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¡Formas de Respirar II!

Badir corría por la vasta e infinita habitación blanca, esquivando con agilidad los golpes de una Alina claramente decidida a golpearlo con una herramienta improvisada hecha de periódicos enrollados. Sabía que su comportamiento era infantil, pero ni loco se comportaría como el "maduro" en esta situación solo para terminar con un golpe en la cara.

Maldijo en silencio el hecho de que, a pesar de tener cierta resistencia al dolor físico, su cuerpo aún era vulnerable a las molestias que estos golpes le causaban. Aunque apreciaba profundamente este cuerpo, su forma original, no podía evitar la aversión que sentía hacia el dolor, un sentimiento amplificado por los recuerdos de sufrimiento físico de Nero y otros.

—Mi señor, por favor, dé el ejemplo y acepte su castigo —dijo Alina con un tono juguetón mientras lo perseguía—. Si haces algo mal, es evidente que debes ser castigado.

Badir esquivaba los ataques con facilidad. Si algo había aprendido en su vida era a esquivar. Tenerle miedo al dolor físico tenía sus ventajas, aunque no quisiera admitirlo. Pero, en realidad, era su memoria muscular, entrenada desde que era un niño, la que le permitía moverse con tal destreza.

Su madre, preocupada por su seguridad y decidida a que desarrollara sus habilidades rápidamente, le asignó un maestro desde los tres años. Sin embargo, su entrenamiento dejó mucho que desear; no adquirió la pericia necesaria para ganar una pelea, pero al menos aprendió a esquivar. Algo es algo.

—Mi señor, es de mala educación eludir un castigo.

—Yo no hice nada malo —respondió Badir con monotonía, evitando mirar hacia atrás—. Tu reacción es exagerada.

—Claro que no~ —canturreó Alina, aumentando su velocidad.

Justo cuando Badir pensó que había logrado evitar otro golpe, Alina lo sorprendió, logrando que él, por instinto, alzara su sombra como protección. Pero antes de que el golpe de Alina se concretara, un círculo rodeado de pequeñas chispas apareció sobre ella. En su interior, un fondo negro infinito se hacía visible, y luego, de repente, un esqueleto cayó desde el portal, aterrizando con fuerza sobre Alina.

La rubia soltó un sonido de molestia mientras sentía el peso de los huesos sobre ella. Aunque su cuerpo, compuesto de tejido vivo, era esencialmente humano, su casi nula capacidad para sentir cosas amortiguó ampliamente el dolor. Sin embargo, le irritaba no haber previsto la caída de esa entidad esquelética. Su radar no lo había detectado y su sentido de peligro tampoco la había alertado; era como si el esqueleto hubiera aparecido de la nada.

Badir se detuvo en seco, observando al esqueleto que comenzaba a levantarse con dificultad. Por un momento, estuvo confundido. Pensaba que todavía le quedaba una hora o un poco menos. Tal vez había calculado mal...

—¡Estuve cayendo... por 30 minutos! —exclamó el esqueleto mientras se acomodaba su glorioso sombrero llanero, girando su calavera hacia Badir, claramente molesto.

Alina, sin inmutarse, se levantó y se sacudió el polvo de la ropa mientras examinaba con indiferencia al esqueleto. Sus ojos se iluminaron con un destello azul, analizando detalladamente el cuerpo esquelético y sus, aparentemente inorgánicas, cualidades.

Badir soltó un leve suspiro, reconociendo la distorsión del tiempo entre ambos mundos. Para ellos, él había estado fuera un día entero. Al parecer, su técnica solo había sido potenciada en un sentido y no en ambos como esperaba.

—Agh, ¿en serio no hay una mejor forma de controlarte? —resopló Badir, cansado de la presencia del esqueleto; le tiene cierta manía desde que cometió el peor crimen de odio en la humanidad: hablar mal del café.

—¿Qué dijiste, mamahuevo? ¿Vas a controlarme? —replicó el esqueleto, moviendo su cabeza de manera que expresaba enojo—. ¿Y este marico quién se cree que es?

Badir parpadeó, moviendo ligeramente sus dedos al presentir lo que estaba a punto de suceder.

—¿Te crees una especie de hechicero? ¡Te voy a matar, mago de segunda! ¡Solo eres un fugitivo de la evolución! —El esqueleto sacó dos metralletas y comenzó a disparar al aire.

—Ok, bye, bye —dijo Badir mientras lanzaba un portal para intentar enviar al esqueleto a otro lugar.

Sin embargo, el esqueleto se deslizó hacia un lado, esquivando el portal con facilidad. Aunque había algo bueno, las dos metralletas habían desaparecido en un instante.

—Tus neuronas deben de hacer apoptosis en lugar de sinapsis si piensas que voy a caer en eso de nuevo —dijo el esqueleto con una risa burlona.

Badir gruñó, irritado por el comentario. Lo malo de tener un vasto conocimiento era que comprendía perfectamente cuando lo insultaban de manera ingeniosa.

—Alina, ¿estarías dispuesta a ayudarme con esto? ¿O tu regresión ha bloqueado tu modo de "Exterminador"?

—¿Cómo Lena he matado a alguien? —preguntó Alina, su voz resonando con un tono casi inhumano, como si la pregunta fuera una simple consulta a su base de datos.

—Sí, pero todos eran malos... —respondió Badir, casi automáticamente, sin notar la confusión que causaba.

—¿Por qué hacer esa distinción? —Alina inclinó ligeramente la cabeza, procesando la información. Para ella, una vida era una vida, sin importar las etiquetas que se le pusieran.

Hubo un momento de silencio, su mente trabajando rápidamente para resolver la paradoja que se le presentaba. Finalmente, sus ojos se iluminaron con una frialdad azulada, aceptando la nueva directriz sin más cuestionamientos.

—... extermínalo —ordenó Badir antes de desaparecer, hundiéndose en su propia sombra.

—A la orden —respondió Alina, girándose hacia el esqueleto, sus movimientos precisos y calculados, como los de una máquina que acaba de recibir una actualización en su misión. Sus ojos brillaban intensamente, ya no con confusión, sino con una fría determinación mientras se preparaba para la batalla.

Alina avanzó con precisión calculada, materializando un cuchillo en su mano derecha; el brillo de su cuchillo reflejando la fría determinación en sus ojos. Cada paso era un eco de su implacable resolución. Frente a ella, el esqueleto se movía con una ligereza absurda, sacando de su espalda dos pistolas exageradamente grandes, como si fueran sacadas directamente de una caricatura en blanco y negro.

—Ríndete y será indoloro —dijo Alina, su tono sin una pizca de emoción, acercándose cada vez más a su objetivo.

El esqueleto soltó una carcajada hueca, agitando sus armas con un gesto teatral.

—¡Oh, la marimacha! ¡No me harías daño, ¿verdad, cariño?! ¡Nos llevamos bien! —exclamó, su mandíbula castañeando rítmicamente mientras sus huesos resonaban con el chasquido de las balas siendo cargadas.

Alina no dudó. —Incorrecto.

Antes de que las palabras de Alina terminaran de resonar, el esqueleto disparó una ráfaga de balas que llenaron el aire. Pero Alina, con una agilidad casi antinatural, se deslizó entre las balas como si pudiera anticipar cada trayectoria. Sus movimientos eran precisos, casi mecánicos, como si estuviera ejecutando un programa de combate.

Mientras esquivaba, el esqueleto seguía lanzando burlas, su tono tan grotesco como sus movimientos.

—¿Realmente buscas un combate conmigo? —preguntó, ladeando su calavera con escepticismo.

—No, solo exterminarte —respondió Alina, sin dejar de avanzar.

—¿Solo por qué te lo dijo tu pololo?

El esqueleto, notando que su munición se estaba agotando, decidió cambiar de estrategia. Con un movimiento exagerado, sacó rifles y semiautomáticas de la nada, disparando en todas direcciones con una risa nerviosa.

—¿Nunca te dijeron que no traigas un cuchillo a una pelea de pistolas? —se burló, pero sus palabras quedaron ahogadas por el estruendo de sus propias balas.

Alina, viendo la nueva situación, soltó el cuchillo y extendió su mano. Con un destello de energía, materializó una pistola en su mano, sus ojos brillando con una determinación mecánica.

—En efecto. Necesito armas. En todo caso, tú no tienes una pistola —dijo, calculando sus posibilidades.

El esqueleto agitó sus armas con una risa burlona.

—No. Pero tengo rifles, semiautomáticas, lo que quieras en verdad —dijo, disparando con desenfreno.

—Todas serán mías cuando te extermine —respondió Alina con frialdad, mientras comenzaba a devolver el fuego.

La habitación blanca resonaba con el caos de los disparos. Alina avanzaba, cada bala que disparaba acertaba con precisión en el esqueleto. Sin embargo, las balas atravesaban en su mayoría el cuerpo óseo sin causar un daño real. A pesar de esto, una bala rozó el sombrero del esqueleto, haciéndolo girar en el aire antes de volver a caer sobre su cabeza. El esqueleto gritó como una niña en plena pubertad, su voz chillona reverberando en la habitación.

—¡Mi sombrero! ¡Mi precioso tesoro! —exclamó, sosteniéndolo con ambas manos como si fuera lo más preciado en su existencia.

En un intento de contraatacar, el esqueleto disparó una bala que impactó en el brazo de Alina. La bala apenas dejó un rasguño, su piel siendo lo suficientemente resistente como para que el daño fuera insignificante. El esqueleto, al darse cuenta de esto, frunció el ceño, su mandíbula castañeando en señal de frustración.

—¡Tienes la piel dura como el acero, Ñuesumadre! —exclamó, con una mezcla de asombro y desesperación, mientras trataba de ganar algo de tiempo.

Alina, imperturbable, continuó avanzando, cada paso resonando con determinación. —Debo exterminar al no muerto.

El esqueleto intentó retroceder más, sus huesos resonando como un xilófono mal sintonizado. —¡Pero si nos llevábamos bien cuando nos conocimos! —protestó, con un tono que mezclaba la súplica con la nostalgia.

Alina ladeó la cabeza ligeramente, sus ojos evaluando al esqueleto con cierta frialdad confusa. —¿Cómo? Eres el no muerto —replicó, sin detenerse en su avance. 

Sintiéndose acorralado, el esqueleto cambió su táctica nuevamente, intentando cualquier cosa para desviar la atención de Alina.

—Vaya, nunca me había encontrado con alguien como tú —dijo, con una voz que intentaba sonar admirativa, pero que traicionaba una profunda desesperación.

—Aquellos que sí, seguramente están muertos—respondió Alina, reconociendo cierto estimulo nostálgico en su cuerpo.

El esqueleto, sintiendo el peso de la derrota inminente, lanzó una última tentativa desesperada, levantando las manos en señal de rendición, con sus huesos temblando cómicamente.

—¡De acuerdo! ¡Ya no molestaré a tu jevo! 

Antes de que Alina pudiera computar las palabras del esqueleto, un portal negro se abrió bajo los pies de la criatura. Badir, observando desde la distancia, había decidido que la farsa debía terminar.

—¡Te voy a matar, maldito jamón de queso! —gritó el esqueleto, agitando los brazos descontroladamente mientras era succionado por el portal, enviándolo nuevamente a una caída interminable.

El portal se cerró con un sonido seco, dejando a Alina 'sola' en la habitación.

—Yo no soy ni seré novio de nadie, miserable parodia del siglo veinte —siseó Badir, con el orgullo herido por la insinuación de carecer de libertad.

Aunque no entendió lo del jamón de queso; un delirio de un loco, supuso. 

Alina giró lentamente su cabeza hacia donde Badir había estado momentos antes, pero él ya se había desvanecido en su propia sombra. La batalla había terminado.

Badir emergió de su sombra, apareciendo silenciosamente detrás de Alina. Sus movimientos eran fluidos, casi etéreos, mientras dejaba que la oscuridad lo envolviera hasta materializarse por completo. 

—Buen trabajo, Alina —dijo con un tono suave, que a la vez denotaba su aprecio por su desempeño—. Siempre es un placer contar contigo.

Alina asintió levemente, sus ojos brillando con una luz tenue que indicaba que estaba procesando la información.

—¿Revoco la orden de exterminio, mi señor? —preguntó con su habitual tono monótono, sin emoción alguna.

Badir asintió, dándole el visto bueno. Una vez que la orden fue revocada, Alina pareció relajarse ligeramente, su postura rígida suavizándose mientras volvía a un estado más cercano a la 'humanidad', aunque sin perder del todo su precisión mecánica.

Internamente, Badir respiró aliviado. Así, sí estaba dispuesto a participar en peleas: desde la distancia, siendo un soporte, sin tener que enfrentarse directamente. Agradecía que el esqueleto no hubiera peleado en serio contra Alina. Prefería dejar que otros se encargaran de las confrontaciones físicas directas. 

—Deberías curarte —comentó Badir, observando el pequeño rasguño en el brazo de Alina. Su tono era calmado, pero en su voz se podía percibir una preocupación sutil—. Aunque el daño sea mínimo, no es prudente dejar que cualquier herida permanezca en tu piel... especialmente en una tan valiosa como la tuya.

Mientras hablaba, Badir no pudo evitar que un leve escalofrío recorriera su espalda al imaginar la reacción de su madre si algo le sucediera a su "favorita". No es que le tuviera miedo... o tal vez sí, pero más que temor, era una cuestión de evitar problemas innecesarios. Tratar con su madre en esas circunstancias era una perspectiva que prefería evitar a toda costa.

—Sí —respondió Alina, sin apenas cambiar de expresión. Activó el protocolo de curación y, al instante, un ligero vapor comenzó a elevarse del pequeño raspón en su piel. En cuestión de segundos, la herida había desaparecido, como si nunca hubiera existido.

Badir la observó en silencio durante un momento, una sombra de ironía cruzando su rostro.

Aunque, debo decir que es todo un logro que te hayan lastimado —añadió con un tono que rozaba la burla—. No es tarea fácil dañar tu cuerpo, Alina. Después de todo, cuando te convertiste en Lena, tu piel se volvió casi indestructible. Difícil de cortar  y penetrar. 

El recuerdo de aquella evolución pasó brevemente por su mente, un proceso que la había hecho más poderosa, más letal, pero también más distante. Solo hubo una persona que logró superar esa barrera...

Y fui yo —pensó Badir, una sonrisa nostálgica curvando sus labios al recordar su enfrentamiento con Lena años atrás. En aquella pelea, armado únicamente con un cuchillo, una pistola, y absolutamente todos los poderes que había replicado, había hecho todo lo posible por contrarrestar sus nuevas capacidades y consiguió lo que nadie más pudo: dejarla al borde de la muerte.

Es curioso cómo una rencilla personal logró sacar lo mejor de él, transformando su habitual cobardía en una determinación férrea. Aquel combate fue el único en el que se lanzó a la lucha de forma directa, sin vacilaciones, sin pensar en escapar. 

Ya no era el niño que siempre odiaba el peligro, que prefería mantenerse al margen de los enfrentamientos a menos que fuera necesario o inevitable. En ese momento, algo había cambiado dentro de él. La posibilidad de morir no lo asustaba; al contrario, si su vida terminaba al derrotar a Alina, lo consideraría una muerte digna, una muerte con propósito. 

Y si no lograba acabar el trabajo... bueno, los muertos no se quejan. Esa aceptación, esa frialdad, lo sorprendió. Recordar cómo se sintió en esos instantes, tantos años atrás, lo llenaba de una extraña mezcla de orgullo y nostalgia, como si en ese enfrentamiento hubiera encontrado una parte de sí mismo que nunca había conocido. 

... aunque técnicamente tú me dejaste igual —añadió, pensando en un tono más suave, casi reflexivo.

Ambos habían estado al borde de la muerte en aquella ocasión, demasiado obstinados para permitir que el otro fuera el primero en caer. Aún podía recordar la intensidad de esos momentos, los disparos que resonaban en sus oídos, cargados de toda la voluntad, el rencor y el odio que había concentrado en tan solo cuatro proyectiles.

—Esos disparos... —murmuró para sí mismo, su mente vagando brevemente por el pasado. Su objetivo había sido claro: perforar su corazón con un ataque imposible de regenerar, una muerte rápida y definitiva antes de que ella pudiera contraatacar.

Unos recuerdos tan vívidos como peligrosos... ah, qué momentos tan gratos.

Badir exhaló lentamente, sacudiéndose las memorias con una leve sonrisa antes de volver su atención al presente.

—Pero bueno, es mejor que volvamos al trabajo —concluyó, su voz retomando su tono habitual, mientras apartaba la nostalgia y se centraba en la tarea que tenían por delante.

Con un rápido vistazo a su reloj de muñeca, Badir notó que los invitados deberían estar a mitad del video que había preparado para ellos. Suspiró, chasqueando los dedos para hacer aparecer la lista de planeación ante él. Deslizó su mirada por las opciones, buscando algo que pudiera continuar el entretenimiento.

Normalmente, esto habría sido trabajo de Lena, pero ella no estaba disponible. Su hermano, Elián, habría sido su segunda opción, pero el muy idiota se había escondido en algún lugar. Badir se encontró jugando al "de tin marín de do pingüe" para decidir cuál de las funciones programadas sería la siguiente.

Cuando la elección terminó, sus ojos se abrieron de par en par al ver la opción seleccionada. Se negó de inmediato. Confrontar personalmente a Muzan y a las lunas demoníacas, que estaban detenidos en la otra habitación, no era algo que estuviera dispuesto a hacer sin Lena o Elián a su lado. No se sentía listo, ni emocional ni físicamente, para interactuar con ellos solo.

Mientras cerraba la lista y la hacía desaparecer, Badir no pudo evitar preguntarse, con un creciente enojo, dónde carajos estaba su hermano Elián en ese momento.

[Coro]

«Respirar, concentrar»

«Mi Nichirin va a hacer cabezas rodar»

«Voy a cazar, desgarrar»

«Con mi primera forma, observa mi Ichi no kata»

«El anochecer va a comenzar»

«La sangre cae en la luz lunar»

«Mi mente necesita vaciarse»

«Respirar, concentrar»

Yorīchi bajó la mirada, ensombreciendo su expresión. Le dolía profundamente ver a su hermano convertido en una criatura tan aberrante como lo es un demonio. Sentía su sangre arder, deseando purgar al rey de los demonios por haber cometido la ofensa de corromper a su hermano.

Si tuviera al padre de todos los demonios frente a él, ya le habría cortado la cabeza. No, eso no sería suficiente... ¡Lo haría pedazos!

Michikatsu bufó, indeciso sobre qué sentir al ver a su versión demoníaca. Por un lado, estaba alegre de haber superado la maldición de la marca de cazador y de haber perfeccionado su arte y estilo de respiración a un nivel que nunca habría alcanzado sin la eternidad que disfrutan los demonios.

También sentía gratitud por la oportunidad de conocer a un descendiente tan talentoso como el pilar de la niebla, aunque le indignaba que este prefiriera seguir el legado familiar de Yorīchi. Se preguntaba si su apellido habría perdurado, por muy improbable que fuera.

Sin embargo, también admitía que estaba asqueado por el aspecto tan horrible que tenía en esa forma. Ciertamente, podía notar que había intentado mantener cierta dignidad y majestuosidad en su apariencia, pero eso no ocultaba la fealdad que lo envolvía. No importa cuánto lo disimule, la corrupción en su alma lo había convertido en un adefesio.

Al menos sigo viéndome 'humano' —pensó, suspirando aliviado al no tener un aspecto más monstruoso—... si es que aún tuviera...

Michikatsu se estremeció. Sabía que los demonios tenían la capacidad de cambiar su apariencia y forma, siendo los de alto rango quienes mejor controlaban esta habilidad. Pero eso no borraba la conciencia de su verdadero aspecto.

El mayor de los Tsugikuni rogó internamente para que su apariencia se limitara a la de un hombre de seis ojos y no mutara en algo más horrible al consumir humanos con el paso de los siglos.

Después de todo, aunque había abandonado esa vida, aún deseaba irradiar la majestuosidad de los samuráis de su época... honor, por muy poco que fuera...

Sabía que los traidores y los cobardes no merecían tal etiqueta, pero... ¿acaso tenía otra opción? Muchos de los suyos murieron en combate, justo como su estirpe y sangre guerrera exigían. Pero él no...

Si se mantenía como humano, moriría por la marca. Si hubiera decidido no seguir a Yorīchi a la cofradía, habría muerto de una manera tranquila, algo que no le resultaba agradable para alguien que vivía y moría por las batallas sangrientas de la guerra.

Quizás, solo quizás, como demonio podría haber ganado algo. Después de todo, mientras alguien siga con vida, tiene la oportunidad de ganar, aunque sea una vez. No pudo vencer a su hermano como humano, y seguramente como demonio tampoco...

Pero con el pasar de los siglos... de los milenios... tal vez, solo tal vez, podría alcanzar un poco de su brillo.

—¿Por qué se repite? —preguntó Managi, frunciendo el ceño con confusión—. Es algo que ya vimos al principio, ¿no?

—Es algo fundamental —respondió Nakime en voz baja, cuidando de no incordiar al hombre aterrador—. Si una canción no tiene un estribillo o un coro, carece de cohesión y, sobre todo, pierde impacto y emoción en los oyentes.

—¿Entonces una canción sin eso no es memorable? —Managi insistió, su ceño frunciéndose aún más—. Es bastante diferente a los jarrones o a mi arte personal...

Jamás había considerado que la repetición fuera un factor crucial para que una obra perdurara en la memoria de las personas. Tal vez por eso su arte no era bien recibido. Siempre que mostraba una de sus creaciones personales, la gente se asustaba, se alejaba, o susurraba que estaba loco.

Nunca lo comprendió. ¿Qué tiene de malo su arte? ¡A él le cuesta mucho cortar a los animales, sus materiales, y ensamblarlos para que queden estéticamente perfectos!

—Es una forma de verlo, sí —dijo Nakime con un tono reflexivo—. Cada arte tiene sus reglas y normas... pero mientras se escuche o se vea bien, o logre un impacto en el espectador, supongo que has logrado tu cometido.

—Este apartado me gusta cada vez menos —murmuró Ume, su voz temblando mientras observaba la cabeza decapitada del demonio. No era tonta, si lo fuera no habría sobrevivido hasta el final del mes; esa cabeza le resultaba extrañamente familiar, y la posibilidad que había considerado antes no le producía ningún tipo de tranquilidad.

—¿Quieres que la quite? —preguntó Gyūtarō, pensativo, considerando cómo interrumpir el video.

—No, igual ya terminó...

—Bien —respondió Gyūtarō, aunque su tono no ocultaba del todo la inquietud que sentía al ver la reacción de Ume.

[Tanjirō Kamado]

«Hinokami Kagura»

¿Hinokami Kagura? —repitió Michikatsu, frunciendo ligeramente el ceño—. ¿Han reducido la respiración de Yorīchi a una simple danza ceremonial?

