
Capitulo 21
Sasha tardó todo un año en recuperarse por completo de la lesión.
Como se temía, no pudo volver a jugar profesionalmente y su plaza en el equipo fue cedida a otra alumna mientras ella estaba en el hospital.
Después de las facturas médicas, apenas le quedaba dinero. Lo poco que había conseguido ahorrar entrenando a novatas y trabajando de camarera en el campus, junto con su cuantiosa beca, habían acabado siendo utilizados para la recuperación total de su rodilla.
Sasha volvió a casa abatida y sin saber qué hacer. Tras soportar durante semanas las miradas de lástima de su madre y de su abuela, de sus vecinos y amigos, puso sus cosas en una maleta y se marchó a la casa del lago que le había regalado el señor Boonchuy años atrás.
La casa de dos plantas apenas estaba en condiciones para que alguien viviera allí. Ya a simple vista parecía ruinosa, con su pintura resquebrajada, sus ventanas rotas, muchas de las cuales carecían de cristales, y su puerta desencajada.
El interior no era mucho mejor, con muebles viejos llenos de polvo y telarañas. Lo único que había podido arreglar antes de marcharse fue la cocina, que lucía como nueva, y las instalaciones básicas, por lo que gozaba de electricidad y agua caliente. Lo demás era todo un desastre, pero ese desastre era lo único que le quedaba. Sacó sus herramientas y se dispuso a convertir ese montón de ruinas en un hogar.
Sólo salía de su casa para dos cosas: comprar alimentos y adquirir materiales para sus arreglos. Se convirtió en una auténtica ermitaña, aislada de todo contacto humano.
Todos en Amphibia estaban tremendamente preocupados, pero, como ni sus familiares ni sus amigos pudieron sacarla de su soledad, decidieron darle tiempo hasta la llegada de Anne, a la que esperaban impacientemente mientras apostaban cuánto tardaría Doña Perfecta en sacar a Sasha de su viejo caserón.
Tardó exactamente cinco segundos en sacarla de su casa, ya que Anne se encontraba en el porche con una cerilla encendida en una mano mientras en la otra portaba un bidón de gasolina.
―Waybrith, ¡o sales de la casa o le prendo fuego!
―¡No te atreverás!―gruñó la ojiazul desde dentro mientras se asomaba por la ventana.
―¿Ah no?―respondió Anne a la vez que arrojaba la cerilla encendida en el viejo suelo de madera del porche.
Sasha salió con celeridad hacia el exterior y comenzó a sofocar el pequeño fuego que comenzaba a formarse, apagándolo con la suela de sus botas de montaña. Llevaba puestos unos vaqueros rotos y desteñidos, junto con una vieja camiseta roja llena de polvo que se pegaba a su pecho sudado. Su aspecto era desaliñado, con su melena negra despeinada.
―¿Estás loca?―exclamó enfurecida.
―¡Mírate, pero si has salido de tu casa! Y eso que todavía no he utilizado el bidón de gasolina ―comentó Anne mientras le entregaba el bidón―. Por cierto, el señor Templen te manda esto. Te lo olvidaste la última vez que fuiste a su tienda―señaló Anne mientras pasaba hacia el interior sin esperar invitación alguna. Sus zapatillas de lona resonaron por el viejo suelo, y Sasha se permitió admirar su cuerpo, recordando todas y cada una de las curvas que lucía bajo esos cortos pantalones negros y esa camiseta rosa de tirantes bastante ajustada.
La casa continuaba llena de polvo y suciedad. La única variación eran las herramientas y los tablones de madera que descansaban esparcidos por el salón y la entrada ocupándolo todo.
―¿Cómo demonios puedes vivir así?―inquirió Anne señalando la suciedad acumulada.
―Es lo único que me queda―respondió Sasha―, mientras la arreglo no me da tiempo a limpiarla y no tengo dinero para contratar a nadie, así que vivo como puedo y punto. ¿A qué has venido? ¿A atosigarme?
―No, a comprobar que no te habías convertido en la gilipollas que me habían comentado los amigos y vecinos.
―Dudo que alguien que no seas tú despliegue ese lenguaje al referirse a mí.
―Es verdad: ellos te llamaron solitaria, ermitaña, poco sociable... Yo prefiero ser más realista.
―¿Se puede saber por qué vienes a insultarme? Hace casi dos años que no nos vemos y lo primero que me dices es que soy gilipollas.
―Porque lo eres. El año pasado quise ir a verte, pero tú echabas a todos de tu lado porque estabas amargada. Este año por fin te veo y lo único que sabes hacer es gruñirme como un animal herido.
