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𝐓𝐄𝐑𝐂𝐄𝐑𝐀 𝐅𝐀𝐒𝐄

⊱ Título: Angels ficus.

⊱ Fandom: Jujutsu Kaisen —Toji Fushiguro [AU] x OC.

⊱ Color asignado: Morado.

⊱ Cantidad de palabras: 3264

¡ advertencias ! : mención cuidadosa sobre problemas alimenticios y consumo de drogas (al estar narrado en primera persona, puede que sea un poco abrupto), alusión a una breve relación de poder + este es un au, no está ligado a la trama de la obra anime/manga original.


angels ficus 


DEEP PURPLE SE PRESENTÓ EN EL ESTADIO NACIONAL y pude concebir que, en realidad, solo me sabía su canción más famosa. Qué puta pena. Vi a una chica cantar todas las canciones mientras agitaba las manos al cielo. Así que lo único en que pienso ahora es "esa debí haber sido yo" o "esa pude haber sido yo" mientras pateo un papel que hace publicidad a las casas de masajes. Dormí mucho hoy; no tengo sueño aunque son la una y camino por la avenida con mucha confianza a pesar de no haber pedido ningún taxi, ni avisé a alguien dónde estoy: soy una figura obligadamente delgada caminando sola hasta el hotel más cercano. Otra vez, qué puta pena. Hasta da un poco de vergüenza si no estás acostumbrada a hacer las cosas sola.

Por lo menos a mí, la pena no se me iba a pesar de ser hija única y estar acostumbrada a la pseudo independencia. Cada vez que lo menciono a personas del trabajo, nunca falta la pequeña polilla fastidiosa pero benigna llamada «Seguro que te mimaron mucho». Sin embargo, que yo sepa, en las casas de acogida no suelen mimar. Me río a veces. Se siente pesado, absurda y dolorosamente feliz como cuando tienes que caminar luego de una extracción de las uñas de los pies, pero sabes que tendrás que comerte la pastilla con helado. O por lo menos esa fue la primera vez que comí helado, a los 9 años. Los cerebros de los niños son como gelatina y luego se vuelve un cartílago duro, casi hueso. Pero nunca uno. Entonces interioricé que todo el dolor valía la pena, porque significaba que algo bueno vendría a futuro.

El dolor de la extracción de uñas equivale a treinta y cinco mil potes de helado. Me estafaron de niña. Al igual como me estafaron al operarme de la vista, al cauterizar un lunar y al recortar mis encías a los dieciocho porque según la dentista, yo tenía los dientes muy pequeños y, por lo tanto, una sonrisa fea.

La belleza cuesta. Me cuesta. Por eso hay pastillas, valium, en la mesa de noche siempre ajena. Hacer del hotel un lugar cómodo y hogareño es fácil para alguien que porta pocas cosas hoy. Billetera, llaves, foto y medicamento en la mesilla. Saco largo, cartera y chal en los ganchos de la entrada. Zapatos en el suelo al lado de la cama, ropa extra entre las sábanas. Labial, base y crema de manos en el tocador del baño —no uso máscara de pestañas porque últimamente soy un desastre llorando y porque las maquillistas hacen todo por mí—. Jabón del hotel sin envoltura, el sachet de shampoo en un pote de vidrio... Oigo una leve música desde el celular mientras me baño.

Mañana —hoy, en realidad, ya que son la una y cuarenta— tengo que ir a la primera grabación fuera del set, mi primer papel principal. Sé que debo descansar y tratar de verme lo mejor posible, pero, sincerándome en la madrugada, no sé porque no siento ni una pizca de seguridad. Tampoco me siento infeliz. Estoy neutral, que todo se siente tan monótono o como si ya nada pudiera sorprenderme. Cierro los ojos.

No hay nada para imaginar. He quedado vacía como una ooteca.

...

