecer no tanto y la noche por fin llega, inocentemente cree que podrá hablar con su madre Venus, con su amiga la Luna o quizás con su mayor.

—¡Madre! — grita con fuerza y no recibe respuesta.

—¡Luna! — insiste y nuevamente no hay nada.

—¡Y-YoonGi! — balbucea aturdido, cae de rodillas y niega con la cabeza.

Nadie lo escucha, no puede volver al cielo, ya no estará más con su hyung, pero se niega a creerlo y pasa los días siguientes intentando. Esto se convierte en una rutina, la cual continúa muchos meses y aunque presencia otras lluvias de estrellas nada llega.

El telescopio le ha servido para observar cada noche a sus amigos y amigas, en especial a YoonGi, quien sigue en su lugar. La cobija amarilla se convirtió en su fiel compañera y su único refugio, quizás fue un regalo de su mayor para llenar su vacío y no dejarlo tan solo.

JiMin no necesita nada más, no siente hambre, no tiene necesidades fisiológicas como los otros humanos y solo duerme. Pero no lo hace por las noches por miedo a perderse esas importantes horas, su sueño es en el día y suele ocultarse bajo su cobijita para simular oscuridad.

Siendo una estrella, lo único que lo alumbraba eran sus demás acompañantes, estaba impuesto a la noche y le reconfortaba ocultarse. No sale de su escondite hasta que despierta y se prepara para colocar el telescopio.

—¿Cómo puedo volver contigo? — pregunta mirando a YoonGi a través del lente, la estrella de su hyung brilla con intensidad, sigue siendo hermoso.

El sonido del mar es lo único que escucha, resopla y deja todo de lado para ponerse a llorar. Quiere volver, necesita volver, pero el tiempo ha pasado y no ha logrado nada. Ha pensado en muchas opciones y ninguna lo llevaría hasta su puesto, tampoco podría mantenerse volando siendo un humano.

Siendo obvio que no podría volver, espero que su hyung viniera a él, pero eso también era imposible. YoonGi era de marzo y el hijo del Sol, no hay lluvia de estrellas en ese mes, por lo que en su mente no existen probabilidades de que caiga en la Tierra como él.

—YoonGi hyung ahora puedo apreciar tu luz desde este lugar, pero te extraño demasiado.— declara tristemente.

Y era cierto, los años pasaron y jamás cayó nadie, JiMin comenzó a hacerse viejo, su cabello rubio se volvió blanco y sus ojos grises perdieron el destello. Sin embargo, eso no importó, en ningún momento abandonó el faro y tampoco dejó de utilizar el telescopio, toda su vida se fue esperando.

La cobijita amarilla fue desgastándose y al mismo tiempo lo hizo su inocente corazón, rompiéndose lentamente con cada amanecer.

Lo único que lo mantenía en pie eran los constantes recuerdos que tenía como estrella, la existencia de YoonGi y la falsa esperanza de volver a su lado. Aunque esas cosas perduraron, el dolor también lo hizo y se culpaba de no haber hecho nada cuando pudo.

Recuerda como su hyung y él orbitaban entre sí, como solían brillar con más intensidad en sus momentos de felicidad. Cuando YoonGi le cubrió al punto de que los consideraron estrellas dobles y sobre todo como se vieron desde el instante de su existencia. Ellos habían estado juntos desde el comienzo del todo y la nada, crecieron como nebulosas y se enamoraron siendo estrellas, pero eso estaba prohibido.

Caer en la Tierra fue un castigo si lo piensa bien, su madre, Venus, le había prohibido ver a YoonGi, le había advertido que las estrellas no podían amarse y mucho menos juntarse porque eso solo traería destrucción.

JiMin no lo entendió en su momento, pero viviendo como un humano había comprendido muchas cosas. Su madre le negaba amar porque podría causar un estallido de rayos gamma y eso destruiría toda la Tierra.

