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𝒾𝒾.ㅤThe future comes...


⋆ㅤCapítulo IIㅤ⋆

El futuro viene... 


En Castel Caladan, Paul Atreides casi siempre hablaba de sus sueños. Tanto su madre y su padre, así como sus benefactores, eran de oídos recíprocos cuando Paul interpretaba sus visiones oníricas de ondulantes percepciones... Pero en ninguna oportunidad les relató los sueños sobre Cellinor Reywenys. Su discreción no se causaba por la vergüenza, sino un instinto. No sentía la confianza de hablar sobre algo que desconocía por completo. Entonces aconteció aquél día, donde ambas Casas establecieron las bases de una caída trágica; en la que Paul la conoció.

Mucho después, surgió la leyenda de que Paul Muad'Dib confesó los pensamientos que tuvo en ese momento a un joven Fremen que contrajo nupcias en las arenas de noche. Y se escribieron cánticos compuestos por su pueblo, popularizándose ciertos versos que adoraban pasiones infinitas: «Luz de estrella que viene a mí; refugio de mil tristezas que ahora dice adiós. Nuestro amor acaba por abandonarse en el vacío donde te conocí, en el que será tan abundante como el agua en el paraíso».

De LA HUMANIDAD DE MUAD'DIB, por la Princesa Irulan.

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Decenas de personas alimentaban las arcas de cargamento de las cinco fragatas postradas en la estación de abordaje. Mucho del personal se componía por los cargadores de la Cofradía, otros tantos eran siervos a la orden de su Duque. 

El contraste entre las gentes se componía transcurrida la labor: todos los habitantes de Devarhahn resaltaban por su piel apagada, con un invariable tono en el color de cabello: negro, en su mayoría. A aquellos que alumbraban en el mundo con melena pálida, se les consideraba bendecidos por el sol, que atestiguarían un destino más grande que los simples designios mortales... Una razón por la que los Reywenys han liderado por tanto tiempo, es porque los demás estaban dispuestos a seguirlos y creer en el favor que parecían obtener de su Estrella durante generaciones.

Pero no era una norma genética regida por la fe, eso era certero.

El Sol Negro del sistema solar poseía la peculiaridad de consumir los atisbos de color en sus rayos de luz. En Dabbenerth, sin embargo, existía la suerte de un solo color sobreviviendo más allá del monocromo. Los minerales coloreados de azul índigo, esparcidos en las corrientes de las capas atmosféricas, se resistían a las fuerzas de la estrella madre. Amparadas también por el eclipse que no tenía fin, resultante de la extraña danza orbital entre la luna y su planeta regente, a quien el pueblo llamaba Alcestis.

Esa sincronía de traslación, la extraña fusión nuclear de ese sol. Dabbenerth era el eterno anochecer, por mucho que se aferraran a la idea de que existía una mañana, tarde y noche para cada día y así entender el concepto del tiempo.

ㅤㅤㅤ—¡Cuánta oscuridad! —exclamó un agente de la Cofradía.

Aquella abnegación que existía hacia las estrellas no era una casualidad en Dabbenerth. Se convirtió en religión, ya que muchos añoraban la luz. Miles querían ir con las estrellas.

«He ahí el nombre que se me concedió», reflexionó Cellinor.

Baúles apilados construían un fuerte alrededor de las naves de carga. Cellinor, aturdida por sus sentimientos, se paseó de un extremo de la pista al otro, tocando los embalajes de latón y madera enrollados de gruesos cordones. Para ella, fue como sentir la esencia de sus raíces hecha pedazos; desmenuzadas en pequeñas piezas para ser encerradas en una caja y expulsarse por obligación hacia el frío espacio exterior, por lo que expresó tristeza en los ojos. 

Alzó la vista por encima y se encontró con el buque Heighliner de la Cofradía aguardando en la atmósfera. Su gigantesca estructura alargada distorsionándose por la nubosidad claroscuro de los cielos del amanecer.

Una familia de pájaros chorazin apareció nacida de los primeros rayos coronados del sol eclipsado, atravesando la superficie por la cima de la ciudad. Los siete pájaros enormes de dos pares de alas, modelaron figuras hermosas durante su vuelo, por lo que Cellinor logró distraer sus pensamientos por un instante, maravillándose por aquél gesto de la naturaleza poco común. El averío, al alejarse lo suficiente, se agrupó en un pequeñísimo punto obscuro cuando tocaron los confines del cielo, más allá de Devarhahn y su muro-escudo, para no regresar hasta el siguiente período de nidación en los siguientes doce años.

«Qué dicha de privilegio», pensó Cellinor, despidiéndolos en silencio.

Resuelta en ocupar su mente para obliterar las penas, Cellinor decidió complementarse en los esfuerzos y así finiquitar los preparativos de salida. Aún con la objeción del personal—especialmente de la Cofradía—, Cellinor supervisó cada manifiesto de las naves preparadas para partir. Se negó a cualquier ayuda, por lo que flanqueaba un punto solitario en las vías de la nave principal. En cierto momento de concentración, reflejó extrañeza en una de las cajas embaladas que se trasladaba a la bodega de esa nave, aquella donde viajaría el Duque y su familia. El objeto cuadriforme superaba los dos metros de altura, toda reforzada de metal.

Fue un fugaz detalle, pero enervó un sentido de alerta desconocido...

ㅤㅤㅤ—Permíteme un momento —repentinamente, le habló al estibador.

Cellinor tuvo que andar paralelamente al hombre en cuestión, en un intento de interceptarlo ya que no parecía querer obedecer su petición. Se mostraba especialmente fornido y alto, inusual de sus demás colaboradores, cuya discreción era orden específica. Usaba el uniforme típico de la Cofradía Espacial: negro como carbón, de brillantez plastificada y más apretado de lo usual para su contextura corporal. Enteramente lampiño de cabello y cejas hasta donde alcanzaba a ver; sus ojos escandalizaban por la ausencia de algo que resultaba vital y normal en cualquier congénere. Cellinor, en un pensamiento aparte, intentó adivinar de qué se trataba ese ínfimo detalle mientras se enfrentaba a su dura mirada, que le respondió con un escueto «¿qué?» al verse interrumpido.

ㅤㅤㅤ—Tengo que revisar las condiciones de este cargamento —insistió ella, investigando superficialmente sus condiciones—. ¿El Duque lo ha determinado para este navío en específico?