Nunca antes he estado en un Country Club porque las señoras y las nanas dicen que esos lugares son para gente platuda, alta y —aunque ya lo he visto en películas, en revistas y entrevistas, sigue doliendo— delgada. Es mi boleto dorado. Me la concedió el director de la película en la cual estoy actuando gracias a las dietas extremas y una alegoría a la última cena con tres chicas (una trinidad) en un cubículo del baño: medio vaso de agua, hielos saborizados, algodones, cigarrillos de canela y clavo, dextroanfetamina... Y probablemente 25 miligramos de cocaína que robó Shoko de la oficina del hombre-cerdo con revistas de modelos en ropa interior. Todo esto parece un sueño que provocó la nicotina. Me siento en una de las bancas rústicas, fuera del edificio principal mientras el equipo termina de arreglar unas pequeñeces.

Entonces, lo veo.

Pero no en verano de enero, porque a los tipos como él se los conoce en julio. Verano de julio.

Las primeras impresiones son una mierda. Si es alto, guapo y está en un Country Club claramente se pudre en dinero, que por algo está aquí como miembro y juega tenis con otros hombres que apestan a moneda vieja... Y eso también significa que es un hecho concreto que tiene esposa, probablemente muy guapa, e hijos, quizá dos, niño y niña, o quizás uno solo, un niño.

Yo, por otra parte, solo soy parte del elenco de una película que intenta imitar el estilo dogme 95, como protagonista principal. Este metraje podría pasar como un porno amateur, softcore por algunas escenas que leí en el guion. Suspiro. Cuando lo veo —a él— de perfil mientras estiro las piernas en la banca, lo reconozco. No lo he visto en años, así que culpo a eso por tardar tanto en darme cuenta. Nariz recta, ojos afilados, verdes fríos como los restos en el vaso de agua con el que limpiaba los pinceles para acuarelas luego de pintar un paisaje natural. Es la cicatriz a un lado de su boca lo que me devuelve los recuerdos como un retroceso del bolo alimenticio.

Toji.

Toji, toji —con minúscula, como simulando una voz más infantil que aún no sabe dónde colocar mayúsculas al escribir—, toji, toji.

Él nota mi mirada e inclina la cabeza de lado como un gato, lo que me dice implícitamente que está domado. La última vez que lo vi, aún tenía la mirada dura y aún mordía la muñeca ante el más mínimo gesto de cariño. O solo el gesto crudo. La última vez que lo vi, aún era indomable; pero, si le pasaba la mano despreocupadamente por el lado de la cabeza, enterrando los dedos en su cabello y rozando su oreja con la palma algunos segundos, porque no es un acto de cariño, ni afecto... Él solo apretaba los labios, mordía mi muñeca y luego pensaba que no hay nada malo acerca de creer en Dios. Probablemente, si alguna vez alguien lo quiso —más que cualquier otra mujer y más que yo— le dijo que los fuegos artificiales que se prendieron anticipadamente en el cielo, a las 23:59 del 31 de diciembre, son por su cumpleaños.

Y todos los perros ladraron, huyeron y se escondieron, pero aquella vez, él se quedó dolorosamente quieto. Lo olvidará a las semanas, pensé a los quince.

Lo ha olvidado de verdad, pienso ahora.

Me sonríe de lado al notarme, como si coqueteara un poco. Desvío mi mirada. No me ha reconocido.

Entiendo que la mayoría de gente no recuerda su infancia-pubertad y menos cuando hubo un suceso traumático de por medio, pero esto se siente extrañamente como un destrozo de cerámica, como si todo el dolor fuese suficiente para olvidarme a mí. Me entran unos celos impensables. No quiero decirle que lo recuerdo perfectamente —tampoco puedo porque está lejos y yo empezaré a actuar dentro de poco—, pero mi sangre burbujea tan solo al pensar en que alguien más obtuvo el fruto de todos mis granos de cosecha: una mirada más dulce y menos agria o lujuriosa. No hay ninguna mujer que lo mire en las bancas cerca al campo de tenis. O mejor dicho, lo miran como si fuera algo que no pudieran obtener, por lo que es bastante obvio que no pertenece a ninguna de ellas y ellas saben que quizás él ya está casado.

¿Está casado? La mayoría de hombres a su edad o lo están o están en proceso de divorcio.

Me hace sentir como la santa más pobre de la iglesia.

