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𝑐ℎ𝑎𝑝𝑡𝑒𝑟 𝑓𝑜𝑢𝑟



𝐷𝑖𝑛𝑖𝑛𝑔 𝑟𝑜𝑜𝑚, 𝐵𝑟𝑖𝑑𝑔𝑒𝑟𝑡𝑜𝑛 𝐻𝑜𝑢𝑠𝑒


Diana no había probado bocado del estofado que le habían servido en el plato hacía diez minutos. A su derecha, Benedict charlaba animadamente con Colin sobre el viaje del último a Grecia. A su izquierda, sin embargo, reinaba el silencio. Su madre había insistido en que fuera ella la que ocupara el asiento junto al duque de Brighton en lugar del segundo de sus hijos. La pobre vizcondesa viuda, en un intento de emparejar a sus dos hijas con los duques invitados, las había condenado a pasar una cena insufrible.

Mientras el rostro de la joven mostraba con transparencia la incomodidad que sentía, Fitzgerald sonreía con diversión. No solo por la anécdota que estaba contando Anthony de sus días en la universidad de Oxford, sino por la cara de molestia que Diana había portado desde su encuentro en el recibidor. Diana tenía más claro a cada segundo que pasaba que a Brighton le complacía la situación en la que se encontraban.

—Está muy pálida, Miss Bridgerton —habló el duque en voz baja, inclinando la cabeza hacia su derecha para que la conversación quedara entre los dos—. Le recomiendo que pruebe las verduras. Ninguna joven puede encontrar marido con un estómago vacío.

—Soy incapaz de tener apetito cuando me encuentro en mala compañía, excelencia —respondió la rubia con una sonrisa irónica. El duque frunció levemente el ceño, pero eso no le impidió conservar su mueca divertida—. Y le aseguro que, si estuviera dispuesta a buscar esposo, lo haría lo más alejada de usted posible. 

Brighton soltó una risa ahogada, casi imperceptible, antes de acomodarse en su silla. Diana rodó los ojos ante el aparente entretenimiento del duque, harta de sus juegos y de su aire de superioridad. Y tan solo iban por el primer plato.

—A juzgar por sus palabras, cualquiera diría que no disfruta de mi compañía, Miss Bridgerton.

—Eso es porque no lo hago —respondió tajante—. Es usted vanidoso y arrogante, por no decir —

—¿Impresentable? —interrumpió el duque, fingiendo confusión en su tono— Sí, creo que ya dejó claro cuál era su parecer en el baile de los Danbury. 


Ajena a la conversación, Violet intentaba enterarse de la íntima charla que tenía lugar entre Diana y Peter Fitzgerald. Su hija parecía haber pasado por alto el "pequeño detalle" que suponía haber conocido al duque de Brighton hacía unos días, dejando a la vizcondesa desconcertada. No fue hasta que vio el intercambio de miradas que se produjo entre las mellizas en repetidas ocasiones cuando supo que algo se le escapaba.

Al otro lado de la mesa, el primogénito de los Bridgerton no le quitaba ojo a sus hermanas pequeñas. El empeño de su madre por invitar a Lady Danbury y los duques de Hastings y Brighton no se había visto precedido por ningún disimulo, habiendo alegado que simplemente se trataba de una "cena íntima de familias amigas". Anthony, por supuesto, sabía leer más allá de la cálida sonrisa de la vizcondesa viuda. Por no mencionar que la mujer se había pasado los dos últimos días alabando a los duques y mencionando los buenos partidos que serían para sus hijas. 

Aunque ninguno lograba descifrar el tema de conversación que tenía tan atrapados a Peter Fitzgerald y a la joven Bridgerton, ambos se percataron la mueca que se había instalado en el rostro de Diana desde el instante que el Duque atravesó el umbral de la casa familiar.

—Quizá porque no tuvo reparo en denigrarme con sus palabras, excelencia —recalcó Diana, que comenzaba a perder la poca paciencia que le quedaba—. Espero que el resto de debutantes no tuvieran que enfrentarse al desagrado que supone intentar establecer una simple conversación con usted.

—Usted decidió ofenderse por mis palabras, Miss Bridgerton —defendió el duque con su particular ceño fruncido, apartando la mirada de la joven para centrarse en su cena—. Yo simplemente le dejé clara mi postura. 

