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6

Conforme más tiempo pasaba con George, más cómoda se sentía con él. Le había contado a Sammy, pero la reacción de Sutcliffe no fue lo que Arabella habría esperado. 

—No lo sé, Vic. Ten cuidado con él. 

—Sí, Sam. Lo sé, solo... nunca me había sentido así con nadie. 

—¿Con nadie? —Preguntó su amiga frunciendo el ceño. Arabella la miró. 

—Con nadie. Me hace sentir escuchada, es lindo, toca la guitarra. 

—Yo también te escucho. —Interrumpió Sammy. 

—Pero es diferente, ¿Sabes? Tú eres una amiga increíble, pero yo a él lo veo como más que un amigo. 

—Oh...

—¿Nunca te ha pasado?

—No. —Fue la cortante respuesta de Samantha. Arabella arrugó levemente la nariz, y posó una mano sobre la de su acompañante. 

—Un día lo verás. —Le aseguró. Vio sorprendida como Samantha retiraba la mano y se ponía de pie. 

—Recordé que le prometí a Ally que la ayudaría. 

—Claro, ve. 

Arabella ya conocía a Ally. Su nombre era Alanna Wood y era la mejor amiga de Samantha desde el preescolar. Habían crecido juntas, prácticamente. No podía -y tampoco debía- reprocharle a la castaña que acudiera a verla, después de todo, Ally tenía derecho de antigüedad. 

Sin embargo, la actitud de Sammy no acababa de convencerla. Cada vez que mencionaba a George su actitud cambiaba notoriamente, preocupando a la rubia. ¿Acaso le ocultaban algo? ¿Ellos habrían tenido historia y por eso reaccionaba así?

Alejó esos pensamientos sacudiendo la cabeza. Alguno de los dos debería habérselo dicho antes. Confiaba en ellos. En lugar de preocuparse, pagó la cuenta de ambas en el café y se dirigió a ver a su quedante. 

Porque sí, ninguno de los dos había dado el primer paso. George no encontraba la manera de pedírselo y Arabella no se armaba de valor para preguntar ¿Qué somos?. Dos sencillas palabras que podían cambiarlo todo, para bien o para mal. 

Antes de darse cuenta, ya había llegado a la casa de George. Tocó el timbre sonriente, últimamente lo visitaba casi a diario. 

—Hola. ¿Se le ofrece algo, bella dama? —Le preguntó Harrison cuando le abrió la puerta. 

—Sí. Busco al señorito George. —Repuso ella siguiéndole la corriente. Dentro de la casa de George no había nadie, además de él. 

—Pasa, bonita. 

Obedientemente, Arabella ingresó a la morada de los Harrison. Había fotos por doquier, todas en blanco y negro, mostrando momentos importantes en la vida de la familia de George. Cuando era apenas un bebé, partes de su infancia junto con sus hermanos, la boda de su hermana mayor, él mismo tocando su primera guitarra cuando tenía doce años. 

—¡Oye, esa no! Mi etapa menos linda es de puberto. 

—No digas tonterías, bobo. Eras un chico adorable, créeme que he visto preadolescentes peores y ahora eres un jovenguapo. 

—¿Guapo, eh? —Inquirió el mientras la abrazaba por detrás, rodeando su cintura con sus brazos y apoyando su barbilla en el hombro de ella. 

—Bastante. —Repuso Bella en un tono de voz apenas audible para él. 

—Déjame decirte que eres la chica más hermosa que he visto en toda mi vida. 

—Qué cosas dices. 

—Es la verdad. 

Sonrió y dejó que el la siguiera abrazando. 

—¿Vamos a dar un paseo? —Le propuso George extendiendo su mano hacia ella. 

—Con gusto. 

Anduvieron hasta llegar al mismo parque que solía frecuentar con su amiga. Bella arrugó la nariz cuando vio que las nubes de lluvia se posaron sobre ellos. 

—Ya era raro que hoy no hubiese llovido. —Comentó ella. Lo único de lo que podía "quejarse" en Inglaterra era que llovía casi a diario. 

Como si la naturaleza quisiera fastidiarla, las gotas comenzaron a caer repentinamente en sus cabezas. Comenzaron a mojarse, Arabella se dispuso a encontrar refugio cuando sintió que George la tomaba suavemente del antebrazo. 

—Hey, ¿A dónde vas?

—A buscar dónde no nos mojemos, Geo. 

—¿Y por qué no nos quedamos aquí? —Sugirió el sonriente. 

—¿Qué?

—Vamos, linda. No me digas que no te gusta estar bajo la lluvia. 

Bella sintió como sus mejillas se calentaban, haciendo un contraste con las frías gotas que caían a toda velocidad en todo su ser. 

—Mis padres nunca me dejaron hacerlo. 

—¡Ven! —La animó Harrison, jalándola hacia él. 

Al inicio se sentía insegura. Sus prendas ya estaban completamente mojadas, pero George se encargó de quitarle ese pequeño miedo. En poco tiempo ya estaban saltando de charco en charco como dos niños pequeños.

Le daban escalofríos, no estaba segura de si por el viento que soplaba de vez en cuando o por la eléctrica sensación de estar bailando ahí mismo con George, en medio de la lluvia sin ningún temor. 

Se carcajeaban como si les fuera la vida en ello. Jugaron hasta que se agotaron. 

—Ya me cansé. —Dijo el chico un rato más tarde. No era para menos, pues habían corrido, saltado y gritado pero sobre todo se divirtieron. 

—También yo. 

Tomados de la mano se dirigieron a la casa Harrison. Una vez dentro, el agradable calor del hogar los reconfortó. Antes de decir algo, Arabella estornudó. 

—Diablos, no pensé en esto. —Maldijo George 

—Yo tampoco. —Repuso ella con simpleza. 

—Ven, cámbiate. 

Lo siguió por las escaleras, y hasta ese momento se dio cuenta que jamás había estado en la habitación de George. ¿Por qué debía pensar en eso justo en el preciso instante en el que debía secarse o de lo contrario se resfriaría? 

Observó como buscaba en su armario y le tendía un pantalón de pijama, además de una camisa que ya había perdido el color. Quizá hace años fue roja, o quizá rosa intenso, pero en ese momento se veía de un pálido color salmón. 

—Lo siento, linda. Es lo que puedo prestarte. —Musitó el chico avergonzado. Sabía que Arabella se vestía de seda, algodón y las mejores telas. También estaba consciente de que ella tenía un nivel de vida bastante superior al suyo. ¿Por qué seguía con él entonces, pudiendo tener un niño rico? Prefería no pensarlo demasiado, pero eso no significaba que lo inquietara recordar sus notorias diferentes. 

—Está bien, gracias Geo. 

Se quedaron en silencio, viéndose el uno al otro. Arabella rompió el silencio con un  carraspeo. 

—Geo... ¿Te puedes voltear?

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