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Ephemeral

El sol se asomaba entre las colinas, dándole único a un nuevo día. Él caminaba lentamente sobre la brillante y verde hierba, sus pasos eran tan elegantes y firmes que ni siquiera hacían ruido cuando chocaban contra el piso, sus hebras plateadas se movía al compás de la suave y fresca brisa mañanera.

Cuando llegó frente a la cabaña, movió rápidamente las cortinas hacia un costado para abrirse paso en su interior, no tardó demasiado en encontrarla recostada cómodamente sobre el futón mientras lo observaba con brillantes ojos azules y le dedicaba una cálida sonrisa, como todas las mañanas desde el día en que se unieron para siempre. Se extrañó por unos momentos, ya que últimamente ella había estado durmiendo bastante, hasta altas horas del mediodía, aun así le restó importancia.

Se posicionó a su lado poniéndose de rodillas para mayor comodidad, besó con ternura su ya arrugada y suave frente, disfrutando del leve calor que esta emanaba, la olfateó disimuladamente como todos los días, su aroma había cambiado un poco con el paso de los años, aun así le encantaba poder olerla y disfrutar de su fragancia natural.

Antes que siquiera pudiese desearle debidamente los buenos días, ella tomó su blanca mano entre las envejecidas y frías suyas, aferrándose con fuerza y mirándolo fijamente, como si algo muy importante ansiara ser contado por sus labios.

—Es hoy —susurró—, puedo sentirlo.

El corazón de Sesshomaru pareció dar un vuelco, su cuerpo entero tembló y un sudor frío recorrió bruscamente sus extremidades. Aunque mantuvo su fachada serena, por dentro se estaba destrozando, tanto que hasta le costaba respirar. Sabía que esto pasaría tarde o temprano, pero no estaba preparado, seguramente nunca lo estaría; aun así, no tenía más opción que aceptarlo y simplemente dejar que las cosas fluyeran como siempre tuvo que ser, suspiró silenciosamente, buscando fuerzas para poder afrontar todo lo que se vendría por delante.

—¿Qué deseas? —preguntó acariciando su canoso cabello con ternura.

Sus cansados ojos cerúleos se cerraron por unos momentos y luego volvieron a mirarlo con intensidad, la misma intensidad con la que lo miró toda la vida.

—Pasar el día contigo —respondió serenamente.

Una leve sonrisa se formó en su impecable rostro, sintiendo su corazón cálido y reconfortante ante aquella petición. Asintió, con delicadeza le ayudó a colocarse su típico ropaje de sacerdotisa y luego a levantarse con cuidado.

Desayunaron juntos, a pesar de que no era necesario para él, puesto que al ser un youkai no necesitaba de tales alimentos, lo hizo por ella, porque sabía que adoraba el desayuno y que era uno de sus momentos favoritos del día. Esto no les llevó mucho tiempo, puesto que con el paso del tiempo el apetito de su esposa disminuía más y más.

Durante el poco tiempo que pasaron comiendo, Kagome hablaba sobre lo feliz que se encontraba de haber pasado todo el día anterior junto con sus hijos y nietos, además de disfrutar un agradable almuerzo con Rin y su familia; él la oía en silencio mientras se tragaba las ganas de rogarle con el corazón que esperara tan solo un poco más, que necesitaba tiempo para asimilar todo; sin embargo, no dijo nada, en cambio, se esforzó por disfrutar del momento y grabar cada una de sus expresiones en su mente y corazón.

Durante el mediodía salieron, el sol brillaba en lo alto mientras ellos paseaban lentamente por la aldea, por momentos paraban para que su esposa pudiese descansar y luego de unos minutos, retomaron la caminata hacia otro lugar más específico.

Llegaron hasta un gran y frondoso árbol de cerezo ubicado en la cima de una colina cercana al pueblo, exactamente el primer árbol que habían plantado junto a su hijo primogénito hacían más de cincuenta años, se encontraba enorme y fuerte, repleto de flores de un precioso color rosa, las cuales perfumaban el ambiente con un suave y delicioso olor a primavera. Era el árbol favorito de la ojiazul.

Sesshomaru se sentó y apoyó contra el cerezo, mientras que Kagome permanecía en sus brazos recostada y descansando sobre su amplio pecho. Él se concentró en la respiración de ella, era lenta y calmada, ligeramente dificultosa debido a la edad, aquello lo destrozó. Se quedaron en silencio durante algunos minutos apreciando las últimas horas de luz antes de que el sol se pusiera.

Aquel fue un hermoso día para ella, no hubo lágrimas, solamente lejanos y nostálgicos recuerdos. Aprovecharon toda la tarde también para visitar las tumbas de Kaede y Sango, dejándoles las flores más hermosas que tenían en su jardín, rememorando tiempos pasados y agradeciendo por cada cosa que habían hecho por la ojiazul.

Por su parte, el youkai se sumergía en sus pensamientos y recuerdos, en tanto la acompañaba. Recordaba el día que la conoció, ella estaba con Inuyasha mientras él reclamaba a Tessaiga, también recordó la vez que la salvó de las manos de Mukotsu o la vez que la protegió y esperó pacientemente a que despertara en el interior de Naraku, también aquella vez que lucharon juntos para proteger al pueblo, o aquella vez que ella casi arriesga su vida en combate por evitar que Rin saliera herida, igualmente aquel día donde caminaron juntos por el bosque en busca de algo que ya había olvidado.