Si era sincero, le enfadaba. Él nunca logró aprender la respiración solar, pero que esta familia hubiera heredado el aliento de su hermano le parecía indignante. Ningún espadachín o cazador de demonios entrenado directamente por Yorīchi logró siquiera emularla un poco.

¿Y ahora le dicen que estos campesinos sí pudieron? Por favor, al menos un mínimo de coherencia...

Yorīchi observó al joven, sintiendo una extraña mezcla de emociones al escuchar cómo se refería a su respiración. Claro, conocía la danza Hinokami Kagura, pero nunca habría pensado en ese nombre para su aliento. Sin embargo, lo agradecía. Aunque no le gustaba ser enaltecido al rango de una divinidad como Amaterasu.

Él era solo un simple humano...

La respiración solar es bastante simple, irónicamente, es esa sencillez lo que la hace tan difícil de aprender y dominar. No obstante, al convertir sus posturas en pasos de baile, con el entrenamiento adecuado, podrían ejecutarse sin problema. Aunque, con el paso de las generaciones, seguramente se añadirían o se omitirían algunos pasos, provocando que la versión se volviera ligeramente inferior.

No obstante, no le preocupaba. Confiaba en que las siguientes generaciones se percatarían de esos detalles y corregirían la danza para devolverle su brillo original. Aquel joven tenía potencial. No sabía cómo había obtenido los pendientes, pero le agradaba que los herederos de su respiración tuvieran algo de su propiedad. Era inspirador ver cómo su voluntad había trascendido, no solo entre los cazadores de demonios, sino también en esta familia.

El padre de Dōma profirió un pequeño 'Oh' al escuchar "Hinokami Kagura". Hacía mucho tiempo que no oía hablar de ese ritual. La reconocía; en su juventud había visto muchas danzas en honor a los dioses y espíritus que usaban como base el Hinokami Kagura.

La estudió brevemente cuando se interesó en convertirse en un hombre de fe, sabiendo que se originaba en la leyenda del llamado a Amaterasu. La divinidad se había escondido en una cueva y solo salió cuando fue invocada mediante aquella danza.

La madre de Dōma colocó un dedo en su mentón, recordando la última vez que escuchó hablar de esa danza. Si no recordaba mal, fue antes de casarse con su esposo. Se había enterado de que su enamorado realizaría una corta peregrinación para sentar ciertas bases religiosas, por lo que decidió seguirlo de lejos.

Su enamorado visitó varios templos, mientras ella lo seguía desde la distancia, acercándose solo cuando lo consideraba prudente. Su excusa para los encuentros siempre fue que estaba de viaje y que solo coincidieron.

En el último templo al que fueron, dedicado a Birushana Butsu, los monjes realizaron esa danza en agradecimiento a Sambō-Kōjin y como un ritual de buena fortuna. Recordaba que invitaron a todos aquellos que trabajaban con fuego y carbón a realizar la danza en ciertas épocas del año para atraer prosperidad en su labor.

Dōma parpadeó, reconociendo vagamente el término 'Hinokami Kagura'. Si su memoria no fallaba, era una absurda danza que algunos devotos o familias realizaban para adquirir el 'favor' de la kami del sol.

Qué ingenioso, pensó, esconder un arte tan especial como la respiración solar en una patética danza. Ni siquiera el rey demonio sospecharía que un grupo de idiotas bailando ocultaba el secreto de la respiración madre.

Era tan divertido que hubiera reído, pero lamentablemente no podía. No solo porque muchos lo mirarían raro, sino porque aún debía practicar su risa falsa. Como no podía producir una genuina, siempre debía fingirla. Sabía que, con suficiente práctica, lograría una carcajada más convincente.

Kaigaku resopló, incapaz de creer lo que acababa de escuchar. ¿Realmente la forma en que la respiración original había llegado a su generación fue porque la convirtieron en una danza religiosa?

¿O sea que... pelean bailando? —Zenitsu se preguntó, imaginándose al chico bailando mientras atacaba a los demonios—. ¿Y funciona?

Jigorō entrecerró los ojos, reflexionando. Tenía cierto sentido. Simplificar la respiración original en una danza permitía que se transmitiera de generación en generación sin necesidad de usar un arma. De esta forma, pasaría desapercibida y podría ser heredada sin levantar sospechas que el rey demonio pudiera detectar y eliminar de inmediato.

—Bien dicen por ahí que cuando dos espadachines se enfrentan, es como si bailaran —dijo Keizo, riendo ligeramente. Encontraba divertido y creativo que un arte tan "divino" como la respiración madre se hubiera convertido en una danza ceremonial dedicada a la kami del sol.

—¿Entonces, cuando nuestros vecinos entrenan, están bailando? —preguntó Koyuki, asociando lo dicho por su padre con el dojo de kenjutsu que había al lado.

—Algo así, hija... algo así...

—Pues qué feo bailan —refunfuñó Hakuji, recordando a esos idiotas.

—¿Ese niño pelea con una danza ceremonial? —murmuró Ume, incrédula ante la posibilidad.

—¿O sea que se les puede ganar a los demonios bailando? —Gyūtarō ladeó la cabeza, sintiendo que le estaban tomando el pelo o, al menos, exagerando.

—¿La respiración más fuerte se convirtió en una danza religiosa? —Managi sonrió nerviosamente, luchando por no reír—. Eso es...

No pudo contener la risa. Era absurdamente divertido.

—Niño, silencio —ordenó Nakime, su voz cortante—. No quieres que ese hombre vuelva a angustiarse, ¿verdad?

El niño, con las manos temblorosas, chilló y se cubrió la cara, temiendo que aquel hombre volviera a enfadarse y dirigiera su ira hacia ellos.

Nakime, al notar que la risa del niño no cesaba, dirigió una mirada cautelosa al hombre de ropajes tradicionales. Parecía estar sosteniéndose el pecho con fuerza. ¿Estaba teniendo un ataque al corazón?

Una pregunta surgió en su mente: ¿debería avisar?

Magare seguía apretando con fuerza su pecho, sintiendo cómo el dolor aumentaba al escuchar que la respiración solar, en el futuro, había logrado escapar del radar del rey demonio convirtiéndose en una patética danza ritual.

Su respiración, que antes había sido interrumpida, recuperó ligeramente su vigor debilitado. Ahora, con esa pesadez, sentía mareos y una profunda confusión. Quería vomitar, pero, sobre todo, desahogar todos los insultos que conocía tras recibir aquella información.

Maldecía a ese espadachín, a los que enseñaron esa danza a ese mocoso, y a todos los responsables por no haber logrado su cometido de exterminar esa plaga. Si él fuera el rey demonio, habría dedicado parte de su tiempo, junto a los más fuertes de sus filas, a arrancar las malas hierbas de raíz.

Mataría a cada usuario y potencial usuario de la respiración del sol. No, eso no era suficiente. Mataría a los usuarios, a sus familias, a sus conocidos, a todos los que los hubieran visto o tenido alguna relación con ellos.

Era un peligro dejarlos vivir, reproducirse y propagarse. Esos bastardos habían sido astutos, lo admitía, pero suponía que los insectos siempre encontraban la forma de no ser aplastados. ¿Quién habría imaginado que camuflarían un poder tan grande en una danza religiosa sin importancia?

Hasta él habría dudado de su relevancia y lo habría dejado pasar...

Magare gruñó, sintiendo su sangre hervir al pensar en lo que había ocurrido en ese futuro. Se negaba a creer que esa respiración hubiera sobrevivido de una forma tan absurdamente conveniente para los cazadores.

La basura siempre se acumula, no importa la época...

Lo único que lo" consolaba" era que, según el video, ese mocoso era el único y último respirador solar. Si lo eliminaban, podrían acabar de forma definitiva con esa técnica por el resto de la eternidad.

«El fuego y agua sabes yo puedo manejar»

«Con la punta de mi espada, tu cabeza voy a cortar»

«Los movimientos en la batalla son los mismos que al danzar»

«Entonces vamos a bailar»

Nakime bajó la mirada, ensombreciendo aún más su rostro, apenas visible tras su cabello. Esta parte estaba dominada por la percusión, un elemento con el que no se sentía familiarizada. No creía poder sacar inspiración de aquí, aunque no podía negar que el ritmo era bueno y agradable al oído.

—¿Dijo agua? —preguntó Managi, intrigado por ese detalle—. ¿Es también un usuario de la respiración del agua?

—Debe ser alguien bastante talentoso y fuerte —comentó el chico de manos temblorosas, casi chillando mientras se ocultaba tras sus brazos—. Seguramente es de esos que persiguen a su objetivo sin importarle nada más...

—¿Se puede tener más de una respiración? ¿Eso no sería hacer trampa? —Ume ladeó la cabeza, creyendo que solo se podía tener una respiración por usuario.

—Bastardos con talento —bufó Gyūtarō, molesto por la idea—. Ese tipo solo es otro idiota talentoso que hace uso de sus dotes en lugar de esconderlos. El mundo sería un lugar mejor si nadie, excepto mi hermana, fuera agraciado. De esa forma, todos estarían en igualdad de condiciones, y sobreviviría el que mejor aprovechara las cosas.

—¿Fuego y agua? —repitió Jigorō, murmurando su hipótesis—. Un usuario de la respiración madre debería ser capaz de realizar el resto, ¿no?

—¿Usa dos respiraciones? —se preguntó Zenitsu, impresionado por el talento de su futuro compañero—. Eso significa que soy el menos talentoso, ¿eh?

Kaigaku bufó, indignado por los privilegios de ese chico. Aunque, bueno, así es como funciona el mundo; los talentosos dominan a los que nacen sin genio alguno.

Michikatsu resopló, refunfuñando con evidente molestia. Era obvio que podía realizar más de una respiración. En esencia, su hermano era el creador de todas las respiraciones derivadas de la solar. Yorīchi desarrolló estas variantes para que se adaptaran a sus compañeros pilares, y luego se las enseñó.

Aunque Michikatsu se preguntaba si aquel niño sería capaz de realizar la suya, la respiración lunar. Al igual que las otras, era una variante de la respiración solar, diseñada para replicar, lo mejor posible, el poder y la magnificencia del aliento original. Claro, al no poseer las habilidades de su hermano, resultó siendo una versión más débil y carente de esa gracia.

Pero a diferencia de sus compañeros pilares, Michikatsu no permitió que Yorīchi lo asistiera. Su orgullo simplemente no lo permitió. Se suponía que él era el mayor, el que debía ser especial, y nunca permitiría que su hermano lo aleccionara.

Claro, al final lo hizo. Pero solo cuando le faltaba el toque final para completar su respiración lunar. Mientras sus compañeros necesitaron que Yorīchi adaptara su respiración a sus estilos, Michikatsu logró reflejar la respiración de su hermano en su propio estilo.

La respiración lunar... un espejo de la solar.

Pensaba que había logrado algo único, un aliento imposible de enseñar. Había alcanzado un nivel tal que su respiración compartía esa característica con la de su hermano. Pero si la respiración solar pudo ser enseñada al convertirse en una danza...

¿Podría la suya hacer lo mismo? No lo había considerado antes, y la idea de que su aliento se rebajara a tal punto le resultaba indignante. Pero... si a su hermano le funcionó, ¿por qué no intentarlo?

No, la única salida que le convenía era la eternidad como demonio. Aunque dejara su respiración en manos de un legado, nada le garantizaba que podría superar a la respiración solar. No es propio de los cazadores competir entre sí, solo usan sus alientos para derrotar demonios.

Además, el estilo de respiración depende completamente de la habilidad del cazador. De nada sirve que alguien pueda realizar la respiración lunar si el usuario es un bruto sin ambición. Sí, es casi imposible que exista un usuario de la respiración lunar tan fuerte como él, o superior a su hermano...

Sobre todo, porque los cazadores no compiten entre sí...

Es una ingenuidad en su máxima expresión. La respiración lunar fue creada exclusivamente para competir contra la solar, no para luchar a su lado. Después de todo, ¿alguna vez el sol y la luna han compartido su lugar en el cielo?

Para nada. Solo existen dos momentos: uno donde el sol gobierna el día, y otro en el que la luna se alza y se encarga de iluminar la oscuridad de la noche.

Yorīchi observaba a su hermano refunfuñar, sin comprender por qué le molestaba tanto que la respiración solar hubiera podido heredarse y transmitirse por generaciones. Michikatsu siempre se había quejado de que sus alientos eran tan especiales y únicos que nadie podría aprenderlos.

Ahora que sabía que era posible, debería alegrarse. Podría usar esta información para pensar positivamente en la posibilidad de suceder o heredar de manera similar su respiración lunar. Pero ese no era el caso, lo cual le provocaba una profunda tristeza.

No solo era el hecho de que su hermano se hubiera convertido en demonio, sino también que parecía sentirse amenazado por su propio legado. Era desconsolador que su hermano actuara de esa manera; Michikatsu no era así cuando era niño, al menos, así no es como lo recordaba.

—Los del dojo de al lado se morirían si vieran esto —rio Hakuji en voz baja, encantado por saber que en el futuro existiría un bailarín que superaría en habilidad con la espada a esos idiotas.

—Esa información valdría millones —agregó Keizo, riendo junto a su estudiante—. Nuestros vecinos son bastante arrogantes, creyéndose superiores solo por su habilidad en el kenjutsu. A veces agradezco que Hakuji les haya enseñado una lección al derrotar al más fuerte solo con sus puños.

—Aunque... ¿Cómo soporta tanto calor? —murmuró Koyuki, sin comprender cómo ese joven aguantaba la alta temperatura de su espada; literalmente se prendió fuego, ¿cómo pelea con eso en la mano?

—No creo que funcione así, hija mía... —Keizo suspiró, comprendiendo ligeramente lo que sucedía. Era imposible que los humanos produjeran o manipularan elementos naturales de la forma en que se mostraba en el video. Seguramente, lo que se veía era solo la manera en que los cazadores interpretan o visualizan sus movimientos al luchar. Podría llamarse una especie de inmersión o estado de concentración.

De esa forma, un usuario de respiración podría asociarse y compenetrarse mejor con su aliento. Al menos, así lo veía él. Quizás estaba llegando a una conclusión errada, y de algún modo, los cazadores realmente poseían superpoderes y control sobre elementos naturales como el fuego, el agua, y demás.

—Este niño me agrada —admitió el padre de Dōma, asintiendo ligeramente—. Purga a los demonios usando una danza en honor a la kami del sol.

—Su familia debe estar orgullosa —la esposa del hombre asintió junto a él, comprendiendo a lo que se refería su marido—. No hay nada más importante que honrar a los dioses.

Eso, si es que su familia no está tres metros bajo tierra —sonrió Dōma ligeramente, entretenido por la idea de que los familiares de ese chico estuvieran muertos—. Después de todo, siempre debe existir algo que lo impulse a pelear.

No creía que alguien con la familia viva arriesgara su vida cazando demonios. Estaba seguro de que la mayoría, por no decir todos, porque siempre hay una excepción, de cazadores eran huérfanos o tenían a sus familiares enterrados.

Era lógico; solo algo tan poderoso como la venganza y el odio podía mantener una organización por tantos siglos. El amor se apaga, la lealtad se pierde, pero el odio es eterno. Al menos, eso es lo que muchos de sus seguidores decían al expresar cómo se sentían con respecto a otros que les habían hecho daño.

Seguramente los líderes de la cofradía solían reclutar a las víctimas o sobrevivientes de algún altercado relacionado con los demonios. De esa forma, se aseguraban de tener a un guerrero fiel que, impulsado por el rencor y la venganza, no dudaría en arriesgar su vida para acabar con la raza que tanto daño les hizo.

Era realmente divertido. Los que habían organizado y lideraban este sistema eran tan desgraciadamente inteligentes que se encontraba maravillado. Aprovecharse de los sentimientos y complejos de otras personas era ingenioso, incluso lo mejor que se podía hacer en algunos casos.

Lo admitía, aquellos que dirigían esa organización, debían divertirse mucho.

Magare suspiró, aliviado de que lo único 'especial' de ese usuario de la respiración solar, aparte de tener esos aretes, fuera que podía usar la respiración del agua. Era un detalle irrelevante, casi sin importancia.

La única respiración que importaba era la solar; si no era esa, no era relevante. Ese niño bien podría tener todas las respiraciones, pero la única que contaba era la del sol. El aliento solar era el más poderoso, y, en consecuencia, hasta ese niño debía saber que era la que más debía usar.

Con el tiempo, incluso debería dejar de usar la del agua. Simplemente, era lo más lógico. Aunque claro, si prefería usar la respiración del agua en lugar de la del sol, mejor para él, para el rey demonio, y para cualquier demonio habido y por haber.

[Zenitsu Agatsuma]

«Como un rayo»

«Mira el cielo»

«Cortando rápidamente»

—¡Soy yo! ¡Soy yo! ¡Mira, abuelito! ¡Acabo de matar a un demonio araña! —exclamó Zenitsu, lleno de emoción—. ¡Logré cazar a uno!

—Primero que nada... ¡Cálmate! —Jigorō lo golpeó suavemente con su bastón.

—¡Ay! ¡Eso dolió! —Zenitsu se quejó, sosteniendo su cabeza con ambas manos.

—¡Sabía que podías hacerlo! —sonrió Jigorō, orgulloso—. ¡Estás en camino de dominar la primera postura a la perfección!

Kaigaku gruñó al escuchar eso. ¿Un llorón dominando una postura que alguien tan talentoso como él no había logrado? Era indignante, un insulto a todo su esfuerzo. Y, al final, fue ese desgraciado llorica el que sobrevivió. Sabía que el mundo era injusto y que sobrevivía el infeliz que mejor sabía jugar sus cartas, pero nunca pensó que Zenitsu sería ese infeliz.

Esperaba que al menos esa versión futura de Zenitsu hubiera dejado de llorar, de pedirle matrimonio a cualquier mujer que le mostrara un mínimo de amabilidad y, sobre todo, que se hubiera convertido en un cazador digno de un poco de respeto.

—Con algo se empieza, supongo... —Kaigaku desvió la mirada, tratando de contener un improperio.

—¡Gracias, aniki! —Zenitsu lloró de felicidad, reconociendo que en ese futuro había logrado matar a un demonio sin problemas y realizar la primera postura como un campeón.

Jigorō se recostó ligeramente en su asiento y suspiró, aliviado al ver que Zenitsu había logrado brillar en ese futuro. Lo llenaba de dicha y orgullo ver a Zenitsu de esta forma. Sabía que Zenitsu tenía un enorme potencial; incluso alguien que solo podía hacer una postura podía ser sumamente poderoso si la pulía lo suficiente.

Sabía que era cuestión de tiempo —sonrió, agradeciendo internamente haber podido ver esta faceta de su estudiante una vez más—. Espero que Kaigaku también haya alcanzado su máximo potencial... al menos antes de su partida...

Aun sin confirmar la muerte de Kaigaku, su prolongada ausencia no dejaba mucho espacio para el optimismo. Sin embargo, realmente deseaba que antes de perecer hubiera demostrado por qué era su estudiante más talentoso. Si tan solo pudiera ver hasta qué nivel había llegado... Estaba seguro de que habría alcanzado un poder considerable.

¿Por qué se alegra tanto? —se preguntó Michikatsu, observando el comportamiento exagerado de Zenitsu—. Sé que solo puede hacer una postura, pero ese demonio era demasiado débil. Era evidente que podría derrotarlo...

Entendía que el chico no tenía mucho talento, pero si en ese futuro había dominado la primera postura, estaba claro que tendría un nivel más que decente. Los demonios de ese calibre no serían capaces de reaccionar a un ataque tan veloz.

Quizás solo es un tonto...

Yorīchi sonrió ligeramente al comprender la situación. Ese chico era fuerte y tenía el potencial de crecer incluso con una sola postura. Puede que no tuviera el "talento" necesario para dominar todas las posturas de la respiración del rayo, pero con dedicación podría alcanzar un nivel más que respetable.

Sin embargo, parecía que las palabras del ex Pilar Rugiente no eran del todo exactas. No era falta de voluntad lo que frenaba a Zenitsu, sino su falta de confianza en sí mismo. Su carencia de carácter y su tendencia por huir de los esfuerzos y entrenamientos eran consecuencias directas de esa inseguridad.

Si mejoraba en ese aspecto, podría lograr grandes cosas como cazador de demonios.

—¿Ese es el pervertido? —murmuró Ume, confundida por el cambio en la apariencia de Zenitsu—. ¿Cómo se convirtió en alguien genial?

Para ella, ese chico no era más que un loquito con una gran falta de afecto femenino. O bueno, más que un chico, lo veía como un caballo; su mandíbula chueca era realmente incómoda de ver. No concebía que en ese futuro un tipo como él pudiera convertirse en la persona del video. Debía estar modificado o algo.

Gyūtarō hizo una mueca, despreciando completamente a ese chico. No era más que un cobarde victimista que se había atrevido a acercarse a su hermana sin permiso, e incluso le había pedido matrimonio.

—No me importa cuán fuerte se haya vuelto —Gyūtarō entrecerró los ojos, apretando ligeramente los puños—. Si se vuelve a acercar a ti, lo mataré... con mis propias manos si es posible.

—No es necesario, hermanito —negó Ume, sonriendo ligeramente—. Lo haré yo.

Tal vez su hermano no lo supiera, pero ella había aprendido un poco de él. Si ese chico se atrevía a molestarla de nuevo, le daría otra tanda de cachetadas o, si se sobrepasaba, le clavaría algo en el ojo para que aprendiera que con ella nadie juega.

—Ume... yo soy un cobrador; no solo es mi deber hacerlo —Gyūtarō le recordó, sonriendo de forma sombría y riendo sádicamente—, también es mi derecho.

Kaigaku se giró, notando el sadismo y la oscuridad que irradiaba aquel chico. Se preguntaba si Zenitsu era un idiota o si simplemente carecía de un instinto de supervivencia por no darse cuenta de ello. Sabía que Zenitsu estaba 'extremadamente alegre' por lo que acababa de ver en la pantalla, pero le parecía inverosímil que no percibiera las intenciones asesinas de ese tipo.

Parece que se ganó un enemigo mucho peor de lo que yo sería —pensó Kaigaku, observando cómo ese sujeto reía como un loco.

Jigorō sonrió al escuchar a Zenitsu tener confianza en sí mismo por primera vez en mucho tiempo. Sin embargo, una parte de su atención se encontraba en el chico del distrito rojo; era preocupante que albergara resentimiento hacia uno de sus estudiantes.

Entendía que Zenitsu había actuado mal, y comprendía que su comportamiento con las mujeres era bastante cuestionable y no debía quedar sin consecuencias. Pero le preocupaba que ese resentimiento pudiera convertirse en un altercado mayor durante su estancia en este lugar.

Aunque eran de épocas diferentes, por lo que, al volver a su tiempo, no tendría que preocuparse más. Sin embargo, mientras permanecieran aquí, debía vigilarlo para evitar problemas. Le pediría a Kaigaku que asumiera alguna responsabilidad, pero en su estado actual eso sería contraproducente.