ㅤㅤㅤ—Yo que sé —gruñó el agente de la Cofradía.

Cellinor lo estudió nuevamente a él.

Poseía características inquietantes, sin duda. Si una mirada muerta—¡eso era, sus ojos no brillaban!—y un aspecto físico apabullante no lo esclarecía, la voz sí. Un flujo sonoro completamente seco y automático. El hombre le sumaba muchos centímetros de altura Cellinor, quien miraba hacia arriba y tampoco cedía.

Pero la chica comprendió la razón de la estridente falta de respeto. Había omitido con parsimonia sus vestidos ceremoniales para la ocasión, llevando una simple vestimenta de saco con los sellos de su casa, pantalones formales y el cabello atado en un moño intrincado. Se confundía fácilmente como una simple encargada del lugar. Ella correspondió la enfrenta alzando las cejas, suspicaz, y sin distraerse.

ㅤㅤㅤ—¿De qué salón viene este cargamento, oficial? —preguntó Cellinor, revisando los manifiestos que tenía en las manos—. Es una valija de más para este navío, según está estipulado aquí.

ㅤㅤㅤ—Ya te dije... —las manos del hombre abandonaron las agarraderas mecánicas, volviéndose hacia ella, intentando intimidarla—, que no lo sé. ¿Acaso estás sorda, mujer?

«¿Cómo puedo distinguir si está ocultando algo o solo es imbécil...?», se preguntó Cellinor, haciendo caso omiso del arrebato, adivinando las posibilidades que no dominaba. Tampoco deseaba ignorar a su instinto. A pesar de que no retrocedió, regresó la mirada a la gran valija. Los segundos alarmantes transcurrían mientras ella resbalaba la mirada hacia lo que había llamado su atención... ¡Y allí estaba!

La chica lo empujó con el hombro al pasar, concentrando su atención en un fluido negro embardunado en la esquina inferior del embalaje. Negro, espeso, semejante al aceite con sus ondas puntiagudas. Se inclinó para palpar con mano enguantada la sustancia desconocida, pero no se pegó a sus dedos. Parecía húmeda, pero yacía solidificada, incrustada como espinela negra en una roca. Sin duda era un ferrofluido, juzgando la distorsionada luz ínfima que circulaba en la superficie.

Aún acuclillada, giró la cabeza hacia el agente con intención de preguntarle de qué planeta venía él, pero se vio abstraída por su hermano Soren aproximándose a la escena, luciendo una sonrisa sardónica, las manos tomadas detrás de su espalda y una mirada llena de ironía inquisitiva. Era muy alto, por lo que enfrentó al agente de la Cofradía perfectamente... Cellinor no lo aceptó como una buena señal y tampoco el agente. 

Este último respondió a la intromisión tensando los músculos.

ㅤㅤㅤ—Perdone, ¿hay algún problema? —cuestionó su hermano con voz cuidadosa.

ㅤㅤㅤ—Esta doméstica me impide hacer mi trabajo, mi señor —respondió el estibador, gruñendo, pero sin ninguna intención de faltar a la norma.

Soren tuvo que replicar con risotadas sinceras, para impresión del hombre y el fastidio de Cellinor, tal y como si le hubieran contado un excelente chiste. Sacudiendo la cabeza, el primogénito Reywenys se limpió los ojos de unas pequeñas lágrimas y dio un paso más cerca del agente: —Esta «doméstica» es mi hermana, cargador. Por ende, soberana en este planeta. ¿Aún cuestiona su autoridad?

El hombre deslizó la mirada en ambos, quebrando su compostura lo suficiente para tartamudear:

ㅤㅤㅤ—Yo... Yo... pensé que... —los músculos en su mandíbula se crisparon.

ㅤㅤㅤ—No te culpo por la confusión —Soren alzó una mano, ciertamente excusándolo—. Mi hermana sabe desdeñar perfectamente los protocolos.

Cellinor se incorporó rápidamente, sintiendo que el rostro le ardía: —¡Soren!

El aludido concedió permiso al estibador de la Cofradía para proceder, con un gesto de la mano.

ㅤㅤㅤ—Sé más condescendiente, cargador. Adelante, que el tiempo apremia.

ㅤㅤㅤ—¡Espera, yo estaba revisando algo! —protestó Cellinor, volviendo la cabeza para apuntar con el dedo la secreción endurecida que se filtraba... Pero no se miró nada más allá que el ensamblaje metálico. La chica tuvo que inclinarse nuevamente para comprobarlo mejor, pero era inútil justificar lo que no era evidente—. Había algo aquí, puedo jurarlo...

Su hermano suspiró, acercándose para sostenerla de los hombros y apartarla del camino. Una mirada severa fue suficiente orden para el cargador de la Cofradía, que inclinó la cabeza con rigidez y manejó el cargador levitante hacia la bodega. Cellinor procesó el incidente; sin poder asimilar la impotencia, se sacudió para alejarse de Soren.

ㅤㅤㅤ—Tuvimos que desmantelar el embalaje para cerciorarnos —masculló ella, mirándolo con tenacidad.

ㅤㅤㅤ—¿«Tuvimos»? —Soren rió con sequedad y se cruzó de brazos—. ¿Por qué insistes en involucrarte en tareas que no son las tuyas, hermanita?

ㅤㅤㅤ—Claro, ¿y qué tareas son las mías? ¿Estar en los salones empolvando mi nariz?

Soren negó con la cabeza, desconcertado por su tono. «Su melancolía es la que habla», conjeturó para sí mismo. «Está enfrentándose a todas las consecuencias que resultaron tras la decisión de nuestro padre». La evaluó superficialmente y mostró interés por la corriente de emociones que marcaban su rostro. El cansancio tintado una sombra en los párpados inferiores de Cellinor. Soren se llevó los dedos a los propios, donde se podía apreciar los estragos de su insomnio.

«Comienza a tener los síntomas. Por eso él está apresurándose de manera anormal»; fue un pensamiento acompañado por un fugaz sentimiento de rencor hacia su padre. Soren disipó aquellos pensamientos con otro suspiro. Relajó su postura y reposó una mano en la reconfortante empuñadura de su espada, como una manera de calmarse ante lo que consideraba incierto.