—¿Es que se piensa que todas las jóvenes de la ciudad tienen su atención puesta en un hombre como usted? Y se hace llamar caballero —bufó la rubia—... Incluso si así fuera, les bastaría cinco segundos para cambiar de postura rotundamente. 

—¿Sabe? Disfrutaba más de su compañía cuando me hablaba de la pintura satírica de Hogarth.

—Excelencia —interrumpió amablemente la vizcondesa viuda, provocando que ambos se giraran hacia ella— Espero que aún tenga apetito para el segundo plato.

Fue entonces cuando Diana se percató de que una de las doncellas se encontraba junto al duque, esperando a que terminaran su conversación para servirle el segundo plato. Esto no solo había captado la atención de Violet, sino del resto de los hermanos Bridgerton y el duque de Hastings. 

Fitzgerald se disculpó brevemente y esbozó una sonrisa no muy sincera como evasiva. El duque esperó a que la doncella terminara de servir el segundo plato para entablar conversación con Benedict y Colin, interesándose por el viaje del más joven a Grecia. Mientras tanto, Diana pasó a disfrutar del breve silencio que se generó a su izquierda y agradeció que el duque hubiera cedido en su intento de molestarla.

—Querida, apenas has probado bocado. ¿Te encuentras bien? —preguntó la vizcondesa en voz baja.

—Sí, mamá. No te preocupes.

—Diana ha pasado toda la tarde enseñándole a Hyacinth una sonata para piano de Mozart —explicó Daphne con una sonrisa. La pelirroja, más que dirigirse a los invitados, se giró hacia sus hermanos—. Cuando sea más mayor será una gran pianista.

—Oh, estoy segura de que a los duques les encantará escucharla —sonrió Violet. Mientras Hyacinth saltaba de emoción sobre su silla, su madre se dirigió hacia Diana con ternura— Ojalá hubiera venido el Conde de Beverly, querida. Recuerdo el ímpetu que mostró por escucharte tocar.

—¿Beverly? Pensé que el conde había muerto hace unos años. Y sin descendencia. 

—Así es —respondió Anthony a Basset con rapidez—. Su sobrino, Theodore Spencer, se está haciendo cargo de Beverly. Al parecer reciben muchos extranjeros. 

—No había oído hablar de él. ¿Se encuentra en Londres? —preguntó el duque de nuevo.

—En efecto, excelencia. El conde es un caballero excepcional. Quizá Anthony pueda presentarlos en el club. ¿Verdad, querido?

«Por favor, que no lo diga», pensó Diana con angustia al ver la emoción con la que su amada madre hablaba del conde. Probando por primera vez el segundo plato, la rubia desvió la mirada hacia Daphne para suplicarle que interviniera antes de que su madre dijera una palabra más de Spencer. La pelirroja pareció entender el encriptado mensaje de su hermana, por lo que no tardó en girarse hacia la vizcondesa.

—Mamá, ¿cuál habías dicho que era el postre? 

—¡Oh! —exclamó Francesca. Ante la interrupción, Diana tomó aire de nuevo y se temió lo peor— Y nos invitó a pasar un fin de semana en Beverly. Es realmente el pretendiente perfecto.

—Tendrá que hacer mucho más que eso si quiere alejar a Di de nosotros, querida hermana pequeña —rió Benedict, quien quiso desviar el tema de conversación tan pronto como salió. Conociendo a su hermana, sabía que Diana no querría que la atormentaran más con ese tema. 

A su izquierda, Diana pudo casi escuchar la sonrisa que se dibujó en los labios del duque de Brighton. La rubia no se giró a mirarlo, no iba a darle ese gusto —por mucho que deseara gritarle y preguntarle qué le resultaba tan divertido—. Sin embargo, Brighton se adelantó y se giró ligeramente hacia ella, regalándole a la joven una sonrisa burlona sin perder su particular ceño fruncido.

—¿Pretendiente? —murmuró, su voz apenas audible para ellos— Una lástima que usted no contemple buscar marido, Miss Bridgerton. Parece atraer a todos los caballeros de Londres.