Sigo preguntándome si su color de pelo es natural —pensó Koyuki, observando con extrañeza el cabello amarillento de Zenitsu—. Es... raro.

—Tal vez en el futuro sea normal —dijo Hakuji, sorprendiendo a Koyuki—. Volviste a preguntarte si la coloración amarilla de su pelo es natural, ¿verdad?

Koyuki asintió, avergonzada de ser tan obvia en algunas ocasiones.

—No te mortifiques, es solo una duda —aclaró Hakuji, tratando de no incomodarla—. Pero si me permites opinar, creo que en el futuro simplemente se hizo común tener colores de cabello extraños. Hemos visto peliblancos... quizá en el futuro los colores que nosotros consideramos raros sean lo común.

—Hakuji no está falto de razón, hija mía —asintió Keizo, esbozando una leve sonrisa—. Los tiempos cambian, y las personas también. De hecho, podría apostar que, si Hakuji hubiera nacido en esa época, tendría el pelo rosa.

Hakuji frunció el ceño, comprendiendo la indirecta de su maestro. Sabía que era raro que el color de sus cejas no coincidiera con el de su cabello, pero no creía que tener el pelo rosa fuera una mejora.

—Yo creo que serían lindas —susurró Koyuki, haciendo que Hakuji se sonrojara levemente.

Él también era bastante evidente en algunas ocasiones.

«Incluso estando...»

«Inconsciente»

«Mi respiración es la del trueno»

Zenitsu abrió los ojos, horrorizado por lo que veía en la pantalla. Toda la alegría que había sentido momentos antes se esfumó al verse a sí mismo caer al vacío en un estado tan deplorable. No puede creerlo: en ese futuro, sigue sucumbiendo a sus miedos y se desmaya.

No... ¡¿Qué es eso?! ¡¿Sus ojos se han convertido en relámpagos?! Es tan intimidante que incluso él mismo se siente aterrorizado.

Pero... ¡Eso no cambia el hecho de que está muriendo!

—¡Ahhhh! ¡Maldición, no me casé! —gritó Zenitsu, entristecido por su propio destino.

Sí, se hizo fuerte, logró dominar la primera postura, pero parece que no logró sobrevivir... Es imposible salir con vida de una caída tan alta en un estado tan deficiente. Y lo peor de todo es que seguramente nunca llegó a casarse...

Kaigaku observaba el video, atónito, incapaz de procesar lo que veía. No le importaba que Zenitsu estuviera cayendo o si estaba al borde de la muerte, pero verlo con un aspecto tan imponente y majestuoso le hervía la sangre.

El pelinegro sintió un dolor rápido y efímero en su cuello. No sabía qué le pasaba ni qué significaba tal sensación, pero de alguna forma, pudo compararlo con un corte. Era como si... alguien hubiera tratado de decapitarlo.

—Imposible... es imposible —murmuró Kaigaku, presionando su cuello con fuerza. El ardor desapareció, pero la inquietud persistía—. ¿Qué demonios acaba de pasarme?

Jigorō apretó su bastón con fuerza, preocupado por la posibilidad de que Zenitsu también sucumbiera. Sabía que la vida como cazador de demonios era difícil y peligrosa, pero vivir con el dolor de haber perdido a sus dos estudiantes estrella... eso sería insoportable. Había esperado que, en ese futuro, Zenitsu dejara de depender de esa extraña cualidad de adquirir una nueva personalidad al desmayarse. Sabía que Zenitsu tenía poca confianza en sí mismo, y que ese estado representaba lo que sería Zenitsu si tuviera fe en sus habilidades, pero no pensaba que seguiría utilizando esa técnica por tanto tiempo.

Al menos te convertiste en un gran cazador, Zenitsu... —pensó Jigorō, entrecerrando sus ojos—. Espero que, en caso de que murieras, hayas sabido que fuiste mi más grande orgullo...

Ume tragó en seco, sintiendo miedo de Zenitsu. Abrazó a su hermano, temblando por lo que acababa de ver. Al verlo caer, estando casi muerto, sintió pena. A pesar de que claramente le disgustaba ese chico, no le deseaba la muerte. Pero después de esa transformación, ya no sabía qué pensar...

—De acuerdo, tú eres mi cobrador...

Gyūtarō sonrió débilmente, sintiendo el cálido abrazo de su hermana y correspondiéndolo. Sin embargo, internamente estaba gruñendo de ira. Ese tipo acababa de asustar a Ume por segunda vez en el día. Debería matarlo, o no podrá dormir tranquilo.

No... lo que debería hacer es torturarlo, eso es. La muerte es una salida rápida, muchas veces indolora si se hace correctamente. Pero una paliza antes de acabar con su existencia no vendría mal, de hecho, parecía ser un castigo apropiado.

—Vaya, parece que la gloria no le duró casi nada —rio Managi por lo bajo, observando cómo, a pesar de mostrar escenas tan geniales, al final su destino era caer al vacío estando medio muerto.

El niño de manos temblorosas miró con cierto asombro al de pelo amarillo. En cierta medida, se veía reflejado en él. Ese chico era un cobarde, un llorón, alguien bastante dócil... pero parece que, en ese futuro, ha conseguido superar eso.

¿Podría él hacer lo mismo? No... a diferencia de Zenitsu, seguramente no tenga la suficiente voluntad para hacerlo...

Tal vez si enfocara sus emociones en el lugar correcto...

Nakime observó cabizbaja, ensombreciéndose ligeramente. No pudo captar el ritmo de lo que veía; era tan extraño y distante que no lo reconoció, y ni siquiera tenía una idea superficial de cómo replicarlo o cuáles eran los componentes instrumentales que se habían utilizado en este.

—Es como una divinidad que representa los truenos —murmuró el padre de Dōma, encontrando inspirador el aspecto de Zenitsu—. Kaminari-sama definitivamente lo ha de haber bendecido.

—Seguramente hasta le tiró un rayo cuando lo hizo —sonrió la madre de Dōma, riendo ligeramente ante la idea de su esposo—. Conociendo las leyendas de Raijin-sama, es algo que haría.

Yo creo que si le hubiera caído un rayo ya estaría muerto, madre —pensó Dōma, encontrando ridículas ambas ideas—. Aunque parece que los cazadores de demonios están más locos de lo que creí...

Él compartía la idea de que las respiraciones no les daban a los usuarios la capacidad de controlar el elemento que representaban. O sea, es imposible que un humano tenga control sobre el agua, las piedras, las llamas, el viento o el rayo.

Simple y llanamente, es inverosímil. Puede "creerlo" en parte por los demonios porque ellos superan cierta lógica. Después de todo, son criaturas que no envejecen y parecen tener propiedades únicas que los hacen muy diferentes a los humanos. Sin embargo, pensar que un humano puede controlar tales elementos...

Suena demasiado fantasioso; solo un niño lo creería. Ha escuchado relatos, cuentos, historias de héroes que podían hacerlo, pero eso es ficción. En la realidad, ningún humano tendría control total de algún elemento de la naturaleza.

No obstante, ese chico de pelo amarillo parece... tener los ojos llenos de relámpagos. Como si dentro de estos se produjera una impetuosa tormenta de rayos. Creía que cuando usaban una respiración solo se imaginaban la espada recubriéndose con lo que representaba su respiración. Pero parece que este chico va un paso más allá...

¡Se lo imagina hasta en sus ojos!

Realmente a todos ellos se les zafó un tornillo.

—Sus ataques deben ser realmente rápidos —supuso Keizo, sobando ligeramente su mentón—. Supongo que todo su esfuerzo debe ir en sus piernas.

—Si quieren emular la rapidez de un rayo, deberían centrarse en el impulso, sí —asintió Hakuji, imaginando con entusiasmo una batalla en la que se utilicen estos estilos de respiración.

No era porque fueran espadachines; había visto a gente utilizar Kenjutsu antes. Pero todos los que había presenciado o no eran muy buenos o carecían de la voluntad necesaria para ser competentes en su arte. Estos cazadores de demonios, con sus respiraciones, eran un soplo de aire fresco.

Sus puños anhelaban, deseaban probarse contra un usuario de respiración.

—Realmente están muy emocionados —pensó Koyuki, sonriendo al ver a las dos personas que más quería tan felices.

Michikatsu arqueó una ceja, encontrando las heridas del chico bastante extrañas. Eran producto de un arte de sangre demoníaco, sí, pero de uno particularmente mortífero. Los efectos de este persistían incluso después de la derrota del demonio, lo que significaba que, a menos que encontraran una forma de interrumpir o detener ese daño, el chico moriría antes de tocar siquiera el suelo.

Aunque sintió cierta curiosidad por la habilidad de combatir incluso estando inconsciente. Era una capacidad bastante extraña. Quería ver cómo funcionaba, analizar su eficiencia. Seguramente la memoria muscular debía ser clave...

Supongo que es otro punto positivo de tener una longevidad eterna como demonio —pensó Michikatsu con una ligera sonrisa, encontrando placer en la idea de observar cómo se desarrollaban las respiraciones y los guerreros de futuras generaciones.

Se preguntaba cuánto crecerían o decaerían, cuántos estilos se crearían o se perderían. Ver cómo el arte de la espada evolucionaba, cómo los samuráis cambiaban, o desaparecían de la historia...

Sí, suena interesante.

Yorīchi observó a su hermano, preguntándose por qué ahora sonreía. No es que le deseara infelicidad o que le desagradara verlo sonreír, pero después de ver que, en ese futuro, se convertiría en un demonio...

Temía que Michikatsu aceptara y abrazara esa oportunidad...

Magare rodó los ojos, molesto por los gritos del ruidoso chico de pelo amarillo. Antes vociferaba con vehemencia que había decapitado a un demonio. ¡Qué demonio más inútil! Un inservible que fue derrotado por un llorón que asalta mujeres.

Ahora, en cambio, gritaba por no haber podido casarse. ¡Qué razonamiento más idiota! Seguramente había decapitado a muchos demonios en su vida como cazador, se había hecho fuerte y se había impuesto sobre los demás.

¿Qué más quería? ¿Una familia? Eso era innecesario cuando se tenía poder. Debería lamentarse por morir joven, no por no haberse casado antes de hacerlo. La muerte es el final; no importa si tienes familia o lazos, la muerte se llevará todo contigo.

Es por eso por lo que lo único que realmente importa en este mundo es la muerte. Todo lo demás carece de significado. Mientras alguien pueda seguir existiendo y perdurando en el tiempo, nada más importa.

Aunque debe admitir que el demonio que lo dejó en ese estado fue lo suficientemente competente para arrastrarlo consigo a la muerte. Tal vez fue un imbécil que no pudo salvarse así mismo, pero al menos su muerte dejó algo bueno.

[Inosuke Hashibira]

«Mira el ja', ja', ja', mira ahí»

«Mira el que quiere pincharte, clava valientemente para traspasarte»

«Ichi no Kiba»

«OoooAaaaaa OoooAaaaaa»

Dōma observaba con cierto "interés" al cazador de demonios con cabeza de jabalí. Le resultaba sumamente divertido ver cómo trataba de pronunciar "jabalí" sin poder pasar del primer sonido. Era entretenido observar a alguien tan tonto.

Ese joven ni siquiera sabía a qué especie pertenecía. Sin embargo, eso lo hacía interesante; al no haber sido criado bajo las normas de la humanidad, podría ser un caso de estudio fascinante. O, en su caso, alguien lo suficientemente festivo para pasar el rato.

Se preguntaba si, al igual que los humanos, tenía algo a lo que adoraba como un dios o si sentía la necesidad de interactuar socialmente con otros. Después de todo, por mucho que lo negara, tenía la naturaleza de un humano, uno salvaje, pero humano, al fin y al cabo.

Dōma también se cuestionaba cómo había terminado siendo un joven feral. Calculaba que tendría una edad no muy diferente a los dos anteriores. Dudaba mucho que perteneciera a alguna tribu o que hubiera decidido aislarse de la sociedad por cuenta propia a tan temprana edad.

Seguramente, desde niño había vivido en un ambiente salvaje, uno donde convivió con jabalíes...

Tu madre debió ser muy descuidada para perderte por ahí, amiguito —sonrió Dōma, pensando en la posibilidad de que la madre del niño lo hubiera dejado a su suerte en ese lugar, o, tal vez, murió salvándolo, pero no resguardándolo...

Una tragedia bastante divertida, en ambas resoluciones.

—¡Puede hablar! —exclamó sorprendido el padre de Dōma—. Espera... ¡¿Es humano?!

Creo que es bastante obvio, padre. Los hombres con cabeza de jabalí no existen —pensó Dōma, entrecerrando los ojos ante la exagerada reacción de su progenitor.

—Es un joven de comportamiento feral —observó la madre de Dōma con cierta extrañeza—. Me pregunto si... ¿sus padres serán iguales?

No quería asumir nada, pero tal vez uno de sus padres fuera igual de agresivo. Los hijos son el reflejo de la crianza de sus padres, y ese joven era bastante salvaje. ¿Quién sabe? Tal vez de niño vivió en un ambiente abusivo donde su padre golpeaba a su madre, y cuando ella murió, decidió escapar a las montañas o al bosque.

Aprendió de los animales y ahí adquirió ese comportamiento feral. Uno que ya estaba integrado en él, pues su padre, incluso sin ser una bestia, era igual de bruto. A veces se preguntaba por qué las mujeres, incluida ella misma, lastimosamente, se enamoraban de bastardos tan imbéciles.

Aunque, claro, solo era una suposición. Tal vez simplemente se golpeó la cabeza cuando era un bebé.

Hakuji rio por lo bajo, chocando sus nudillos. Ese chico le agradaba, le resultaba realmente interesante. Le gustaría pelear a puño limpio con él, no con espadas. Quería sentir en su propia carne ese salvajismo.

—Bueno, no creo que tenga un estilo de pelea a puño limpio —opinó Keizo, notando la reacción de Hakuji—. Y tener fuerza bruta centrada en el salvajismo no es lo mejor. Puede ser fácilmente superada por alguien con la técnica correcta.

—Lo sé, maestro. No por nada usted me venció en nuestro primer encuentro —respondió Hakuji con una sonrisa, negando con la cabeza—. Pero... siento un espíritu de combate realmente fuerte. ¡Quiero medir quién lo tiene más grande!

—Eh... ¿qué? —se sorprendió Koyuki al escuchar eso—. ¿Medir qué? ¿Por qué querrías ver eso para medirlo?

—¡Es obvio! ¡Quiero ver quién tiene el espíritu de combate más fuerte!

—Oh...

—¿Por qué oculta su rostro? —murmuró Ume, cuestionando la decisión de esconder su cara.

Las facciones son muy importantes como para cubrirlas. Incluso para los guerreros, el rostro es símbolo de dignidad y respeto, mostrando las heridas de batalla con honor. Ese chico tiene algo raro...

—Tal vez es feo —respondió Gyūtarō, tratando de contentar a su hermana con la primera explicación que se le vino a la mente—. Si ha vivido en la naturaleza, es probable que haya arruinado su rostro...

Ume asintió, pero desconfiaba de la respuesta. No es que no pudiera ser el caso, pero sus instintos le advertían que ese joven era un caso peligroso para ella y para todas las mujeres bonitas del mundo.

—No... —Zenitsu negó lentamente, asustado, mientras retrocedía ligeramente en su asiento—. ¿Por qué?

Era increíble; realmente su suerte era una basura. No entendía por qué este tipo de cosas siempre le tenían que pasar a él. Era injusto, la vida nunca le sonreía. Siempre que le ofrecía algo bueno, venía con una letra pequeña que lo arruinaba.

—¡¿Por qué siempre me tocan personas así?!

Jigorō suspiró, pensando que Zenitsu estaba exagerando un poco. Sabía que su estudiante estaba "cansado" de que sus compañeros fueran física o verbalmente agresivos con él, pero dudaba que este nuevo chico fuera un caso similar al de Kaigaku o a otros conocidos que lo habían tratado mal en el pasado.

—Cálmate —dijo Jigorō con cierta compasión en su voz—. Estoy seguro de que él será un buen compañero; puede que incluso se convierta en tu amigo...

—Lo dudo, abuelito... De mi parte solo me amistaré con el nuevo usuario de la respiración solar...

Kaigaku bufó, sintiéndose ligeramente mejor que antes. El dolor había desaparecido junto con el ardor, y agradecía que las cosas no hubieran ido a más. Sin embargo, algo más le inquietaba... ¿Cómo era posible que ese tipo pudiera ver con esa cabeza de jabalí puesta?

¿Será que es como él? —se preguntó, echando una mirada furtiva a Zenitsu—. No, dudo que exista otra persona con un oído tan sensible...

—Debo admitirlo, su apariencia es una fuente de inspiración bastante interesante —comentó Managi, imaginando una combinación similar—. ¿Qué pasaría si, en lugar de un hombre con cabeza de jabalí, fuera un hombre con cabeza de pez?

—Depende del tipo de pez, supongo... —respondió el chico de manos temblorosas, tragando saliva y evitando mirar o escuchar al salvaje en la pantalla.

—Hmmm... ¡Un pez tropical rayado! ¡Y le pondría orejas humanas! ¡Y un cuerpo humano!

—... ¿Eso no es demasiado extravagante, incluso para ti?

—¡Hyo, hyo, hyo! —rio Managi por lo bajo, cuidando de no molestar a Nakime—. Nunca se es demasiado vistoso cuando se trata de arte, mi secuaz.

—¿Secuaz?...

—¡Sí! ¡Eres mi cómplice en esta creación imaginativa!

Michikatsu parpadeó, luego frunció el ceño. Escuchar "primer colmillo" en lugar de "primera postura" le parecía bastante extraño, por no decir superfluo. Sin embargo, resultaba interesante. Tenía curiosidad por ver las posturas de la respiración de la bestia.

Quería observar cuánto esfuerzo había puesto ese chico en su respiración. Después de todo, dudaba que fuera un aliento preexistente a ese joven. Seguramente, él mismo lo había creado, basándose en uno de los estilos ya establecidos y adaptándolo a sus necesidades.

Era brillante, por no decir talentoso. Aunque, probablemente, no en el aspecto mental o intelectual; nadie con un cerebro se pondría a combatir con esa máscara en la cabeza. No solo era incómoda, sino que era impráctica en más de un sentido.

—Es flexible —comentó Yorīchi, intentando entablar una ligera conversación con su hermano—. Además, tiene un rostro muy bonito. Aunque su voz es demasiado gruesa para ser...

—Es un hombre —aclaró Michikatsu con inmediatez—. No te confundas, tener rasgos delicados y afeminados no significa que sea una mujer.

—No, lo que quise decir es... espera, ¿y tú cómo lo sabes?

—Como samurái he visto muchas cosas...

«Pesadamente en esta escena, me pierdes de vista, soy un animal»

«Flexible, invencible, otro nivel»

«Un jabalí triunfal»

«Mató al Oni en la zona, rasgando como Panetone»

«No huyas, que soy un dron»

«Aquí nunca se va a agotar»

«Si se queda, el bicho lo atrapa, si corre, el bicho se lo come»

«Pero si es un jabalí te va a picar»

—¿Qué es panetone? —preguntó el chico de manos temblorosas, siendo esta la única palabra que logró escuchar—. ¿Es peligroso? ¿Una amenaza? ¡¿Un insulto?!

—De hecho —respondió Managi, sonriendo mientras mostraba un ligero diente de conejo y alzaba un dedo—, es un tipo de pan extranjero.

—¿Pan? —repitió Hakuji, volviendo en sí tras unos segundos de contemplar fijamente al pequeño pescador—. Pan...

—¿Qué es un dron? —preguntó Koyuki, curiosa por el significado de aquella extraña palabra.

—Me pregunto lo mismo, hija mía... me pregunto lo mismo...

Dōma sonrió, inclinando ligeramente la cabeza hacia la derecha. Debía admitir que algunas de las palabras mencionadas en la letra del video le resultaban desconocidas, pero eso solo lo hacía más divertido y entretenido. Esa confusión, combinada con el comportamiento del joven en el video, le hacía pensar que valía la pena prestarle atención.

Sí, valía la pena. No era tan patético como sus adoradores ni tan aburrido como los otros humanos. Era una criatura diferente; en cuerpo, humano, pero en mentalidad, otra cosa...

—Parece que a nuestro hijo le agrada esa 'bestia' —susurró el padre del niño a su esposa.

—Sí... parece que hasta él puede interesarse por las cosas extrañas —murmuró ella, sorprendida por el peculiar interés de Dōma en ese chico.

—Desgarrar, eh... —comentó Gyūtarō con cierta nostalgia, recordando una ocasión en la que casi hizo eso con alguien que se negó a pagar.

—¿Bicho? —Ume ladeó la cabeza, tratando de entender por qué ese chico se había referido a sí mismo como un insecto.

—Un estilo a dos espadas —reconoció Michikatsu, intrigado—. Nunca había visto algo así nuestra época, ni había escuchado de un guerrero que usara un estilo de combate similar... Es un mocoso bastante interesante.

—Sí, dos espadas —repitió Yorīchi, asintiendo levemente a lo dicho por su hermano—. Normalmente alguien creería que se trata de un farol o un engaño, pero... ese es un estilo ideal para él.

Nakime abrazó ligeramente su biwa, buscando consuelo en el instrumento. Al igual que con la parte anterior, no pudo seguir el ritmo. Era frustrante; no poder aprender adecuadamente para mejorar su habilidad la enfurecía. Si tan solo tocara mejor, podría escapar, aunque fuera un poco, de su pobreza. Ser conocida y elogiada siempre había sido su sueño. Pero si no era capaz de seguir ritmos como estos, ¿Qué le aseguraba que podría hacerlo con los que realmente importaban en el futuro?

Zenitsu se palmeó la frente, comprendiendo que ese chico era un completo idiota que se identificaba, no irónicamente, con un jabalí salvaje. Ojalá lo salvaran de tener que hacer misiones con él. Estaba completamente seguro de que ni siquiera sabía lo que era un maldito tren.

—Un bailarín y un animal salvaje, vaya grupo que te conseguiste —sonrió Kaigaku con sorna, encontrando una nueva forma de burlarse de Zenitsu—. Y dime, ¿necesitará correa?

Jigorō negó con la cabeza y, con una ligera sonrisa, continuó observando al futuro supuesto compañero de Zenitsu. Ciertamente, Kaigaku tenía un punto; era un trío bastante variopinto. Le alegraba que Zenitsu hubiera encontrado personas en las que pudiera confiar.

Aunque también deseaba que Kaigaku encontrara amigos... algo que probablemente no había ocurrido. Sabía que su alumno odiaba juntarse con otros; era un solitario que no confiaba plenamente en nadie.