Había bajado la mirada. El primogénito del Duque tenía sus propias preocupaciones presentes en todo pensamiento, como fantasmas de ecos en la mente que nunca se iban. Susurrándole la presión; la necesidad de trabajar duro cada vez más y ser un elemento digno que ensombrezca los pasos de su padre. Dabbenerth era un castigo, pero estaba en sintonía con la apatía de Cellinor. Ese mundo era una maldición íntima que no necesitaba de testigos externos. Abrir sus fronteras había sido un error que esperaba remediar cuando alcanzara su momento de suceder. Hasta entonces...

Su mano afianzó el agarre de su empuñadura y sonrió a Cellinor con tirantez.

ㅤㅤㅤ—No tienes que probarle a nuestro padre el poder de tu astucia —dijo Soren, hablando en su lengua madre—. Y turbar su mente con más preocupaciones, Norie. Cualquier circunstancia que se oponga a nuestros propósitos son completas distracciones.

Ella se aplacó un mechón que escapó de su peinado.

ㅤㅤㅤ—Me gobierna el temor a la pérdida, no las ansias —murmuró Cellinor—. Nuestro padre no lo ha determinado, pero sus acciones dicen suficiente. Sé que no regresaré aquí en mucho tiempo.

ㅤㅤㅤ—No aprenderás lo que necesitas quedándote aquí —coincidió Soren, meditándolo con rostro solemne—. El tiempo no ha llegado aún, pero te enfrentas a la Corte Imperial, Norie. Allí... —el hombre suspiró—, en los pérfidos salones del Emperador, no hay leyes regidas por buenos corazones, todo reina bajo un mismo interés...

Dicho eso, apuntó su vista en el horizonte constatando la advenimiento de las nubes de tormenta; esponjoso vapor de color púrpura ennegrecido que pulsaba electricidad en el núcleo.

ㅤㅤㅤ—Planes dentro de los planes... —musitó abruptamente Cellinor, con la mirada perdida en pensamientos profundos.

Soren alzó las cejas, impresionado por la extraña selección de palabras. Cellinor espabiló, enterándose de que habló en voz alta:

ㅤㅤㅤ—No quise decirlo así.

Su hermano asintió, meditabundo.

ㅤㅤㅤ—Lo has dicho... con certinidad. Me alegra el oído escuchar que eres consciente de eso —Soren movió su mano a la espalda de Cellinor y la incitó a caminar, con el mayor guiándola lejos de la estación de aterrizaje, aproximándose a los atrios del castillo—. Pronto celebrarás tu decimoséptimo año del sol. Es la edad que requiere sabiduría. «Y más cuando me convertí en hombre—en tu caso mujer—, abandoné lo que era de niño».

ㅤㅤㅤ—Citas palabras por las blasfemarán tu nombre en Devarhahn interior —advirtió Cellinor con una expresión irónica—. ¿Cómo es posible que consiguieras una copia de la Biblia Católica Naranja aquí mismo?

ㅤㅤㅤ—Fue obsequio de uno de los guardias de tu príncipe: una conversación simple me la... —Soren calló abruptamente; la miró y entrecerró los ojos en finas rendijas—. ¿Y tú... cómo sabías que citaba el libro sectario, niñita?

Cellinor se encogió de hombros.

ㅤㅤㅤ—Has jurado que estoy en la edad de la sabiduría. ¿Retractas tus palabras?

ㅤㅤㅤ—Bien jugado. Nuestro padre podrá colgarnos a ambos y Taredd gobernará postrado en la cima de un árbol, brincando de rama en rama y aventando nueces para su pueblo —Soren frotó su pulgar contra las yemas circular y velozmente, complementando un ademán a sus palabras. 

La chica se rió tan deliciosamente que atrajo la atención de la gente a su alrededor, llegándoles unas sonrisas recíprocas. Y Cellinor agradeció profundamente la sensación de la alegría que se alojó cálidamente en su pecho. Quiso aferrarse a ella por lo que sería el resto de su viaje.

Soren percibió que los lugareños no fueron únicos que correspondieron a la risa de su hermana, como si ella emanara una vibrante sensación contagiosa. Admiró el regalo de algo tan simple en ese planeta. 

Nubes cargadas de lluvia arribaron por la cima de la ciudad, despojando sus gotas hasta que la condensación dio lugar a una llovizna férrea que permeó el escudo de las fragatas, creando corrientes de agua por la base que encontraban su fin en el vacío. La oscuridad se volvió más acuciante al cubrirse el sol; los servidores del Duque se apostaron en sitios estratégicos para proveer luz al trabajo que ya estaba finalizando su ritmo. 

Los agentes de la Cofradía, a pesar del alumbrado proveído, encendieron sus lámparas personales conforme sus uniformes se adaptaban a sus cabezas para protegerse del mal clima. En aquél instante de percepción general, una mujer joven, alta y de estructura ósea muy fina se les acercó, cubierta escuetamente con un vestido y chal de lino fino e impermeable. Sus pies descalzos no resintieron a los charcos de agua. Del cabello platinado le escurría el suave rocío.

Los dos la conocían muy bien. Se llamaba Miriss, su familia siempre había servido a la del Duque con voluntades devotas. La joven pudo crecer junto a Cellinor, convirtiéndose en su confidente y doncella.

Ella les saludó con la cabeza inclinada suavemente con respeto.

ㅤㅤㅤ—Mi señor, si me permite. —Él asintió; la atención de Miriss se inclinó en Cellinor—. Mi dama, se me ha pedido que ayude a vestirte apropiadamente para tu viaje. Acompáñame, por favor.

ㅤㅤㅤ—Mis atavíos satisfacen las formalidades —objetó Cellinor, provocando otra risa en Soren, que aprendió a someter de inmediato ante el escrutinio incisivo que recibió de ambas.

Miriss refutó con delicadeza.

ㅤㅤㅤ—Con todo respeto, mi Dama, tu madre te ha preparado un vestido que se adapta a las necesidades de la ocasión, que son... —Miriss comprobó la presencia de Soren nuevamente, pero ahora sustituida por un tono de vergüenza, lo que la llevó a dudar y mantener sus palabras mudas en los labios entreabiertos.

Su hermano fue capaz de comprender las cauces de la conversación y, con una mueca incómoda, distrajo el recelo de Cellinor para honrarla con un abrazo, que se sintió poco común. Él acunó su cabeza albergando una postura cariñosa. Advirtió la sorpresa en su hermana, pero lo había correspondido.

