
5
Los adolescentes se encontraban camino al que George prometía era el mejor sitio de todo Liverpool para pasar el rato: El club apodado "La Caverna". Arabella se había estado preguntando el porqué lo llamaban así, aunque prefirió guardarse su duda para luego.
Apenas llegaron entendió la razón. Una vez dentro del bar tenían que bajar unas cuantas escaleras, para llegar a una especie de sótano que resultaba ser el bar. Era su primera vez en un sitio bajo tierra, por así decirlo.
—¿Por esto el nombre? —Preguntó viendo a su alrededor.
—Sí... eso creo. Supongo que así lo llamaron los que lo fundaron y ahora todo el mundo le dice así.
—Le queda.
Juntos se encaminaron a la barra. George volteó a verla antes de preguntar cortésmente qué bebía.
—Uhm, Bella... ¿Qué te pido?
La chica lo pensó un poco. No pensaba beber nada demasiado fuerte, pues sus padres llegarían esa noche. El whiskey le gustaba, pero sería pretencioso de su parte. Odiaba el vodka. Jamás había probado ni el ron ni la ginebra y estaba completamente segura de que en aquel bar subterráneo no tenían su vino favorito, aquel que se hacía con uvas de Napa, California.
—¿Bella? —El colmilludo la sacó de sus pensamientos.
—Una cerveza está bien, gracias.
El chico asintió para luego dirigirse al barman. Arabella se sentó en una de las sillas de la barra a esperar. Ni dos minutos más tarde dos jarras espumeantes estaban ante ella y su acompañante.
—Salud, por que tu estadía aquí sea agradable. —Brindó el joven. Arabella le sonrió y chocó su jarra con la de él.
Bebieron en silencio, hasta que algo llamó la atención de la chica. La banda que tocaba se bajó del escenario y casi de inmediato una nueva los reemplazó.
—Oye, George. ¿Qué pasa?
Harrison, quien estaba distraído volteó hacia el escenario.
—Oh, claro. No te lo dije. Aquí cualquiera que sepa como hacer sonar un instrumento puede subir a tocar. ¿Genial, no?
—Sí. ¿Cualquiera puede?
—Ujum, pero para eso debes ganarte al público en la primera tocada. Ha habido gente abucheada, aunque para ser justos eran un desastre en el escenario.
Se quedó pensando un rato, la misma idea golpeaba su mente una y otra vez.
—¿Crees que pueda hacerlo?
—¿Justo ahora? La ronda del día debe estar llena.
—No, me refiero a un día de estos.
—Seguro. Si no tienes pánico escénico, tocas bien y le caes bien a la gente estarás bien.
—¿Tú ya has tocado?
—No, ni con los chicos ni solo. Antes de irnos a Alemania el club recién se había abierto y solo tocaban jazz.
—Ya veo.
De nuevo, se sumieron en silencio pero esta vez era para prestar atención al siguiente acto.
—Buenas tardes amigos, somos Johnny and The Crickets y esto es La Bamba.
Arabella se sorprendió gratamente con la canción.
—¿Les gusta La Bamba?
—¿Tú que crees? —Le repuso George sonriente.
La rubia comenzó a mover su cuerpo al ritmo de la música. George la animó.
—Ay arriba y arriba. Por ti seré, por ti seré. —Cantó el chico solo moviendo los labios para luego extenderle la mano invitándola a bailar. Bella aceptó gustosa y juntos se encaminaron a la pequeña pista al centro del lugar.
Bailaron un par de canciones más. Bella estaba rebosando alegría, hacía mucho que no bailaba y menos con un compañero así de bueno. Cuando el calor no los dejó salir, volvieron a sus asientos.
—Fue divertido. —Dijo la chica, limpiando con su mano las pequeñas gotas de sudor que aparecían en su frente.
—Lo fue. Bailas muy bien, Bella.
—Lo mismo digo, Geo.