Magare rodó los ojos, sintiéndose asqueado por la proliferación de cazadores de demonios. Era como si surgieran de la nada, o como si el mundo se hubiera puesto de acuerdo para que hasta el más inadaptado pudiera formar parte de la cofradía. Ese vándalo sin educación, no, ni siquiera eso... ese bárbaro al que seguro su madre dejó caer de pequeño, ni siquiera debería presentarse aquí. Ni siquiera lo conocía y ya lo odiaba; era tan desagradable como la cofradía que estaba tan desesperada que aceptaba a personas como esa.

Aunque, en verdad, lo odiaba por una razón que no quería reconocer...

Ese maldito tenía un cuerpo tan sano y joven... era fuerte; se le notaba la flexibilidad y la resistencia. Sus músculos estaban marcados y, aunque parecía vivir en plena naturaleza, se le veía carente de enfermedades y en pleno funcionamiento.

Sentía... envidia.

Lo que daría por un cuerpo así...

Pero no, el mundo les daba cuerpos como ese a personas que no lo merecían, mientras a él lo torturaban con un cuerpo tan frágil que fácilmente podría morir en cualquier instante de su vida.

A veces se preguntaba por qué su familia lo mantenía con vida, pagando médicos inútiles que lo único que hacían era aplazar y prolongar su sufrimiento. Juraba que, si iba a morir, antes se llevaría a todos con él.

Empezando por ese matasanos inútil.

[Tsuyuri Kanao]

«Delicada como una flor»

«Pero si es necesario muestro mis espinos»

«No dejaré que lastimes a mis amigos»

«Por lo que hiciste con ella voy a acabar contigo»

Dōma mantuvo su sonrisa, pero la dirección en la que inclinaba su cabeza cambió ligeramente. El chico jabalí había captado su interés por su comportamiento bizarramente inhumano, pero esta jovencita le provocaba algo diferente, algo que no terminaba de comprender.

Él no siente nada, nunca lo ha hecho y posiblemente nunca lo hará. Sin embargo, puede reconocer una cierta sensación de ardor en su sangre. Esa mirada, la expresión en la cara de esa señorita, era peculiar, casi intrigante. "Antiestética y maleducada", supuso.

Dōma podía deducir que la chica estaba enojada; no, deseaba venganza...

¿Qué te sucede, niña? —pensó Dōma, recordando cada detalle de la expresión de la chica—. ¿Acaso crees que, por haber perdido a alguien querido a manos de un demonio, puedes actuar como una perra?

Parpadeó, regresando a la realidad y recuperando su habitual semblante. Era realmente extraño; nunca había insultado a alguien de esa manera. Ciertamente, ha pensado en palabras para describir la estupidez y la ignorancia humana, pero nunca había usado la etiqueta que su madre murmuraba para referirse a ciertas personas.

Aunque debo admitir que fue interesante —pensó Dōma, observando el arma del demonio—. Qué bonitos abanicos... Es una lástima que se ensucien continuamente de sangre; serían buenos adornos.

El padre de Dōma arqueó una ceja, notando el comportamiento extraño de su hijo. Su pequeño siempre había sido un chico amable, interesado y dispuesto a ayudar a todos en el culto. Se dedicaba a escuchar las historias de sus seguidores y a guiarlos hacia un paraíso eterno.

Pero algo era seguro: nunca se había interesado profundamente en nada en particular, y eso incluía a las niñas, señoritas o mujeres. Tampoco en los niños, jóvenes o señores. Ayudaba, sí, pero nunca se integraba lo suficiente como para formar lazos fuertes con ellos.

Por supuesto, eso siempre le había convenido para que no se diera cuenta de sus pequeños deslices con las adoradoras. Pero ahora estaba preocupado. Si su hijo se interesaba en esa niña...

¡Toda su tranquilidad estaba en peligro!

—Cariño, creo que Dōma está interesado en esa chica —le susurró preocupado a su esposa—. Si empieza a interesarse en las niñas, nuestro culto podría verse afectado.

La madre de Dōma fijó la mirada en su hijo, notando su aparente interés en la joven. Aunque dudaba que fuera un interés romántico o sexual. Después de todo, su hijo era casi una piedra en ese sentido.

Él hacía un excelente trabajo como consejero, guía, e incluso como oyente bendecido por los dioses. Pero cuando se trataba de interesarse en otros... no era precisamente competente. En sus escasos ratos libres, se entretenía más observando aves o mariposas en el jardín. De hecho, recordaba que una vez lo había visto cortar las alas de una mariposa, como si fuera un simple juego.

Tal vez simplemente ha llegado a esa edad —pensó la mujer, sin apartar la vista de su hijo—. Dōma, querido, ¿Qué piensas de la hermosa señorita?

Dōma se tomó un segundo para responder adecuadamente. Si era honesto, ni él mismo lo sabía con certeza. Sin embargo, conocía bien a sus padres; ambos estaban equivocados o habían malinterpretado todo. Eran naturalmente ingenuos, como la mayoría de los devotos, fáciles de engañar.

—¿Señorita? —repitió Dōma, fingiendo cierta ignorancia e inocencia ante la pregunta.

—Sí, la chica que acaba de salir.

—Oh... nada —respondió el niño, esbozando una leve sonrisa—. La verdad es que me distraje con esos hermosos abanicos.

La madre abrió ligeramente la boca al comprender la situación. Su interés era hacía unos objetos en particular. Sí, podía apreciar que el diseño y estilo de las armas de ese demonio, dejando de lado su función mortal, eran estéticamente bellos.

El padre de Dōma parpadeó, suspirando de alivio. Al parecer, solo había sido un malentendido por su parte; su mente se había precipitado y había visto cosas donde no las había. Aunque agradecía que fuera así, era un alivio que su hijo no estuviera interesado, al menos por ahora, en las señoritas.

Después de todo, las adoradoras eran suyas.

Se sentiría un poco amenazado si alguien más las reclamara. Además, si su esposa se enterara... Bueno, no creía que se enfadara demasiado, pero sería incómodo que supiera que había tenido algunas aventuras con las devotas del culto.

—¿Por qué preguntas, madre? —inquirió Dōma, sus ojos arcoíris brillando con un interés fingido, queriendo saber la conclusión errónea a la que había llegado su progenitor.

—Oh, nada. Es solo tu padre, que creyó que te habías interesado románticamente en esa señorita.

Dōma parpadeó, considerando la idea como una estupidez sin sentido. Ni siquiera conocía a la chica, no sabía nada de ella. Ignoraba completamente su personalidad; solo sabía cómo se veía y la expresión de perra maleducada que había mostrado.

Curiosamente, antes de conocerla, podía estar seguro de que no le importaría en lo más mínimo. Pero ahora, al mismo tiempo, sentía un ligero deseo, una pequeña visión que lo haría sentirse relativamente "satisfecho".

Lo único que deseaba en este momento con relación a esa señorita era... dejarla encerrada en un lugar donde nadie pudiera encontrarla junto a su padre.

No sabía de dónde provenía este desagrado, nunca había deseado eso a nadie. Pero ahora mismo, esa niña no era una persona para él. Solo era... un saco de carne que preferiría que desapareciera de su vista o que le ofrecería a su padre para que haga lo que mejor sabe hacer.

Todo el día, no, toda la semana. Luego simplemente la desecharía en uno de los numerosos montes cercanos al culto...

—Parece que los padres de Dōma-san se asustaron —comentó Koyuki, observando la escena con curiosidad—. ¿Por qué crees que fue?

Hakuji no respondió a la pregunta de Koyuki, su atención estaba completamente enfocada en alentar a la cazadora a que acabe con ese demonio. No sabía por qué, pero ver a ese tipo, una vez más, le generaba una gran tensión. Quería verlo caer, o, mejor dicho, desaparecer para siempre.

—Tal vez se sorprendieron de que a su hijo le interese una chica —respondió Keizo, tratando de contestar la pregunta de su hija—. Hablé un poco con ellos, y parece que son bastante estrictos en cuanto a sus creencias.

—¿Y sus creencias dictan que Dōma no puede sentir interés por alguien? —preguntó Koyuki.

—No lo creo... Pero, siendo la figura central de su culto, es posible que lo vean como un impedimento para ejercer bien sus responsabilidades.

—Eso no parece correcto...

—Ni a mí, pero no podemos juzgar las creencias religiosas de los demás. Mientras no le hagan daño a nadie, no hay razón para criticar.

—Es hermosa —comentó Nakime, tarareando suavemente una melodía—. Aunque algo corta.

—Tal vez no había mucho que contar sobre ella —se encogió de hombros Managi—. No todos pueden tener protagonismo. Además, no es conveniente forzar la relevancia.

—¿Forzar qué? —preguntó el chico de manos temblorosas, sin entender a qué se refería.

—Relevancia —respondió Managi sin darle mucha importancia—. No todos nacemos para ser protagonistas, algunos simplemente juegan un rol secundario.

—Parece que es el mismo demonio que se enfrentó a la Hashira del insecto —dijo Michikatsu, reconociendo ligeramente los rasgos—. Ella está muerta.

Yorīchi asintió, compartiendo lo dicho por su hermano, aunque le disgustara admitirlo. Podía sentir en esa chica el deseo de vengar a su maestra, no, a su familia entera. Ese demonio había provocado una furia que solo podría apagarse con la muerte... No, ni siquiera la muerte podría extinguir ese odio.

—Aunque la chica tiene una batalla difícil por delante —admitió Michikatsu, encontrando la lucha interesante—. El demonio posee abanicos de guerra como armas, practicante del Tessenjutsu, supongo. Sin embargo...

—Su arte de sangre parece estar relacionado con los lotos, no, con lotos congelados que pueden extenderse para inmovilizar —añadió Yorīchi, analizando la situación junto a su hermano.

—Sí, pero lo realmente interesante es si su poder se limita a crear lotos de hielo o si, en cambio... —Michikatsu pensó, imaginando otra posibilidad, una que pondría a los cazadores en una situación aún más complicada.

—Tiene un arte sangriento que le permite controlar el hielo en su totalidad —Yorīchi comprendió a lo que se refería su hermano—. Es un poder demasiado fuerte si es así... pero no invencible.

Zenitsu abrió los ojos, tragando en seco, y comenzó a jugar nerviosamente con sus dedos. La chica parecía tener una edad similar a la suya. Debe de ser la aprendiz del Pilar del Insecto, una joven que, al igual que él, seguramente participaría en la selección final en los próximos años.

Tal vez... solo tal vez... podrían participar juntos. Al ser de la misma generación, podrían compartir tiempo, conocerse y...

—¿Podría ser ella mi amor predestinado? —susurró Zenitsu, imaginando tomarla de la mano—. Tiene un aspecto frío y distante, pero seguramente su personalidad es hermosa...

Antes pensaba que moriría sin haberse casado, pero tal vez no sea así. Sabe que, como cazador de demonios, podría morir en cualquier misión que se le asigne. Sin embargo, tal vez pueda formar una relación con una chica de su generación.

Kaigaku se palmeó la frente, se frotó la sien y suspiró, soltando un ligero gruñido ahogado. Era realmente vergonzoso que Zenitsu, de entre todos, fuera quien sobreviviera y se convirtiera en un cazador de demonios respetable.

Todavía recordaba la imagen de Zenitsu en su mejor momento, tan imponente y digno de ser un espadachín que casi no podía reconocerlo como la misma persona a la que odiaba. Era solo... era imposible que alguien tan patético como él pudiera volverse tan increíble.

¿Por qué, en lugar de centrarte en casarte, no te enfocas en volverte como tu versión del futuro, idiota? —pensó, gruñendo por la frustración que sentía en ese momento.

En serio, odiaba el hecho de que Zenitsu se convirtiera en alguien extraordinario mientras él moría sin haber logrado nada significativo. Una persona cuyo único sueño era casarse había vivido más que él, alguien que solo quería sobrevivir.

Lo peor de todo es que ese idiota no se daba cuenta de que, si realmente quería casarse, debería empezar por convertirse en alguien genial como su versión del futuro. A las mujeres les atraen los hombres admirables; si se volviera así, no le faltarían opciones.

—¿Por qué crees eso? —preguntó Jigorō, sin comprender la repentina atracción de Zenitsu por la alumna del Hashira del Insecto—. ¿Realmente te sentirías cómodo con una chica reservada? ¿Podrías acompañarla sin sentirte cohibido por su forma de ser?

—Yo... —Zenitsu se detuvo por unos instantes, pensando en lo que diría—. Creo que podría hacerlo, sí. Mientras nos preocupemos el uno por el otro...

—¿Y qué te gusta de ella?

—... es que parece ser la única chica de nuestra generación...

—No seas pesimista —Jigorō le reprochó, apretando ligeramente su bastón—. Es cierto que la tasa de supervivencia en la selección final es baja, pero no creo que solo sobrevivan cuatro o cinco personas de todas las que participan.

—Si pudo sobrevivir Zenitsu, bien pudieron sobrevivir más de la mitad —refunfuñó Kaigaku, pensando que seguramente el chico de la Respiración del Sol se encargó de la mayoría de los demonios poderosos.

—Igual creo que sería una buena esposa —admitió Zenitsu, pensando en que tal vez podría animarla o acompañarla en el luto por la pérdida de su maestra—. Aunque seguramente me rechace como todas las demás...

—¡Ya deja de ver en las mujeres a posibles esposas! —exclamó Ume, señalándolo con su dedo—. ¡Eres solo un maldito pervertido!

El rostro de Ume enrojeció de ira. Ese sujeto era el colmo del descaro. No solo la había asaltado primero y le había pedido que fuera su esposa, recurriendo a la lástima para obligarla a aceptar, sino que ahora, a la primera de cambio... ¡Se había fijado en otra!

¡Todo lo que le dijo fueron mentiras!

Ese maldito solo parloteaba. Seguramente asaltaba a cada chica que consideraba linda o una buena candidata a esposa. Y al final, en menos de dos horas, ¡se fijaba en otra persona! No dudaría en afirmar que, si llegara a desposar a alguien, sería uno de esos hombres que se acuestan con más de una mujer o que quieren mantener una relación con varias mujeres al mismo tiempo.

Sí, ya se esperaba que Zenitsu se llevara bien con el Pilar del Sonido solo porque compartían esa visión de tener más de una esposa. No, qué dice, quizás hasta le tenga envidia por tener más de una mujer...

—¡¿Eh?! —Zenitsu retrocedió en su asiento, protegiéndose con sus brazos por instinto—. ¡¿Por qué me dices así?!

—¡Eres un asqueroso victimista! —Ume apretó los puños, su rostro enrojeciendo aún más del enojo—. ¡Primero me lo propusiste a mí! Y ahora... ¡¿Te fijaste en otra?!

—Sí... pero fue porque me rechazaste...

—¡Así no funciona, animal! —gritó Ume, pateando al aire desde su asiento—. ¡No han pasado ni quince minutos desde que me asaltaste y ya te fijaste en otra!

Zenitsu ladeó la cabeza, dejando de protegerse al ver que ella estaba en un asiento lo suficientemente lejano para que esas patadas no lo alcanzaran.

—¿Y?...

—¡Eso es como si justo después de romper con alguien te consiguieras a otra en menos de dos horas!

—Pues... eso es lo correcto, ¿no? O sea... no te voy a insistir si no quieres...

—Domada clásica —murmuró Kaigaku, encontrando la situación irónica; nunca pensó que le daría la razón a Zenitsu, incluso en cuestiones amorosas.

—¡Agh! ¡Ni siquiera tienes un poco de decencia, pervertido!

—Zenitsu no es un pervertido —respondió Kaigaku sin mirar a Ume, sintiendo la mirada de su maestro en su espalda—. Solo está desesperado por casarse con alguien. No confundas las cosas, podrá ser un fracasado en busca de afecto femenino, pero no un depravado.

—¿Aniki? —susurró Zenitsu, sorprendido por el hecho de que su superior saliera en su defensa—. ¿Era necesario llamarme fracasado?

—¡¿Por qué diablos lo defiendes?! ¡Estoy segura de que también lo consideras una escoria!

Oh... no sabes cuánto... —pensó Kaigaku, dándole cierta razón, pero una cosa no quitaba la otra—. Sí, pero ser una escoria no te hace un pervertido. Todos los pervertidos son escoria, ciertamente, pero no todas las escorias son pervertidos.

Kaigaku respiró profundamente, dándose un golpe en el estómago mentalmente. Era su manera de mantener la compostura y no gritar de dolor. Esa mocosa no sabía lo mucho que hería su orgullo tener que defender al inútil de Zenitsu.

—Además, Zenitsu busca desesperadamente llenar un vacío que le dejó un suceso que marcó su vida —añadió Kaigaku, cruzando los brazos—. No deberías tildar a alguien sin saber por qué es así.

Si el orgullo de Kaigaku tuviera una representación física, ya estaría agonizando en el suelo por lo lastimado que estaba.

Ume iba a decir algo, algo que dejara a esos dos sin excusas y le diera la razón, como todos siempre hacían. Sin embargo, su hermano la detuvo con un ligero toque en el hombro.

—Sí, ¿Qué pasa, hermanito?

—Ume, detente, por favor —Gyūtarō la instó, mirando con preocupación a su hermana—. Piénsalo, si dejas que se obsesione con otra, te dejará en paz.

Ume abrió los ojos ampliamente, como si esa alternativa no hubiera cruzado por su mente. Se maldijo a sí misma; estaba tan enojada por sentirse reemplazada tan fácilmente que se olvidó de lo único que importaba aquí: que ese tipo no volviera a acercarse a ella.

—Sí, supongo que tienes razón, onii-chan —murmuró Ume, recogiendo sus piernas para esconder su rostro entre ellas.

¿Por qué lo escondía? Porque se estaba muriendo de la vergüenza.

—No te preocupes, yo siempre estaré contigo —dijo Gyūtarō, tranquilizando a su hermana.

—Gracias...

—Aniki, ¿por qué? —preguntó Zenitsu, tartamudeando ligeramente al no poder procesar muy bien lo que había sucedido—. ¿Por qué me defendiste?...

—No te interesa, inútil —respondió Kaigaku con desagrado, resistiendo la necesidad de gritar—. No esperes que se repita, nunca.

—Sí...

Jigorō sonrió, agradecido de poder ver, aunque sea, una escena en la que sus dos estudiantes se lleven medianamente bien o, en su caso, donde Kaigaku no se comporte como un abusón con Zenitsu. Después de todo, es responsabilidad de los mayores y superiores cuidar de los que están bajo su cargo.

Magare aflojó ligeramente el ceño, reconociendo que, seguramente, la Hashira del Insecto esté muerta. La segunda Luna Superior, al menos, hizo algo bien después de todo. En la parte del respectivo Pilar, vio cómo este demonio se deshacía, por lo que pensó que fue derrotado por ella, pero parece que no es así.

Tal vez las Lunas Superiores no sean tan incompetentes...

No...

Sí que lo son.

No puede creerlo... ¡¿El que un jodido Pilar haya sido derrotado es algo de celebración?!

¡Se supone que debería ser natural que un demonio venza a un humano! ¡Son superiores en todo aspecto!

Todos los demonios, todas las Lunas... todos deberían poder matar a los cazadores de demonios sin problema alguno...

Pero no lo hacen, son derrotados o, peor, hacen que ellos se vuelvan más fuertes al darles experiencia...

No quiere ver a ninguno, odia a la cofradía, y eso que ni siquiera se ha convertido en un demonio aún.

¿Qué diablos hace el Rey Demonio? ¿Por qué es tan bondadoso y compasivo con estos inútiles? ¡El ser indulgente hizo que bajaran la guardia!

La sexta Luna Superior, conformada por dos demonios, perdió contra el Pilar del Sonido...

La quinta Luna Superior murió por un jodido niño...

Dos Lunas de élite, las más bajas en rango, pero de élite... muertos, sin dar una baja que los ayude.

La segunda Luna Superior al menos se dignó a dar una antes de deshacerse como un cubo de hielo...

Le enferma... ¡Le enferma tanta incompetencia!

[Kyōjurō Rengoku]

«Mi espada va a brillar»

«Ilumino el camino en esta oscuridad»

«En un demonio jamás me voy a trasformar»

Nakime tarareaba suavemente, repitiendo el ritmo de la melodía que acababa de escuchar. Era una tonada que lograba su propósito de infundir positividad y energía, despertando en ella una impetuosa necesidad de perseguir sus objetivos, ignorando la tentación de desviarse del camino. Sin embargo...

—¿Por qué me imaginé metiendo mi brazo en un agujero? —murmuró, desconcertada por la extraña imagen que había surgido en su mente.

—Ese sombrero... —Managi se inclinó ligeramente desde su asiento, tratando de ver más de cerca lo que aparecía en la pantalla—. ¿Un marinero?

No se refería a la Luna Superior Tres, no, claro que no. Se refería al demonio que había aparecido brevemente al principio. Solo había sido por un segundo exacto, pero logró reconocerlo. No sabía si ese demonio realmente era un marinero o simplemente había robado ese sombrero, pero reconocía algo náutico en su origen cuando lo veía.

—¿De dónde viene tanta valentía? —el joven de manos temblorosas murmuró, asustado por la temeridad del pilar de la llama—. Su bravura es... aterradora.

—Aterrador es que la tercera luna superior se enfrente a los cazadores usando solo sus puños —Managi replicó, soltando una ligera risa—. Eso es realmente bárbaro.

—Eso también —admitió el joven, su cuerpo temblando de miedo—. ¿Cómo es posible que alguien con los puños al desnudo pueda vencer a una persona que posee una espada?

—Aunque tampoco es tan difícil —murmuró Hakuji, recordando cómo él mismo había derrotado con sus puños a más de uno, incluso a varios al mismo tiempo, en el dojo de Kenjutsu de al lado.

—Seguramente el demonio domina algún arte marcial —Keizo supuso, observando al demonio con una extraña familiaridad—. Sus poderes podrían potenciar o complementar esa habilidad.

—Esas marcas negras... —Koyuki se percató, mirando a su cuidador—. Hakuji-san...

—Oh, son marcas de criminal —respondió Hakuji, tratando de ignorar los recuerdos que esas palabras evocaban—. Cuando se comete una falta grave, los jueces pueden marcarte en los brazos para indicar a los demás que eres un delincuente.

—¿Y por qué las tiene en la cara? —preguntó Koyuki, con la inquietud creciente.

—Eso no lo sé —admitió Hakuji, reconociendo su ignorancia en ese aspecto—. Aunque tal vez sea algo natural en la apariencia de ese demonio. Quizás, al consumir humanos, con el tiempo, las marcas se expandieron como una forma de representar sus pecados.

Koyuki hizo una ligera mueca, encontrando la respuesta convincente, aunque esperaba con todo su corazón que la identidad de ese demonio no fuera la que estaba imaginando. La tercera luna superior... Ese demonio aguerrido que luchaba usando solo los puños tenía unas cejas muy particulares...

Dōma sonrió, dejando escapar una pequeña risa al ver a la Luna Superior Tres. Si era franco, no le importaba el pilar de la llama, pero ese demonio le causaba cierta diversión. Era un luchador que usaba los puños, irradiando un aura de guerrero.