En la mente de Soren, fugaz y como triste presagio, se gratificó con los recuerdos del nacimiento de sus dos hermanos menores, el significado del tiempo transcurrido en la que los atestiguó crecer, a la par que sus mismos padres. Un presentimiento ahogó la maravillosa percepción de orgullo, obligándose a ser opacada por la afrenta del espacio exterior y todos esos mundos que ahora fijarían sus ojos en todos ellos.

Más concretamente, en aquellos dos inexpertos que aún atesoraban sus esperanzas de niños. Soren se aseguró de escucharse con mucha discreción:

ㅤㅤㅤ—Cuida tus espaldas, mi hermana. Y que Taredd también esté protegido. —Soren susurró las últimas palabras en su idioma antiguo—: Gefahr lauert in unserem Blut.

Cellinor arrugó el entrecejo profundamente y le miró detenidamente cuando el abrazo se rompió.

«El peligro acecha en nuestra sangre».

ㅤㅤㅤ—No lo olvides —finalizó él—. Nos despediremos apropiadamente cuando llegue el momento.

Cellinor fracasó en indagar explicaciones, en cuanto Soren se disculpó y avanzó al interior del castillo a través del vestíbulo, con celeridad. Consternada y temiendo que sus preocupaciones dominen el curso de su atención por el resto del tiempo que le quedaba en su preciado mundo natal, la chica se obligó a recomponerse y forzó una sonrisa a Miriss, que no prescindió de la consternación propia.

ㅤㅤㅤ—¿Y bien...? —la voz de Cellinor tiritó. Tomó el brazo de Miriss para sostenerse, temiendo que si no lo hacía, terminaría cediendo a su sentir.

ㅤㅤㅤ—¿Mi dama? —la doncella dudó.

La aludida palmeó el brazo de Miriss para centrarla: —Por favor, sigamos con lo nuestro. ¿Qué son esos cambios que exige mi madre en mi apariencia?

Miriss deglutió antes de responder:

ㅤㅤㅤ—Tu feminidad, mi dama, necesita ser realzada. En Caladan... deberán contemplar tus virtudes con buenos ojos. Tu madre me ha ofrecido un vago concepto, me temo.

«Dudas, recelos, incógnitas y muchos peligros olvidándose por las joyas y caras bonitas».

 ㅤㅤㅤ—Que las estrellas se apiaden de nosotras, entonces. —Concluyó Cellinor, compadeciéndose de Miriss por igual, comprendiendo que ella misma tampoco obtenía certeza de nada. A menos... que ella reclamara esa certeza por su cuenta.

Recordó el sospechoso ferrofluido que desapareció ante sus ojos, y en su designio primordial, se alojó el recordatorio de no olvidarse de él, ni de nada remotamente semejante.

«El peligro acecha...»






ㅤㅤㅤ—Va a llover —dijo Paul.

ㅤㅤㅤ—¿Y cuándo no lo hace? —replicó Gurney Halleck, muy ensimismado en el movimiento de sus dedos sobre las nueve cuerdas tensionadas del baliset. Entonó una nota, después otra. Gruñó, insatisfecho, girando más de los clavijeros—. Hmmm...

En el salón principal de Castel Caladan se ornamentaba un recibimiento costoso, pero con intenciones mesuradas. Todo detalle fue seleccionado y supervisado cuidadosamente por Dama Jessica, que comprendió el desconocimiento total por la percepción que podría tener la comitiva visitante. Aún así, consideró importante mantener los estándares que se valoraban en la Casa Atreides y que ella aprovechó muy bien al conocerlos profundamente.

Se exploraron diversos estilos de adornos en todos los vestíbulos, pero Jessica acató a su intuición y optó por una decoración que preservara confianza y familiaridad para la casta Reywenys. Aspecto que fue difícil de poder deducir. Paul comprobó el decorado final: la selección de tapices, la confección de cortinas azul y cobre. El organdí del dosel ambientaba luz cálida por la superficie de la sala. Los globos flotantes permanecían quietos en cada esquina, equilibrando el balance de luz y sombra. Paul había visualizado los estandartes Atreides colocados en las altas paredes, y detrás, esculturas de cobre azul colocadas a cada lado del pasillo. También comprobó la cantidad extremadamente moderada de plantas florales. Al Duque no le agradaba un toque demasiado hogareño.

Las organizaciones se desarrollaban como un gran reto. Arrakis les esperaba en una semana, aguardaba mucho por preparar y los Reywenys venían como un duro contratiempo. Pero Leto Atreides creía que la conveniencia sumaba más que los riesgos. El peligro político... Con los Harkonnen anidando posibles complots en sus confines... Y una poderosa familia que podría ofrecer más estabilidad ante las circunstancias.

Todos esperanzaban.

Paul se relajaba en el marco saliente de una ventana orbicular, reposando sus brazos en la pierna flexionada. Sus manos se distraían con un listón azul que recogió de uno de los floreros. Mirando a través del metaglass hacia el patio de aterrizaje, aventuraba muchas cosas en lo privado de sus pensamientos, durante largos segundos. 

Él estiró el listón. «Nuevamente... la soñé. Su imagen absolutamente clara esta vez. Pude mirarle cada realce de su rostro cuando me besaba, y...»

Simplemente no podía describirlo ni explicarlo. Incluso los recuerdos más frescos de su día anterior se apreciaban sucios en comparación a las imágenes de su sueño, privilegiadas en la claridad de su mente. Con mirada ensoñada, el joven visualizó a la chica en ellos. Ella vestía un destiltraje, personalizado con un chal de seda azul. Acampando en la quietud de la noche, Nienna le había pedido su ayuda para quitárselo. Paul trabajaba lento, escuchándola relatar cuentos antiguos de culturas extintas. Su voz embellecía cada palabra. Y cuando terminó, ella decidió agradecerle con un beso que no se interrumpió...

Tuvo que obligar a serenarse. Agradecido, también, de que Gurney se quejó con monosílabos bruscos justo en ese momento, antes de perderse más en la atracción de los recuerdos. El corazón le latía aprisa. Deglutió, dejándolo ir en el flujo de pensamientos y tranquilizándose.

Se enfocó en su mentor. Allí, sentado en una silla frente a él, se miraba tan abstraído con un instrumento que conocía mejor que la palma de su propia mano. Un panorama extrañamente divertido.

ㅤㅤㅤ—¿Pasa algo, Gurney? —le preguntó Paul, con sonrisa ladina—. Se rumorea que estás nervioso por mostrar tus talentos a estas nuevas gentes.