Lo que sentía por YoonGi no podía ser y descubrirlo lo había hecho llorar infinidad de noches, porque el sentimiento era tan fuerte y a la vez tan imposible que lo atormentaba.

—Ni siquiera pude decírtelo.— solloza en un hilo de voz —Quería hacerlo, pero tenía tanto miedo de ser rechazado que no lo hice.

JiMin está cansado, su cuerpo ya no es tan fuerte como antes y sabe que está muriendo. Conocer el fin conlleva dejar de ver la noche y admirar las estrellas, no desea eso.

¿Pero cuándo ha importado lo que él desea?

Ni una sola vez en todos esos años importó, no hubo nada ni nadie que se apiadara de sus sentimientos, la Luna no interfirió y Venus, aun siendo su madre, lo ignoro.

Eso lo hace enfurecer, tanta es su rabia y dolor que se ciega, rompe el telescopio y lanza los restos de la cobija amarilla para que el viento se la lleve tal como llegó. Destruye todo cuanto puede, desquita sus emociones con los artículos que hay en el faro al punto de que no queda nada en una sola pieza y no existe arrepentimiento alguno.

—¡¿Por qué?! — gritó tapándose su viejo rostro con manos temblorosas.

JiMin reacciona luego de varios minutos, mira a su alrededor y niega, ya nada puede hacer, no piensa seguir esperando lo que nunca llegará. Baja las escaleras del faro a su paso y mira el mar como la primera vez que cayó.

—Tú eres el testigo de mi caída y mi partida.— dice caminando hacia el agua, la cual cubre lentamente su cuerpo hasta la altura de sus rodillas.

En todos esos años jamás había hecho algo como esto, no exploro, no conoció nada más, se podría decir que ni siquiera vivió. Se aferró a la noche, al faro, a las estrellas y a volver, sin saber que nada le traería.

—La Tierra es hermosa, lo poco que he visto lo es, tiene climas diversos, temporadas diferentes y maravillas inexplicables. Durante todo el tiempo que he estado aquí, vi familias, parejas y niños, aquí el amor no está prohibido.

>> ¿Por qué no viniste a mí, YoonGi? — interroga mirando el amanecer aparecer, no suele hacerlo porque a esta hora duerme y ahora que lo hace entiende que es un momento precioso.

El cielo se tiñe de colores cálidos, naranja, amarillo, morado, quizás un poco de café también, no lo sabe con exactitud, pero le gusta. JiMin sonríe al Sol, el padre de YoonGi, con quien jamás charlo en su vida y no por odio, sino porque temía no ser suficiente.

Si su madre, Venus, prohibía su relación, probablemente el Sol también lo hiciera, aunque no tenía rencores con él. Lo admiro varios minutos a la vez que sentía el frío del agua en sus piernas y dejó que el viento acariciara su rostro mientras llenaba sus pulmones del peculiar aroma salado.

—Tú que eres su padre, te ruego que por favor me escuches y comprendas mi dolor, ame y amo a YoonGi, eso no cambiará ni cuando la muerte me alcance.— confiesa apretando sus manos con fuerza y volviéndolas puños.

El Sol no contesta y eso ya no sorprende a JiMin, solo lo ve ascender al cielo con el paso y cuando se encuentra en su sitio vuelve a intentar.

—Caí aquí por mis sentimientos, me pregunto si YoonGi me ama, pero eso debe ser imposible porque... ¿Tú también lo habrías dejado caer como mi madre hizo conmigo, no es así? — pregunta y niega para sí mismo —Estoy seguro de que tampoco verías bien que estuviésemos juntos, quizás por eso no lo dejaste venir y lo dejaste a tu lado para torturarme.

>> ¿Ese es nuestro castigo por amarnos?

JiMin siente de nuevo el enojo recorrer su cuerpo de pensarlo, da unos pasos más dentro del mar y su corazón se acelera ante el miedo de ahogarse. El agua ahora lo cubre hasta el pecho y su débil cuerpo es sacudido con el compás de las olas, no le importa morir ya.