―¿Qué quieres que haga, Anne? ¿Celebrar que ya no tengo nada, ni carrera profesional, ni título universitario, ni dinero, ni fama, ni...? ―¡Estás viva, tienes una casa, una furgoneta, una familia y amigos que te quieren!―interrumpió Anne―. ¡No puedes vivir pensado continuamente en el pasado!
―Y eso me lo dice alguien que está obsesionada con una lista que comenzó a hacer cuando tenía... ¿Cuánto? ¿Ocho, diez años?
―¡No cambies de tema!―repuso Anne amenazadoramente señalándola con un dedo.
―¿Que no cambie de tema? ¡Sabes que es físicamente imposible que un hombre reúna todas las cualidades que has puesto en ese viejo papel, sólo lo utilizas como escudo para no enamorarte nunca de nadie! Todos somos imperfectos, ¡incluida tú, Doña Perfecta!
―Yo no tengo ningún defecto―declaró Anne enfurecida mientras se ponía de puntillas y acercaba su rostro al de Sasha― ¿Y se puede saber cuál es ese tremendo defecto que tengo, según tú?―la retó Anne con un leve tono de superioridad.
―Que no te puedes resistir a mí―le susurró Sasha en el oído mientras cogía fuertemente sus nalgas, atrayéndola contra su cuerpo para que notara la evidencia de su excitación.
―Eso... es... mentira―contestó entrecortadamente mientras la ojiazul lamía su cuello.
―¿Eso es un reto, Savisa?―preguntó burlonamente empujándola contra la pared y comenzando a acariciar sus senos por encima de la camiseta.
―Sí―contestó Anne al sentir cómo su mano se introducía en el escote de su camiseta y excitaba sus pezones con expertas caricias―. ¡No!―rechazó cuando su mano abandonó sus caricias dejándola con ganas de restregarse contra su cuerpo.
―A ver si te aclaras, Savisa―rió Sasha sin dejar de acariciar su cuerpo―. ¿Sabes? Hay un punto en esa lista que me tiene un poco confundida, ¿cómo sabes que no te gusta lo salvaje si nunca lo has probado?―señaló Sasha mientras desabrochaba los pantalones de Anne e introducía una mano por sus braguitas hasta acariciar sus húmedos rizos, haciéndola gemir y estremecerse contra su mano―. ¿Lo probamos, Savisa? ¿Lo hacemos en plan salvaje contra la pared?―apremió la ojiazul mientras introducía uno de sus dedos en su interior.
―Sí―gimió Anne llena de placer alzándose contra su mano.
―Recuerda que tú me lo has pedido, Savisa―manifestó Sasha sacando su mano de entre sus piernas y devorando todo su cuerpo con sus ojos ávidos de deseo.
―¿Que te he pedido qué...?―preguntó Anne confusa apoyándose contra la pared.
―Esto―declaró Sasha dándole la vuelta con violencia y haciendo que apoyara las manos en la pared, mientras sacaba del confinamiento de la camiseta uno de sus senos y jugaba violentamente con su pezón.
La desprendió rápidamente de sus pantalones, dejándola sólo con sus braguitas. Anne sintió como besaba su nuca, haciéndola estremecer.
Una de sus manos acarició sus húmedas braguitas, arrancándole gemidos de gozo. Cuando interrumpió la tortura que aplicaba a uno de sus senos, oyó cómo la cremallera de los pantalones de Sasha se bajaban, y como su ropa interior se rasgaba y quedaba desnuda y expuesta ante la ojiazul.
Sintió su miembro contra sus nalgas desnudas, moviéndose una y otra vez, humedeciendo cada vez más su mojada entrepierna. Sus manos arañaron fuertemente la pared con desesperación, mientras restregaba su cuerpo ávido de deseo contra su erecto miembro buscando la liberación.
Sasha la apartó rudamente de la pared y la hizo apoyarse contra el respaldo del viejo y polvoriento sofá, dejándola más expuesta. Anne agarró fuerte las sábanas que cubrían el sofá entre sus manos cuando Sasha la inclinó un poco más y, de una rápida embestida, la penetró por detrás sin dejar de acariciar su clítoris.
Ella sollozaba de placer mientras se movía desesperada contra su pene pidiendo más, cuando de repente la ojiazul dejó de moverse y las caricias cesaron.
Anne protestó moviéndose, haciéndola salir y entrar lentamente en ella.
―¡Para!―gruñó Sasha mientras la advertía―. Alguien ha tocado a la puerta.
Anne intentó incorporarse para comenzar a vestirse, pero Sasha no la dejó; empujó su cuerpo nuevamente a la posición anterior y siguió firmemente hundida en ella.
―¿Quién es?―preguntó Sasha al inoportuno visitante en voz alta.