El Maestro chasqueó la lengua con desaprobación.

ㅤㅤㅤ—Sin jugueteos, chico. —Gurney sacudió la cabeza—. Considero un gran honor que mi señor crea justos mis talentos para armonizar un banquete importante, pero... —el hombre frunció sus labios delgados. Paul comprobó sin esfuerzo cómo los músculos faciales de Gurney se tensaban en el entrecejo—. Son vecinos de los Harkonnen. No me caen bien.

ㅤㅤㅤ—No los has conocido aún —objetó Paul.

ㅤㅤㅤ—No necesito hacerlo.

El joven sacudió la cabeza. Se concentró en la textura sedosa del listón; lo enrolló en su dedo y lo soltó para que se deslizara por su mano. El listón estaba teñido semejante al color de irises de Nienna. Como el azul que pintaba la superficie del mar, cuando la luz solar se blanqueaba por el espesor de las nubes. Un azul específico que perduraba en el manto de agua que ofrecía un preámbulo al abismo acuático. Su cabello parecía tan brillante como las conchas nacaradas que Paul recolectaba en su niñez en las playas de Caladan.

Dejó escapar una suave risa. La ironía resultaba insulsa cuando los frutos del mar vivían tan destacadamente en una chica arrakena.

ㅤㅤㅤ—¿Y esas risitas? —cuestionó el trovador-guerrero, ahora mirándolo con escepticismo.

ㅤㅤㅤ—No me río de ti, buen Gurney. Es solo... —Paul reflexionó por unos momentos con la mirada gacha, resolviendo si obedecer aquél impulso que le producía la curiosidad—. ¿Te has... enamorado alguna vez?

El hombre se mostró pasmado; ser receptor de aquella cuestión fue algo que jamás habría esperado recibir en su vida de guerrero y servidor. Se entendía que, un hombre adiestrado a matar, sospechar, roer y proteger tenía que existir como un desconocido en el amor.

«El amor es el único enemigo que te vulnera en carne y pensamiento».

Paul se sintió inmediatamente abochornado y quiso hablar para corregir el rumbo de la conversación, pero vislumbró un velo familiar en los ojos de Gurney. La pregunta le hizo recordar... y no parecían ser malas memorias. Paul deslizó su mirada del Maestro hacia el baliset, entendiendo que todas aquellas baladas que Gurney cantaba en sus ratos libres al anochecer derramaba más que un sentimiento entre sus letras.

Lo dejó ser, y cuando Gurney se recuperó de su trance, no pudo evitar sentir expectativa por su respuesta.

ㅤㅤㅤ—No. —Contestó finalmente, con su expresión habitual.

El joven dejó caer su cuerpo sobre el respaldo, decepcionado.

ㅤㅤㅤ—¿No son estas cosas las que deberías hablar con tu padre, muchacho? —repuso el hombre concentrándose de nuevo en el baliset.

ㅤㅤㅤ—Mi padre ama a mi madre. No hay mayor certeza que ese hecho.

Gurney asintió, meditabundo. Sus dedos finalizaron las tareas acariciando las cuerdas, posteriormente deslizó su querido instrumento musical del regazo y lo reposó en la pared. El hombre le dirigió una atención especial a Paul.

¿Qué podía decir Gurney, el Juglar de la Guerra? Consideraba que la lealtad era de las pocas nociones que honraban a un hombre y él siempre se consideraría en deuda con Leto, con su Casa, por convertirlo en alguien de honor cuando lo rescató de aquél hoyo de esclavos. Ha permanecido a su lado desde entonces, lo miró fanfarronear, madurar, enamorarse. Y después, llegó Paul. Gurney jamás será un padre por la gracia de la naturaleza, pero se le ofreció un camino desconocido que recorrió con gusto ante la llegada del niño. Gurney le ha enseñado como un padre, y sin faltarle el respeto al debido lugar de su bien amado benefactor, lo quería como a un hijo. 

El orgullo que le producía el chico fue una recompensa que jamás esperó recibir.

Y como un destello cegador, realizó lo mucho que éste había crecido: —Paul, te has criado entre mayores y tu mente ha madurado a su ritmo cuando aún eras pequeño. Y por fin, te estás convirtiendo en un hombre que comprende las cuestiones de lógica y poder mucho mejor que algunos de nosotros. Pero tu noción del amor sigue tierna, como la de un muchacho. Aprenderás de sus bondades y desasosiegos a su tiempo, más estando tu posición.

ㅤㅤㅤ—Lo sé —repuso Paul—, los matrimonios son alianzas importantes. Deberé elegir bien por el futuro de la Casa Atreides.

ㅤㅤㅤ—Así es, pero tu soltería puede ser una herramienta útil para tentar las esperanzas de las otras casas, como lo ha preferido tu padre. Hasta entonces...

Paul declinó fervientemente: —La dignificaré; cuando llegue el momento, será solo su mano la que tomaré en matrimonio.

«Habla como si ya la conociera. Qué raro. ¿Pero aquí...? No lo he visto con nuevas compañías». Gurney entrecerró los ojos, pero tampoco deseó preguntarle más. Él fungía como un oyente digno cuando era requerido y un hermano de silencio cuando nada debía ser dicho. Y así estaba bien. Gurney le brindó un apretón en el hombro de Paul, mostrando lo más parecido a una sonrisa.

ㅤㅤㅤ—Tus convicciones te hacen un honorable heredero de esta Casa, Paul.

El joven asintió con gratitud, un tanto cohibido.

Los ventanales de la estancia exteriorizaban una nívea luz agrisada por el ambiente nuboso. Paul se atrajo por el cielo, viendo formarse en cuestión de segundos una mancha enorme y oscuramente difuminada. Una Heighliner de la Cofradía. En instantes después, una alarma de audiencia resonó en cada confín conocido de Castel Caladan y más allá de las estaciones militares apostadas en las cornisas. El aviso se repitió otra vez: una suerte de gaita que abría paso a las banderas Atreides flageando en los postes del campo de desembarque, que se hallaba a un par de kilómetros del castillo.

 ㅤㅤㅤ—Parece que es hora —repuso Gurney, con los tintes de un humor reservado—. Alcancemos a tu padre en el salón ceremonial.

