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011. Luka Salvatore

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LUKA SALVATORE OBSERVÓ A SU HERMANA salir de la biblioteca con lágrimas rodando por su rostro mientras Hermione Granger intentaba consolarla. Aquello solo podía significar una cosa: algo estaba terriblemente mal. Su hermana rara vez lloraba, y los pocos que lograban quebrarla eran su madre o su novio. La primera opción estaba descartada; su madre no estaba cerca. Eso dejaba solo a Draco. La sangre de Luka hirvió al instante. No importaba cuánto apreciara al rubio, su hermana siempre sería su prioridad, y la defendería incluso de su mejor amigo.

A su lado, Fiorella también se alarmó al ver el estado de Mellea, pero a diferencia de Luka, ella mantuvo la calma y se tomó un momento para analizar qué hacer. Sabía que Mellea necesitaba desahogarse primero con Hermione antes de enfrentarse a cualquier otra cosa. Aun así, alguien tenía que encontrar a Draco. Con un suspiro, Fiorella tocó el brazo de Luka y le dijo con firmeza:
—Hablaré con ella después. Tú encárgate de encontrar respuestas.

Luka no necesitaba más. Determinado, entró en la biblioteca con la mirada fija y el corazón palpitando de rabia. Tenía que saber qué había sucedido, y si encontraba a Draco en el proceso, no dudaría en confrontarlo. Sabía que Mellea no diría nada en ese estado. Cuando lloraba, las palabras parecían atragantarse en su garganta, dejándola incapaz de explicar lo que la había herido. Pero Luka no iba a quedarse con los brazos cruzados.

Mesa por mesa, fue interrogando a los presentes, pero nadie parecía haber visto nada o, más bien, nadie se atrevía a hablar. Los ojos de los estudiantes se llenaban de temor ante cualquier mención de Draco Malfoy, y susurros nerviosos flotaban en el aire. Luka empezaba a desesperarse. ¿Acaso nadie iba a decirle qué demonios había pasado?

Finalmente, un tímido chico de Hufflepuff levantó la mano. Su voz temblaba cuando preguntó:
—Si te digo lo que escuché... ¿Malfoy no me hará nada?

Luka suavizó su expresión, aunque su furia seguía latente bajo la superficie.
—Te prometo que nada te pasará. Yo me encargaré. ¿Cómo te llamas?

— Timothee— contestó el Hufflepuff

—Bien, Timothée. Cuéntame lo que sabes, yo te escucho

El joven tragó saliva, claramente aterrorizado por lo que estaba a punto de revelar. Era comprensible. Draco tenía una reputación que podía hacer temblar incluso a los más valientes. Pero tras un momento de duda, Timothée comenzó a hablar.

—Tu hermana estaba hablando con Harry Potter. Parecían llevarse bien. Pero entonces Malfoy los vio y... no le gustó... en lo absoluto

Luka apretó los puños. Podía imaginar perfectamente la escena. Conocía los pensamientos de Draco por Potter, por lo que podía suponer que clase de reacción podría tener al verlo hablar con Mellea.

—Ellos empezaron a gritarse. Se dijeron cosas muy feas. Parecía que iban a golpearse en cualquier momento, y Mellea tuvo que intervenir. Se puso entre ellos.

El Slytherin sintió cómo su furia crecía. Su hermana, siempre tan noble, siempre dispuesta a apaciguar los ánimos, incluso a costa de su propia paz.

—Draco le gritó a Potter que no se metiera en su relación. Fue entonces cuando tuve miedo de que Malfoy me viera y... regresé a mi lugar sin hacer ruido —finalizó Timothée, con una disculpa implícita en sus ojos.

Luka asintió, colocando una mano sobre el hombro del chico.
—Has hecho bien, Timothée. Nadie sabrá que me lo dijiste. Te lo agradezco.

Con la información suficiente, Luka abandonó la biblioteca con un único propósito: encontrar a su hermana. Sabía exactamente dónde estaría. No había que ser un genio para deducir que Hermione y el resto del trío de oro la habrían llevado a la sala común de Gryffindor. Se dirigió a la torre, decidido a esperarla hasta que apareciera.

Mientras tanto, en la sala común, Mellea se sentía abrumada. Las palabras de consuelo de sus amigos rebotaban en su mente sin calar realmente. Tomó sus cosas, que Hermione había recogido por ella, y prometió que no buscaría a Draco. Solo necesitaba tiempo para sí misma antes de la cena.

