𝐒𝐄𝐆𝐔𝐍𝐃𝐀 𝐅𝐀𝐒𝐄
⊱ Título: Super 8 love footage.
⊱ Fandom: Jujutsu Kaisen —Suguru Geto [AU] x OC.
⊱ Canción asignada: Summer Nights de SIAMÉS
⊱ Cantidad de palabras: 3289
¡ advertencias ! : mención cuidadosa sobre el suicidio (no en ninguno de los protagonistas), trauma bonding como vínculo traumático compartido, descripciones románticas del verano, alusión breve acerca de autolesiones y alguna que otra referencia filosófica entendible + este es un au, no moderno en sí, pero no está ligado a la trama de la obra anime/manga original.
❝ super 8 love footage ❞
SI YO FUESE LÍQUIDO, SERÍA INTOMABLE bajo el Budokan Hall. Lo pienso constantemente: yo significo un abalorio bonito y de poco valor. Nada más. A veces tengo esa cara de mierda, de insufrible, llena y, a la vez, carente de "Mira que yo te ayudé con los exámenes de literatura japonesa cuando estabas en el internado ¿no podrías tratarme más lindo?" Hubo ese contacto inadvertido. Me tocaste. No como los demás, lo de Geto fue diferente. Él es diferente, no en el sentido bueno, sino en el sentido intermedio —el doloroso punto medio, escala de grises—. Me tocó con asco, como cuando era febrero y todas las moscas se me posaban en el rostro pegajoso, salado.
En, tal vez, los veinte años de mi vida, he paseado por un panorama negro que asemeja a cuando presionas el botón de «apagar» del control remoto de un televisor de los ochentas y hay una especie de cinco o seis segundos en el que suena aquel ruidito incómodo e infantil. No soy partidaria de la violencia, pero sé desde las entrañas que, lo bello, lo violento y el concepto de amor, están unidos a una causa intestinal, descorazonada e interminablemente física solo si el alma fuera un animal vertebrado, si el gusto fuera meramente un fantasma citadino —porque al fantasma de pueblo se le llama «ánima»— y si el desgarro sentimental se exterioriza en una pupa: se llegaría, por lo pronto, a formar el proceso de pupación sentimental.
Ese día, el día en que lo conocí, había soñado que yo era un animal, un cnidaria con su sistema digestivo primitivo y ciego. Soñé que comía y excretaba por la boca, como ciertos tipos de planaria y todas las anémonas. Un vómito fecaloide producto de la atadura del intestino delgado, donde expulsé todo mi mal gusto, mi mal hábito. Así que, al despertar, tuve la sensación de náusea no poética y una incapacidad de salir de entre las sábanas aunque moría de ganas por enjuagarme la boca, dar arcadas en la taza de baño y volver a la cama —una tetralogía del vómito—. Eran las seis y cincuenta y ocho cuando mi madre entró de repente a mi habitación. Su cuello estaba sudado, pero se había empolvado el rostro ya que ella tenía que ir a trabajar dentro de una hora más. Yo alcé la cabeza, solo un poco. Pensé que me regañaría por la ropa tirada, por el olor extraño que tienen las habitaciones cuando pasan mucho tiempo cerradas en verano y sin las ventanas abiertas. Pensé que me iba a dar un recado, que iba a quejarse de algo del día anterior —quizá habían granos de arroz en el lavadero desde ayer o quizás dejé conectado el cargador de la plancha toda la noche—. Sin embargo, lo más lógico se me ocurrió tres minutos de silencio después; quizá iba tarde a la escuela, porque ese día, tenía diecisiete e iba a preparatoria.
No fue ninguna de esas opciones. Solo dijo un simple «no abras las cortinas» con cierta frialdad que no conocía de ella entonces. Las cosas no eran tan simples en la adolescencia tardía, así que cuando cerró la puerta, yo, muerta de calor y arrastrando los pies descalzos sobre el piso no tan limpio, abrí lentamente las cortinas. La causa general fue porque no había razones contundentes para no hacerlo cuando siempre solía hacerlo al despertar. La causa secundaria fue el sonido de murmullos y algunos gritos modestos. Mi habitación quedaba en el segundo piso en una casa simple y pequeña en un vecindario en pronta decadencia japonesa —actualmente, puedo decir que es inhabitable por la radiación del río cercano—. Mi habitación —para hacer el marco contextual más estrecho— tenía dos ventanas, una hacia el pequeño patio delantero que contenía algunas plantas y otra hacia la casa vecina.