Ambos se levantaron y alisaron los uniformes con un instinto sobrio. Gurney usaba su traje formal y militar, como todos en el cuerpo oficial de la milicia. Paul fue instruido de utilizar un atuendo  de etiqueta manufacturado específicamente para los eventos formales y por encima, un abrigo negro. Rara vez usaba los trajes ceremoniales. Incómodo, intentó ablandar más el cuello de su saco.

 ㅤㅤㅤ—Sigo sin saber qué demonios le interpretaré a esas personas. —Replicó Gurney tras avanzar algunos pasos por el corredor.

ㅤㅤㅤ—Tal vez una balada —sugirió Paul—. Dadas las circunstancias.




El silencio espesó y se podía cortar con el filo de cualquier cuchillo.

Por la longitud del aposento, se posicionaban los oficiales de alto mando en la Casa Atreides, cada uno fijando guardia y mirando al frente. En las parte más céntrica, donde figuraban los líderes representativos del feudo en Caladan, estaban tanto el Mentat y Maestro de Asesinos, Thufir Hawat, así como el mismo Gurney Halleck, coordinados y tan empeñados en analizar, estudiar y sospechar cada ápice de información en los nuevos visitantes. ¿Tal vez prejuicios en sus expresiones escuetas? El Doctor Yueh se hallaba cerca también, atento y preparado para cualquier contratiempo médico.

Por adelante de éstos, el Duque Leto, que galardonaba la ocasión con uno de sus mejores atuendos con abrigo y confecciones chapadas, sin apartar su atención de las grandes puertas. Su ceño fruncido señalaba ciertas cuestiones intrínsecas. A su derecha de él, Dama Jessica, tan parsimoniosa y elegante como prefería serlo, usando un vestido cobre oscuro, con sortijas trenzando la plata con piedritas de diamante que unían un brazalete en su delgada muñeca. El pelo azafranado suelto y echado hacia atrás. Sus ojos aguzados y atentos, escondidos detrás de un rostro completamente tranquilo.

Paul, a la izquierda, observaba a su alrededor meditabundo por donde alcanzaba la vista. Obedeció a las palabras de su madre y prestó especial atención en los detalles en ese momento.

Debido a ello, el silencio armonizaba una antesala apabullante.

A Hawat se le comunicaba cualquier suceso con premura, por lo que él dio el aviso:

 ㅤㅤㅤ—Ya vienen, mi señor.

Entonces, súbitamente, se pudo escuchar el andar del séquito. Una marcha suave y poco estridente, cautelosa, educada. Paul estudió el extraño sonido, identificando con premura la marca de los pasos. Uno, dos, tres... Paul escuchó a más de quince personas aproximándose, descartando a sus hombres. Al momento de estar lo suficientemente cerca, el chico vislumbró por el rabillo del ojo que su padre se envaró con firmeza.

Un guardia inclinó el mentón  al recibir el informe por el intercomunicador. Coordinándose con otro hombre al extremo contrario del tapiz, dieron un paso al frente para tomar los asideros de las grandes puertas.

 ㅤㅤㅤ—¡Mi señor Duque! ¡Ante usted, la honorable Casa Reywenys!

Las puertas habían crujido al abrirse y el séquito entró. Los hombres Atreides que los guiaban hasta el salón recuperaron su formación lado a lado de la alfombra que se prolongaba hasta la mesa de banquetes.

Paul, con pretensión de recatarse, solo se permitió abrir los ojos en señal de asombro, porque los mitos que encarnaban a la gente del mundo exiliado no se justificaban ante la realidad que veía él mismo. Pudo percibir la anticipación de los uniformados en la sala, sus intenciones contenidas de expresar aquella impresión.

Como la cabeza de la Casa, lideraba un hombre muy alto. Paul lo estudió, incapaz de ocultar el estupor conforme lo hacía; la toga que éste ostentaba brillaba por la confección en hilos de plata, con una capa espesa y a juego sobrepuesta en sus hombros. Sus pasos ensalzaban un afín misterioso que evocaba respeto... tal vez, a lo desconocido. El cabello se extendía por su espalda como una cascada uniforme. Y esa mirada... señalaba un atisbo de extraña superioridad. Paul no pudo discernir cuál.

«Ese peculiar tono en el cabello... ¿Será posible...?», pensó Paul.

El Duque Reywenys inclinó la cabeza. Las tres personas con más influencia detrás suyo dieron una suave reverencia también. Dama Jessica pudo darse cuenta de que la familia estaba circulada por seis guardias personales. «Como un anillo de protección», analizó. «Pero uno... descarado. ¿Será que aquél hombre... acaso nos teme? ¿Por qué?»

La Dama reflexionaba ávidamente.

«Todos ellos son tan semejantes. Excepto por sus siervos». Jessica comprobó cómo éstos permanecieron cerca de las puertas. Mantenían una mirada gacha, con los cabellos oscuros muy largos y entrelazados en sus vestimentas del mismo pigmento.

Existía una clara diferencia social atribuida a la apariencia.

Regresando al gesto cortés, el Duque Leto Atreides correspondió, por lo que Dama Jessica, Paul y oficiales de renombre tuvieron que seguir su ejemplo.

 ㅤㅤㅤ—Les damos la bienvenida a Castel Caladan —habló Leto, con una voz que no rechazaba orgullo ni autoridad—. Nos complace atenderlos en nuestras moradas como huéspedes de honor. Yo soy Leto Atreides.

Habiéndolo dicho, extendió una mano a su mujer, que dio un paso al frente: —Ella es mi concubina, Dama Jessica. Y él —Leto inclinó la cabeza hacia el muchacho a su lado— es mi hijo, Paul Atreides.

Paul, aludido, dio una reverencia muy educada. El Duque Reywenys y la mujer a su lado lo contemplaron largo y tendido. La mujer había movido los dedos de una forma extraña contra la piel de su esposo. Dama Jessica lo interpretó como una caricia, pero los movimientos se maniobraban por una lógica compleja.

«¿Un lenguaje secreto?»

Y Jessica se fijó en la Señora Reywenys... Percibiendo primero que su hombre le reservaba una atención especial, un ademán protector, que recogía de su mano con delicadeza para cuidar de sus pasos. La mujer censuraba su persona por un gran velo oscuro, cortado en olanes a la semejanza usual; le tapaba la cima de la cabeza alcanzando hasta las extendidas faldas blancas. Lo único distinguible de su rostro era una porción de su mentón junto a los labios, cuyos músculos no marcaban ninguna emoción. Su cabello fue confeccionado en un bello arreglo de rizos pálidos.