Muchas preguntas rondaban por la mente de Mellea, pero había una que retumbaba con más fuerza que las demás: ¿Sería Draco capaz de golpearla? La idea la aterrorizaba tanto como la indignaba. No, eso no podía ser cierto. Lo conocía, lo había visto en sus momentos más vulnerables, y aunque era alguien explosivo, ella se negaba a creer que fuera capaz de dañarla físicamente. ¿No es así?

Sin embargo, esa certeza tambaleaba. No podía ignorar la sensación que la recorría cuando recordaba las dos ocasiones en que Draco le había gritado con una furia descontrolada. En esos momentos, no solo había sentido tristeza o enojo, sino algo mucho más inquietante: miedo. Nunca había visto esa mirada en los ojos de su novio, esa intensidad fría y cortante que parecía devorar cualquier rastro del joven que ella amaba.

¿Por qué se siente así? Mellea sacudió la cabeza, intentando borrar las imágenes de su memoria. No, no podía ser. Draco la quería, ¿no? Él sería incapaz de hacerle algo que pudiera lastimarla. Su amor no podía ser así. Pero entonces, ¿por qué esa confusión seguía anidándose en su pecho? No, no, no. Quería convencerse, necesitaba convencerse, pero las dudas seguían allí, como un eco que no podía silenciar.

Con el corazón pesado, salió de la sala común, buscando un respiro que aliviara el torbellino de pensamientos que amenazaba con consumirla. Fue entonces cuando lo vio.

Luka estaba sentado en una de las escaleras cercanas, su postura relajada, pero su expresión era otra historia. Sus ojos estaban alerta, su mandíbula ligeramente apretada, como si estuviera preparado para saltar al menor indicio de peligro. Mellea sintió un alivio inesperado al verlo. Su hermano no necesitaba decir nada; su sola presencia era suficiente para hacerla sentir segura.

Sin pensarlo dos veces, Mellea se acercó a él. Había muchas cosas que podría haberle dicho, muchas preguntas que podrían haber salido de sus labios, pero todas quedaron en el aire. Solo necesitaba algo más sencillo, algo más puro.

—Luka —susurró, su voz quebrándose un poco.

Él levantó la mirada al escucharla y, sin dudarlo, se puso de pie. En ese momento, Luka supo que su hermana necesitaba algo que nadie más podía darle.

Sin decir una palabra, la envolvió en un abrazo fuerte y protector. Mellea hundió el rostro en su pecho, dejando que las lágrimas que había intentado contener durante tanto tiempo finalmente fluyeran.

Luka no preguntó nada, no presionó. Sabía que habría tiempo para las respuestas, pero por ahora, su hermana solo necesitaba sentir que no estaba sola.

—Estoy aquí, Mell —susurró él, apretándola un poco más contra sí—. Pase lo que pase, siempre voy a estar aquí.

Y en ese momento, por primera vez en todo el día, Mellea sintió que podía respirar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, tratando de ocultar su tristeza.

—Vi que saliste llorando de la biblioteca. Y, sinceramente, no me creo que lo que pasó no sea importante, así que no intentes mentirme con eso

Mellea intentó apartarse, pero Luka la retuvo suavemente.

—No puedes mentirme, Mell. Soy tu hermano. Te conozco mejor que nadie.

Ella bajó la cabeza, sintiéndose incapaz de sostener su mirada.

—No quiero hablar de eso ahora, Luka. Solo quiero caminar contigo.

—Está bien —aceptó él, aunque su tono dejaba claro que no lo olvidaría—. Pero me lo contarás todo. Esto no es la primera vez que te veo llorar por Draco esta semana, y no lo voy a tolerar.

—Draco no me hace nada... solo estaba pasando por un mal momento

—Más te vale que sea cierto —respondió Luka, colocando un brazo protector sobre los hombros de su hermana—. Porque si descubro que ese idiota te está lastimando, no me importa que sea mi amigo. Lo enfrentaré, y te sacaré de esa relación si es necesario.

Mellea no respondió. Sabía que Luka lo decía en serio. Mientras caminaban, se permitió apoyarse en él, sintiendo por primera vez en el día una chispa de alivio. Luka siempre estaría ahí para ella. Siempre la protegería, incluso si eso significaba traicionar a su propio mejor amigo.

Para Luka, Mellea era lo más importante en el mundo. Y no permitiría que nada ni nadie la destruyera.

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