Para cuando empieza la grabación de este intento de cavalier cinema y yo espero mi turno hojeando mis diálogos de hoy, mi mente evoca el recuerdo extraño y sensible de la casa de acogida, un nombre menos crudo que orfanato: no conozco a mis verdaderos padres, o simplemente no los recuerdo bien ya que yo era muy pequeña cuando ocurrió el abandono.
Me crié con niños de mi edad y algunos un par de años mayores, así que no sentí una ausencia real. No puedes extrañar a tus padres si nunca tuviste unos o no tienes un recuerdo el cual añorar. Las mujeres que nos cuidaban eran señoras de Dios, entre jóvenes novicias y una abadesa. Solían lavar mi cabello en grupos de tres y nos dejaban salir al patio después del almuerzo. Nos querían a todos por igual y nos castigaban a todos por igual. Equitativo, como la repartición de pan y correazos.

No todos los niños que estaban allí fueron abandonados como yo. Algunos solo se quedaban periodos cortos por casos de violencia intrafamiliar o discusiones acerca del divorcio. Toji llegó a los diez u once años con un ojo morado y una cicatriz fresca en la boca. Eso ya decía todo o nada sobre él. También, los primeros días no dejaba que alguien lo tocara y costaba lavarle el cabello o limpiarle la cara de lo mucho que gruñía y gritaba. Todos podíamos oirlo desde nuestras habitaciones.

Una vez intenté jugar con él, cuando el moretón sanó y la herida cicatrizó superficialmente, pero aún tenía los ojos rojos por el shampoo.

—Yo soy un ángel y tú eres un príncipe.

—¿Y por qué tú no puedes ser princesa? Yo no quiero ser príncipe.

—Nadie quiere ser humano. No quiero tener hambre. Los ángeles no pasan hambre. No tienen tracto digestivo.

—¡Eso te lo acabas de inventar! —. Él me señala con el dedo, acusándome.

—No hay libros de anatomía de ángeles.

Entrecerró los ojos, murmurando que no existen ángeles, ni ángeles que vivan en árboles de higos. Siempre hacía eso cuando no podía refutar algo que yo decía. De todas formas, yo me ocultaba tras una caja de cartón en el pequeño bosque de la casa-huerta. Me gustaba trepar el árbol de higos, porque era el árbol más amable para los niños y sus ramas estaban más cerca de donde yo podía alcanzar, además eran gruesas y podía descansar allí. Pero todo eso lo aprendí de Toji. Nuestra primera conversación ocurrió así. Él estaba arriba y yo estaba oculta en una caja porque antes jugaba a las escondidas con otros niños.

Las hojas de los higos olían a familiaridad y a individualidad. Es lo que puedo decir ahora. En ese tiempo no me importaba el olor, tampoco le daba significado. El significado se da con el tiempo, a la primera pizca de nostalgia. Yo solo trepaba la higuera, porque él dijo que si los ángeles son reales, ellos estarían más arriba.

Al final no jugamos a nada. Me había concentrado más en trepar.

—Corten —. La voz del director resuena con cierto eco, recostado en el alféizar, con sus lentes oscuros y el leve bigote. Escuche a uno de los actores decir que él es coreano. Pero no noté su acento. El director me sonríe y yo acomodo un poco mi blusa, palpando bajo el pecho, deshaciendo cualquier arruga.

Bostezo y caen más lágrimas de lo usual. Haremos una nueva toma dentro de media hora.

Cuando camino hacia uno de los asientos del bar, mis pensamientos vacilan, entrando en aquel terreno peligroso de las preocupaciones actuales. Sencillamente, me he quedado sin dinero y mi pago va a tardar. Quizás sea poco. Es más bien un trabajo artístico, arthouse, o algo así. Tampoco soy una actriz conocida. Este no será mi mejor trabajo, pero al menos hay una cinta más para la colección.

El director me mira otra vez y me hace sentir incómoda. No es tan viejo. De hecho podría decir que es mi tipo. Nos acostamos una vez, antes de saber que es un director de cine y me cayó bien, aunque los encuentros no se volvieron a repetir ya que me enteré que es casado. Él, Shiu, se lo tomó bien. Además, me dio una parte adelantada, la cual gasté sin el menor reparo. Yo no llego al éxito aún, pero me gusta aparentar algunas cosas que no soy: los bolsos caros, los zapatos de marca y maquillaje exclusivo. Hablar de estas cosas me provoca dolor de espalda. Solo soy una tonta que le gusta perder el tiempo y le duelen los huesos, pero soy muy consciente de ello y aún no me retracto, así que no sé lo que eso significa exactamente.