—¿A todos? —dijo fríamente Diana tras encontrarse finalmente con los ojos de Fitzgerald. Cuando el duque apreció sus mejillas sonrojadas por la furia, la sorna con la que le sonreía aumentó de forma notoria—. Lo lamento profundamente, excelencia, pero una cara bonita no es suficiente para tentarme. Siéntase libre para marcharse con su entusiasmo a otra parte.

Tan pronto como había aparecido, la sonrisa se esfumó del rostro de Brighton. Cualquier otro caballero no habría dudado en llamarla insolente, o incluso en decirle al primogénito de los Bridgerton que el comportamiento de su hermana no era apto para una señorita —mucho menos para una debutante—. Diana, por su parte, considerablemente satisfecha por haberle devuelto el comentario que recibió del duque la noche que se conocieron, volvió la mirada a su plato de carne y verduras. De repente le había entrado el apetito.

Fitzgerald se limitó a observar el perfil de la rubia, como si fuera incapaz de procesar las palabras de Diana. No pretendía satisfacer a la joven guardando silencio, pero la verdad es que el duque se había quedado sin palabras ante ella. Y no solo por su último comentario.


Mientras Diana intervino en la conversación de Eloise y sus hermanos sobre la supuesta identidad de Lady Whistledown, Peter Fitzgerald guardó silencio, observando desde su asiento a los hermanos discutir entre risas. El duque no supo identificar el nudo que se formó en su pecho mientras contemplaba la escena y escuchaba las risotadas de Hyacinth, aunque reconoció el amargor que le recorrió el cuerpo una vez más. Desde el otro lado de la mesa, Basset, su fiel amigo y compañero vio como el semblante del duque se tornaba sombrío. Algo que había visto suceder múltiples veces en los últimos años. Brighton notó los ojos de su amigo de la infancia sobre él, y adelantándose a la preocupación que acarrearía, le dedicó una pequeña sonrisa al duque de Hastings.

—Hastings, Brighton. Me alegro de que hayáis decidido acompañarnos esta tarde —habló Anthony tras percibir el silencio incómodo que se había establecido en el otro extremo del comedor—. ¡Menuda sorpresa por vuestra parte!

—En absoluto —respondió Simon con cortesía antes de llevarse la copa de vino a los labios—. Lady Danbury aceptó la amable invitación de tu querida madre en nuestro nombre. ¿Cómo podríamos a decir que no?

Entonces, Diana buscó la mirada del mayor de su hermano entre todos los reunidos en la cena. Desde su encuentro esa mañana, la rubia debió haber sabido que la siempre generosa vizcondesa viuda tenía una intención escondida tras la invitación a Lady Danbury y los duques. Si no hubiera sido un acontecimiento de tal importancia o con un doble sentido oculto, Violet habría sacado a Diana de la cama para que fuera a ese paseo con el Conde de Beverly que Anthony había mencionado. Después de todo, la madre de los Bridgerton era la que más encantada se encontraba con que Theodore Spencer fuera el pretendiente de su preciosa hija.

—Deben quedarse para el postre, excelencias. Tenemos tarta de grosellas.

«Cielos santo. ¿Es que no terminará nunca esta tortura?», pensó Diana. Bufando por lo bajo, la joven alisó la falda de su vestido antes de ser sacada abruptamente de sus propios pensamientos. 

Y de nuevo, un escalofrío provocado por esa voz. 

—Bridgerton, ¿pintaste tú ese cuadro? —preguntó Fitzgerald. El duque tenía la mirada puesta en una pintura que colgaba en la pared del comedor— Debo admitir que la mezcla de colores es exquisita. Y la técnica es extraordinaria.

«Acaba de...»

—Oh, no —respondió Benedict después de que se le escapara una risita—... Siempre le digo a Diana que debe enseñarme a pintar así los paisajes. Supongo que dejé de ser el artista de la familia cuando mi hermanita aprendió a sujetar un pincel.

A la vez que Eloise salía apresuradamente a favor de Diana, el duque dibujó una mueca en sus labios que pretendía ser lo más parecido a una sonrisa que pudiera gesticular en ese momento. Brighton se removió con incomodidad en su asiento, percibiendo el regocijo que provenía de la joven a su derecha. 