Al abrir las cortinas de la ventana, mis ojos se abrieron más de lo normal y mi corazón se paralizó unos segundos fuera de un simple susto, pero lo suficiente para seguir despierta, para seguir viendo y no terminar desmayada en el piso. Pude haber sido confundida como una voyerista si aquello fuera otro contexto y si el suicidio fuese por asfixia erótica. Pero no fue así. Mis ojos contemplaron la ventana del vecino, en pleno verano-cigarra, la habitación de su hijo adolescente con quien nunca hablé ni hablaré porque es su cuerpo el que flotó ese día, el que se balanceaba ese día. Y no el mío.
Él no era Geto.
Suguru Geto vivía en la casa contigua a esa. Cuando yo bajé las escaleras, preparada para salir, él estaba regresando en bicicleta, con una bolsa de la panadería en la canastilla que contenía shokupan y un frasco de anko, las llaves de casa, una botella de agua. Lo recuerdo perfectamente, porque fueron las cosas que terminaron regadas en mi jardín cuando él vio lo que los quince vecinos y mi familia vimos.
Su vómito de bilis —clásico en estudiantes que no han desayunado el día presente ni cenado el día anterior— marchitó las morning glory de mamá, como si fuera algún tipo de metáfora, ya que apenas amanecieron coloridas las flores en agosto, hace unas horas.
—¿Hablabas con él? —pregunté. No en la misma hora, pero sí después de que se llevaron el cuerpo. Ninguno de los dos asistió a clase, aunque tampoco íbamos a la misma escuela.
Él tomaba el tren, ya que estudiaba en Tokio. Yo estudiaba en la preparatoria que quedaba cruzando el río en este pueblo de mierda. Ahora hacen raves allí. Los artistas pintaron las paredes y los sin-talentos hicieron de mi antiguo salón de clases, un urinario.
En ese tiempo no hablaba con ningún vecino aunque ya los conocía de vista a todos. El único hijo de los Geto siempre ha sido un poco más sociable y respetuoso. Suele usar la misma sonrisa, los ojos entrecerrados o cerrados en completitud, los manierismos... El cuidado de los dedos, las suaves señas.
—No, pero él tocaba la batería y yo era ese tipo de persona que tocaba el timbre de su casa para pedirle que se callara. Nunca solía responder —contestó aquella vez con cierta serenidad propiamente japonesa luego del desorden del patio, de la humedad biliar, del pan con tierra, la botella pateada, el retorno del anko a sus orígenes y las llaves extraviadas. Sé que ese tipo de calma tras la pequeña tormenta es enteramente propia de él y su familia, porque incluso cuando viajé al extranjero, años después, no lo encontré en nadie más.
—Mi papá dice que había una cigarra en su mano —murmuré.
—¿De verdad?
—Sí, la cigarra estaba viva, algo aplastada. La mano de él la sujetaba fuerte hasta que se enfrió.
La antropología de Suguru Geto. El ningengaku. La filosofía, la exploración de su paisaje, porque si fuese uno, él sería un templo abandonado con soba caliente, un ventilador viejo y helados de crema seca a temperatura porque cuando nació era mediados de invierno que asemejaba a un otoño soleado en una búsqueda hacia la belleza con cierto misticismo en su figura, en su espalda, cuando se iba en tren. A veces es él lo único que se colorea. Cuando sueño sobre él, su rostro siempre lo recuerdo más guapo, más vivo, la ejemplificación de la naturaleza viva en un planeta agonizante.
Lo que me recuerda a otra conversación cerca a las vías abandonadas del tren fantasma. El primer invierno siendo algo más que una chica que vive en el mismo vecindario.
—¿Puedo ser un parásito en tu casa?
—Solo cuando mis padres no estén.
—¿No te llevas bien con ellos?
—No es eso, solo que me vuelvo más incómodo cuando ellos están presentes —habló sonriendo, por lo que las palabras sonaron más dulces mientras la nieve delgada se acumula vagamente entre los rieles.
Rememoro mi caída torpe y mi herida en la rodilla.
