
4
Los días avanzaban, al igual que la relación de Arabella y Samantha. Las adolescentes descubrían que tenían demasiadas cosas en común, a la vez siendo tan diferentes entre sí. Quizá por eso encajaban tan bien juntas.
Todos los viernes sin falta se reunían en el parquecito donde se habían conocido para pasar el rato. Ese día Arabella se sentó a esperar pacientemente a su amiga, era raro que Sam fuese impuntual y ya llevaba casi una hora retrasada.
—Quizá tuvo un inconveniente. —Murmuró para si misma. Justo cuando estaba por retirarse, la voz de Sammy hizo eco por todo el parque.
—¡Oye Bells! ¡No te vayas! —Gritó la inglesa. Bella se dio vuelta sobre sus talones con una sonrisa en el rostro.
Un minuto más tarde, Samantha se encontraba doblada con las manos apoyadas en sus rodillas e intentando controlar su respiración luego de haber corrido cuando menos cinco manzanas para llegar lo antes posible al lugar. Arabella no dijo nada, pero notó que iba vestida... diferente. Un abrigo negro cubría sus prendas del mismo color.
—L-Lo siento Bella. Dios... ¿Estuviste mucho rato esperándome?
—Algo, pero no pasa nada. —Aseguró ella, restándole importancia.
—En serio, lo lamento. Digamos que tuve que escaparme... —Bella se puso en alerta ante la explicación de Samantha.
—¿Qué tu hiciste qué? Sam, tus padres ni siquiera me conocen. ¿Cómo quedará que te escapaste de casa para venirme a ver? —Dijo mientras tomaba a Sutcliffe del brazo y la hacía caminar, para luego seguir. —Ahora mismo me dices en dónde queda tu casa y te llevo, de paso me disculpo con ellos.
Su amiga rio, para luego frenarse en seco.
—Woah, Bells. Tranquila. No me escapé así literal. Mamá quiere ir a ver a la abuela, ella vive en Gales. Así que este fin de semana lo pasaré allá. —La ojiazul parpadeó confundida.
—¿Entonces qué haces aquí?
—Vine a avisarte. Y a despedirme, claro está. Nadie notará mi ausencia, una amiga me cubre la espalda.
—¿Segura?
—Completamente.
Aún dudando un poco, volteó a ver a Sam.
—Este es el primer fin de semana que pasaré sin ti desde que nos conocimos.
—No digas eso, Vic.
Arabella sonrió ante el apodo. Cuando le contó a Sutcliffe de su sueño de ser artista, esta sugirió adoptar un nombre artístico. "Victoria", recomendó Sam. ¿La razón? Veía un gran futuro para su amiga, no dudó en decírselo. "Estás hecha para la victoria, Bells. ¿Por qué no llamarte así?"
—Aún no lo cambio... la verdad no estoy segura de un seudónimo.
—Perfecto, entonces solo yo te llamaré así.
—Eres rara, Sam.
—Prefiero el término "singular". Además, todos somos raros a nuestro modo.
—Voy a extrañarte.
—Yo más, señorita americana.
—Basta, lady inglesa.
Ambas rieron y se despidieron con un fuerte abrazo. Horas más tarde, con Samantha en camino a Gales, Arabella se sorprendió a sí misma sin nada que hacer. Deambuló un poco, hasta que encontró una tienda de discos.
Había poca gente, algunos adolescentes se juntaban en puntos aleatorios del lugar para ver un disco en particular. Buscó alguno que aún no tuviera, pero ninguno llamó su atención. En lugar de comprar, se centró en comparar la edición Inglesa de la Estadounidense de los discos de Elvis.
—Disculpa... ¿Te lo vas a llevar? —Un cortés y marcado acento la sacó del trance. Alzó la mirada, topándose con un par de profundos ojos pardos, enmarcados por dos gruesas cejas. El dueño de esa mirada tenía -debía admitirlo- unos pómulos increíbles, iba vestido con unos jeans y chaqueta de cuero. El cabello lo llevaba engominado, imitando al rey del rock and roll.
—Oh, no. Yo solo miraba.
—¿Puedo...?
—Seguro. —Dijo Bella, pasándole el disco al joven. No lucía mayor que ella. El chico se quedó viendo el disco, y Arabella a él. Desvió la mirada justo antes de que el desconocido la sorprendiera observándolo de forma casi acosadora.
—Uhm... ¿Te gusta Elvis? —La chica se abofeteó mentalmente. "Que pregunta tan estúpida, Bella. Si busca un disco de Elvis, claramente le gusta" le gritó la vocecilla de su cabeza mientras sentía que sus mejillas se calentaban. En lugar de una respuesta sarcástica u obvia, su interlocutor sonrió con los labios cerrados.