―Soy yo, Sprig, ¿mi hermana está contigo?―preguntó preocupado.
―Sí, está aquí―contestó Sasha con una malévola sonrisa en los labios mientras volvía a moverse dentro de ella y reanudaba las caricias en su sensible clítoris.
Anne mordió uno de sus puños para que su querido hermano no descubriera lo que estaba haciendo.
―¿Y qué se supone que está haciendo a solas contigo?
―Ayudándome a quitar el polvo―rió divertida mientras la penetraba con más fuerza― ¡Y no sabes la que está liando!―Acarició con más ímpetu su zona más sensible, haciéndola ahogar sus gritos de placer.
―Bueno, ¿me dejas entrar sí o no?―preguntó Sprig decidido a dejar de hablar con una puerta.
―Lo haría encantada, pero en estos momentos hay una pila de maderos apoyados contra la puerta y no puedes pasar. ¿Verdad, Anne?―preguntó saliendo lentamente y volviendo a entrar con una rápida estocada.
―¡Sí!―exclamó Anne entrecortadamente, ahogando uno de sus gritos, muy próxima ya al orgasmo.
―Tu hermana ha decidido quedarse estas vacaciones en mi casa para ayudarme a limpiarla. Después de todo me lo debe por la broma pesada del hospital. ¿Verdad, Anne?―preguntó nuevamente Sasha que, sabiéndola próxima al orgasmo, dejó de moverse.
Anne le dirigió una mirada furiosa por encima del hombro. Sasha le mantuvo la mirada retándola a negarse y recordándole con una suave estocada el placer que podía darle.
Ella cerró los ojos, gimió frustrada con el cuerpo en tensión y lleno de deseo― Sí, me quedaré con esta energúmena―gritó finalmente enfurecida, recibiendo como castigo una fuerte embestida que hizo que sus rodillas temblorosas se doblaran, seguida de unas potentes y arrolladoras penetraciones que le hicieron tener un orgasmo demoledor, mientras se convulsionaba contra su duro miembro y mordía fuertemente el mugriento sofá para no gritar.
Saciada aunque con Sasha aún dentro de ella próxima al orgasmo, gritó a su hermano irritada por todo lo ocurrido.
―¡Creo que la puerta trasera está abierta, Sprig!―Sasha salió de su interior a toda prisa con una gran erección insatisfecha y de muy mal humor. Mientras intentaba abrocharse los pantalones y Anne se vestía, su mirada se dirigía hacia ella una y otra vez reclamando venganza.
Cuando los pasos de Sprig irrumpieron en la estancia, las dos estaban más o menos presentables.
―¡Anne, estás llena de polvo por todos lados! Creí que sólo venías a hacer una visita, no a ponerte a hacer trabajos forzados.
―Sasha, que es muy convincente, me ha propuesto que la ayudara, y yo, que soy un alma caritativa, he aceptado. Pero creo que necesitará que también vosotros echéis una mano. ¿Por qué no nos quedamos los cuatro aquí, en la vieja casa, como cuando éramos niños?
―¡Sí, ésa es una buena idea! ―exclamó Sprig convencido―. Además, papá no te dejaría quedarte con ella a solas. ¿Voy a casa a por las cosas y tú te quedas limpiando un poco?
―No, tengo muchas cosas que recoger―respondió Anne―. Mejor voy contigo.
Cuando pasó al lado de Sasha, ésta la cogió del brazo y le susurró al oído:
―No creas que con la presencia de tus hermanos vas a librarte de mí tan fácilmente.
―No, pero te será mucho más difícil quedarte a solas conmigo ―murmuró Anne deleitándose en su victoria. Minutos después de que Anne corriera hacia su coche, Sprig entró con una bolsa de hielo.
―Toma, Anne me ha comentado que tienes una zona hinchada. Si la hinchazón no baja, deberías ir al médico―comentó Sprig preocupado por su rodilla.
―No te preocupes, bajará―repuso la ojiazul decidida mientras miraba perversamente hacia el coche de Anne y ponía hielo en su rodilla simulando que ésa era la «zona hinchada» que más le dolía.
Entre sus dos amigos y la enervante Anne, Sasha volvió poco a poco a ser la misma de antes, aunque en ocasiones se quedaba mirando el vacío absorta en sus pensamientos.
Todos hacían lo posible para que no volviera a convertirse en la brusca ermitaña que era al principio del verano.
Sprig y Sasha se dedicaban a cortar la madera para dar forma a las nuevas ventanas, mientras que Polly ayudaba a la limpieza porque, tras hacer una ventana patizamba, decidieron que definitivamente él no valía para eso.
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