
Capitulo 3:
[Yang Jeongin]
"Blame it on the rain... yeah, yeah..."
Estaba con una desconocida y enfrente de un animal rabioso. Era cuestión de segundos que el perro se diera cuenta de nosotros y nos atacara; todavía no nos veía pero si se giraba ya no había vuelta atrás. No quise mover ni una pestaña pues gracias al sonido de mis auriculares no era consciente del ruido que podría hacer, además, la chica parecía no querer soltarme.
Pensé en busca de una solución a este pequeño lío.
Bien, la puerta de la tienda estaba abierta, razón por la cual quizá yo le di la entrada al animal pero también sería mi salida para montarme al auto y largarme.
Pero había un pequeño inconveniente: se trataba de la desconocida. No me soltaba y se notaba incapaz de hacer algo por su vida para siquiera luchar por ella. Me golpeé mentalmente por saltar mi propia regla cuando el tiempo se me agotó y el perro nos notó. Aferrando la canasta con una mano y con la otra el brazo de la chica, corrí directo afuera de la tienda. Claro, el animal se echó a correr detrás de nosotros pero no le permití salir una vez salimos, pues en un acto de valentía me regresé para cerrar la puerta de vidrio y dejarlo encerrado.
Sentía el pulso en los oídos y la adrenalina corriéndome por las venas mientras sostenía con mi peso la puerta, dándole tiempo e indicaciones a la chica de que se subiera al auto.
—¡Súbe, sube! —grité más de la cuenta al no percatarme del volumen de mi voz.
Ella se movió rápido y gesticuló palabras que yo no pude escuchar ni mucho menos entender. ¿Era tonta o se hacía? Casi se saca la muñeca intentando abrir la puerta del copiloto cuando recordé que había dejado puesto el seguro.
Con una mueca de disculpa me esculqué los bolsillos en busca de las llaves y se las lancé. Otra vez, mala idea de mi parte por confiar tan descuidadamente en una extraña, capaz se robaba mi auto y me dejaba abandonado.
Casi se me salen los ojos de las cuencas cuando sentí el crujir del vidrio a mis espaldas. No debía ser un genio para darme cuenta de que el maldito perro estaba desquiciado y golpeaba la puerta para salir a como diera lugar. Me temblaron un poco las piernas, no quería mentir.
Recé a los cielos esperando un milagro pero por supuesto que eso no sucedería a menos de que los ovnis vinieran y me abducieran como parte de un portento.
Maldita sea, era cuestión de segundos que el vidrio de la puerta se quebrara y yo solo podía estar pensando en estupideces. Calculé de manera rápida e improvisada la distancia que había desde donde estaba yo sosteniendo la puerta hasta el auto, donde ya aguardaba la chica en el asiento del copiloto. ¿En qué momento se subió? Sí que era rápida y yo seguía como idiota tratando de que el perro se fuera a dormir la siesta.
Bien... a la cuenta de 3 correré aunque las piernas me tiemblen como fideos.
Uff, es difícil.
¡Es ahora o nunca!
Y con las fuerzas reunidas, me eché a correr al auto saltando por encima del capó y girando la cabeza en un movimiento atrevido para ver dónde estaba el animal. El muy hijo de... casi me muerde y babea las pantorrillas, era rápido y fuerte que el vidrio fue como papel para atravesar. Se me tensaron los músculos pero actúe de inmediato y subí por fin al auto.
Con desesperación arranqué antes de que al animal se le ocurriera querer atravesar el auto como si fuera Kitty Pryde.
Estaba tan sumergido en el volante que olvidé dos cosas: seguía con los auriculares puestos y ahora llevaba una pasajera.
Sin soltar el volante, me quité los auriculares con una mano. Ahora sí podía escuchar los ruidos de mi alrededor, jamás, pero JAMÁS volvía a cometer esa estupidez.
Escuchar mi respiración agitada ser mezclada con la de la chica me hizo recordar algo importante. La adrenalina había hecho que ambos corriéramos para salvarnos el pellejo y ninguno pensó en lo que ahora se me ocurría.
—¿No te ha mordido? —Casi freno de impacto para poder ver mejor a la chica.
Estábamos a una distancia bastante razonable a la que me aseguré para poder estar a salvo. Ella, con el rostro sucio pero más femenino que había visto en todo el apocalipsis, me miró con los ojos bien abiertos y luego, tras caer en cuenta de la pregunta, se revisó con nerviosismo los brazos y las piernas; toqueteó cada extremidad una y otra vez, hasta el rostro y parte del torso. Estaba sana.
O eso era lo que parecía.
—No, lo juro —el miedo en su voz delataba que había otra cosa que temía más que el hecho de poder estar infectada—. Por favor, no me dejes varada en medio del bosque. Estoy sana. Ningún animal ni ningún infectado me han mordido o siquiera he tocado sus fluidos.
—Eso es asqueroso. —No pude evitar hacer una mueca de asco.
Ella abrió y cerró la boca sin saber qué más decir para demostrar que lo que decía era cierto; aunque sus ojos decían mucho y bastaban para que yo creyera a pesar de ir en contra de las reglas que yo mismo había creado para sobrevivir.
Debí abofetearme por la tontería que salió de mí.
—Está bien. Pero si descubro que me mientes te juro por mis calcetas sagradas de rayas que te echo del auto. —La señalé con el índice.
De acuerdo, quizá fui demasiado intimidante, pero en tiempos como estos era vital tener precauciones.
—Gracias, muchísimas gracias. —Reverenció desde su asiento como pudo.
Me sentí un tanto raro, casi como si fuera un héroe recibiendo agradecimientos. Curiosamente se sintió bien.