—Por supuesto. ¿A ti?
—¡Claro! —Dijo sonando más emocionada de lo que quizá debía. Carraspeó un poco, intentando calmarse.
—Genial. ¿Cómo te llamas?
—Soy Arabella, Arabella Campbell.
—Encantado, Arabella. Mi nombre es George Harrison.
—El gusto es mío, George. —El desconocido, que ahora tenía nombre, le regaló una sonrisa que dejaba ver sus colmillos.
—Vengo seguido por aquí y no te había visto. —Comentó el castaño con tono curioso. Arabella decidió hacerse la misteriosa.
—¿Ah, no?
—No, créeme que recordaría haber visto a una chica tan bonita.
La joven sonrió. Esto no era nada nuevo para ella. Sabía coquetear con los chicos, ponerlos nerviosos con su sola presencia. Aunque también algo cierto es que era la primera vez que no se sentía completamente confiada, que su corazón latía con más velocidad de la normal.
—Mmm, acertaste. Me mudé hace casi dos meses.
—Eso explica muchas cosas. ¿Americana?
—¿Qué te hace pensar eso?
—Acento, además eres la encarnación del estereotipo de belleza estadounidense.
—Eres bastante observador. Aunque el aspecto no cuenta tanto.
—Sí... además te vi con Sammy hace unos días y cuando uno habla con ella no deja de mencionar a su nueva amiga que se mudó de la tierra de las oportunidades. —Esto último la sorprendió.
—¿Conoces a Sammy?
—Por supuesto. Soy amigo de su hermano.
—Ah, de la banda.
—Veo que ya sabes de nosotros. Cosas buenas, espero.
—Lo último que supe es que estaban en Hamburgo. ¿Puedo preguntar qué haces aquí si hace menos de una semana tenían una tocada importante?
Georgé silbó levemente, no esperaba que supiera tanto.
—Sí que te puso al corriente Sam. Bueno, me deportaron.
Las alarmas se encendieron en Arabella. ¿Qué habría hecho el chico para que lo expulsaran de Alemania? Él pareció notar el cambio en la atmósfera, hasta hacía poco tan cómoda.
—No, no hice nada malo. Ilegal sí, pero malo... Yo no lo llamaría así.
—¿Entonces porqué te dieron una patada en el culo, eh? —Cuestionó Bella entrecerrando los ojos con un deje de desconfianza.
—Primero que nada, wow. No tienes cara de ser una chica que insulte. Segundo, mentí en un papel oficial y por eso me mandaron a volar.
—¿Falsificar un documento? No sé cuál sea tu concepto de "malo" pero eso sí entra en el mío.
—Tranquila. No le robé la identidad ni la vida a alguien. Simplemente dije que ya era mayor de edad pero todavía tengo 17.
—¿Y ya?
—"¿Y ya, qué?" Es un delito.
De inmediato se relajó. No era nada grave, como George había prometido.
—Bueno... Los alemanes deben ser bastante estrictos con eso. No he oído de reglas tan quisquillosas con la edad.
—¿No eres de Norteamérica? ¿Qué no se supone que allá ustedes no son mayores hasta los veintiuno? —Preguntó él, ceñudo.
—Pues sí, pero no es algo que nos detenga. ¿Sabes cuántos adolescentes mienten con su edad para beber y fumar? Es algo estúpido que se preocupen de eso y más si ya casi eres adulto.
—Bueno, díselo al cónsul.
Intercambiaron miradas otra vez.
—¿Entonces estás solo?
—Por así decirlo, sí. Los chicos se quedaron allá.
—Vaya... debe ser feo.
—Se acostumbrarán. Aunque lo nieguen me adoran, y John casi colapsa al saber que le tocaba mi rol en la banda.
—¿Qué tocas?
—Guitarra líder. Los solos son míos. —La chica abrió los ojos en grande.
—Genial.
—Lo sé, las chicas aman a los guitarristas. —Le dijo guiñando un ojo.
—Bueno, en este caso la chica también es guitarrista. —Ahora le llegó a George el turno de sorprenderse.
—Nada mal, Arabella.
—Dime Bella, o Ara.
—Me ha quedado bastante claro que ya bebes. ¿Dejas que te invite un trago? Hay un bar no muy lejos de aquí.
—Depende. ¿Música?
—En vivo.
—¿Bebidas?
—Decentes.
—¿Ambiente?
—El mejor de Liverpool.
—Entonces te sigo. —Declaró la rubia sonriéndole cómplice.
—Ven, te encantará La Caverna.
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