Camino hacia el baño mientras algunos actores del elenco discuten.

Toji está allí, en la pared antes del pasillo. Sudado, los dedos callosos tocando la zona de la típica migraña. Sus ojos están cerrados mientras masajea cerca a la frente. Lo miro de reojo. Para cuando se percata de mi presencia, me mira de arriba a abajo y murmura:

—Qué muñeca.

Atrevido. Antes era más tosco. Ahora parece querer obtener algo de mí sin "conocerme". Alguien más se lo habrá enseñado. El sonido de su voz sigue pareciendo un ronroneo y supuse que algunas cosas no cambian. Pensar lo último me golpea como dedos en la garganta, me hace cosquillas en la mejilla, como si quisiera sonreír y llorar, y luego volver a sonreír. Enojarme, reírme y volver a enojarme.

—¿Cuándo es tu cumpleaños? —pregunto yo de repente. Él abre más los ojos. Bueno, nadie responde un cumplido de esta forma, así que lo entiendo y solo espero su respuesta si es que decide proseguir con la conversación.

—¿Quieres saber mi signo o algo más? ¿Crees en esas cosas? Creo que soy capricornio, creo.

Él juega con la raqueta en la mano. Aunque me causa algo de gracia, me es imposible reír. Algo en mí no reacciona y no recuerda cómo perdimos el contacto.

Rememoro otra cosa. Desde hace mucho. Después de que la higuera destrozara las tuberías de la casa de acogida y ya ni siquiera estábamos allí:

—¿Y cuándo es tu cumpleaños? —. Fue en julio, cerca de mi cumpleaños veraniego y con el libro-diario de Ana Frank en el brazo.

—Treinta y uno de diciembre.

—Es una buena fecha.

Él alzó una ceja, recostado en el pasto. Tenía la expresión aburrida, flojita, como si realmente no supiera de lo que hablaba o no quisiera escucharlo. Yo, en cambio, me caracterizaba por los ojos grandes y mirar a la gente como si siempre estuviera sorprendida. Ahora me canso y solo relajo la mirada.

—Hay fuegos artificiales, a eso me refiero —dije para luego acercarme a él, colgada de un brazo en el árbol. Recuerdo que mi vestido estaba mojado, empapado, y mi cabello también. Solía nadar en el lago, fingir un bautismo, morir un poco.

—Los fuegos artificiales no son para el treinta y uno, son para el primer día del nuevo año.

—¿Y? —. Me reí—. Son para ti. Imagina que son todos para ti.

Te amaba. Lo amaba. Sí, o lo que fuera en ese momento, cualquier cosa que fuera eso. Pasó su palma por mi oreja, me agarró el cabello, tocó mi nuca y me acercó a su boca. Yo no muerdo. Nunca he mordido en realidad, yo ya era bastante dócil. Demasiado dócil y mantuve mi boca entreabierta esperando acoger su lengua. Su humedad caliente me hostigó al instante, pero yo ya estaba acostumbrada a la gula, a su voracidad. El leve sabor metálico cuando toscamente me mordía los labios, me dejaba como un campamento vacío sin ninguna luciérnaga y luego llegaba la vergüenza y me cubría con las hojas de higos, entrecerrando los ojos y riendo de forma tonta. Luego se burlaba de mis dientes, me decía "tienes dientecitos como los de un herbívoro" y yo le decía perro, dientes de perro, por sus colmillos que no eran tan grandes en realidad, pero a veces le hacían heridas.

Cuando me sonríe ahora y miro sus dientes, se los ha recortado. Domado. Mi chico domado.

No hay anillos en sus dedos. O por lo menos no sentí ninguno cuando me rodeó la cintura cuando apuntaba su número en el celular. Oh, no me gustan las aventuras de una noche, no me gustan, no me gustan. Me hacen sentir sucia, como cuando compro algo para comer y al terminar el último bocado pienso en que no debería haberlo comprado porque no ha sido nada rico y nada bueno y el vómito no me devolverá las monedas.