El Duque de Dabbenerth tuvo que soltarla, cual objeto de su gran esplendor, y se adelantó unos pasos para encarar a Leto Atreides. Paul escuchó el sutil desliz afilado de algunas espadas, pero el majestuoso noble no se inmutó. Su lenguaje corporal distaba de ser hostil, comprobó Jessica, apaciguando a los guerreros con el lenguaje mesurado de señas.

Pero no sabía describir... la extraña sensación que transmitía aquella mujer. «No es una Bene Gesserit, no obstante... Hay más de lo que salta a la vista.» 

La Dama tuvo que llevar apresuradamente la atención en los hijos, como si al hacerlo resolviera esa terrible inquietud.

 ㅤㅤㅤ—Damos gracias a su honorable Casa por recibirnos como parientes de un mundo lejano. Soy Toross Reywenys, y me acompaña mi familia; mi esposa, Josiane...

Los dedos de Jessica se juntaron en su regazo. Miró al pequeño niño, su rostro juvenil, fresco, espabilado y asustado, con un fulgor travieso chispeando en los ojos azules. Se esforzaba mucho en quedarse quieto y respetar las normas sociales. Resultaba tan raro como encantador mirar a un niño... siendo un niño. A muchos se les negaba tal hecho. Las artimañas crueles rasgaban las edades tiernas y extinguían las creencias inocentes con fervor. Jessica pensó en su propio hijo, en sí misma, en su amado Duque, curtiéndose a la dura manera del ambiente político. Tal inocencia representaba un digno regalo.

Y una debilidad catastrófica.

 ㅤㅤㅤ—... y mis hijos, Cellinor y Taredd Reywenys.

Por su parte, Paul se hallaba curioso por los recién nombrados. No tuvo oportunidad alguna de tener compañeros de su edad, y se preguntaba si también para el niño y la chica resultó el mismo tipo de educación... Sus verdes ojos posaron su observación en ella, cercana a sí mismo en años.

La muchacha lucía de una estatura promedio. Sus manos parecían delicadas sujetadas entre sí a la altura del regazo, pero no inmaculadas... por lo que seguramente hacía uso de ellas en actividades fuera de los estándares. ¿Una peleadora? Su contextura no reflejaba musculatura, sino fineza curvilínea. El tocado realzaba su cabello arremolinado por una larga trenza blanca, con el velo oscuro de éste tapándole el rostro hasta el cuello. Hacía usanza también de una capa oscura y abierta sobre un vestido liso, turquesa, con encajes confeccionados en los mismos colores neutros. A juzgar por el corte superior, sus hombros se mostraban descubiertos. 

«Un detalle muy femenino», evaluó Jessica. «Creo saber la razón». Discretamente, midió el interés de su hijo, que escudaba cualquier posible atracción por un temple que su madre consideró sensato para la ocasión.

Paul ya era un hombre. Jessica consideró importante advertirle de sus mujeres, y pronto.

Él ya estaba percibiendo que la muchacha inspiraba profundamente... queriendo calmarse, sin duda. El movimiento de sus omóplatos marcaban sombras en las clavículas y suaves curvaturas en sus músculos.

Cualquier admiración transmitida por la visión fue abatida de inmediato por la perturbadora sensación de familiaridad. El joven sabía que la observación funcionaba como una herramienta primordial. Los detalles físicos revelaban información mejor cualquier secreto valioso contado a viva voz. Como noble e hijo de una Bene Gesserit, se le había educado... para ver.

Paul tuvo que retirar su atención de Cellinor Reywenys.

No se permitió recordar a la chica de Arrakis.

La similitud resultaba imposible.

 ㅤㅤㅤ—Hemos venido cautivados por su iniciativa en la Gran Cámara del Landsraad —continuó Toross, profundizando cada sílaba—. Y deseamos ser testigos de ella, señor Duque. Queremos entablar una alianza. Y claro... no estamos aquí con las manos vacías.

Los murmullos, aunque reprimidos y breves, no pudieron hacerse callar. Hawat siseó unas órdenes cuando prestó atención a su intercomunicador en el oído. Leto le dirigió una mirada fugaz, en la que el Mentat concordó confirmando con sequedad.

Si Leto Atreides estaba asombrado, supo esconder cualquier atisbo de ese sentimiento detrás de una expresión de total integridad.

ㅤㅤㅤ—Por favor, acompáñenos al comedor, usted y todos los suyos —dijo—. Se aproxima la hora de la cena y se les ha preparado un banquete en su honor. Habrá tiempo suficiente para hablar y familiarizar a nuestras Casas.

Al aceptar el camino señalado por su anfitrión, los Reywenys guardaron respetuosas distancias con sus anfitriones. Se les condujo por el amplio corredor de corta distancia, notándose desde allí el aliciente aroma del festín. La decoración resultó exquisita, el silencioso escrutinio de los invitados lo confirmaban por su grata atención. Fue el niño Taredd, el que se atrevió a vocalizar la impresión general. Leto, que escoltaba a su mujer, le otorgó una suave sonrisa de retribución y agradecimiento por los esfuerzos.

Paul caminaba cerca del Mentat, en la parte trasera del séquito. Mesuradamente, miraba concretamente a la dama joven. La curvatura indistinta de ese cuello... juraba conocerlo.

«Eso no puede ser posible». El corazón de Paul reaccionó con latidos súbitos.

El séquito se trasladó con premura, pero Cellinor Reywenys disminuyó la velocidad de sus pasos. Se había llevado una mano al pecho y su cabeza señaló hacia la gran ventana en la que se detuvo. Paul... él era premeditado. Debía serlo. Pero se encontró a sí mismo asegurándose de que él también se retrasara con suficiente indiferencia para los demás, quedándose a tan solo algunos pasos por delante de ella. Guardó rectitud, manteniendo la buena postura y las manos colocadas en sus espaldas. Paul, cuyo deber era cuidar de una huésped en las moradas de su padre... lo único que ansiaba era conocer el rostro de la chica. Presentía que defraudaba el precepto. Sin embargo...

Se aclaró la garganta, afablemente.

ㅤㅤㅤ—¿Sucede algo... mi dama? —cuestionó Paul. 

La voz reflejó un anhelo.