—Cuando hablas de parasitar mi casa, me imagino a los humanos como gusanitos en la Tierra —agregó tras un breve silencio.
—No es tan descabellado. Dicen que buscar vida en otros planetas es inútil, porque la Tierra es el único planeta vivo y el resto de planetas del sistema solar son solo cadáveres flotantes. Si hubiera vida, los norteamericanos ya lo hubieran descubierto. Pero creo que siguen buscando vida, ya que el título de ser prácticamente parásitos en un planeta vivo no es tan gratificante.
—Tú eres mi parásito, Jorja.
—Eso ha sido horrible, Suguru.
—Así, cuando me pregunten qué relación tengo contigo, diría que es un tipo de simbiosis. Específicamente el parasitismo consentido.
Rompí en risas cuando dijo eso. La sensación de calentura en el pecho cuando era invierno fue gratificante, aunque a veces se sentía como la forma en la que hablábamos de otros temas para evitar lo abrumador de un luto que no nos correspondía.
Como estábamos en la cúspide (shun) del declive y pronto fallecimiento de la adolescencia, pensamos que eso —el suicidio de una persona que no conocimos, pero sentíamos el olor de su presencia y acostumbramos a su existencia anónima al lado— no nos iba a afectar más allá de que, gracias a eso, hubo una conversación muy aparte de los saludos entre nosotros, y de que usábamos esa historia como anécdota para hacer saber que nuestra vida fuera de clases no era simplemente de monotonía pueblerina. Pero, en realidad, afectó y sigue afectando nuestra vida. Una especie de trauma bonding. Una especie de «contigo es siempre verano» y no hablo de las imaginerías típicas de verano como en los nuevos estrenos de películas americanas en el cine, sino una cuestión más rural, apegado a lo personal e íntimo: suave hedor de la piel, melones fríos, maizales y mantequilla, recordatorios de la muerte cada vez que los alimentos se pudren más rápido, el extraño escalofrío calorífico, lluvias artificiales con la regadera. Sentir que algo anda mal, como chicos de diecisiete años descubriendo que la muerte no es solo algo ficticio que ocurre en las series o en casas ajenas, descubriendo que, si te pasas una fina cuchilla en la pierna, evidentemente saldrá sangre.
Así empezó mi mal hábito.
—¿Y si hubiera sido yo? —preguntó una vez que regresó al vecindario, luego de semanas sin aparecer, ya que había rentado una habitación en Tokio. No había ido a ver a sus padres primero, mi casa estaba antes.
—¿Tú? ¿quién hubieras sido?
—El chico, el que vivía al lado. Ya han vendido la casa.
—Hubiera ido a clases como de costumbre, porque no suelo pasar por tu casa camino a la preparatoria. No me hubiera dado cuenta...
Sonreí. Él sonrió de vuelta, con los labios apretándose gentilmente entre sí, con sus ojos cansados y nariz sonrosada por los rayos de sol, la piel sensible y su alergia a ciertos tipos de bloqueador. Pasaba el tiempo en mi casa, puede decirse que entablamos un cierto tipo de amistad donde yo solía planchar la ropa, arrodillada en el tatami frío en el cuarto de lavado y él estaba echado en el suelo con las piernas hacia el patio interno, los pies sin medias, el cabello amarrado desastrosamente y la frente perlada de sudor mientras hablaba de las cosas de la ciudad, sobre sus novias fugaces y de que por allá, los karaokes estaban más actualizados: las tabletas personalizadas y ya no las viejas máquinas con 7 u 8 canciones por disco. Además, tenían más canciones, como todas las de Yura Yura Teikoku y otras más occidentales como las de Two door cinema club.
—En tu blog escribiste algo de All about Lily Chou-Chou. Lo leí la semana pasada.
—Pensé que no me estabas escuchando realmente cuando hablé sobre mi blog —respondí. También hablé del góspel y el soul, de un viejo americano que ahora ocupa la casa de al lado.
—I wanna be... —canté la primera frase de Glide mientras él me entregó un miruku, blanco, heladito de leche.