Parecía que los recuerdos no paraba de mostrarse por su cabeza, como el día en que se dio cuenta de que la amaba o cuando comenzó a cortejarla, también cuando le pidió que fueran compañeros de vida, o la vez que la hizo suya por primera vez, sonrió para sus adentros al recordarlo, ambos estaban tan nerviosos aquel día. Igualmente, recordó verla embarazada de su primer hijo y luego de los cinco restantes.

Miles de recuerdos que rememoraría durante toda su vida parecían fluir como agua de un manantial en su memoria. Aun así, había un desconocido nudo en su estómago que no dejaba de incomodarlo, causándole grandes ganas de vomitar y llorar.

La temblorosa mano de Kagome acarició su rostro con delicadeza, sacándolo de su trance. Ambos pares de ojos se encontraron, los de ella colmados de paz y los de él llenos de angustia; aun así, le dedicó una sonrisa mientras la mujer se preparaba para hablar.

—Te ves tan joven, no has cambiado ni un poco —suspiró—, en cambio, yo…

—Estás tan hermosa como la primera vez que nos conocimos —interrumpió tomando con suavidad la mano que lo había acariciado, llevándola contra sus labios para darle un cariñoso beso en la palma.

Ella sonrió colmada de amor y ternura.

—Sabes… No me arrepiento de nada en mi vida —habló observando el horizonte— lloré, reí, sufrí, luché, di a luz, amé y muchísimas cosas más —se tomó una pequeña pausa—. Pero por sobre todas las cosas, fui la persona más feliz del mundo a tu lado, porque me amaste y apoyaste en toda mi vida, eres un buen guerrero, un gran marido y un excelente padre.

—Eres la mejor compañera que alguien podría tener —su voz se oía ligeramente temblorosa.

—Sesshomaru, solamente quiero que sepas que estoy satisfecha —finalizó mirándolo fijamente.

Aquella simple, pero poderosa oración, la cual aún retumbaba en su interior, hizo que las lágrimas que había estado conteniendo durante todo este tiempo brotaran de sus ojos como cataratas, mientras que un confortante sentimiento de alivio se instalaba en su pecho.

Ella estaba satisfecha con la vida que le había proporcionado, eso era más que suficiente para él y todo lo que necesitaba escuchar. Su mujer había sido feliz a su lado, siempre se sintió cómoda y amada. Lloró de alivio, angustia y amor, lloró porque sabía que nunca la volvería a tener, pero también lloró por la enorme satisfacción de haber sido un buen esposo para su increíble mujer hasta el final.

—Siempre te amaré, Kagome —dijo entre sollozos.

—Creo que nunca te había visto llorar —susurró con voz débil, sintiendo como algunas de las cálidas lágrimas de su esposo caían sobre su rostro.

Sesshomaru negó con la cabeza en un ligero movimiento. Ella sonrió para luego bostezar.

—Estoy cansada.

Cerró sus ojos con dolor, comprendía que este era el adiós al que tanto había temido. Sabía que tendría que seguir adelante sin ella por muchos años más y le dolía el alma de solo pensarlo, pero también sabía que llevaría los recuerdos de su amada esposa en su corazón para siempre.

No necesitaba más frases de despedida, ni siquiera un "te amo ", ella ya le había dicho todas las palabras de amor que existían durante todo sus años de vida, y para él era más que suficiente.

—Duerme, esposa mía.

Un “nos veremos pronto” quedó atascado en su garganta. Sin embargo, decidió guardar silencio.

«En unos quinientos años más» pensó anhelante.

Kagome asintió y cerró sus ojos. Sesshomaru la estrechó más en sus brazos, los meció a ambos en un suave y arrullador vaivén, mientras podía oír su lenta respiración y débil palpitar. Después de unos segundos, en un último suspiro de vida, su corazón dejó de latir. Abrazó con fuerza el inerte cuerpo de la mujer que tanto amaba, aún seguía cálido. Con la mano temblorosa acarició el rostro de su esposa y le dio un tierno beso de despedida en la frente.

Con una mirada de profunda tristeza en sus ojos dorados, juró que la amaría y la recordaría por siempre, porque ella siempre sería la primera y única mujer en su vida y aunque no podía imaginarse una vida sin ella, sin su suave voz y su deslumbrante sonrisa, ya no sentía la necesidad de ningún tipo de consuelo. El solo saber que ella se había ido en paz entre sus brazos, lo llenaba de un inmenso gozo.

La imagen de sus hijos pasó por su mente, ellos seguramente ya lo sabían, conocían a su madre mejor que él mismo. Ellos se encargarían de cuidarla en el futuro, para que todo se cumpliera tal y como debía ser, la protegerían desde su nacimiento hasta sus el día en que decida volver al Sengoku y pasar su vida junto a la suya.

Se levantó sosteniendo el liviano cuerpo de la sacerdotisa, le daría un entierro apropiado junto a sus hijos y nietos, con todos los rituales que ella merecía. Caminó a paso firme y elegante, como toda su vida lo había hecho, en dirección a la aldea, a lo lejos los pudo vislumbrar, siguió caminando y en cuanto llegó al pueblo, sus descendientes corrieron a su encuentro y lo estrecharon en un consolador abrazo. Ellos eran el regalo más preciado que Kagome le había dejado y los seguiría teniendo por muchos años más, él nunca estaría solo.

˗ˏˋ꒰ 🍒 ꒱

Triste pero hermoso, ¿verdad?
Tarde muchísimo para terminar de editar estas mil setecientas palabras :'( pero estoy completamente satisfecha :D
Espero que les haya gustado y disfrutaran de la angustiante lectura :3

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