El velo de Cellinor Reywenys se agitó cuando le devolvió la consideración de su atención. Retiraba lentamente la mano de su pecho y la trasladó detrás de su tocado. Acortaba la distancia que la separaba de Paul. En su silencio, la chica asintió con la cabeza.

ㅤㅤㅤ—Es un mundo extraño —admitió con suaves palabras tremosas.

Fue ese intento por deglutir el que logró ahogar el jadeo de Paul.

«¡Es su voz!»

ㅤㅤㅤ—No fue mi intención ofenderles, a usted y a su hogar —Cellinor Reywenys confundió la incipiente palidez de Paul por una mala reacción a lo dicho—. No me atrevería.

ㅤㅤㅤ—Sin disculpas, no lo tomé como tal... —dijo Paul, intentando serenarse—. Debe ser... extenuante, conocer un mundo totalmente nuevo.

La joven aún mantenía los dedos ocupados por detrás de su cabeza. Paul estaba comprendiendo que luchaba contra los pasadores incrustados en el cabello. El tocado se le había removido un poco.

ㅤㅤㅤ—Lo es —Cellinor inclinó la cabeza recogiendo las ataduras del velo.

Paul tensó su cuerpo por la anticipación.

ㅤㅤㅤ—Pero si me permite remediar mi comentario anterior... —ella habló con deje de alivio. Se retiró con cuidado aquellas agujas de su cabello y las depositó en un bolsillo oculto de la capa—. La extrañeza no es enemiga de la belleza. Es un mundo hermoso, joven señor. Sus rarezas ante mis ojos son las que me cautivan.

Sus manos delicadas recogieron el tocado y el velo se deslizó por las hebras platinadas hacia lo largo de su rostro. Los delicados mechones húmedos enmarcaron las facciones que Paul, en sus preciados recuerdos, guardaba con celosía. 

Ese semblante primoroso miraba hacia él como una extraña recompensa de sueño vívido.

El desliz de la tela en sus pendientes los hizo tintinear con agudeza, lo que atrajo un ritmo familiar.

Ambos irises que admiraba, semejantes y extraños, guardaban pensamientos propios escondidos detrás de las tupidas pestañas pálidas. 

La silueta de sus pómulos, marcadas por el mismo número de pecas.

Nienna jamás había sido una chica en Arrakis.

Nienna era Cellinor Reywenys.

Y su aparición destrozó cualquier fe que Paul tuviera sobre sus sueños.

«El futuro viene, hermoso y pavoroso a la vez...», rezaba un viejo proverbio Bene Gesserit.

La chica estaba sonriendo con un afán cauteloso, pero amable. Una simple expresión que atrajo a Paul a la auténtica realidad que siempre encontraba su camino para hacerse presente, como una dimensión indomable. Girando su cabeza hacia la ventana, Cellinor pudo constatar su primer encuentro con el astro elegante que proveía luz y calor universal en el sistema de Caladan, abriéndose paso ante las nubes que esfumaban su espesor por los confines de los cielos. Una hermosa visión de tantos colores. Una claridad inconmensurable.

ㅤㅤㅤ—Pensé que llovería... —habló Cellinor, abnegada a la visión.

ㅤㅤㅤ—Yo también —dijo Paul, admirándola.



Capítulo sin editar.

¡Hola! Aquí reportándome.

Mi intención original era publicar este capítulo una semana después del primero, pero me entorpecieron muchas circunstancias (no estaba segura si estaba escribiéndolo bien, me preocupaba extenderme demasiado, que me ocupé con otras ideas). Estoy muy feliz de haberlo logrado. Les juro que me quería rendir posponiéndolo más, pero de solo ver todo el apoyo que le han dado a este fanfic, no pude permitírmelo. Es hermoso leer sus comentarios. ¡Les agradezco infinitamente por estos buenos ánimos! Me gratifica muchísimo que sigan la historia.

Me parece que en la nota anterior les comenté que iba a escribir una parte para explicar la terminología canónica de Dune. Y más la mía, porque estoy añadiendo cosas nuevas. Por ejemplo, en el POV de Cellinor intento explicar cómo es su mundo. Todavía hace falta mucho para desarrollarlo, pero me siento especialmente orgullosa por la tragedia implícita en sus creencias espirituales. 

La gente en Dabbenerth es, en muchos sentidos, como la de Arrakis, manejando un misticismo que para otros mundos resulta exótico (o incluso hasta primitivo). Hay un trasfondo mucho más profundo que explicaré a lo largo de la historia, porque lamentablemente, el mundo natal de Cellinor no tendrá un final feliz. Esa pérdida representará algo importante en Paul y Cellinor.

Peeero, detalles interesantes sobre ambos profundizaremos más adelante. Apenas los niños se están viendo las caras (ME EMOCIONÉ UN MONTÓN), por mucho que Paul ande todo spoileado JAJAJAJA. Y la verdad... no planeo que sea un slow-burn pleno y derecho ya que, él está flechadísimo. Cree que ya conoce a Cellinor (y de todo, eh), pero no sabe aún que sus visiones son imperfectas. Sí la conoce, pero a la vez, no, por lo que es una relación compleja y desbalanceada porque ella ni en cuenta.

Cellinor:

Y sacando a colación lo de la edad, quiero aclarar que Paul literario tiene 15 (lo que lo hace más crudo, si me preguntan), pero aquí comenzará con 17 años. Entre más edad tengan, mejor, por cuestiones de sexualidad y temas maduros que se narrarán a futuro, y pues no es GOT para ser así de descarada con menores de edad. 😩 (?)

Ay, espero que les haya gustado el texto escrito del inicio. Particularmente su final me hizo llorar, es un guiñazo muy a futuro del volumen que abarcará todo Messiah. Pero por ahora, aguas, porque se avecina un complot. Qué es Dune sin dramas políticos, lo tkm.

Creo que eso es todo por ahora, discúlpenme si tiendo a extenderme muchísimo en las notas de autor. Y ni qué decir de los capítulos. ;n; Pero ¡ojalá les haya gustado esta actualización! Espero con muchas ansias leer sus opiniones. Tengo que reiterar todo el agradecimiento que siento por tomarse su tiempo para leerme y apoyar este trabajo que es torpe, pero honesto. Les mando un abrazo enorme. Y anhelo que hayan disfrutado la lectura. Por favorcito, voten y comenten. Muchas gracias.

¡Cuídense mucho! Hasta el próximo capítulo.

🌌
OBLIVION
⊃∪∩⪽ 

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