—Me abruman sus halagos, excelencia —susurró Diana con diversión. La rubia se pasó la servilleta por los labios y se giró con la mejor de sus sonrisas hacia el hombre a su izquierda—. Quién diría que una joven como yo podría dejar a un caballero como usted sin palabras. Es maravilloso.

—Sí —respondió el duque, atravesando a la rubia junto a él con sus ojos oscuros—. Realmente maravilloso. 



❀⊱ ────────────── ⊰❀



—Puede decir lo que quiera, pero esta vez he ganado yo. 

—Di —resopló Daphne antes de meterse en la cama de su hermana—... Lo único que ese hombre quería era sacarte de quicio.

—¡Y por un momento pensé que lo lograría! —dijo la rubia, abrazando uno de los cojines mientras miraba a su melliza con incredulidad— He llegado a pensar que aceptó venir esta noche sólo para fastidiarme por lo ocurrido en el baile. ¡Es tan... arrogante! ¡Deberías haber visto cómo se dirigía a mí!

—Bueno, puedo imaginármelo.

—Hastings —bufó Diana. La joven se recostó sobre su almohada y se tapó la cara con el cojín que sujetaba entre sus manos—... ¿Es que nuestro hermano no puede evitar la compañía de hombres así? Ni siquiera sé como se atreven a llamarse caballeros. 

Daphne imitó la postura de su melliza y guardó silencio, repasando los acontecimientos de esa noche. Ella había tenido sus propios enfrentamientos —por llamarlos de algún modo— con el duque de Hastings, por lo que comprendía la rabia que corría por las venas de su amada hermana. 

—Ojalá pudiera encontrar a un caballero como Theodore Spencer —habló en voz baja la pelirroja, notando como Diana había girado la cabeza para mirarla. La ojiverde guardo silencio unos segundos antes de hablar.

—El conde va a ser mi pareja mañana para el baile de Vauxhall.

Daphne se incorporó de un salto después de haber escuchado el casi imperceptible comentario de su melliza. La pelirroja le quitó el cojín de la cara a Diana y tomó sus manos, dándole un apretón reconfortante.

—¡Eso es extraordinario, Di! —exclamó con emoción— Además, estoy segura de que la compañía del conde de Beverly hará que te sientas más cómoda. Así no tendrás que aguantar los insoportables quejidos de Anthony toda la noche.

—Supongo que tienes razón —dijo Diana, sonriéndole débilmente a la joven. Sin embargo, su sonrisa se esfumó en cuestión de segundos—. Nuestro hermano aceptó la invitación de Spencer en mi nombre. Parece estar sumamente convencido de que el conde acabará pidiendo mi mano. ¡Incluso quiere que vaya a hacerme un nuevo vestido!

Daphne rió por lo bajo al escuchar el espanto con el que su hermana pronunció aquellas palabras. La rubia, por otro lado, empujó levemente el hombro de su hermana en señal de protesta. Suficientes bromas escuchaba a lo largo del día por parte de Benedict y Collin sobre su "futuro marido"; no necesitaba que su melliza se uniera a ellos. 

—¿Sería tan malo? —pronunció finalmente la pelirroja. Sus palabras eran suaves, pero su significado era más poderoso de lo que a Diana le gustaría admitir— La temporada acaba de empezar, no tienes por qué apresurarte a tomar una decisión. Pero el conde ha demostrado estar interesado únicamente en ti... No, interesado no. ¡Cautivado! 

—Él no me conoce, Daph. Lo único que siente por mí es... atracción física —contestó la menor de las mellizas después de rodar los ojos—. No voy a casarme con un hombre sólo porque me encuentre más guapa que a las demás debutantes de Londres. 

"Una cara bonita no es suficiente para tentarme."

«Sal de mi cabeza», pensó Diana mientras cerraba los ojos. En la distancia podía escuchar a Daphne alabar al Conde de Beverly y elogiar su comportamiento. La rubia deseaba poder cambiarse con Daphne, no solo por no encontrarse en esa situación, sino para librar a su melliza de la pesadilla que estaba atravesando. Sabía que tal inicio de temporada era todo lo contrario a lo que Daphne había aspirado desde niña y comprendía su sufrimiento. Pero eso no significaba que se conformara con verla angustiada desde el alba hasta el anochecer.