Parecía ser del tipo de persona —si es que se podía considerar a los demonios como tales— que dedicaba toda su vida a entrenar y pulir sus habilidades de combate. Pero...

Eres un rango inferior al del demonio de los abanicos —rio el niño, encontrando la situación bastante divertida—. Tú, siendo un artista marcial tan devoto, ¿fuiste superado por él?

La humillación era tan evidente y patética que no pudo evitar deleitarse con ella.

Seguramente está resentido —pensó Dōma, sonriendo ante la idea—. Dime, ¿qué se siente ser la tercera rueda?

Los padres de Dōma lo miraron con extrañeza; no lo habían visto reír de esa forma ligera en mucho tiempo. Según recordaban, la última vez que lo hizo fue cuando un ruiseñor fue cazado por un felino.

El rostro de Gyūtarō formó una ligera mueca; tanta luz en la pantalla le incomodaba. Sin embargo, por alguna razón, se sintió inspirado. No sabía si era por la energía que transmitía ese pilar o porque ese enano de pelo amarillo había decidido dejar de ver a su hermana.

Ume profirió un pequeño sonido, viendo con admiración la capa llameante del pilar de la llama. Era tan enaltecedora y vistosa... ¡Es hermosa!

Así que el demonio le ofreció convertirse en uno de ellos —pensó Jigorō, recordando al joven pilar de la llama que se unió a la cofradía poco antes de que él se retirara—. Joven Shinjurō, su hijo se encuentra en una situación peligrosa...

Ese demonio es la tercera luna superior; no le sorprendería que solo estuviera jugando con el pilar de la llama. La forma tan cínica en la que le ofreció ser un demonio indica que ve potencial en él, un potencial que no florecerá siendo un humano.

Qué absurdez... Los demonios siempre tan arrogantes. Es como si, al perder su humanidad, olvidaran que el potencial humano es casi infinito. Sin embargo...

Esto también indica que el demonio confía, no, sabe que puede acabar con el cazador de demonios cuando quiera. Es por eso por lo que ofrece una alternativa, porque siente pena de que un guerrero así muera. Qué molestia...

Es evidente que el joven pilar no aceptará tal cosa; un digno y orgulloso cazador de demonios preferiría morir antes que convertirse en una criatura tan perversa. No obstante, y conociendo la voluntad de los Rengoku, no morirá sin realizar un último trabajo.

—¡¿Le ofreció convertirse en demonio?! —chilló Zenitsu, alarmado por las implicaciones—. Él... él no va a aceptar... lo que significa...

—Morirá —dijo Kaigaku, desviando la mirada, recordando vagamente al demonio que había encontrado cuando era niño—. Si no acepta esa 'compasiva' oferta del demonio, su destino ya está sellado.

—No, no puede morir, así como así —Zenitsu negó con vehemencia, sintiendo que ese pilar no merecía morir en ese combate—. ¡Sé que encontrará la manera de sobrevivir! ¡¿Verdad, abuelito?!

Jigorō no respondió, aunque en su interior deseaba lo mismo...

Magare sintió cómo las venas se le marcaban en la cabeza, irradiando un aura oscura. No podía evitarlo; escuchar que el demonio con el rango número tres de la élite ofreció a un pilar cambiar de bando le repugnaba.

¿Es idiota? ¡Debería matarlo de una vez! ¡El rey demonio te ordenó que mataras a los cazadores, no que los reclutaras!

Es obvio que esos idiotas son tercos, que jamás aceptarían una oferta así, aunque su vida dependiera de ello. Podría haber excepciones, sí... entre los cazadores de menor rango, tal vez...

¡Pero no entre los pilares! ¡Esos tipos odian a los demonios con más intensidad que él a su propia familia!

Y eso ya es decir mucho...

Los pilares son como una mala hierba, una que debe ser arrancada sin remordimiento alguno. Después de todo, si no aceptan la conversión, no vale la pena ofrecerles tal cosa. Es solo perder tiempo, un tiempo preciado que podría usarse en exterminar a ese pilar y a todos los cazadores cercanos...

—Je —Michikatsu levantó ligeramente la cabeza, esbozando una sutil sonrisa al ver al pilar de la llama—. Los descendientes de Rengoku-dono han heredado su convicción y su voluntad.

—Ellos son la llama que iluminará la oscuridad que crean los demonios —asintió Yorīchi, recordando que Rengoku fue quien lo reclutó a la cofradía—. Me alegra que su legado siga persistiendo.

Aunque, como toda llama, puede extinguirse con la fuerza adecuada —pensó Michikatsu, reconociendo que la voluntad de los Rengoku, aunque difícil, puede ser apagada.

Puede que su hermano no lo haya notado, pero el pilar de la llama de su época ya está sufriendo las consecuencias de no avivar debidamente su flama. Irónicamente, sufre su misma situación. Se siente inferior a Yorīchi, y la distancia entre ambos es tan grande que poco a poco está siendo consumido por el pesimismo.

Porque, claro, ¿de qué sirve ser un pilar si existe otro que puede hacer lo mismo que tú, pero mejor?

Si Yorīchi quisiera, podría enfrentarse a todos los demonios existentes y aun así salir victorioso. No existe, ni existirá, un pilar que pueda comparársele, entonces...

¿De qué sirve entrenar? ¿Acaso podría aportar algo con alguien como Yorīchi al frente?

Rengoku-dono lo sabe; lo ha escuchado mientras se embriaga alguna que otra vez. Por suerte, todavía tiene un poco de esperanza y lucidez. Pero una vez que vea de lo que su hermano es capaz, puede estar seguro de que su llama... se apagará.

Eso sí, hay una pequeña diferencia entre Rengoku y él... él no se rendirá en su cruzada para ser como Yorīchi, no importa cuánta sea la distancia entre ellos. Él no es una llama que se puede apagar; él es una luna que espera a que el sol se ponga para alzarse sobre este.

Aunque debo admitir, tu descendiente parece tener más voluntad que tú, Rengoku-dono —reconoció Michikatsu, negando ligeramente con la cabeza—. Lamentablemente, será esa convicción la que lo llevará a la muerte.

Y eso no es del todo malo. Después de todo, una llama que se apaga al cumplir su cometido es mejor que una que se extingue con el tiempo o por su poca resistencia. Si ese pilar muere en batalla, marcado o no, morirá como todo samurái querría...

Luchando hasta la muerte, bajo sus propias reglas.

—También lo notaste, ¿cierto? —preguntó Yorīchi, observando la expresión de su hermano.

—Sí —asintió Michikatsu, acomodándose en su asiento de manera más cómoda—. Aunque no es algo tan triste. Después de todo, morirá en sus propios términos.

—Salvar a los débiles —Yorīchi volvió a mirar la pantalla, deseando ver al descendiente de su amigo una vez más—... una ambición demasiado noble...

—Una ambición que siempre está penada con la muerte, hermano —admitió Michikatsu, reconociendo que aquellos que luchan por los débiles siempre terminan muriendo jóvenes...

«Proteger a los débiles es mi ambición»

«Con mi respiración»

—Sí, era evidente que iba a morir —dijo Kaigaku, haciendo una mueca y tragando en seco al ver el estado del pilar—... no lo comprendo... ¿por qué simplemente no aceptó la oferta del demonio? Al menos así estaría vivo...

Zenitsu se tapó la boca, impactado por ver al pilar de la llama con tantas heridas. Incluso si hubiera sobrevivido, no habría quedado completo. Sabe que, como pilar, se enfrenta a demonios formidables, pero no puede evitar sentir lástima.

El pilar de la llama no solo se veía joven, sino que aún podría haber perfeccionado más su estilo. Al final, seguramente murió sin haber mostrado todo su potencial.

¿Yo... podría hacer lo mismo? —se preguntó Zenitsu, recordando la escena donde caía al vacío—. ¿Podría morir sin arrepentimientos y con una sonrisa en el rostro?

Oh, joven Shinjurō... —Jigorō miró al suelo, ensombreciendo su expresión y apretando con fuerza su bastón—... ya perdiste a tu esposa, ahora perdiste a tu hijo. Joven Shinjurō, por favor, cuida al que te queda.

Yorīchi observó la escena, sintiéndose profundamente afectado al ver al descendiente de su amigo en ese estado. Aunque su semblante se mantuviera sereno, internamente le dolía saber que los demonios seguían cobrando vidas, y esta vez, la de un retoño que floreció del legado de los Rengoku.

Rengoku-san... tu legado ha sido honrado —pensó el pilar del sol, recordando la sonrisa de su compañero—... tal vez haya muerto, pero estoy seguro de que cumplió su ambición antes de hacerlo.

¿Murió sin caer al suelo? —Michikatsu abrió los ojos, recordando la absurda sonrisa con la que su compañero Rengoku lo recibió cuando se unió a la cofradía—... Ciertamente, es igual a ti. Puede estar sangrando o con los huesos rotos, pero las llamas avivan naturalmente en ustedes. Aunque mueran... cumplirán con su deber.

Es curioso, nunca comprendió de dónde sacaban tanta energía. A veces pensaba que era por la inmensa cantidad de comida que consumían, otras veces por el nivel de alcohol en su sangre por las borracheras, pero es innegable que no le temían a la muerte en lo más mínimo.

Sentía envidia por ellos, no por su poder, sino porque podían aceptar algo tan despreciable como la muerte. Eran capaces de abandonar toda una vida con tal de salvar a alguien; él no podría hacer eso. Se había esforzado demasiado como para tirar todo a la basura con su muerte.

El padre de Dōma, acompañado por su esposa, oró por el alma del pilar de la llama. Le desearon un buen viaje y, tal vez, una reencarnación en la que pudiera disfrutar un poco más de su vida. Después de todo, ese hombre merecía ser recompensado si dedicó su vida a ayudar a los necesitados.

Hakuji sintió un escalofrío al escuchar el deseo del pilar de la llama. Sonriendo con vehemencia, apretó su puño. Ciertamente, Rengoku tenía razón: no hay nada más placentero que ayudar a los débiles.

—Al diablo, ya no quiero pelear con el chico jabalí —Hakuji rio, encantado de que existieran más personas como él—. ¡Oigan, alguno de ustedes sabe cómo se llama!

Hakuji gritó en dirección de Jigorō y sus alumnos. Si alguien sabía el nombre, debían ser ellos.

Jigorō se sorprendió por la repentina pregunta del muchacho, pero igualmente sonrió mientras negaba con la cabeza. Aunque le causaba tristeza la muerte del hijo de Shinjurō, no había razón para traer negatividad a ese lugar.

—Su nombre es Kyōjurō Rengoku, hijo de Shinjurō Rengoku.

—¡Quiero pelear contigo, Kyōjurō! —exclamó Hakuji, imaginando una emocionante batalla entre ambos—. Quiero probar su fuerza, su espíritu de combate... ¡Quiero ver la fuerza que usas para proteger a los débiles!

—Tú lo que quieres es probar todo lo que él tenga para ofrecer, ¿verdad, Hakuji-dono? —Dōma sonrió con complicidad—... porque se nota que quieres meterle...

—¡Un golpe! —Keizo habló por su alumno, riendo para disimular la situación—. ¡Quiere meterle un golpe!

—Papá —Koyuki suspiró, riendo ligeramente—... se supone que debías evitar que dijera cosas así, no salvarlo cuando ya las dijo.

—¿Eh? ¿Y ahora qué dije? —preguntó Hakuji, rascándose la nuca al no entender de qué hablaban—. ¿Dije algo malo?

—No, solo dijiste que te lo querías coger —Managi rio, sujetándose el estómago con fuerza—. Jamás había visto a alguien hablar como tú, ¿no es así, mi secuaz?

—... ¿Él no estaba casado?

—¡¿Eh?! —Hakuji se sonrojó, avergonzado por lo dicho por el chico pescador—. ¡¿Yo cuándo dije eso?!

Dōma continuó riéndose; realmente era divertido molestar a ese chico. Sus reacciones eran la mar de entretenidas.

Otro pilar muerto —Magare suspiró, aliviado por la noticia—... y esta vez creo que el demonio sobrevivió.

Parecía que el único con algo de aptitud en las lunas superiores era el de tercer rango. Aunque le disgustaba que insistiera en invitar a pilares, sabiendo que sería rechazado, debía admitir que había hecho un buen trabajo.

No todo estaba perdido para el bando demoníaco; al menos era un comienzo...

Por ahora, el pilar del insecto y el pilar de la llama habían perecido del lado de los cazadores. Del lado de los demonios, en cambio, se habían perdido la sexta, la quinta y la segunda luna superior... No solo estaban en desventaja, sino que estaban siendo superados.

Esos malditos cazadores habían logrado eclipsar la fuerza que, según recordaba, había permanecido invicta por más de un siglo. No se trataba solo de incompetencia por parte de los demonios; seguramente los pilares contaban con más de un aliado en sus combates.

El hecho de que la primera luna superior estuviera enfrentándose a más de dos pilares y que la segunda luna superior luchara contra otros dos lo evidenciaba. Seguramente la quinta luna superior también había encontrado algún obstáculo debido a la estúpida necesidad de los humanos de colaborar entre sí.

Era repudiable cómo una mentalidad tan débil podía ser lo suficientemente eficiente como para condenar a demonios que supuestamente eran la élite de la élite de su raza. El rey demonio era demasiado indulgente y bondadoso, permitiendo que sus esbirros más poderosos hicieran lo que quisieran.

Seguramente, en todo un siglo, no les había exigido ni decretado que le debían devoción absoluta. Esa permisividad había causado que se volvieran inútiles. A los inservibles se les debía exigir para que funcionaran correctamente...

Por ahora, solo veía una solución. Las lunas superiores necesitaban, para su desgracia, utilizar una estrategia similar a la de esos cazadores de demonios.

Si esos malditos montoneros solo eran capaces de ganar si se juntaban, pues se iban a joder. La táctica correcta aquí era hacer que las lunas superiores formaran equipos de dos. De esa forma, los pilares, y las ratas que tenían como aliados, tendrían que pelear contra dos demonios de élite en lugar de enfrentarse solo a uno.

A ver si así seguían creyéndose tan fuertes esos idiotas.

[Giyū Tomioka]

«Frío como el agua»

«Fuerte como la marea»

«Mi nichirin va a decapitar cabezas de Oni»

«Con la marca de cazador»

«Sé que voy a seguir de pie»

«Mi respiración tiene once formas para poderte destruir»

Parece que la marca de cazador ha resonado en varios pilares de esta generación —observó Michikatsu, notando que el pilar del agua acababa de obtener un gran potenciador para las ya notables habilidades que poseía—. Once formas, eh...

La respiración del agua ha avanzado considerablemente, pero sigue sin ser suficiente. Michikatsu sabe lo complicado que es crear una nueva forma y lograr que sea funcional, especialmente cuando debe integrarse de manera coherente en un estilo de respiración que se enseña a individuos con capacidades distintas.

Pero... Yorīchi, con su respiración solar, tiene doce formas...

La respiración solar supera a la respiración del agua y a todas las demás, incluso cuando han desarrollado nuevas formas con el pasar de los siglos. Esto le enfurece; con tanto tiempo deberían haber superado la cantidad de técnicas de Yorīchi. Más le vale a su versión demoníaca superar esa cantidad, porque de no ser así, sería un desperdicio de tiempo y una ofensa a su talento.

Once formas —repitió Yorīchi, mirando fijamente al pilar—. Han crecido mucho, me alegra.

Yorīchi sonrió sutilmente, satisfecho por el avance de la respiración del agua. Poco a poco, fueron integrando nuevas formas, evolucionando y adaptándose para combatir mejor a los demonios. Aunque ya lo sabía, agradece esta confirmación: a pesar de que está destinado a morir a los veinticinco años, su legado permanecerá, crecerá y florecerá. No importa si él fue el creador de la respiración solar y sus derivadas; los pilares y cazadores que las utilicen las desarrollarán y, mediante sus aportes, las harán más fuertes.

Parece que el pupilo de Sakonji-san ha creado una nueva forma —meditó Jigorō, entrecerrando los ojos—. Lo has entrenado bien, amigo mío, no te mortifiques.

Su colega, al igual que él, es un pilar retirado que sirve como instructor para aquellos que quieren aprender una técnica de respiración. Sin embargo, a diferencia de los demás, existe una fuerte maldición, casi un mal augurio, para sus alumnos.

Aunque es sabido que aprobar la selección final es extremadamente difícil, el hecho de que todos sus estudiantes mueran como si fueran simples presas de una cacería es desconcertante. Sakonji ha tenido que soportar muchas pérdidas, y para este punto, el pilar del agua probablemente sea su último estudiante. Duda que tenga otro... al menos no tan pronto.

—¿Soy yo o nuestra respiración es la que menos formas tiene? —murmuró Zenitsu, recordando que su estilo solo cuenta con seis formas.

—Y, aun así, es más que suficiente —bufó Kaigaku, mostrando un orgullo apenas disimulado.

—¿Tan fuerte como una marea? —Managi ladeó la cabeza, colocando un dedo sobre su mentón—. La fuerza de esta depende mucho del tiempo y de los caprichos del mar. A veces puede ser muy fuerte, otras demasiado débil, y otras es simplemente normal...

—¿O sea que es fuerte? —preguntó el chico de manos temblorosas—. Pensaba que era de los más débiles...

—¿Lo dices porque usa una respiración que representa al agua? —Managi lo cuestionó, cruzándose de brazos con cierta indignación.

—N-no —negó rápidamente el chico, tratando de corregir su aparente ofensa—. Es solo que parece tan depresivo que creía que no tenía ganas ni de ser un pilar.

—Bueno, eso no lo niego —admitió Managi, relajando sus brazos—. Bah, seguro las escenas que se muestran aquí muestran a alguien que recibió un tremendo desarrollo de personaje.

—¿Desarrollo de qué?

—Sí, solo falta que todos lo odien para terminar como postre —sonrió Managi, encogiéndose de hombros—. Sí, lo sé, soy un poco venenoso al decir eso, ¿no es así?

—Venenoso, y una mala persona, sí —intervino Nakime, opinando sobre el artista de los jarrones.

—¿Marca de cazador? —preguntó Hakuji, frunciendo ligeramente el ceño—. ¿Así se llaman esos tatuajes raros?

—Ahora me entró la curiosidad —admitió Keizo, observando la marca con interés—. ¿Cómo aparecen así de repente?

—Parecen marcas de nacimiento —opinó Koyuki, observando la aparición repentina de la marca—. O tal vez no tanto...

—Para haber sufrido tanto en la vida, ha logrado dedicar su existencia al bien —dijo el padre de Dōma, alabando el camino que ese joven había escogido.

—Otros ya se habrían desviado del camino, es cierto —asintió la esposa, concediéndole la razón a su marido—... aunque su labor es bastante complicada. Podría morir en cualquier momento.

Dōma sonrió, recordando lo que pensaba sobre el pilar del agua. Sin duda, seguía llevando esa expresión de culpabilidad por la muerte de un ser querido. Esa carga era común en todas las personas, fueran sus devotos o no.

Lo habitual en aquellos que se culpan a sí mismos por estas tragedias es que queden atrapados en un '¿y si hubiera...?'. Se expresan con el típico 'debí haber muerto yo y no él'. Es un pensamiento tan patético y poco práctico que les impide vivir en el presente.

Todos ellos son lamentables, pero ese pilar parecía haber superado, aunque fuera un poco, esa forma de pensar. Daba todo de sí para acabar con los demonios. Aunque, seguramente, aún albergaba tremendas ganas de morir para 'reunirse' con sus seres queridos en el más allá.

Pobre criatura, pensando que el cielo existe...

Aunque... solo te advierto algo, pilar —Dōma relajó un poco su expresión serena, alineando ligeramente sus cejas—... aquellos que desean la muerte son los desgraciados que sobreviven al final de todo.

Sí, estaba seguro de que ese pilar, de entre todos los que habían aparecido y aparecerían, sería uno de los pocos que lograrían ver la luz del día en el futuro.

—Iugh —Ume hizo una mueca de asco—... esos dos patrones de haori no combinan para nada.

Gyūtarō asintió, dándole la razón a su hermana, aunque no compartiera su opinión. No es que no pudiera reconocer si algo era feo o bonito, pero si lo usaba, debía de ser por alguna razón.

Magare, anteriormente, no había mostrado el menor interés por el pilar del agua. Sin embargo, eso cambió al escuchar acerca de la marca de cazador. Hasta ahora, aquellos que habían vencido a una luna superior no parecían haber manifestado tal cosa...

No... el pilar de la niebla sí parecía haberlo hecho...

Pero, ¿Qué es exactamente? ¿Es importante? ¿Es una especie de potenciador que les da ventaja sobre los demonios?

Tal vez esa haya sido la clave para que lograran equipararse a un grupo de demonios de élite que han permanecido invictos por más de un siglo. Si la fuerza de los pilares hubiera sido igual en todas las épocas, eso significaría que las lunas superiores no deberían haber tenido un siglo lleno de victorias.

Probablemente esta generación sea la más 'poderosa', y eso se deba a esas marcas... No... eso sería demasiado ridículo y conveniente.

Debe haber otra razón, una que no ha considerado aún, como la presencia de un nuevo usuario de la respiración solar o una estrategia diferente empleada por los líderes del cuerpo de cazadores...

Maldecía a los cazadores de demonios, quienes le daban dolores de cabeza aun cuando ni siquiera era un demonio. Si tan solo hubiera una forma de evitar su creación, erradicando sus orígenes desde la raíz...

[Sanemi Shinazugawa]

«Como un tifón me llevó todo lo que tengo delante»

«En desesperación, sé que hago que un Oni se muerda los dientes»

«La Respiración del viento es el lamento de mi oponente»

«Vaa suceder una masacre al ver el mundo transparente»

Así que el mundo transparente —Michikatsu esbozó una sonrisa sutil, dejando escapar una ligera risa al ver nuevamente a su versión demoniaca—. Felicidades, Pilar, ahora ves el mundo de la misma manera que yo.

Por un instante, se sintió agradecido. Una batalla en la que él tuviera acceso al mundo transparente mientras sus oponentes no, sería injusta. Aunque, para ser sincero, esta pelea ya le parecía injusta desde el principio; esperaba enfrentarse a sus enemigos uno a uno, pero esta vez, los tres habían decidido atacarlo al unísono.

Tres Pilares marcados, probablemente con acceso al mundo transparente, luchando contra su versión demoniaca...

Sí, ahora puede decir que es un combate justo. Una contienda digna de su disfrute...

Aunque al final harán trampa —pensó el Pilar de la Luna, recordando cómo su versión demoniaca quedó atrapada entre las raíces de un árbol—... y mi descendiente eligió su propio camino...

También estaba el hecho de que el Pilar de la Niebla había logrado teñir su espada de un color carmesí, decidiendo heredar la voluntad de Yorīchi en lugar de la suya. Lo cual era una verdadera lástima...