—I wanna be... —cantó de vuelta. Sus ojos siempre me han mirado con cierto tipo de melancolía subyacente que terminaban en algunos besos cariñosos al lado de la lavadora y que pronto olvidábamos cuando ambos ya teníamos alguna que otra pareja ocasional, o a veces él no lo olvidaba. Watsuji Tetsuro escribió algo parecido en sus libros: el ser humano tiene un parecido al clima y a un paisaje, desde los aspectos cotidianos hasta los más profundos.
No hay mentira. Cuando empecé a llevar estudios superiores en Tokio y con mi ida se fue muriendo el vecindario en ese pueblo alejado de la ciudad, me percaté que solo me quedaba confiar en Suguru. No hay mirada más amable que la suya en medio de la calígine y la diafanidad. Incluso cuando repentinamente cambió... Porque para las raíces perturbadas como nosotros, el mundo se ve diferente, con lluvia, sin lluvia, con nieve o sin nieve. Espinas sincronizadas, dos piezas de diferentes rompecabezas que, por alguna razón, se unen bien. Cuando él cambió y a sus ojos se le agregó un adjetivo gris más, él decía —aún lo dice, pero ya no tan a menudo— «hueles a sol y raíces» y yo no creo saber si es algo bueno, o algo malo, pero estoy acostumbrada a su «las otras chicas no me importan tanto como tú» y nunca pude responder eso.
Qué ganas de crucificarte, pensé en su momento, qué ganas de crucificarte y hacerte el nuevo Dios del maizal, abono de girasol y ojitos de tornasol que ahora se convirtieron en ojitos de vidrio, el vidrio abandonado, empolvado y roto de alguna antigua catedral demolida en la que han puesto un nuevo templo para visitar en año nuevo y dejar la fortuna en papel. Por mi parte, yo experimenté la vacuidad como un golpe seco a la nada: ya no podía usar shorts en verano, me solía mutilar los muslos.
—¿Y si hubiera sido yo, Suguru? —pregunté, por primera vez, hace unas semanas.
—Tú no harías eso porque me tienes.
Él lo sabe. Estamos atascados en el ayer. Por eso ninguna de sus relaciones funcionan y piensa que solo yo lo entiendo. Piensa que con nadie más puede hablar de el suceso de verano y cómo cambió toda nuestra perspectiva juvenil. Todas sus ex novias crecieron en un ambiente sano y él las quiso, sí, pero no podía acoplarse a ese modo de vida luego de experimentar lo feo y lo rudo sin anestesia.
—Pero antes no te tenía. Y... define «tener»
—No es que yo sea tuyo en ese sentido. Solo que siempre regreso aquí.
—Un día no regresarás y tendremos que seguir con nuestras vidas —bromeé, aunque no planeaba estar viva tanto tiempo. Es un sentimiento extraño porque lo pienso aunque sean días felices.
—¿Te agobio?
—Como brisa caliente en días de calor.
—Qué graciosa —dijo con su sonrisa, ese día en su apartamento en el piso quince de un edificio en pleno corazón de la ciudad.
—Es más, yo no debería estar aquí. Tu novia llegará y lo malinterpretará. O, en el mejor de los casos, llegará Shoko con cervezas.
—No le he contado a ninguna novia que tuve sobre ti. Y no lo haré nunca.
—Entonces, pensará ella que has traído a una chica extraña al apartamento. Al menos diles que soy una conocida.
Él se rió. Las noches de verano en la ciudad son diferentes, son un poco más frías, por más contradictorio que eso suene. Él tiene el cabello más largo y me recuerda siempre el por qué es tan popular entre las muchachas. A su lado parezco regularmente a una raíz de fealdad; sin embargo, eso no me perturbó esa noche, cuando decidió que tiene un gusto por las relaciones no definidas, quizá platónicas, donde puede decir «te amo» con una profundidad digna, sin los lazos del romance. Pero el «te amo» es bastante profundo que no cabe en los haikus.
—Una vez me vio contigo.
—¿Ah?
—En mi carro, hace un mes, cuando te iba a llevar a una fiesta.
—Pero al final no fuimos a la fiesta y nos quedamos en una de las tiendas de conveniencia a las tres de la mañana.
—Sí...
—Oh. Eso no estuvo bien.
No lo dije, pero él ya había asesinado a mis miles de yoes en ese instante. Nuestra relación se basa en un desquite de soledad, pero a veces él suele ser un poco críptico cuando yo nunca quise lastimar a nadie aparte de mí y de él. La luna colgaba perezosamente en el cielo y el sonido del ventilador sonaba una y otra vez.