Diana odiaba echar la vista al pasado y sentirse nostálgica. Pero en momentos en los que se sentía perdida o asustada, añoraba sentir los brazos de su difunto padre envolviéndola mientras el vizconde tarareaba una de las canciones que se había inventado especialmente para sus dos pequeñas. 

Daphne notó cómo se había transformado la expresión que portaba su melliza en el rostro. La pelirroja ya había visto el brillo lúgubre que se había instalado en los ojos de su hermana —más veces de lo que quisiera admitir—, por lo que averiguó de inmediato en qué dirección habían viajado sus pensamientos. 

—¿Estás bien? —preguntó la mayor en voz baja.

—Sí, pero estoy agotada. Interactuar con el género masculino me deja sin energía —respondió Diana antes de bostezar. La joven se giró completamente hacia su hermana y abrazó su almohada—. ¿Duermes conmigo hoy? 

—Por supuesto —rió la pelirroja, acomodándose en la cama y tomando la mano de su melliza—. Como en los viejos tiempos.

—Bueno, cuando te cases ya no podremos hacer esto. Quisiera disfrutar de mi hermana el tiempo que me queda.

—¿Y si tú te casas primero? —Diana rodó los ojos e hizo una mueca de desagrado, dándole la espalda a su hermana. Entre risas y cogidas de la mano, las mellizas Bridgerton cayeron rendidas ante Morfeo, justo como cuando eran niñas. 


Mientras Mayfair sucumbía a la oscuridad de la noche, a las afueras de la capital se iluminaba uno de los cuartos de invitados de la residencia Hastings en la ciudad. Peter Fitzgerald parecía ser incapaz de conciliar el sueño aquella noche de verano, por lo que decidió prender una de las velas que reposaban en la mesilla junto a su cama y se dirigió a la biblioteca. Con la camisa de dormir abierta hasta la mitad del pecho y los puños remangados a la altura de los codos, el duque de Brighton comenzó a echar de menos su hogar. Si estuviera en la casa en la que se crió y vivió antes de irse a estudiar a Oxford, Fitzgerald no habría dudado en ir al lago que estaba a unos metros de la residencia de los duques de Brighton. Darse un baño en aquellas aguas siempre conseguía despejarle la mente.

Sin embargo, atrapado entre los fríos muros del antiguo hogar de los Hastings, el duque se sintió ahogado por sus propios pensamientos. Aquellos que le empujaban a pensar constantemente en la cena a la que había acudido hacía unas horas y en la que estaba aquella joven que, por primera vez, había hecho que Peter Fitzgerald no tuviera una respuesta ingeniosa con la que contraatacar.

—Sal de mi cabeza —dijo para sí mismo, como si la persona a la que iban dirigidas esas palabras pudiera escucharlas.

Peter Fitzgerald había rechazado esa misma tarde la invitación de Lady Danbury de acudir al baile de Vauxhall, algo antes de marcharse a la residencia de los Bridgerton. Sin embargo —y sin saber muy bien por qué—, cuando la vizcondesa viuda extendió su invitación de Simon a él, animando a ambos a que acudieran, Peter no pudo evitar responder que sí. 

—Creía que detestabas esos bailes. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión, querido amigo? —le había preguntado Basset con una de sus sabiondas sonrisas. Como si supiera algo que él no. Fitzgerald había rodado los ojos y empujado a Simon para subir al carruaje antes que él.

—Mira quién habla. 