Yorīchi, por su parte, centró su atención en la versión demoniaca de su hermano, considerando que las probabilidades de victoria de los cazadores habían aumentado con la llegada del Pilar del Viento. Ahora, los Pilares de la Niebla y la Roca podían unir fuerzas con él.

Los tres, posiblemente, estuvieran marcados y podrían desarrollar el mundo transparente con suficiente concentración. Su hermano, aunque hubiera aumentado su poder como demonio a lo largo de los años, no podría resistir mucho frente a la voluntad indomable de la humanidad.

Una voluntad que parecía haber olvidado...

—¿Mundo transparente? —Jigorō refunfuñó ligeramente—... ¿es algo relacionado con esa marca?

—Realmente, ese tipo tiene cara de loco —comentó Zenitsu, aterrado por la expresión del Pilar del Viento—... además, seguro es un roba mujeres.

No sabía de dónde sacó esa afirmación, pero tenía la impresión de que así era. Sabía que estaba mal juzgar por las apariencias, pero, ¿Qué podía decir? ¡Era evidente!

—Creo que simplemente está enojado —opinó Kaigaku, observando la reacción del Pilar frente a la Primera Luna Superior—... aunque sí, es un loco.

Si alguien se enfrenta tú a tú con ese monstruo, es porque no tiene instinto de supervivencia y solo quiere demostrar cuán imprudente puede ser una persona. Eso ya no es valentía, es pura falta de cordura.

—Ese tipo... —Ume abrazó a Gyūtarō, asustada por la expresión del Hashira del Viento—... es un loco. Un loco bastante atractivo.

Gyūtarō profirió un pequeño sonido de comprensión, entendiendo que el enojo de ese sujeto era el de un hermano mayor. Quién lo diría, además de tener cara de cobrador, es un familiar bastante vengativo.

Siendo sincero, le caía bien.

Espera... ¿Ume dijo que era atractivo? Ahora le caía mal.

—¡Qué genial! —exclamó Hakuji, con un pequeño brillo en sus ojos.

—¿Mundo transparente? —Keizo se rascó la nuca, tratando de comprender a qué se refería—. Parece que los términos se vuelven cada vez más confusos...

Koyuki asintió, dándole la razón a su padre.

—Para tener ese semblante, es un guerrero valeroso —admitió el padre de Dōma, meditando ligeramente—... aunque creo que debería bañarse más seguido. Debe cuidar muy bien esos cabellos blancos tan únicos.

—La verdad, yo creo que se ve genial —opinó la madre de Dōma, encogiéndose de hombros—... y algo sexy, a decir verdad.

Este tiene cara de haber enterrado a toda su familia —pensó Dōma, sonriendo ante el comportamiento mostrado por el Pilar—... este también sobrevive. Sería una completa pena darle el gusto de 'reunirse' con ellos.

—¿Por qué dice que hace que un demonio rechine los dientes? —preguntó Managi, arqueando ligeramente una ceja—... acaso... no, no creo.

—¿Qué pensaste? —inquirió Nakime, interesada en esa parte también.

—Creo que mi secuaz también pensó lo mismo que yo —respondió Managi, señalando al chico a su lado—. Pregúntale a él, quizás así deje de temblar.

—¿Por qué tiemblas? —Nakime cuestionó al chico, quien la miró asustado—... no tienes que responder si no quieres.

—... ese tipo... ese tipo es un loco que se deja herir para provocar a los demonios.

—En efecto, damas y caballeros. Es un loco —declaró Managi, aplaudiendo ligeramente.

Gracias por confirmar algo que ya se sabía, mocoso inútil —gruñó Magare, asqueado por la presencia del Pilar del Viento en el combate de la Primera Luna Superior.

No es que subestime a la Primera Luna Superior ni al criterio del Rey Demonio, pero eso claramente es un problema. No importa cuán fuerte sea ese tipo si siguen viniendo nuevas molestias a cada rato.

Si tan solo hubiera matado al Pilar de la Niebla en lugar de proponerle ser un demonio...

¡Este problema no estaría en discusión!

Lo peor de todo es que esto confirma que los Pilares son unos cobardes, recurriendo a la trampa de enviar a tres cazadores de élite para combatir a un solo demonio. Solo falta que se una ese chico que es usuario de la Respiración Solar para que todo se vaya al diablo.

[Kokushibō]

«Pueden venir todos los Hashiras a la vez»

«Rápidamente me voy a regenerar»

«La respiración que desarrollé»

«Me da 16 formas para poderte matar»

Yorīchi observó la pantalla con una expresión compasiva, bajando ligeramente la cabeza para evitar ver a su hermano en ese estado. Parte de la iluminación que solía irradiar se apagó, dejando que su rostro quedara parcialmente oculto en una ligera oscuridad.

Él nunca se ha caracterizado por mostrar emociones, no porque no las sienta, sino porque su rostro siempre permanece, por lo general, en una expresión impasible. Muy pocas veces se ha roto este semblante, y podría contarlas con los dedos de una mano.

La más reciente fue cuando su esposa, Uta, murió por culpa de los demonios. Recuerda haber abrazado su cuerpo frío durante días, hasta que Rengoku lo encontró y lo llevó a la cofradía, donde se propuso enseñar a todos una forma más eficiente de erradicar a los demonios.

Pero... ver a su hermano convertido en uno de ellos.

Lo entristece profundamente, claro que sí; ha vuelto a perder a un ser querido, su único hermano, alguien de su familia...

Sin embargo, también sentía odio.

Michikatsu —Yorīchi volvió a mirar la pantalla, encontrándose nuevamente con la versión demoníaca de su hermano—. ¿Qué te pasó?

Su hermano, aunque algo tosco, era una persona amable. Su sonrisa y su flauta siempre lo habían acompañado desde que escapó de casa.

Recuerda que, cuando eran niños, Michikatsu lo protegía de los golpes de su padre. No estaba obligado a hacerlo, pero lo hizo.

Trató de animarlo, regalándole una flauta.

A pesar de que prefería entrenar y hablar de espadas, jugaba a la cometa con él. Rememora cómo reía cuando se veía obligado a desenredar la cuerda que se enredaba en su cabello.

¿Cómo es que alguien así puede terminar siendo un demonio?

No solo es eso... ¿abandonó a su familia? ¿A su esposa e hijos?

No lo comprende... ese no es el Michikatsu que conocía.

Sabe que ya no son niños, que ambos tuvieron vidas diferentes y, sobre todo, que sus experiencias fueron distintas, pero... ¿realmente cambió para mal?

La pura sonrisa de Michikatsu, la que tanto atesoraba en sus recuerdos, ha sido corrompida...

No... todavía hay salvación. Para evitar que su hermano se hunda completamente en la oscuridad, solo necesita hacer una cosa.

Lo mataré —decretó Yorīchi, recordando la figura sombría de ojos carmesí que representaba al rey de los demonios—. Mientras pueda respirar, juro que te destruiré. Te exterminaré y te borraré por completo de la historia. No quedará ni un solo rastro de tu existencia.

Michikatsu se sorprendió del aura de muerte que emanaba de su hermano, encontrándose asustado y, sobre todo, preocupado de que ese instinto asesino se dirigiera hacia él. Sabe que debería temer que su hermano decida acabar con él por considerarlo un traidor, pero, si es franco, parece que ha valido la pena.

Han pasado más de 400 años desde su conversión. Su muerte como Michikatsu solo reafirmó su debilidad como humano. Si no había otra salida a la maldición, entonces aceptaría gustoso cometer el pecado de entregar su alma al mismísimo demonio.

Kokushibō, a diferencia de él, no tiene menos posturas que su hermano, tiene más.

Kokushibō, a diferencia de él y Yorīchi, no puede morir por la maldición de la marca ni por vejez; es longevamente inmortal.

Kokushibō, a diferencia de ellos, cuenta con una eternidad para pulir sus habilidades y, sobre todo, para ver cómo avanzan las siguientes generaciones.

Kokushibō es lo que siempre ha querido, no, lo que siempre debió ser. Un ser superior a todo humano...

Pero... todavía se siente débil e incapaz de alcanzar el brillo de su hermano, y no sabe por qué.

¿Por qué? ¿Qué es lo que le falta para alcanzar a Yorīchi?

Su hermano nació con una marca que le permitía ver a través de los humanos y eso le daba poder, y él también la consiguió.

Su hermano contaba con un cuerpo perfecto, que superaba con creces a cualquier humano, y Kokushibō lo consiguió.

Su hermano creó y desarrolló la respiración original, teniendo más posturas que cualquiera de las derivadas, y Kokushibō las superó.

Como demonio, logró obtener lo mismo que hacía especial a Yorīchi: un cuerpo que lo convertía en el guerrero perfecto, una respiración extremadamente poderosa y letal, una marca que potenciaba sus capacidades y le permitía acceder al mundo transparente.

Lo tiene todo...

¿Qué le falta? ¿Acaso está destinado a fracasar?

No... él no puede fallar en ser como su hermano. Ha sacrificado tantas cosas... solo para ser como Yorīchi.

No puede simplemente echarse para atrás, debe seguir avanzando y matando a todo aquel que se interponga en su camino.

Porque mientras siga vivo —Michikatsu entrecerró los ojos, imaginándose a sí mismo alejándose de la familia que había formado—, puedo ganar.

Sí, porque esa ha sido su resolución todo este tiempo.

Dōma sonrió al ver el silencio de los dos hermanos, considerándolo ligeramente entretenido. No sentía nada, así que no podía decir que experimentara placer ante la desgracia ajena, pero podía admitir que ver sufrir a otros era más interesante que verlos felices.

Aunque... aquí, quien parecía sufrir más era el de ropajes rojizos, mientras que el de kimono morado, aunque emitía un aire de resignación, parecía dispuesto a aceptar su destino. Tampoco es que su futuro fuera tan malo; convertirse en una criatura que devora humanos a cambio de una falsa eternidad en vida podría resultar tentador para muchos.

Es una lástima que esa longevidad sea solo una ilusión que se derrumbará cuando menos se lo espere. Oh, cómo le gustaría ver cómo crece la desesperanza y la desesperación en ese hombre en su momento final.

Ya podía imaginarlo, llamando a su hermano con desesperación mientras se preguntaba por qué su vida no había valido nada. Y es que, amigo mío, la vida no tiene valor intrínseco; son los patéticos humanos quienes le otorgan uno.

De hecho, hasta podría decir que el usuario de la respiración solar vivió pensando lo mismo, atormentándose al repetirse una y otra vez que era un hombre sin valor.

Vaya, quién lo diría... esos dos hermanos son bastante divertidos.

A pesar de no sentir nada, Dōma podía admitir que eran un buen entretenimiento de medio tiempo.

—Vaya... —el padre de Dōma abrió los ojos, sorprendido por la presencia de la primera luna superior—. Es... diferente a los otros demonios.

No sabía por qué, y de hecho se negaba a reconocerlo, pero ese demonio emitía una cierta majestuosidad, y su porte era el de un honrado y orgulloso guerrero. Era como ver a un ser de leyenda caminando por la tierra de los mortales.

Pero no lo es. Es un demonio, una criatura que subsiste devorando carne humana y acabando con innumerables personas solo por su egoísmo. Un ser así no merece tener ese porte, ni mucho menos compartir majestuosidad con su presencia.

—Hasta entre perros hay razas, querido —dijo la madre de Dōma, alzando ligeramente su dedo para tocarse el labio superior—. Esos cazadores lo aprenderán a la mala, lamentablemente.

—Ya hay una primera baja —dijo Keizo, observando al chico de aspecto desaliñado desplomado en el suelo—. Aunque es entendible por qué, desde el inicio, fue la primera luna superior.

La verdad, es un poco triste, y hasta desesperanzador, que el hermano del respirador original se haya pasado al bando de los demonios. El rey demonio ahora tenía en sus filas a un ser con todas las capacidades y habilidades de un cazador de élite, y, sobre todo, con un poder extremadamente alto al ser el segundo más fuerte de su época.

—Pobre chico —susurró Koyuki, observando al cazador tendido en el suelo—. Fue abatido de un solo ataque.

Hakuji gruñó, sintiendo cómo su sangre hervía de rabia. No tenía nada en contra del espadachín de la era Sengoku, pero verlo convertido en un demonio lo enfurecía. Odiaba la idea de que alguien tan fuerte hubiera elegido un camino de destrucción y matanza contra la humanidad.

Alguien con ese poder tenía todo para proteger a quienes amaba y a los débiles; no entendía cómo alguien podría elegir usar ese poder para acabar con la vida de otros y traer desdicha a los indefensos.

No tenía sentido para él.

—Es un monstruo —refunfuñó Jigorō, impactado por el poder del demonio—. No se parece a nada que haya visto antes...

Es evidente que su poder estaba fuera de toda escala comparativa en los registros. Normalmente, se estipula que una luna superior equivale a dos pilares o más, pero esta criatura, salida del infierno mismo, ponía en tela de juicio todo lo que sabían sobre los demonios.

Es inaudito que exista un ser así. Sabía que habían existido cazadores de demonios que habían sucumbido y traicionado a la cofradía, pero normalmente estos no duraban mucho y terminaban muriendo antes de llegar a ser lunas inferiores, siquiera.

Pero ese hombre... el hermano del respirador original y uno de los pilares más fuertes de la historia...

Un demonio con una respiración de 16 posturas... —pensó, tragando en seco—. Eso es algo que nunca creí posible.

¿Cómo se derrota a esa cosa?

El pilar de la roca, el del viento, el de la niebla... todos ellos realmente la tienen difícil frente a un oponente tan mortífero.

—¡Nos matarán a todos! ¡Nos matarán a todos! —gritó Zenitsu, agitando sus brazos con desesperación—. ¡Nos destruirán a todos! ¡Nos destruirán a todos!

—... —Kaigaku abrió los ojos con horror, soltando un grito ahogado—...

Para Kaigaku, la muerte no sonaba tan mal ahora.

¡No! ¿Qué demonios estoy pensando? —se reprochó a sí mismo—. ¡Yo quiero vivir!

—Alumnos míos, tranquilícense —ordenó Jigorō, apretando su bastón con fuerza—. Deben mantener la compostura.

—¡Abuelito! ¡¿Es que no te das cuenta?! —Zenitsu volteó a ver a su abuelo, llorando con desesperanza—. ¡Ya valimos!

—No, ya valió madres —admitió Kaigaku, soltando un suspiro profundo—. No hay esperanza en ese futuro de mierda.

—Ay no, qué miedo, yo me voy —el chico de manos temblorosas tragó en seco, cubriéndose con sus brazos mientras temblaba—. Él es... es la muerte encarnada.

—No, mi estimado secuaz —Managi negó lentamente, volteándolo a ver y guiñándole un ojo—. Es solo lo que sucede cuando le das a alguien poderoso aún más poder... ¡Rompes la escala de poder!

—La muerte encarnada... —el niño lo ignoró, temblando en su lugar—. Shinigami.

Ume observó la escena, impactada, y comenzó a temblar también. Asintió, concordando con el chico de manos temblorosas. Esa criatura era la representación perfecta de la muerte: una entidad que te observa desde todos los ángulos, lista para cortar y purgar tu existencia.

Gyūtarō se rascó ligeramente la cabeza, provocando que un poco de caspa cayera. A pesar de ello, procuró que Ume no recibiera ni una pizca. Normalmente, no le interesaría en lo más mínimo el trasfondo de los demonios, pero...

¿Por qué ese tipo se transformó en un demonio? —se preguntó, rascándose un poco más—. ¿Acaso no se da cuenta de que está haciendo sufrir a su hermano?

—Es... —Nakime observó fijamente esos tres pares de ojos—... atrapante.

Su historia es trágica, pero también esclarecedora. La luna, en su afán de recibir un poco más de brillo del sol, dejó de lado quién era y olvidó lo que realmente importa. Al final, su historia es la de un hombre que, por su arrogancia, trató de alcanzar al sol sin saber que este lo quemaría por imprudente.

Es trágico para ambos lados, pero merecedor en parte. Es una historia... fascinante.

Y tampoco niega que esos tres pares de ojos sean hermosos a la vista.

Estás en desventaja numérica, idiota —Magare chasqueó los dientes, enfadado por la situación—. Tú provocaste esto al perdonar a tu descendiente. Mataste a un cazador, sí, pero permitiste que los otros tuvieran tiempo de acercarse.

Si es sincero, pensaba que los demonios más fuertes serían los que menos humanidad tuvieran. La sexta luna superior murió, seguramente, por compartir un vínculo familiar que evocaba debilidad. La quinta luna probablemente sucumbió por algo similar también.

No puede decir mucho de la segunda superior, pero si fue derrotada, debió de ser por algo. La tercera superior está limpia por ahora, pero ofrecerle ser un demonio a un pilar le dio una pequeña mancha, que, por suerte, no pasó a mayores.

En su opinión, la primera luna superior no debería tener ni una pizca de humanidad. Siendo el demonio más cercano al rey, debería tener un alma tan oscura que absorbiera toda la luz con su negrura.

Pero no...

Con su poder, podría haber exterminado al pilar de la niebla de un tajo, como hizo con ese cazador de aspecto de vándalo. Sin embargo, decidió perdonarlo y ofrecerle convertirse en un demonio. Esa decisión permitió que se unieran los pilares del viento y de la roca, salvando al de la niebla y provocando un combate desproporcionado.

Dices que puedes con todos los pilares al mismo tiempo, ¿no es así, Kokushibō? —Magare observó fijamente la pantalla, afilando su expresión con cada segundo que pasaba—. Demuéstralo. Los errores que cometiste no se pueden cambiar, pero sí se pueden reivindicar. Mátalos a todos, solo así tu equivocación será reparada.

Esa era la única forma en que la primera luna superior podría purgar su pecado de tener humanidad siendo el segundo demonio más poderoso.

Si queremos vivir, debemos pagar un precio —concluyó Magare, sintiendo cómo sus venas se marcaban en su frente—. Los pilares son el cimiento sobre el que construiremos nuestro futuro. Su muerte es necesaria para la victoria de los demonios... una victoria que debió llegar hace muchos siglos.

«Luna, luna, luna»

«Me convertí en una luna, luna, luna»

«Por envidia»

«Sangre derramada veo a mi alrededor»

«Me convertí en un ser superior»

«El sol y la luna se vuelven opuestos»

«Mi hermano, tu tiempo ya se acabó»

Yorīchi atenuó un poco su expresión sombría, pasando a una más confusa. No entendía a qué se refería su hermano con "envidia". Sabía que existía tal sentimiento, pero nunca lo había experimentado propiamente. Un pensamiento fugaz cruzó su mente: ¿podría ser que la razón por la que su hermano se corrompió fue la envidia?

Pero... ¿realmente ese sentimiento es tan venenoso? ¿Por qué su hermano sentiría envidia?

¡Él es alguien admirable! No tiene nada que envidiar.

Aunque...

—¿Opuestos? —Yorīchi murmuró, volteando a ver a Michikatsu—. No quiero ser tu opuesto, hermano.

Michikatsu frunció el ceño, interpretando el comentario como una ironía o un deseo ingenuo de su hermano. Esa petición era imposible; habían sido opuestos desde el mismo día en que nacieron.

Al final del día, siempre fueron como espejos. Disfrutaron de la compañía del otro solo durante un breve intervalo de tiempo, un fugaz momento de gozo, porque es algo que debía suceder, debe suceder y sucederá. Pero no podía ser para siempre.

Así como Yorīchi fue bendecido por el sol, él se alzó por encima de todos los demás, esperando que el sol se pusiera para tomar su lugar. Yorīchi fue el más fuerte desde que nació, mientras que él se negó a ser su sombra, y en cambio, convirtió a todos los pilares de su generación en simples muñecos de entrenamiento.

Inútiles. Ninguno servía como rival, ni siquiera el pilar de la llama o del viento. Todos sucumbieron ante la abismal diferencia que los separaba de Yorīchi y perdieron ese espíritu que tanto caracteriza a un guerrero. Carecían de la terquedad necesaria para alcanzar lo imposible.

"Es imposible alcanzar el sol."

¿Y qué?

Él estaba decidido a hacerlo posible.

—Lo sé, Yorīchi, lo sé —respondió el pilar de la luna con resignación.

Jigorō apretó con más fuerza su bastón, fijando su mirada en el suelo. El bastón de madera comenzó a temblar, reflejando el estremecimiento del viejo pilar. Jamás había pensado que, en toda su vida, la única alternativa que se le cruzaría por la mente sería rezar a todos los dioses habidos y por haber para que los cazadores pudieran alcanzar la victoria.

Maldita sea —el anciano sudó frío mientras volvía a mirar la pantalla—. Si esta es la presión que ejerce la primera luna superior... ¿cómo será su rey?

Kokushibō, el segundo demonio más poderoso, era el ejecutor predilecto del padre de todos los demonios. Pero seguramente no representaba ni una décima parte del poder del monarca de esas criaturas.

—¿Por qué tiene que ser nuestra generación la que se enfrente a ese monstruo? —Zenitsu se agarró el cabello con fuerza, tratando de ocultar su llanto al bajar la mirada al suelo—. ¡Es imposible sobrevivir a esa cosa!

—Fuimos malditos con mala suerte —refunfuñó Kaigaku, coincidiendo con Zenitsu—. Si tan solo se hubiera esperado unos 100 años más...

El padre de Dōma sintió un escalofrío, removiéndose en su asiento. Aunque la primera luna superior irradiaba majestuosidad, también emanaba una presión oscura que hacía que su corazón latiera con rapidez. De hecho, ni siquiera sabía por qué seguía consciente; tal vez se estaba volviendo loco...

—Oye, ¿crees que asuste a los niños? —preguntó la esposa del hombre, susurrándole al oído—. Nuestro hijo no parece estar muy afectado, la verdad.

—¿A los niños? —el líder del culto repitió, recordando la pesadez que había sentido hace unos momentos—. Les dará pesadillas a los padres.

—¡Exactamente! —exclamó Managi, sonriendo mientras posaba las manos en sus caderas—. ¡He visto cosas mucho más asquerosas! ¡Y estoy fresco como una lechuga!

—¿Y el niño a tu lado? —la madre de Dōma señaló al chico de actitud cobarde, preocupándose un poco por su sanidad mental—. ¿No crees que se puede desmayar del miedo?

—¡No, mi secuaz no es un cobarde! —exclamó Managi, bufando y cruzándose de brazos—. Podrá ser mentiroso, puerco, llorón, cobarde, idiota, pero nunca una estrella de shunga.

La madre de Dōma parpadeó ante tal respuesta, tosiendo para ocultar su sonrojo, y decidió terminar la conversación.

—¿Alguien dijo shunga? —el esposo de la mujer se reincorporó, moviendo la cabeza en todas direcciones—. Digo, ¡los niños son fuertes!

—Claro que somos fuertes, no necesitamos su compasión —gruñó Gyūtarō, devolviendo el abrazo que Ume le estaba dando.