El chico alzó una ceja divertido.
—¿Ahora soy Geo?
—¿No te gusta?
—Claro que sí.
De repente, Bella recordó el tiempo. Era viernes y sus padres llegarían a casa, pero ¿Qué tan pronto iba a pasar eso?
—Geo ¿Sabes que hora es?
El chico buscó el reloj de pared y dio con la hora.
—Las seis menos cuarto.
Arabella abrió sus enormes ojos azules sorprendida.
—¡Mierda! —Masculló poniéndose de pie y buscando la salida con la vista.
—¿Está todo en orden? —Ella negó con la cabeza.
—Mis padres llegarán pronto a casa y se supone que debo estar allá.
George no hizo preguntas, solo la tomó de la mano y la ayudó a salir de la pequeña multitud reunida en el bar. Una vez afuera, el frío aire de la tarde los golpeó.
—¿Dónde vives?
—Allerton.
—¿El barrio? Bien, conozco un atajo. Un amigo mío vive por allí.
—No, en el suburbio.
George se sorprendió mucho. Allerton era bien conocido por ser uno de los mejores y más caros sitios para vivir en Liverpool. ¿Quién o qué era Arabella realmente? Notó la urgencia en los ojos de la chica así que optó por no preguntar.
—De acuerdo, déjame pensar un poco. —Pidió él, recorriendo su ciudad natal mentalmente. Algún atajo debía haber hasta allá. ¡Bingo!
—¿Qué tan rápido corres?
—Lo suficiente.
—Bien, si atravesamos el parque que está a dos calles de aquí llegamos a la parada de autobús. El verde pasa por Allerton.
Arabella asintió y echó a correr detrás de él. El joven no mentía, divisó la parada de autobús así como el vehículo se aproximaba.
—¡Corre! Nos dejará. —Le instó el castaño. Arabella apretó el paso. No supo ni cómo lo lograron, pero cinco minutos más tarde ambos jóvenes estaban sudorosos y sin aliento, pero arriba del autobús.
—En... diez... minutos llegas a casa. —Prometió George con la respiración entrecortada, para luego recostarse en su asiento.
Bella solo asintió, rogando mentalmente que sus padres no llegaran antes que ella. Por desgracia para ella, el autobús tardó más de quince minutos en llegar a los suburbios. Le indicó a George donde se bajarían y así lo hicieron.
—Gracias, Geo. No tenías que haberte molestado.
—No digas eso. Imagínate que algo te pasaba. Iba a cargar con la culpa. —Bromeó Harrison, aunque no era cierto. Si Arabella realmente vivía allí, no tenía nada en absoluto de lo que preocuparse. Ni con su seguridad ni con otros asuntos. Se preguntó cuál de las lujosas casas pertenecía a la familia de la rubia.
—Aquí es. —Le dijo ella. No pudo evitar echarle un vistazo más largo de lo debido.
—Bonita casa.
—Gracias, supongo. La escogió papá.
—Bueno. Será mejor que me vaya.
Campbell iba a entrar a su casa, pero pensó que si sus padres ya habían llegado ¿Qué más daba con retrasarse otro minuto?
—¡Oye George! —Llamó al chico, quien estaba por cruzar la acera.
—¿Sí?
—¿Nos vemos otro día?
—¡Claro! ¿El martes?
—¡Cuenta con ello!
Ambos se sonrieron. Con esa sonrisa en rostro Arabella ingresó a su morada. Nina, la viejecita que era el ama de llaves la estaba esperando en la entrada.
—Señorita. ¿Dónde ha estado?
—Di un paseo, pero se me hizo algo tarde. —Mintió.
—Bien. Dé gracias a Dios porque a sus padres se les hizo tarde. Ande, suba y cámbiese antes de que lleguen.
Bella le sonrió cómplice a Nina para luego hacer lo que le mandaba. El día había sido bastante ajetreado, más eso no le desagradó ni un poco.
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