❀⊱ ────────────── ⊰❀


𝑉𝑎𝑢𝑥ℎ𝑎𝑙𝑙 𝑃𝑙𝑒𝑎𝑠𝑢𝑟𝑒 𝐺𝑎𝑟𝑑𝑒𝑛𝑠


"𝐵𝑢𝑒𝑛𝑜, 𝑒𝑠𝑡𝑖𝑚𝑎𝑑𝑜 𝑙𝑒𝑐𝑡𝑜𝑟. 𝑃𝑎𝑟𝑒𝑐𝑒 𝑞𝑢𝑒 𝑡𝑜𝑑𝑜 𝐺𝑟𝑜𝑠𝑣𝑒𝑛𝑜𝑟 𝑆𝑞𝑢𝑎𝑟𝑒 𝑠𝑒 𝑒𝑠𝑡𝑎́ ℎ𝑎𝑐𝑖𝑒𝑛𝑑𝑜 𝑢𝑛𝑎 𝑝𝑟𝑒𝑔𝑢𝑛𝑡𝑎 𝑢𝑛 𝑡𝑎𝑛𝑡𝑜 𝑒𝑠𝑐𝑎𝑛𝑑𝑎𝑙𝑜𝑠𝑎. ¿𝐸𝑠 𝑙𝑎 𝑐𝑎𝑖́𝑑𝑎 𝑒𝑛 𝑑𝑒𝑠𝑔𝑟𝑎𝑐𝑖𝑎 𝑑𝑒 𝑢𝑛 𝑑𝑖𝑎𝑚𝑎𝑛𝑡𝑒 𝑒𝑙 𝑒𝑠𝑐𝑎́𝑛𝑑𝑎𝑙𝑜 𝑚𝑎́𝑠 𝑐𝑜𝑚𝑝𝑟𝑜𝑚𝑒𝑡𝑒𝑑𝑜𝑟 𝑑𝑒 𝑡𝑜𝑑𝑜𝑠?"

—Todo el mundo nos mira —murmuró Daphne tan pronto como los Bridgerton hicieron acto de presencia en el baile—. Y todo por las palabras de Lady Whistledown. 

—Querida, nos miran porque sois las jóvenes más radiantes de Londres. No importa lo que esa escritora diga de ti, ¿de acuerdo?

—Además —intervino Benedict mientras le ofrecía su brazo a Diana, quien lo tomó sin protestar—... Seguro que se esconde detrás de un seudónimo porque conoce a Di y sabe lo que le haría.

—Oh, puedes estar seguro —respondió la rubia entre risas—. Más le vale a quien sea que escribe esos panfletos no revelar su identidad porque me olvidaré de todos los modales que debo tener.

—Bueno, más te vale guardar la compostura —dijo Anthony de repente. El primogénito se había llevado todo el día con la misma cara de pocos amigos—. Esta noche puede ser muy importante. Iré a ver si Beverly ha llegado. 

El resto de la familia Bridgerton se quedó en la misma posición mientras observaban al mayor de los hermanos caminar a paso rápido entre la alta sociedad londinense. La vizcondesa viuda argumentó que su hijo mayor estaba nervioso por la noche de hoy; que dejaran que le diera el aire. Sin embargo, Diana supo que el malestar de Anthony se debía a algo mucho más importante que unos simples nervios. Hacía tiempo que no veía a su hermano mayor con una expresión tan fúnebre. 

—¿Veis alguno a Miss Thompson? —preguntó Colin, alzándose sobre sus puntillas con la intención de localizar a la joven que se hospedaba en casa de los Featherington— Ahí está Penelope. Iré a preguntarle.

—¡Colin! —llamó Violet, pero el tercero de sus hijos ya había emprendido su camino y se había perdido entre la multitud. La mujer suspiró y se giró hacia las mellizas y Benedict. El moreno se encogió de hombros y separó los labios, probablemente para hacer una de sus peculiares bromas— No te molestes, querido. Será mejor que vayamos entrando. 

Benedict se limitó a hacer una mueca de disconformidad y siguió los pasos de su madre. Los cuatro fueron saludando a los miembros de las familias más respetadas del país mientras las dos jóvenes Bridgerton comentaban la belleza de los jardines y su luminosa decoración. De repente y saliendo de la nada, Anthony apareció frente a ellos acompañado de otro caballero. Uno que encendió de nuevo los nervios en la boca del estómago de Diana.

—Hermana, aquí estás —dijo el vizconde con una sonrisa forzada—. El conde me estaba preguntando por ti.

—Milord, qué placer volver a verle.

—El placer es mío, Lady Bridgerton —sonrió Spencer después de ofrecerle una reverencia a la vizcondesa. Desviando sus orbes hacia las Daphne y Benedict, el conde saludó respectivamente a cada uno de ellos antes de dirigirse a la rubia—. Miss Bridgerton... ojalá pudiera encontrar las palabras para descubrir lo radiante que está esta noche.