—¡Sí! ¡Somos fuertes! —exclamó Ume, apretando a su hermano con fuerza mientras temblaba—... mientras te tenga a ti, soy fuerte...

—No soy un niño —dijo Hakuji encogiéndose de hombros, intentando ocultar los ligeros estremecimientos que recorrían su cuerpo—. Aunque, admito que sí da un poco de miedo.

Keizo negó lentamente con la cabeza, cubriendo los ojos de su hija para evitar que su frágil corazón comenzara a latir descontroladamente, provocando que se desmayara y tuvieran que atenderla de inmediato. Siendo sincero, no pensó que la escena sería tan impactante, pero la mera presencia de ese demonio podría hacer perder la cordura a cualquiera...

De hecho, se preguntaba por qué nadie allí había perdido el conocimiento. Ahora dudaba de la normalidad de algunas personas y, en parte, se preocupaba por la cordura y la estabilidad mental de la otra mitad.

—¿Padre? —preguntó Koyuki, sintiendo las temblorosas manos de su progenitor—. ¿Estás bien?

—Sí, hija mía... todo está bien, todo está bien.

—Sí, solo nos preguntábamos cuántos cazadores podría matar ese monstruo —añadió Hakuji, apoyando a su maestro con una rápida excusa—. Por eso tiembla, por la respuesta que se le ocurrió.

—Oh... ¿y cuántos son?

Todos, mocosa —respondió Magare mentalmente con fiereza, entrecerrando los ojos—... que vengan todos. Es más, que hagan fila, así será más rápido.

Sí, ese es el nivel que debería tener el demonio que está justo debajo del rey. Cometió uno, tal vez dos deslices, pero corregirá esos errores al acabar con todos los pilares. Esas muertes serán los cimientos sobre los que los demonios podrán campar a sus anchas, sin obstáculos que interfieran en su existencia.

Ahora que lo pienso... su historia se parece a la de la diosa Amaterasu y el dios Tsukuyomi —pensó Nakime, recordando la leyenda de las deidades—... dos hermanos que, por ciertas circunstancias, se separaron, eligiendo caminos opuestos para nunca volver a verse.

De esa forma se creó el ciclo del día y la noche... con las deidades de los astros del cielo distanciándose, pero manteniendo una conexión invisible. Estos hermanos parecen seguir un hilo similar.

Aunque... eso implicaría que ambos son pareja y...

Una pequeña línea de sangre recorrió la fosa nasal de Nakime, quien rápidamente la limpió. Su mente había cometido una imprudencia, imaginando una escena ligeramente (extremadamente) erótica entre los dos cazadores de demonios.

—Lo mejor será ignorar ese detalle... —murmuró para sí misma, sacudiendo la cabeza para despejar los pensamientos inapropiados.

[Yorīchi]

«Yo desarrollé una forma de respiración»

«Para acabar con toda la oscuridad»

«Soy el sol que brilla en la inmensidad»

Michikatsu frunció el ceño al observar a su hermano transmitir la respiración solar. Como siempre, Yorīchi parecía un espíritu descendido al mundo mortal para aplacar la oscuridad. Era una lástima tener que legar una técnica casi divina a... un bebé.

O a su familia...

La verdad es que no entendía qué tenían de especial esos individuos, siendo capaces de dominar el aliento madre. Incluso él, un espadachín hábil y talentoso, no pudo lograrlo. Sus compañeros, cazadores de demonios cuya pericia los había ayudado a sobrevivir en su cruzada incluso cuando no tenían las respiraciones a su disposición, tampoco lo consiguieron.

¿Y ellos sí?

¿Qué eran ellos? ¿Acaso poseían una habilidad única?

¿O es que, indirectamente, eran familiares de su linaje?

No lo comprendía... y eso le frustraba.

Aunque también le enojaba ver a Yorīchi llorar, tan vulnerable...

Eso no es importante —Michikatsu se dijo, intentando alejar esos pensamientos de su mente—... Así que ese es el rey demonio, ¿eh?

A pesar de que la imagen apareció por menos de un segundo, logró captarla gracias a su aguda visión. Era abrumador; en su vida jamás había visto a un demonio tan mortífero y biológicamente diseñado para cazar humanos como ese.

Era un monstruo... la segunda criatura más fuerte que había presenciado...

¿Es a ese hombre a quien tendría que rendirle cuentas si se convirtiera en demonio?

Supongo que no sería muy diferente a cuando era samurái, servir a un señor de la guerra —pensó Michikatsu, entrecerrando los ojos—... Creo.

Yorīchi observaba la escena con cierta tristeza, ignorando parte de la letra de la canción. No es que no le importara, pero el video captaba más su atención. Sin embargo, su mirada se oscureció al ver al rey de los demonios.

Apretó los puños, sintiendo cómo su furia crecía. Ese maldito era el responsable de gran parte de los males del mundo, deseando superar a toda vida existente solo porque creía tener el derecho y el poder para hacerlo.

Se maldecía a sí mismo por no haber podido exterminarlo en ese futuro, siendo en gran parte responsable de la conversión de su hermano, la creación de las lunas inferiores y superiores, y de que los demonios siguieran existiendo.

Ciertamente, quería traspasar su legado con sus respiraciones, y el hecho de que se le permitiera transmitir el aliento solar le agradaba. Sin embargo, odiaba que los demonios permanecieran. La mera idea de que ese bebé, su familia o sus descendientes pudieran estar en peligro solo por su incompetencia, le mortificaba.

Kibutsuji Muzan —Yorīchi clavó su mirada en la pantalla, memorizando cada detalle del aspecto de ese hombre—... Serás exterminado.

En este momento, su única misión en la vida era cazar al progenitor de todos los demonios. No le importaba cuánto tiempo le tomara o lo difícil que fuera. Lo haría, sin importar los obstáculos que se le presentaran o los demonios que tuviera que destruir para llegar a él.

Magare sintió un nudo en el pecho, comenzando a escuchar los latidos de su frágil corazón. Su respiración se volvió pesada, como si sus instintos de supervivencia se activaran de repente.

No sabía por qué, pero quería ignorar esa sensación. Lo único que le consolaba en esos momentos era el pequeño vistazo al rey de los demonios. Y, en parte, podía decir que suspiraría aliviado al final. Era un ser perfecto en todos los sentidos, teniendo todo lo necesario para acabar con la cofradía sin esfuerzo alguno.

Si se convertía endemonio y él era su rey, mientras no se dejará cazar por los cazadores de demonios, podría considerarse a salvo y lejos de las puertas de la muerte.

«Usaré la fuerza que tengo en mis manos»

«Incluso si no pude derrotarte»

Magare abrió los ojos, asustado por lo que veía. En su mente acababa de visualizar algo incomprensible y completamente ilógico. Un hombre, un simple humano, un ser inferior... ¡había tendido en el suelo a Muzan Kibutsuji!

Un ser perfecto, derrotado por un espadachín ordinario.

No, no era solo eso...

La letra de la canción dejaba claro que no había logrado derrotarlo completamente, pero... ¿entonces por qué estaba en el suelo?

No podía ver la expresión del rey demonio debido a la mancha de sangre que la cubría, pero por la posición de sus manos, podía deducir que le habían cortado el cuello y que estaba desesperadamente intentando mantenerlo unido. Se aferraba a la vida con todas sus fuerzas.

Magare lo comprendía... sabía lo que se sentía.

Ese hombre... ese hombre no era un simple humano... ¡era un monstruo!

Debemos dispersarnos, ocultarnos y no aparecer hasta que ese maldito esperpento esté muerto —gruñó Magare, ignorando el pesado latido de su corazón—. Después, podremos dedicarnos a cazar y eliminar todo rastro de su legado.

Con razón los usuarios de la respiración solar eran tan peligrosos; eran humanos con un potencial similar a ese hombre. Todos debían ser erradicados, borrados de la existencia. No solo ellos, sino también sus familiares, sus linajes, sus familias compartidas.

Cualquier forma de transmitir el legado de ese hombre era una amenaza que debía ser extirpada de raíz.

Yorīchi gruñó levemente mientras veía el video con desagrado. Normalmente, le habría llenado de satisfacción ver a esa criatura yaciendo en el suelo, desesperada por sobrevivir y mostrando su verdadera naturaleza.

Pero no...

El rey demonio no era una criatura de pura oscuridad, cuyo objetivo era hacer el mal porque sí. No, claro que no. No conocía sus verdaderas razones, pero ahora era consciente de su propia naturaleza.

Era un cobarde... una rata rastrera que se escondía y solo salía cuando creía tener la ventaja. Cuando se encontraba con alguien más fuerte que él, permanecía callado y a la expectativa, todo para sobrevivir.

Era una criatura patética e idiota, un ridículo inmaduro que, por capricho del azar, había obtenido el poder suficiente para compensar su debilidad. Un maldito pusilánime con complejo de inferioridad que solo se había dedicado a desgraciar la vida de los humanos por más de un siglo.

Ni siquiera podía llamarlo o considerarlo un 'monstruo'. De hecho, le gustaría decir que el rey demonio moriría solo como la escoria que era, pero esa era una gran ironía, porque ni siquiera por su mano moriría y seguramente se llevaría a todos los demonios con él.

Lo peor de todo era que, por su incompetencia, la tierra había tenido que soportar a ese ser por más siglos de los que debería...

Discúlpenme —suspiró Yorīchi después de desahogarse en sus pensamientos, suavizando su expresión a una más compasiva—. Perdónenme por ser un inútil. Solo soy una persona que falló en todo lo que se propuso. Un hombre sin valor...

Michikatsu observó la escena con confusión, centrando su atención en lo poco que podía ver de Muzan Kibutsuji. Lo que veía no concordaba con lo que escuchaba, siendo evidente que su hermano había derrotado a ese hombre.

No... no solo lo derrotó, lo apalizó y lo humilló.

Desde su posición, podía sentir el desconcierto que invadía a ese demonio por haber sido derrotado de esa forma. La postura de sus brazos revelaba la desesperación y el terror que lo consumían al encontrarse tendido en el suelo.

A merced de Yorīchi...

No había forma lógica de que pudiera ganarle o escapar... su hermano era lo suficientemente rápido para acabar con esto de un solo tajo.

A menos que...

No —Michikatsu descartó ese pensamiento rápidamente—. Por más bondadoso que sea, no es ingenuo. No pudo haberle dado una oportunidad... simplemente, no.

Quería creer que su hermano no era tan compasivo como para ofrecerle unas últimas palabras, ni tan arrogante como para exigir explicaciones a alguien que claramente no las daría.

¿A quién engaño...? Claro que lo hará —suspiró Michikatsu pesadamente, tocándose ligeramente la frente—. Supongo que al menos sobreviví gracias a tus equivocaciones...

—Ha dejado en el suelo al rey de los demonios —dijo Jigorō, abriendo los ojos y la boca en una expresión de asombro—. Ha derrotado a Muzan Kibutsuji.

—Entonces, ¿Cómo es que perdió? —preguntó Zenitsu, girando la cabeza para mirar a su abuelo—. Si lo derrotó y está a punto de morir, ¿Cómo se salvó?

—Creo que es obvio que escapó —Kaigaku rodó los ojos, reconociendo lo evidente—. Seguramente utilizó cualquier medio para huir.

—¡Pero si estaba en el suelo! —insistió Zenitsu, incrédulo.

—¿Y tú crees que alguien que está a un paso del infierno se quedaría quieto, esperando a que lo maten? —Kaigaku alzó una ceja, ofendido por la ingenuidad de Zenitsu—. No importa quién seas, todos trataríamos de escapar, aunque tengamos que sacrificar nuestro orgullo.

—¡Cobarde! —siseó Zenitsu, mirando con desprecio al rey demonio en la pantalla—. Sé que sueno hipócrita, ¡pero es un cobarde!

Ya iba a decir "quién fue a hablar" —pensó Kaigaku, bufando ante lo irónico del comentario—. Aunque no puedo negarlo... yo haría lo mismo.

—Pensar que la guerra pudo haber terminado hace más de 400 años —Jigorō negó con la cabeza, frustrado—. Qué cobarde.

Maestro, no es por ofender, pero nadie con sentido común aceptaría la muerte —pensó Kaigaku, respondiéndole mentalmente a su instructor—. Ya sea sacrificando el ego o el orgullo, vivir siempre será la prioridad.

—Vaya, lo dejó en el suelo —dijo Ume, sorprendida por lo que veía—. ¿No era su cabello blanco antes?

Gyūtarō sonrió al ver al padre de todos los demonios sosteniéndose el cuello con vehemencia. Había presenciado ese comportamiento muchas veces: presionando el corte para mantener la cabeza en su lugar y evitar que la sangre salpique.

Es un milagro que no haya muerto en el acto, o bueno, eso diría si se tratara de una persona y no de un demonio.

—Pfff —Managi trató de contener la risa, pero ligeras muecas forzosas se escaparon—. Ay, no...

El pequeño pescador comenzó a reír con fuerza, sosteniéndose el estómago por la intensidad de su carcajada.

—Ese tipo se encontró con alguien que casi lo manda al otro lado —continuó riendo—. Qué bueno, joder.

¿Podría decirse que Yorīchi se vino y Muzan se vino con él?

Nakime miró de reojo al hombre que le había provocado miedo desde que lo conoció, notando que estaba tan concentrado y enfadado que seguramente ignoraba el ruido de las risas del niño.

Supongo que no lo está escuchando —concluyó Nakime, suspirando aliviada—. Aunque, ¿por qué está tan enojado?

No lo comprendía. La caída del rey demonio era algo que toda la humanidad debería celebrar o, al menos, alegrarse de que los demonios ya no existieran en el mundo. Sabía que la oscuridad no desaparecería por completo, pero era un gran avance.

Entonces, ¿por qué estaba tan enojado? ¿Acaso él se beneficiaba de los demonios de alguna forma?

—¿Quién es el verdadero monstruo aquí? —se preguntó el chico de manos temblorosas, su cuerpo temblando más intensamente—. Es difícil saberlo...

—No comprendo —Hakuji se frotó la nuca, confundido por la reacción de Muzan—. ¿No se supone que los demonios tienen regeneración? ¿Por qué actúa de esa forma?

—Tal vez las heridas que le provocó ese hombre son tan letales que no pueden regenerarse —supuso Keizo, cubriendo los ojos de su hija—. Eso explicaría por qué parece temerle.

—¿Es tan así? —se preguntó Koyuki, reflexionando sobre la supuesta expresión del rey demonio—. ¿Está desesperado por vivir?

No lo comprendía. Si Muzan Kibutsuji valoraba tanto la vida y temía perderla, ¿por qué se la quitaba a los demás?

Pensaba que era un ser incapaz de ver lo valiosa que es la vida, pero si estaba desesperado por sobrevivir y se negaba a perecer... era porque comprendía lo que es estar en las puertas de la muerte.

Una persona así no debería arrebatar la vida a los demás; es absurdo. Al contrario, al entender lo que es estar cerca del final, debería valorar la vida aún más.

Es extraño... muy extraño.

Dōma rio ligeramente, encontrando divertida la escena. Ver al rey demonio, la supuesta criatura más fuerte, yacer en el suelo era placentero. Por sus movimientos, parecía estar retorciéndose y aferrándose a la vida con la poca voluntad que le quedaba.

Es... patéticamente adorable.

Pensar que Muzan Kibutsuji es solo un hombre acomplejado con morir, y que se siente amenazado al recordar su debilidad, mientras su potencial exterminador, a pesar de tener un poder único, permitió que su presa escapara, es bastante gracioso.

El rey demonio se aferra inútilmente a una vida carente de sentido, y el otro es tan bondadoso que su incompetencia brilla proporcionalmente con ello. Al final, sus propias debilidades tomaron control de ellos, como cualquier humano.

Ambos fallaron...

Y eso es lo más hermoso que he visto. Dos seres con un poder inmenso, pero que, al final del día, son simplemente humanos.

Patéticos humanos... no importa si yo también soy incluido en eso, todos somos criaturas tristes y desgraciadas.

—Dōma ha estado muy alegre desde que llegamos aquí, ¿no lo crees, anata? —preguntó la madre del niño, sonriendo ligeramente—. Hace mucho que no escuchaba una risa tan linda.

—¿Cómo no iba a reírse? —el padre soltó una pequeña carcajada, acompañando a su hijo—. Estamos presenciando una humillación, el rey demonio tendido en el suelo por el elegido de los dioses. Es una lástima que no lo haya matado.

—Querido, eso es desearle la muerte a alguien.

—¿Y? Es un demonio, no un humano. Todos aquellos que se atrevan a ir contra los dioses merecen irse al infierno.

—Supongo que es correcto.

«Mis enseñanzas pasaré»

«Juro que te cazaré»

«Mientras pueda respirar»

Yorīchi entrecerró los ojos, recordando los errores que ha cometido hasta ahora y los que cometerá en ese futuro. La pesadez que sentía en su cuerpo era comparable solo con el dolor de haber visto a su hermano transformarse en un demonio, y con la pérdida de su esposa e hijo.

Era horrible.

El sentimiento que lo embargaba en esos momentos era desolador...

Había fallado como esposo, como hermano, como cazador y...

En ese futuro... condené al mundo —susurró Yorīchi, entrecerrando aún más los ojos, tragándose todo ese dolor—. Pero en el futuro que yo formaré... no dejaré que te acerques a mi hermano, y, sobre todo, te exterminaré.

Siempre había odiado a los demonios, pero nunca había tenido una lucha personal con aquellos a los que decapitaba. Simplemente cumplía con su deber, desenvuelto en su responsabilidad. Por eso, tampoco intervenía en las misiones de sus compañeros, aunque supiera que podría terminar más rápido y asegurar la victoria.

Sin embargo...

Muzan Kibutsuji, el rey de los demonios, era diferente.

Él sería su presa... una presa que disfrutaría cazar.

Pero antes tendría que hacer una visita a su antigua casa. Al parecer, ahora había nuevos habitantes a los que deseaba conocer.

Michikatsu observó a su hermano, sintiendo una intensa sed de sangre. Se removió incómodo, consciente de que Yorīchi probablemente ahora estaba más que dispuesto a matar al rey de los demonios sin que su absurda personalidad bondadosa lo detuviera.

Eso era un problema, al menos para él. Si Yorīchi lo lograba, estaría condenado a morir por la marca de cazador a los veinticinco años, sin ninguna duda. Su única salvación era la longevidad eterna de los demonios, pero si le quitaban eso...

No sería más que otro humano...

Un humano que moriría joven, sin haber alcanzado su objetivo.

Así que los herederos del aliento madre son ellos —meditó Jigorō, reconociendo la similitud con el futuro usuario de la respiración solar—. El linaje de ese chico es importante. Si lo encontramos, podrían suceder cosas inesperadas.

Ciertamente, la familia de ese chico sería muy apreciada por la cofradía, pero si concentraban sus esfuerzos en rastrearlo, podrían alertar a los demonios. No quería ni imaginar lo que ocurriría si el rey de los demonios los encontrara primero...

Sí, era mejor esperar a que sucediera lo que debía suceder para que ese chico se uniera a los cazadores de demonios por voluntad propia. Por muy desagradable que sonara y las vidas humanas que se perdieran... tristemente.

El uso aparente de la respiración del agua me indica que fue encontrado por el discípulo de Sakonji-san —dedujo Jigorō, imaginando el posible encuentro—. Seguramente ocurrió un incidente relacionado con un demonio, y eso fue lo que motivó al chico a convertirse en cazador.

Si ese incidente no ocurriera o si fuera encontrado por otra persona, no quería imaginar los posibles escenarios desfavorables que podrían desencadenarse. Al final, lo mejor era que todo sucediera como debía ser...

—¿Tenemos alguna idea de dónde está, siquiera? —preguntó Zenitsu, mirando con cansancio la pantalla—. ¡Es solo una cabaña!

—Una cabaña aparentemente solitaria —reconoció Kaigaku, profiriendo un leve sonido de disgusto al recordar algo de su pasado—. ¿En un monte?

—Vaya, el antepasado del solecito es casi una copia de su descendiente... —comentó Managi, sorprendido por el parecido—. Aunque ese bebé tiene cara de idiota.

—¿Cara de idiota? —preguntó el chico de manos temblorosas, dejando de temblar por unos segundos—. ¿Por qué dices eso?

—Pues sí, ¿no le ves los ojos? —señaló Managi, abriendo dos dedos hasta formar una 'O'—. Literalmente tiene los ojos tan grandes como estos dedos...

—Creo que es solo perspectiva —admitió Nakime, suspirando ligeramente—. Porque los otros dos parecen tener una mirada similar.

—Pero ese ni tiene expresión —señaló Managi al Yorīchi en la pantalla, pasando luego al de al lado—. Y ese otro tiene cara de no saber qué decir.

—Qué lindos bebés —sonrió Koyuki, encantada al ver a los dos infantes—. Espero que crezcan sanos y fuertes.

—O que aumenten los números de la familia —sonrió Keizo, comprendiendo ligeramente la situación—. Cuando estás apartado, lo mejor es tener una familia numerosa y apacible.

—¿Viven cerca de una aldea, siquiera? —preguntó Hakuji, rascándose la nuca mientras veía solo árboles por todos lados—. Están en medio de la nada.

—Seguramente sí vivan cerca de una aldea —opinó la madre de Dōma, alzando ligeramente su dedo—. Es normal que aquellos que viven en los montes hagan ciertos recorridos para llegar a las aldeas para provisionarse o vender algunos materiales. Es poco común que no lo hagan.

—Sí, cerca de la aldea en la que vivimos hay muchos montes —asintió el esposo de la mujer, concordando con ella—. Es agradable recibir la visita de aquellos que viven en la naturaleza.

Quién lo diría, viven en una montaña —sonrió ligeramente Dōma, recordando al chico jabalí—. Dudo que fueran vecinos, pero, mira, son colegas de chicos de monte.

Bueno, al menos no deben soportar lo mierda que puede ser la gente a veces... —pensó Gyūtarō, recordando las miradas que recibía cuando era niño.

¿Cómo será vivir lejos de la gente? Sin recibir regalos o miradas de admiración —pensó Ume, mirando cabizbaja la escena.

Magare se aseguró de registrar cada detalle de la escena en su memoria, integrándola de forma vívida, aunque le resultara irritante hacerlo. Normalmente, no suele recordar a las personas o seres con los que se relaciona; son individuos sin importancia, de los que no vale la pena guardar memoria. Pero en este momento, toda esa familia estaba en su lista negra.

Vivían en un monte, en una cabaña alejada de la población. Seguramente contaban con una aldea cercana donde reponían o vendían lo que les permitía subsistir económicamente. Eran pobres. Solo una familia de miserables, o una muy desesperada por mantener su linaje, tendría más de un hijo en esas condiciones. Probablemente no poseían ni una sola moneda, y a pesar de ello, sobrevivían con la estúpida excusa del "amor familiar".