La chica se mantuvo en silencio, no en un tipo de silencio incómodo sino llevadero. Había cosas que aclarar en mi mente y aunque resistí las ganas de ponerme los auriculares de nuevo, pude tranquilizarme un poco por lo que había pasado con el perro. Supuse que debía ser lo mismo que pasaba por la mente de la desconocida, la cual calló y observó con los ojos bien abiertos los alrededores de la carretera.
Así fue por lo que fueron casi 2 horas conduciendo. Hablamos nada y, aunque al principio fue bien para mí, comencé a cuestionarme si debía iniciar una conversación pues ahora parecía tener compañera de viaje, la cual desconocía a dónde se dirigía y cuál era su nombre.
Para aligerar un poco el ambiente, llevé la mano discretamente al estéreo para poner algo de música.
¿Qué? Ya había dicho que no podía vivir sin música.
No sé si había sido una mala idea o qué por la forma en que me miró de reojo la chica en cuanto Escape de Rupert Holmes sonó. Me puse nervioso.
Apreté el volante y aclaré mi garganta. Y aquí de nuevo, la idiotez hizo lo suyo.
—Soy Yang Jeongin, ¿y tú? —Ofrecí una extraña sonrisa cuadrada y temblorosa.
•••
Su nombre era Min Haejin y sí, ella al igual que todos los habitantes de Seúl se dirigían al refugio militar que en las alertas se mencionaba. No profundizamos mucho en temas personales durante los 2 días que llevábamos viajando. Ha sido una buena copiloto y claramente estaba sana, motivo por el cual seguía en mi auto.
—¿Patatas fritas o Corn dogs? —Era la pregunta número... Perdimos la cuenta a decir verdad.
—Patatas fritas —respondí, aceptando que ella me diera una en la boca pues yo tenía las manos puestas en el volante.
Sí, a ese grado de camaradería habíamos llegado y aprovechamos que era la última bolsa de patatas que nos quedaba. Las preguntas "tontas" que usualmente mis apáticos amigos solían llamar, se convirtieron en un juego de viaje para nosotros dos ahora. Haejin era interesante y me hacía reír a pesar de que a veces ella parecía entristecerse.
—Eso explica por qué arriesgaste el trasero en aquella tienda de conveniencia.
Su risa era contagiosa que en vez de sentirme ofendido yo me uní a ella.
Estaba anocheciendo y necesitaba urgentemente darme un estirón como también ir a regar el árbolito (mear), tenía las nalgas entumidas de llevar casi todo el bendito día conduciendo sin parar. Estábamos cerca, según mis cálculos solo nos faltaban 2 días más.
—Me dijiste que también te dirigías al refugio, ¿verdad? —preguntó ella.
¡Oh, pequeño detalle! Sí, por accidente le dije que iba a la misma dirección cuando realmente yo tenía otros planes. ¿Por qué? No sé, solo se me ocurrió decirle eso cuando platicamos sobre su destino. Se veía tan solitaria y frágil que no quise desampararla diciéndole que iría a otro lado cuando con emoción me contó maravillas sobre lo que había escuchado del refugio.
Una pequeña mentira no afectaba a nadie.
—Sí —contesté rápido, sonriéndole.
Pareció estar conforme y se limitó a seguir con las preguntas de ¿Qué prefieres?
Aparqué el auto fuera de la carretera, cerca de un inmenso árbol que podría cubrirlo en caso de que alguien pasara por ahí. Bajé a hacer mis necesidades no sin antes asegurarme —esta vez sin traer los auriculares puestos— de que no hubiera peligros. Al menos ningún animal o infectado me arrancaría las bolas de un mordisco.
Haejin hizo lo mismo cuando terminé y regresé al auto. Era linda pero por supuesto que también tenía por dónde defecar.
—No mires —advirtió.
Dándole la espalda y apoyando las manos contra la puerta del auto, respondí.
—No lo hago.
Ella hizo lo suyo y no tuve problema en cuidarla aunque no necesariamente tuviera que verla, ya era extraño de por sí escuchar sonidos que salieron de ella, ahora no podía imaginar si llegaba a verla en pose de aguilita.
Como cualquier otra noche, pero esta vez algo fresca, nos acomodamos en el asiento trasero compartiendo una manta calentita. ¿Por qué? Porque habíamos decidido sin premeditar en esta ocasión platicar sobre algo que me había dado cuenta en mis ratos de vigilia.
—He notado que sollozas entre sueños cuando duermes. No me molesta —aclaré, acercando sin querer mis piernas a las de ella para conseguir calor—. Siento que tiene que ver con algo que sucedió, ¿no es así?
Estaba oscuro y no podía ver con claridad el rostro de Haejin, pero algo me decía que su semblante había cambiado a uno de tristeza.
—Perdí a mi familia en el camino.
Y la forma en que había ocurrido fue desgarradora. ¿Qué debía hacer una persona en su situación cuando incluso ella misma corría peligro? Huir. Y eso fue lo que ella hizo. La culpa la carcomía, eso lo pude notar de inmediato una vez me explicó todo y su voz se tornó quebradiza.
Sentí sus lágrimas y dolor.
Y lo único que se me ocurrió luego de no decir absolutamente nada, fue besarla.
Un beso corto que la tomó desprevenida y sin embargo no fue correspondido en un inicio.
¿Un acto impulsivo? No lo creo.
¿Sabía lo que hacía? La verdad no estaba seguro.
¿Me gustó? No lo sé.
Mentira, sí que lo supe después.
Al salir del shock, Haejin entonces correspondió de la misma manera pero con un beso más largo.
Y ahí, en medio de la noche, atravesando casi todo Corea del Sur en un probablemente apocalipsis, Haejin y yo nos besamos. Sería egoísta decir que fue el único beso de la noche, así que me arriesgaré a contar que algunos más tomaron confianza aunque fueron cortos y dulces.
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