—Gracias, milord —respondió Diana, que sentía la sangre subir rápidamente hasta sus mejillas. Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra más, una voz masculina se abrió paso entre los asistentes al baile de Vauxhall.

—Damas y caballeros, va a empezar el acontecimiento más extraordinario de la noche. Vengan por aquí. ¡Vengan, acérquense!

—Encantador —murmuró Anthony para sí mismo. Pero Diana, quien logró escuchar su comentario, le mandó una mirada asesina al mayor de los Bridgerton.

—Miss Bridgerton, ¿me hace el honor? —dijo Spencer. El conde extendió su mano en dirección a la rubia, invitándola a que le acompañara a ver el espectáculo. Sintiendo la mano de la vizcondesa en su espalda, Diana dio un paso al frente y tomó la mano del conde con delicadeza.

—Por supuesto, milord. 

Diana reparó en la calidez de la mano del caballero que la sujetaba con sutileza, como si temiera que fuera a romperse en cualquier momento. La rubia nunca lo admitiría, pero los nervios que había sentido al reencontrarse con el conde aumentaron considerablemente en el momento en que Theodore acarició la piel de la joven mientras la guiaba por los invitados al baile. Y mientras disfrutaba del cómodo silencio que le regalaba el conde, Diana percibió a muchas de las jóvenes debutantes mirarla desde la distancia, algunas de ellas con envidia. 

—Espero que las flores fueran de su agrado —habló el caballero en voz baja, lo suficientemente alto como para que solo ella pudiera escucharle—. No es excusa, pero espero que hayan justificado mi ausencia esta última semana. Si estuviera en mi mano la visitaría todas las mañanas, pero me temo que tengo que tratar más asuntos de los que me puedo ocupar. 

—No tiene que excusarse, milord —se apresuró a decir la joven—. Comprendo que un caballero como usted tiene obligaciones que no puede ignorar. Y... aunque las flores no reemplazan una compañía tan agradable como la suya, debo admitir que son preciosas. 

Spencer detuvo su paso cuando alcanzaron el punto señalizado donde daría comienzo el espectáculo. El joven conde no pudo esconder la sonrisa que se había iluminado su rostro tras el halago de Diana, que le devolvió el gesto con sinceridad. La rubia no sabía si era la magia de Vauxhall o el clima veraniego, pero por un momento vio en Theodore lo que su madre y sus hermanas tanto decían. 

—Es usted un misterio, Miss Bridgerton.

—¿Por qué lo dice? —preguntó Diana, confundida. El conde soltó la mano de la rubia y le ofreció su brazo.

—Es evidente que todas las debutantes de Londres buscan desesperadas un marido con el que casarse antes de que finalice la temporada. No obstante, esa desesperación es algo que no veo en sus ojos. 

«Eso es porque no quiero casarme.»

—Me temo que no sé a qué se refiere, milord...

—No soy una persona impulsiva, Miss Bridgerton —cortó Beverly—. Pero esa naturaleza por la que me guío cambió radicalmente en el momento en que la vi en el baile de los Danbury.

Diana no pudo evitar aflojar el agarre que ejercía sobre el brazo de Spencer al escuchar su testimonio. Parecía que sus manos habían empezado a sudar de repente y que sus piernas, flaqueando, darían de sí y la mandarían directa al frío césped de Vauxhall.

«Esto no puede pasar ahora.»

Milord...

—Nunca la presionaría a hacer algo que no desee de corazón —intervino el conde nuevamente, que había percibido el nerviosismo en Diana. Tras entrelazar sus manos, Theodore las llevó a su pecho y las colocó sobre su corazón—. Pero estoy dispuesto a ganarme su confianza y su amor, siempre que sus sentimientos hacia mí sean recíprocos.

 —Es todo un privilegio presentarles el nuevo espectáculo de iluminación de Vauxhall —anunció el caballero que daba voz al evento. Diana aprovechó la intrusión y puso algo de distancia entre ambos al dar un paso hacia atrás— ¡Deléitense... y déjense llevar por la magia de la luz!

Mientras la función daba comienzo y cientos de bombillas se encendían progresivamente sobre sus cabezas Diana se apresuró a pensar las palabras adecuadas a la declaración del conde de Beverly. La joven Bridgerton sabía que, en cuanto cesaran los aplausos de los invitados, Spencer seguiría a su lado aguardando una respuesta.