Desfachateces... pero mucho mejor para él. Con esa mentalidad, no se irían de ese lugar, sin importar cuántas generaciones pasaran. Tampoco creía que un miembro de la familia se separara de su grupo, no con esa mentalidad tan arraigada en la unidad y el apego familiar.

Solo bastaba un incidente demoníaco para acabar con la familia, esta vez, sin dejar sobrevivientes que pudieran representar un peligro en el futuro. Una vez eliminado ese linaje, todo usuario del aliento solar sería exterminado. No habría más transmisiones del aliento madre, y, sobre todo, los demonios ganarían la guerra.

Como siempre debió ser.

[Coro]

«Respirar, concentrar»

«Mi Nichirin va a hacer cabezas rodar»

«Voy a cazar, desgarrar»

«Con mi primera forma, observa mi Ichi no kata»

«El anochecer va a comenzar»

«La sangre cae en la luz lunar»

«Mi mente se necesita vaciar»

«Respirar, concentrar»

Nakime aplaudió, alabando internamente a los participantes que habían compuesto esa pieza musical. Sabía que no era solo melodía, pues incluía un video, pero al no estar acostumbrada a este medio, no podía expresar su admiración correctamente.

Independientemente de ello, tenía solo una queja: la duración. No era un descontento general, pero algunos segmentos eran escasos y demasiado cortos en comparación con los demás. Tal vez se hizo así porque no había mucho que contar sobre ellos, pero aun así dejaba un poco que desear.

Por lo demás, todo estaba perfecto. Un contenido audiovisual, aparentemente mágico, que cumplía con lo que prometía. No entendía cómo habían logrado conectar o darle la propiedad de video a una canción, ni cómo colocaron letras de colores a la melodía, pero le gustaría aprender a hacerlo.

—No estuvo mal —dijo Managi, encogiéndose de hombros con una ligera sonrisa—, aunque es un poco molesto que la quinta superior no apareciera mucho.

—¿Realmente te gustó esa porquería? —preguntó el chico de manos temblorosas, sorprendentemente con una expresión iracunda—. No esperaba menos de ti.

—¡Oye! ¡Para tu información! ¡Solo han pasado unos pocos minutos desde que lo conozco! —exclamó Managi, señalándose a sí mismo con el dedo—. ¡Pero si algo le pasa a esa entidad que encarna la perfección, mataré a todos en esta habitación y luego a mí mismo!

—No creo que ellos te dejen hacer eso —intervino Nakime, mirando a los cazadores de la era Sengoku—, ni los que nos trajeron aquí.

—¿Ellos? —Managi señaló a Yorīchi y Michikatsu, esbozando una sutil sonrisa—. Ese de ahí está tan absorto en sus pensamientos que seguro ni se da cuenta, y al otro seguro ni le importa.

—El de allí tampoco te dejaría, idiota —replicó el chico de expresión iracunda, señalando a Hakuji—, su maestro tampoco. Y si te atreves a tocarme a mí... te romperé la cara.

—Tranquilo, mi secuaz—Managi sudó frío, rascándose la nuca con nerviosismo—, lo decía en broma.

Elián masticaba lentamente, su mente presa de la preocupación. Sabía que cuando Lena regresara, tendría que enfrentar las consecuencias de sus acciones. En el fondo, deseaba que el castigo fuera físico; unos cuantos golpes o latigazos no le molestaban. Podría absorber la energía de los impactos y aumentar su resistencia. Pero la realidad es otra, una menos favorable para él. Lena no se contentaba con simples castigos corporales. Su especialidad era otra: castigos mentales y psíquicos.

El joven recordó con un escalofrío la vez que rompió la mandíbula de un grupo de ricachones que se burlaban de él y un compañero. Lena, en represalia, le quitó la capacidad de comer alimentos de alta caloría, su principal fuente de energía.

Durante dos largas semanas, no pudo alimentarse adecuadamente; cada vez que intentaba llevar algo a la boca, lo rechazaba con repudio, y si lograba tragar, lo vomitaba. Fue un infierno, especialmente para él, cuya energía depende de esas calorías.

—No puedo esconderme por mucho tiempo —pensó, sudando ligeramente mientras daba el último mordisco—... no quiero jugar a la cacería de nuevo...

Sus pensamientos lo llevaron a un recuerdo lejano, de cuando tenía apenas ocho años. La escena en su mente era vívida, como si la estuviera reviviendo en ese instante:

Era un día cualquiera, y Elián había decidido no ir a la escuela, fingiendo estar enfermo. Pasó todo el día jugando con su consola, ignorando completamente sus responsabilidades. Su hermano, Badir, sabía lo que hacía, pero nunca lo regañó. De hecho, Badir creó un clon de sí mismo para acompañarlo en el juego como segundo jugador, dejando al original libre para salir a resolver un asunto importante.

El recuerdo se volvía más claro, el momento en que Lena entró en escena:

La tarde transcurría sin contratiempos, hasta que Lena, con su impecable sentido del deber, decidió hacer una visita inesperada. Al entrar y ver a Elián jugando en lugar de estar en clase, la expresión de su rostro se endureció.

—Bueno, bueno, bueno... —dijo Lena, su voz cargada de desaprobación mientras clavaba sus ojos en Elián—, parece que tenemos a un bribón irresponsable aquí.

Elián no respondió, sus ojos nerviosos buscando una salida.

—¿No deberías estar en la escuela, señorito? —Lena se cruzó de brazos, golpeando ligeramente el piso con la punta de su zapato—. ¿Y tu hermano? ¿Él sabe que estás aquí?

Elián no quería responder, sabiendo que cualquier excusa que diera sería inútil ante Lena. Pero intentó de todos modos.

—Mi hermano estaba conmigo —dijo, evitando la mirada de Lena—. No sé dónde está ahora, pero estaba aquí.

Lena entrecerró los ojos, comenzando un rápido escaneo del área. No encontró nada. Decidida a desenmascarar la mentira de Elián, localizó a Badir... en Australia.

¡¿Australia?!

Encendió su comunicador y llamó directamente a Badir.

—Badir, ¿Qué demonios haces en Australia? —preguntó, con irritación evidente.

—Una misión de búsqueda —respondió Badir, tratando de sonar convincente—. Encontré un artículo interesante que debo añadir a mi inventario personal. No te preocupes por mí, todo está saliendo bien.

—La verdad, Badir.

—...

—Badir Caelestis, más te vale que me digas la verdad o iré personalmente a sacarte a patadas de ahí.

—... dije la verdad... estoy haciendo una fila.

—¿Para qué?

—... Doritos sabor a café.

—¡Eres un reverendo pend-! —exclamó Lena, pero Badir ya había colgado.

El tic en el ojo de Lena fue suficiente para mostrar su frustración. Era precisamente esa actitud la que la llevaba a desear la custodia de Elián. Con alguien como Badir criándolo, el chico acabaría siendo un bueno para nada. Pero aún podía arreglarlo, nada que un buen trauma no solucionara.

Elián la observaba con creciente preocupación, sabiendo que lo que vendría no sería bueno para él.

—Entonces —dijo Elián, jugando nerviosamente con sus dedos—... ¿estoy castigado?

Lena lo miró con una sonrisa enigmática.

—No aún. Te daré una oportunidad para evitar el castigo. —Su voz se suavizó, pero sus ojos brillaban con una determinación fría—. La última vez que usaste tus poderes con autocontrol, ¿Cuál fue tu velocidad máxima?

—Rebasé los 370 kilómetros por hora —respondió Elián con orgullo, recordando la emoción del viento en su cara.

—Perfecto. —Lena se giró, encendiendo su reproductor de audio—. Corre.

—¿Qué? —Elián parpadeó, sin comprender del todo.

—Te doy dos minutos. Después de eso, te cazaré. Y si me atrapas, consideraré que has eludido mi sentencia.

El horror de lo que significaba esa cacería se instaló en su mente.

—No te preocupes, puedes tomarlo como un juego. Una forma en la que me desquitaré.

—¿Desquitarte?

—Sí, tú mereces un castigo por ser irresponsable, y Badir por ser un idiota adicto al café... ¿Qué mejor castigo que recordarles que nunca van a poder escapar de mí?

—¿Y por qué no castigas a mi hermano?

—¿Está él aquí ahora?

—Bueno, no...

—Cuando vuelva, lo cazaré a él también.

—¡¿Y por qué tengo que ser cazado ahora?!

—Te falta minuto y medio.

Elián sintió el frio sudor recorrer por su espalda, respirando con fuerza y con las piernas temblando, estaba inmóvil.

Con un movimiento rápido, Lena seleccionó cuatro audios de su dispositivo. Eran frases cortas, inconexas, pero con su habilidad, podía usarlas para manipular la realidad.

"Lena." "Te ordeno." "Cazar." "Elián."

Esa oración, aunque nunca pronunciada por Badir, fue suficiente para desencadenar el efecto deseado. Elián salió disparado de la habitación, su velocidad creando un torbellino de papeles y polvo a su paso.

Recordó cómo recorrió el pueblo entero, incluso llegando a la ciudad más cercana, alimentándose sin parar de calorías para mantener su energía al máximo. Pero Lena siempre lo encontraba, siempre estaba un paso adelante, como si cada movimiento suyo estuviera predeterminado.

Bueno, ella había ayudado a criarlo, así que probablemente lo conocía mejor que nadie.

Al final, como era de esperarse, fue cazado.

Elián volvió en sí, su respiración agitada por la carrera y el miedo. La idea de enfrentarse a Lena le resultaba aterradora, y sabía que la única manera de evitar un castigo sería contar con la ayuda de su hermano.

—Tal vez si convenzo a mi hermano para que le ordene que no me haga nada... —murmuró para sí mismo, su voz temblando con una mezcla de esperanza y desesperación—. Sí, es lo mejor.

Tomó aire y abrió el armario con cautela, sus manos temblando mientras lo hacía. Salió con movimientos lentos, precavidos, y sus ojos se movían de un lado a otro, alerta a cualquier señal de peligro. Cada paso que daba hacía que su corazón latiera con más fuerza, como si el simple hecho de moverse fuera a desencadenar algún tipo de trampa o encuentro inesperado.

Y, de hecho, algo inesperado apareció.

Frente a él se erigía una figura ovalada. Parecía un cuenco flotante, lleno de tornillos y tuercas, y un líquido espeso que recordaba a una sopa inundaba su interior. Elián parpadeó, incapaz de comprender lo que veía. Era, sin duda, la cosa más bizarra que había presenciado en su vida.

—Est... —intentó hablar, pero la sorpresa lo dejó sin palabras.

—¡El coño de tu madre! —respondió la entidad con una voz que le resultó extrañamente familiar.

Elián retrocedió de inmediato, el reconocimiento de aquella voz causándole un escalofrío en la columna. Sin pensarlo dos veces, giró sobre sus talones y salió corriendo, su mente apenas capaz de procesar lo que acababa de presenciar.

No era normal, y ciertamente no era algo con lo que quisiera entablar comunicación. Sabía que lo primero que debería hacer al tratarse con entidades extrañas era intentar establecer contacto y negociar, pero en este caso, no valía la pena. Era obvio que no se podía razonar con una sopa de tornillos parlante que, para colmo, tenía la voz de Dross.

Badir respiraba hondo, su mirada fija en un punto vacío mientras intentaba procesar todo lo que acababa de suceder. A pesar de su intento por calmarse, las voces persistentes de sus familiares resonaban en su mente, burlones y estresantes como siempre.

—Mi señor, no tiene por qué temerle a interactuar con otras personas —dijo Alina, rompiendo el silencio con su tono habitual, casi indiferente, mientras lo observaba con esos ojos mecánicos que parecían analizar cada uno de sus movimientos.

—Demonios, Alina. No estamos hablando de personas comunes. —Badir suspiró, sintiendo el peso de la conversación inevitable.

—Siguen siendo seres inteligentes y con raciocinio —replicó ella, sin inmutarse.

Badir dejó escapar una risa amarga, un sonido breve y sin alegría.

—Son demonios de élite... monstruos devora hombres que han vivido por siglos.

Alina lo miró fijamente por un segundo, calculando su respuesta.

—Mi señor, ¿usted no había dicho que no era humano?

—¡Pero parezco uno! —respondió, casi en tono de queja, como si eso lo resumiera todo.

Alina ladeó la cabeza, evaluando a Badir de pies a cabeza, y luego asintió con un gesto que podría interpretarse como comprensivo, aunque su tono no lo fue en absoluto.

—Pues... usted no se ve muy apetecible, la verdad. Esa piel pálida y esas ojeras son señal de mala salud. Si fueras un animal, nadie querría comerte. Serías... como un animal caducado.

A decir verdad, prefiere su aspecto infantil, cuando aparentaba tener nueve años. Su versión adulta, en cambio, le parecía demasiado apagada y aburrida, casi desprovista de vida. La apariencia de Nero, sin embargo, a pesar de su aura sombría, lograba hacer que su corazón palpitara con fuerza, provocando en ella sensaciones que jamás pensó que podría experimentar.

Era una maravilla...

Badir cerró los ojos por un instante, intentando contener la irritación que crecía dentro de él. Sabía que Alina no comprendía del todo las sutilezas sociales, pero, aun así, su comentario le rozaba los nervios.

—No me digas "animal caducado". —Su voz sonó más cansada de lo que esperaba.

—Discúlpeme por la ofensa. —Alina tosió, evidentemente sin ninguna vergüenza real—. A lo que me refería es que no tiene nada que temer.

Badir la miró, evaluando la situación. A pesar de su tono despreocupado, Alina no dejaba de ser eficiente y directa.

—No soy un guerrero, Alina. —Dijo finalmente, dejando caer las palabras con un cansancio que le pesaba en el alma.

—¡Entonces yo lo ayudaré! —declaró ella, como si la respuesta fuera la más obvia del mundo.

Badir negó con la cabeza, su tono firme, pero desgastado.

—No voy a sacrificarte. Por mucho que te consideres un 'constructo', para mí, sigues siendo una persona. Una amiga, de hecho.

Alina hizo un pequeño ruido pensativo, procesando sus palabras mientras sus sistemas analizaban alternativas.

—Si obligarlos a la fuerza no es una opción viable y tampoco quiere negociar con ellos por su cuenta... ¿y si llama a alguien para que negocie por usted?

Badir se quedó en silencio, reconociendo la lógica en la sugerencia de Alina, pero sin querer admitirlo. Finalmente, murmuró:

—Nadie podría negociar con Muzan, él es un...

—¿Sí? —Alina esperó, sus ojos brillando con un interés casi genuino.

Badir vaciló, sintiendo la presión en su mente mientras la voz familiar de su madre se infiltraba en sus pensamientos.

—Mi madre podría...

"Claro que puedo, es bastante fácil en verdad." La voz de su madre era suave, casi encantadora, pero él sabía que esa dulzura era solo una trampa.

Suspiró, ignorando la tentación que emanaba de esa voz.

—Oh, así que es una persona que se cree inteligente, pero en verdad es bien idiota —comentó Alina, sin perder el ritmo.

"De hecho, es una respuesta bastante adecuada si es como leí que era" añadió su madre, y Badir tuvo que esforzarse para no responder en voz alta.

—No, bueno, sí, pero no es por eso. Es solo que... —Badir se detuvo, buscando las palabras—. Como ya debes saber, mi madre es una experta en aprovechar los más profundos deseos de las personas para que hagan lo que ella quiere. Y eso sin contar su poder, que técnicamente, ya le daría control total de todos aquellos que tengan un 'destino'.

"Y sin mencionar que no tengo que hacer mucho esfuerzo", añadió su madre, con una risa suave que le erizó la piel.

Muzan desea ser perfecto, inmune al sol, al absorber a un demonio con esa capacidad o al encontrar un lirio de araña azul. Ella podría tentarlo fácilmente con la promesa de esa flor y, si él se resiste, influenciarlo con su poder hasta que caiga a sus pies. Es evidente que va a querer hacer un trato con él. Al final, mi madre es como el diablo. Nunca debes aceptar un favor de ella, o te condenas por toda la vida.

"¿Ves? No es mi culpa que los 'mortales' sean tan predecibles y caigan presas de sus deseos." La voz de su madre era suave, casi burlona.

Alina observó la expresión de Badir, notando la tensión en su rostro.

—¿Quiere que me ponga en contacto con su madre, señor?

"No hace falta, siempre estoy con él, querida", respondió la voz, pero Alina, incapaz de escucharla, solo esperó pacientemente la respuesta de su señor.

—No. Antes muerto que pedirle ayuda —espetó Badir, con un tono más duro del que pretendía.

"Eso dolió, hijo mío... nah, en verdad no", se burló la voz, pero él la ignoró deliberadamente.

—¿Desea morir, señor? —preguntó Alina, aunque no parecía preocupada en lo absoluto.

"Difícilmente se pueda, por algo es mi mejor creación", añadió la voz en su mente, casi con orgullo.

Badir suspiró de nuevo, tratando de mantener la compostura.

—Es un decir. Es como cuando un trabajador dice: "Preferiría beber veneno que ir a trabajar mañana". Es evidente que no le dirás el por qué tomar veneno es mala idea.

"En verdad, ella sí sería capaz de hacerlo", comentó la voz con una risa suave, casi imperceptible.

Alina lo miró, claramente confundida.

—Entonces, ¿qué hará, señor?

Badir se encogió de hombros, resignado.

—Pensar qué poner en la próxima función que no sea eso...

"Awww, ¿entonces no me darás el control un rato?", preguntó su madre, fingiendo decepción.

No, madre, no te lo daré. Si lo hago, probablemente hagas un trato con él y no quiero tener problemas con mis contratistas.

La voz de su madre volvió a sonar en su mente, suave y persuasiva como siempre.

"Cierto, necesitamos la recompensa del trabajo. Un deseo sin consecuencias, ¿no es así?"

Badir asintió ligeramente, sabiendo que solo él comprendía la gravedad detrás de esas palabras.

Sí, y a menos que quieras arruinarlo todo, no tientes nuestra suerte.

"¿Qué es lo peor que podría pasar?" La voz se volvió más juguetona. "Es más, ¿sabes qué trato haría? ¡Podría conseguirte el poder de la biokinesis!"

Badir dejó escapar un suspiro, exasperado.

No me interesa ese poder.

"¿Cómo que no te interesa, chamaco malcriado? ¡¿Sabes lo que podrías hacer con eso?!"

La última vez que vi a alguien con ese poder, le hice una pregunta. ¿Sabes qué me respondió?

"Dinosaurios. Sí, lo sé, estuve ahí." La voz hizo una pausa, cargada de burla. "¡Pero su respuesta fue porque se trataba de un idiota! Teniendo el poder de la biokinesis y lo que hace es convertir a humanos en dinosaurios... qué desperdicio."

Badir no pudo evitar un esbozo de sonrisa sarcástica mientras replicaba.

No es un desperdicio que no queramos "aprovechar" nuestros poderes como tú lo creas mejor, madre.

"Con la biokinesis podría curar enfermedades incurables, corregir mutaciones genéticas, mejorar la biología humana... ¡Tendría influencia internacional!"

Sí, pero él quería hacer dinosaurios. De la misma forma que yo utilizo los poderes que copio para hacer café, hay otros que no quieren ser un salvador o ser reconocidos por el mundo entero.

"No sé ni por qué me quejo contigo si al final ese idiota hizo un trato conmigo..."

Badir soltó una breve carcajada, recordando las palabras de su madre.

—Bueno, tú misma lo dijiste: "Los idiotas que se creen inteligentes son más tontos que los estúpidos convencionales."

Justo en ese momento, una campana resonó en la habitación, interrumpiendo la conversación y haciendo que Badir y Alina se volvieran hacia la fuente del sonido.

—¿Otra vez la campana? —murmuró Badir, casi para sí mismo.

—¿Es un aviso que suena cada cierto tiempo? —preguntó Alina, su curiosidad apenas disimulada.

—Y ahora les voy a contar un secreto de "The Upper Moons React" —comentó con un tono de ligera molestia y agotamiento mental—. La casa de Yorīchi y Uta, y en consecuencia la de los Kamado, se ubica en el monte Komotori, cerca de la aldea Okutama en la prefectura de Tokio.

Alina lo observó, sin cuestionar el desvarío, pero claramente intrigada.

—Señor, nuevamente le está hablando a la nada...

Badir tomó aire profundamente, tratando de recuperar la calma que había perdido en su diálogo interno. Su mente estaba tan saturada que a veces las líneas entre la realidad y sus pensamientos se desdibujaban peligrosamente.

—En fin, nos vemos. No se pierdan el próximo episodio —murmuró para sí mismo, esbozando una leve sonrisa amarga—. Esperemos que esta vez no demore mucho.

Soltó un largo suspiro, sintiendo cómo la tensión comenzaba a disiparse.

—Y ahora... quiero beber café otra vez —dijo finalmente, dejando escapar una pequeña risa al darse cuenta de cuánto deseaba ese simple placer.

Recuento de palabras: 27.605.

Publicado: 14/agosto/2024

Editado: ???

¡Saludos a todos mis queridos lectores!

Estoy feliz de compartir con ustedes el cuarto capítulo de "The Upper Moons ReactV2". Como algunos de ustedes podrán notar, este capítulo es una reinterpretación y reescritura del cuarto capítulo de la versión anterior. Encontrarán algunas reacciones similares, pero también descubrirán otras completamente nuevas y diferentes.

Creo que por la extensión es obvio que es más largo que el original, ni yo sé cómo...

También quiero disculparme por la tardanza. Los últimos días de junio estuve ocupado con mis últimas semanas de semestre y me atrase en algunas entregas. Sin embargo, no tengo excusa para julio ni inicios de agosto. 

Eso ya fue entre procrastinar y no tocar ni un poco el computador. No sé, supongo que no tenía ganas  de encender.

No fue hasta que me motive a mí mismo a completar esta parte que prendí el computador y a ratos libres lo complete. Lo termine justamente hoy, el día que entré a un nuevo semestre. 

Vaya vida, eh... :"v

Aunque bueno, seguramente esto lo leerán mañana, 14, así que está bien, supongo.

En fin, desconozco cuando podré traer el siguiente capítulo, pero supongo que cuando lo haga lo sabrán porque haré una encuesta de que traer. En esta encuesta pondré algunas de las propuestas hechas por ustedes y otras propias para la siguiente función.  

Bueno, me despido por el momento, si tienen algún comentario tienen total libertad de decirlo por aquí o en alguna parte de la historia. Es agradable leerlos, sobre todo, cuando nos vemos cada uno o dos meses.

Pd:.... ¡Te gane @Blackderk! ¡Gane esta ronda de la carrera! ¡Y eso que me fui dos meses!

Suerte en tus tres historias, tan buenas. Sigue así, bro. 

Esta vez tenemos dos imágenes. 

[Muzan y Kagaya] por @kdy_mz en Twitter o X (¿Alguien llama X a esa cosa?)  

[Muzan encontró una flor rara] por @kuzmou en Twitter.

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