—Dice que la forma en que te miro es diferente a la forma en la que miro a los demás. Así que me preguntó quién eres.
Me quedé en silencio. Son cosas que ya sabemos, pero son más difíciles de procesar cuando son dichas en voz alta luego de la melancolía nocturna: nadie sabe cuando empezó la anatomía del amor, esta pupación sentimental sin nombre ni casillero, solo canciones de Al Green, Love and Happiness, para mejorar el inglés, para pedir cosas mejores en un mausoleo más grande.
—Te quiero, no de forma romántica, o por lo menos no encerrado en lo que es el romance.
—¿Y cómo es eso?
—No sé, es difícil de explicar. Es como cuando te besé por primera vez en tu antigua casa, cuando era verano y pensamos «oh, si esto no es lo que quería realmente, entonces, ¿qué es?» así que no fue incómodo, se sintió normal... Un poco extraño.
Yo no me considero tan o más profunda que Suguru. Sin embargo, siempre he sido la persona a la que acude cuando algo va mal y no puede documentarlo a nadie, pero eso no lo supe hasta hace poco, cuando volví a verlo luego de un jueves horrible. Sus ojos me observaron a distancia, él se percató de mí antes que yo de él. Tenía una chica al lado y yo iba acompañada únicamente de mi no-materializada crisis de los 25 años cuando solo sobrepensaba las cosas traumáticas que viví. Su boca parecía decir algo, hasta que solo sonríe. Sonríe como las personas antiguas en videos antiguos.
Cuando yo sonrío de vuelta, es como un pacto silencioso. Como decir "hola" o "adiós" o "hace tiempo no te veo". Peligrosamente podría ser un "Extraño mi antigua casa, extraño verte en las tardes. Te sigo viendo en las tardes, pero ya no en mi antigua casa ni en el antiguo verano. Comemos melón, pero ya no el melón que traía mi frívola mamá de la antigua tienda, de la antigua casa, del antiguo vecindario en el antiguo verano. Te hablo como un trabalenguas. Extraño poner discos en el karaoke desactualizado. Me gustan las tabletas de la ciudad que tienen todas mis canciones favoritas, pero... También extraño las cabinas telefónicas, las fotos polaroid que se tomaban en serio. No sé, te veo como en un video de una super 8. Apuesto a que nunca viste un video grabado en una super 8. No los veas, en especial los que son íntimamente familiares, te vas a morir de tristeza".
No sé hasta cuando seguiremos así. Las relaciones humanas me parecen algo difíciles de encasillar. Cuando hay un mismo espacio y la miradas conectan, se siente bien aunque lo odie y lo ame, no en los sentimientos fuertes, sino más bien como una pequeña queja o un pequeño berrinche. Probablemente él me quiera o yo le provoque asco porque le recuerdo algo malo, a mi patio, a la cuerda y un cuerpo flotante. Quizá me ame porque le recuerdo algo bueno, a algo a donde él le gustaría regresar y a la vez no.
Porque hubo una noche calurosa donde le quise un poquito más de lo que había querido a otras personas.
⊰ 𝐍𝐎𝐓𝐀 𝐃𝐄 𝐀𝐔𝐓𝐎𝐑! ⊱
me gusta esa canción, me recuerda a cuarentena, además que el video fue publicado en youtube el día de mi cumpleaños en un año en el que me estaba sintiendo pésimo. la letra de la canción es simple (en el sentido de que usa frases fáciles de entender), pero me gusta mucho la parte de «cantando al green en tu carro» porque le agrega un toque más íntimo, y también porque a mí me gusta mucho al green desde que tengo memoria —aunque canto love and happiness desde la niñez, aún no se manifiesta en mi vida.
respecto al escrito, el título está inspirado a lo que más me recuerda al verano (algo grabado por una cámara super 8). el escrito pudo haber sido más corto, pero quise agregar un trasfondo para poder darle pies y cabeza; hace poco leí la antropología del paisaje de watsuji tetsuro, que es un libro de ecología filosófica así que hay pequeñas referencias + el verdadero reto fue asociar a geto a un ambiente occidental (la canción) sin perder la esencia japonesa.
¡ espero que no se haya sentido una lectura densa !
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