Cuando los aplausos empezaron a desvanecerse, Diana se armó de valor y giró sobre sus talones para encarar a Spencer. Sin embargo, cuando un rostro conocido asomó por encima del hombro del conde, la rubia juró que los astros se habían alineado para hacerle la vida imposible. 

—Miss Bridgerton. Debo decir que está verdaderamente espléndida esta noche.

—Excelencia —logró pronunciar Diana, aunque el oxígeno había abandonado su cuerpo hacía ya unos segundos. «¿Pero qué demonios le pasa a este hombre?», pensó la rubia al escuchar la zalamería del caballero—. Milord, le presento al duque de Brighton. Excelencia, él es...

—El conde de Beverly, ¿no es así? —interrumpió Fitzgerald, esbozando una sonrisa que para Diana estaba cargada de superioridad— Me encantaría conocer los detalles sobre su condado, Beverly. Pero me temo que le prometí a Miss Bridgerton que sería el primer caballero en acompañarla a la pista de baile.

—Oh —dijo Spencer con dificultad, ignorando la expresión incrédula de Diana. La joven no tenía ni idea de lo que estaba pasando—... En ese caso, excelencia, me temo que no tengo otra opción. 

Tras regalarle otra sonrisa forzada y asentir con la cabeza como despedida, el duque le tendió la mano a Diana. Con el rostro pálido y sin comprender la situación, la de ojos verdes aceptó la mano de Brighton y dejó que le guiara entre los invitados hasta la pista de baile. 

—¿Puedo preguntarle cuál es el motivo de su interrupción, excelencia? —dijo Diana entre dientes— Si no recuerdo mal, usted detesta estar en mi presencia. 

—Yo jamás pronuncié esas palabras. Aunque ahora que lo dice —contestó él con sorna. La joven Bridgerton detuvo su paso en seco, desafiando al duque con la mirada—... Podría al menos darme las gracias, Miss Bridgerton. 

—¿Por qué iba a darle las gracias? 

—¿No la he salvado de una situación comprometida en la que no quería estar?

Diana rió incrédula y negó con la cabeza, incapaz de creer las palabras de Brighton. El duque alzó una ceja y juntó sus brazos tras su espalda, esperando pacientemente una respuesta de la hermana de su amigo.

—Es usted tan engreído que piensa que necesito que me salve de un caballero respetable y admirable como lo es el conde —habló la rubia con firmeza. Y es que, aunque Fitzgerald la hubiera ayudado a escapar de la propuesta del conde, jamás lo admitiría ante él.

—Ambos sabemos que no estaba dispuesta a aceptar la proposición de ese hombre. No intente hacerme creer lo contrario —dijo el duque con severidad—. Si lo desea, daré la vuelta y no me dirigiré más a usted en toda la noche. De lo contrario, deberíamos apresurarnos a llegar a la pista de baile si no queremos que todas las miradas se posen en nuestra... agradable conversación.

Diana no se había dado cuenta de lo agitada que estaba su respiración hasta que, en el tenso silencio, notó lo rápido que subía y bajaba su pecho. No comprendía el cambio de actitud de Fitzgerald hacia ella, ni mucho menos por qué la habría "salvado" de Beverly. ¿Es que acaso estaba escuchando su conversación con el conde? ¿Qué pretendía realmente con todo esto? ¿Ganarse su confianza para desprestigiarla de nuevo? La joven no permitiría que el arrogante hombre frente a ella la denigrara una vez más.

—En ese caso, le deseo que pase una agradable velada, excelencia— y tras despedirse con una reverencia, Diana giró sobre sus talones y no se atrevió a darle una sola mirada más al duque de Brighton. 

A sus espaldas, mientras la veía desaparecer entre la multitud, Peter no pudo evitar reír  por lo bajo. Sabía que Diana era joven, testaruda y temperamental; ella jamás admitiría que él se había transformado en su salvavidas momentáneo. Sin embargo, el duque detestó por un momento que aquella interrupción oportuna hubiera despertado un sentimiento tan satisfactorio en lo más hondo de su pecho. 

Aunque solo fuera por un momento.


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