No le debo nada a Toji Zenin —ahora Fushiguro—, pero no sabía que lo extrañaba, desde el núcleo, la maldita entraña... Hasta que hace el mismo truco de colocar sus dedos en mi nuca. No le he abierto las puertas a otro hombre. No. No a otro hombre que controle mi dolor y nunca, nunca dice nada al respecto.

—No me meto con hombres casados —bromeo. Ni siquiera me rio, por lo que suena tosco y algo desdeñoso. Él tiene una risa grave. Espero pacientemente la mentira.

—Estás de suerte. No estoy casado.

—Quizás una separación... —. Ya no me quedaba vergüenza. Pero sus ojos dicen más cosas.

Toji. El Toji que yo conocía no era insensible. Aún hay rastros de él allí y aquí. En sus ojos. Tarda en responder, y aunque me jode, entiendo que no miente y sé que ha ocurrido algo malo cuando cambia de tema. Nunca supe nada sobre su vida antes y menos ahora. Solo conocía y conozco lo físico. Lo que puedo ver, tocar y acceder con los sentidos. Lo único que sabía de su interior, eran las palabras que salían de su boca.

Las facciones más maduras, los labios bonitos, seductores. Veo una parte de él que me faltaba conocer cuando me lleva por la noche a su habitación de hotel. Él me dice que le recuerdo a alguien, y eso debería enojar a cualquier mujer, pero a mí no me perturba porque él puede referirse a mí sin saber que soy yo, por más incoherente que suene.

Soy la primera en despertar, al día siguiente, como siempre. Pensé que él se había ido. Pero seguía cansado, dándome la espalda desnuda. Yo me siento y rebusco en el cajón algunas pastillas y mi pitillera. Hace ya mucho tiempo que no tenía este ligero cosquilleo en las piernas mientras me coloco una de las batas de baño y me preparo para medicarme y bañarme.

Pero, como decía, hay razones por las que no me gustan las aventuras de una noche. No me gustan los seres humanos, verlos dormir, escucharlos. Sus historias, sus sentimientos. Los ruidos y jadeos. Es como masturbarse cuando te sientes triste. Solo quiero llorar, fruncir el ceño, correrme y sentir que el sexo jamás será suficiente aunque tenga mil orgasmos.

—¿Y cómo son los ángeles de los higos? —él murmura dormido. Sus ojos siguen cerrados.

Está soñando. Se me hace un nudo en la garganta.

No pertenezco.

Mientras él está tan ocupado hundiéndose en sueños de infancia, he descubierto que me siento sola, recordando cuando él llegó una vez, luego de volver a casa: la pierna moreteada, las mejillas rojas, nariz sangrante y yo comía higos, echándome a llorar por el púrpura de sus labios.

⊰ 𝐍𝐎𝐓𝐀 𝐃𝐄 𝐀𝐔𝐓𝐎𝐑! ⊱

hay algo de misterio cuando el personaje a destacar es descrito a través de una mirada ajena. el morado no es mi favorito, soñaba con que me tocara blanco en realidad jsksk, pero me gustó mucho escribir esto. no es todo lo que quería para este one-shot, pero tampoco quería alargarlo demasiado y salirme del tema. quería publicarlo ayer desde el celular, pero los problemas con los guiones me daba dolor de cabeza, así que ahora en mi break lo publico desde la compu.

por falta de imaginación, utilicé demasiado de mí en la historia. así que se siente nauseabundamente personal, cosas como casas de acogida, higos (una de mis frutas favoritas + alusiones a adán y eva con hojas de higos), espiritualidad. me encanta la espiritualidad, la interiorización, la religión (no estoy en ninguna, pero crecí en una familia religiosa y los traumas ya han sido suficientes).

angels ficus no es un titulo tan profundo, lit es como higo de ángeles o ángeles de higos, como sea, no combinen el núcleo de un nombre con el inglés porque luego tiene doble significado (me encanta)

¡este es el último one-shot de este librito! me gustó mucho participar <3 espero que les haya gustado la historia.

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