—Si pudieras tener piedad, te imploro que se lo hagas saber, que mi amor por él está fuera de los límites y hoy muero, pero mañana espero verlo.

Sus grisáceos ojos se llenan de lágrimas y deja que el mar se las lleve, que lo arrastre y se hunde en el agua lo más que puede. Logra distinguir su alrededor por los rayos del Sol y admira las criaturas que hay, todas inofensivas, pequeñas y coloridas.

Su oxígeno se termina y deja de respirar, sus párpados se cierran lentamente y lo único que recuerda haber visto es el cielo, con una sola estrella adornándolo. YoonGi había decidido aparecer sin importar que no fuese su hora para poder despedirse de su amor, por eso JiMin alzó su mano intentando alcanzarlo.

Pero no lo logró.

Ese día, en que JiMin murió, eran mediados de marzo y aunque nunca hubo una lluvia de estrellas en esa fecha... ocurrió.

YoonGi había estado observándolo todo el tiempo y nunca pudo caer por su cuenta, solo podía sufrir a la par de su amada estrellita. Esta vez su padre el Sol le permitió descender, comprendió la pureza de sus sentimientos luego de escuchar la voluntad de JiMin y sintió lástima.

Fue demasiado tarde para hacer algo, pero justo a tiempo para recoger los restos de su amor y llevarlos consigo.

Dicen que las personas no se vuelven nada cuando mueren, más la realidad es que se convierten en polvo, el cual es arrastrado hasta los cielos y allí es donde se forman las estrellas.

YoonGi y JiMin se juntaron gracias al equinoccio de marzo, ese suceso que solo ocurre dos veces en el año, en el que el día y la noche duran lo mismo en toda la Tierra.

El hijo del Sol y el hijo de Venus se amaron con tanta fuerza que ambos volvieron al cielo en su forma de estrella. Pero no volverían como antes, ya no serían más un par de estrellas binarias que orbitaban mutuamente.

YoonGi llevó entre sus brazos a JiMin dormido y cuando despertó lo primero que hizo fue besarlo. Esta vez no había nada ni nadie que pudiera apartarlos, se habían fusionado y fundido en uno solo para que eso jamás sucedería.

Su atracción entre estrellas, que era considerada fatal, resultó ser un hecho fantástico, una deslumbrante supernova que todos los humanos en la Tierra pudieron presenciar durante varios meses.

—Volviste a mí, amor, no hubo tiempo ni espacio suficiente para lo mucho que te extrañe.— confiesa YoonGi.

JiMin ríe —Cada día y cada noche pensé en ti, en tu sonrisa y resplandor.

—De ahora en adelante tú serás mi universo, así que por favor no pienses en volver a caer ¿Entendiste? — dice YoonGi acariciándole con genuina devoción.

—Mju, no lo haré porque te amo YoonGi hyung.

—También te amo JiMin.— corresponde dándole un casto beso —Compensaré cada una de tus lágrimas con hijos y formaremos nuestra propia constelación.

—Una galaxia, una vía láctea, todo lo que quieras.— afirma JiMin apegándose a él para esconderse entre sus brazos.

De esa manera el cielo fue decorado con millones de estrellas, la Tierra presenció múltiples novas para dar esos nacimientos. Cada que YoonGi y JiMin se unían en uno solo todo se iluminaba y traían al mundo fenómenos asombrosos que quedarían marcados como la historia de su amor.

YoonGi era una estrella gigante roja y JiMin una enana blanca, por eso siempre estuvieron atraídos, destinados a permanecer por la gravedad.

El hijo del Sol, fue la estrella más brillante para acompañar a su amado durante su deceso y conversión humana. El hijo de Venus, fue una estrella fugaz, quien al caer a la Tierra pagó el precio por el deseo de su amor.

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Este fanfic nació de haber visto la siguiente foto de JiMin, espero lo hayan disfrutado tanto como yo, fue muy divertido investigar sobre la astronomía :3


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