ESTOY SENTADA EN EL GARAJE DE RED BULL, tratando de mantenerme concentrada en la carrera, pero mi mente está en todas partes. No puedo evitar sentirme inquieta, aunque no sé exactamente por qué.
Tal vez es por las miradas que Carlos me lanzó más temprano, las mismas que parecen perforarme el alma cada vez que nuestras miradas se cruzan.
O tal vez es porque Max ha estado especialmente callado hoy. Aunque su rostro no muestra nada fuera de lo común, lo conozco demasiado bien. Algo está pasando.
Jade y Penélope están a mi lado, jugando juntas con algunos de los juguetes que traje para mantenerlas entretenidas. Sus risas son como un bálsamo para el caos que siento por dentro.
Christian está de pie junto a mí, hablando con Kelly, mientras yo trato de concentrarme en las pantallas que transmiten la carrera. Max está luchando por el liderato, como siempre, pero no puedo dejar de notar cómo se mantiene demasiado cerca de Carlos.
Demasiado cerca.
Las cámaras enfocan los autos en una curva cerrada, y veo cómo Max y Carlos luchan por la posición, adelantándose y bloqueándose mutuamente con agresividad.
Mi corazón comienza a latir más rápido. Algo no está bien. Max no suele correr con esta intensidad, no de esta manera, no con esta ferocidad que roza lo personal.
—Está siendo más agresivo de lo normal —murmura Christian, cruzando los brazos mientras observa la pantalla con una ceja levantada.
No digo nada, pero estoy de acuerdo. Esto no parece solo una carrera. Esto parece algo más.
La tensión aumenta en el garaje. Los ingenieros de Red Bull murmuran entre ellos, intercambiando miradas preocupadas.
En la siguiente curva, Max bloquea a Carlos de manera tan abrupta que el Ferrari pierde estabilidad por un momento antes de recuperar el control. Mi respiración se detiene. Esto no es normal. Max nunca corre así.
—¿Qué está haciendo? —pregunto en voz baja, pero nadie parece tener una respuesta. Mis manos se aferran a los reposabrazos de mi asiento mientras veo cómo Max sigue presionando a Carlos, vuelta tras vuelta, sin darle un respiro.
En otra curva cerrada, Max intenta un adelantamiento imposible. Los autos se tocan, y mi corazón salta a mi garganta.
Ambos logran continuar, pero ahora está claro que esto no es solo una pelea por el liderato. Esto es algo más profundo, algo que va más allá de la pista.
Y entonces sucede.
En la recta principal, Max se lanza al interior de la curva, dejando a Carlos sin espacio. Los autos chocan con un impacto brutal, y ambos salen despedidos hacia la grava.
Todo sucede en cámara lenta. El Ferrari de Carlos da un giro antes de detenerse, mientras el Red Bull de Max se queda atascado en la barrera de neumáticos. El garaje se queda en silencio absoluto, como si todos estuvieran conteniendo la respiración.
—¡No puede ser! —exclama uno de los ingenieros, rompiendo el silencio.
Me quedo congelada en mi asiento, incapaz de procesar lo que acabo de ver. Max... Max nunca haría algo así. ¿O sí?
—¿Están bien? —pregunto en voz baja, pero mi voz tiembla. Las cámaras muestran a ambos pilotos saliendo de sus autos. Están bien físicamente, pero Carlos parece furioso. Se quita el casco con un movimiento brusco y lanza una mirada asesina hacia Max, quien simplemente lo ignora mientras camina hacia los oficiales de pista.
No puedo apartar la vista de la pantalla. Carlos está gritando algo, claramente fuera de sí, mientras Max se mantiene sorprendentemente calmado. Pero lo conozco demasiado bien. Esa calma es una fachada.
—¿Qué demonios le pasó a Max? —pregunta Christian, claramente sorprendido. Yo no tengo una respuesta. Solo sé que esto no fue un accidente. Esto fue intencional.
El equipo de Red Bull está en caos. Christian se levanta y comienza a hablar con los ingenieros, pero yo no puedo moverme. Mi mirada sigue fija en la pantalla, donde Max está siendo escoltado fuera de la pista.
Finalmente, me levanto. Necesito respuestas, y sé que solo hay una persona que puede dármelas.
Cuando Max llega al garaje, todo el mundo se aparta para dejarle espacio. Su mono está sucio por la grava, y su expresión es indescifrable. Christian va hacia él, pero Max lo ignora y camina directamente hacia mí.
—¿Podemos hablar? —me pregunta, su voz baja y seria. Asiento, incapaz de decir nada más.
Lo sigo hasta una esquina más apartada del garaje, donde nadie puede oírnos. Cuando estamos solos, me giro hacia él, cruzando los brazos.
—¿Qué fue eso, Max? —pregunto, tratando de mantener la calma, aunque mi voz traiciona mi confusión y mi preocupación—. ¿Por qué hiciste eso?
Max suspira, pasando una mano por su cabello desordenado.
—Lo hice por ti —dice finalmente, como si eso lo explicara todo. Pero no lo hace. No para mí.
—¿Por mí? —repito, incrédula—. ¿Cómo puede esto tener algo que ver conmigo?
Max me mira directamente a los ojos, y por un momento, veo algo en su mirada que me asusta. Determinación, rabia, pero también... protección.
—Carlos no tiene derecho a tratarte así, Alex. No después de lo que pasó. No después de todo lo que has pasado por su culpa.
—¿Y crees que esto ayuda? —le digo, mi voz subiendo un poco más—. ¿Crees que chocar con él en medio de una carrera mundialmente televisada va a solucionar algo? ¡Esto solo lo hace peor, Max!
—No me importa —responde, con una frialdad que me deja helada—. No me importa lo que piense el mundo, ni lo que piense él. Solo me importa que sepa que no puede seguir haciéndote daño.
Me quedo en silencio, incapaz de procesar lo que estoy oyendo. Esto no es lo que quería. Esto no es lo que necesito.
—Max... —susurro, sacudiendo la cabeza—. No puedes hacer esto. No puedes poner tu carrera, tu reputación, todo lo que has construido, en juego por mí. No vale la pena.
—Tú vales la pena —dice, con una intensidad que casi me hace retroceder—. Siempre lo harás.
Las lágrimas amenazan con caer, pero me obligo a mantenerme firme. No puedo permitirme esto. No ahora.
—No puedes seguir haciendo esto, Max —digo, mi voz quebrándose un poco—. No por mí. No así.
Max suspira y baja la mirada, como si supiera que no puede convencerme. Pero también sé que no se arrepiente de lo que hizo.
—Solo quiero que seas feliz, Alex —dice finalmente, con un tono más suave—. Y si él sigue siendo un obstáculo para eso, haré lo que sea necesario para protegerte.
No sé qué decir. No sé cómo arreglar esto. Solo sé que estoy más perdida que nunca
El garaje de Red Bull está tenso, como si todo el aire se hubiera llenado de electricidad tras el accidente en la pista. Nadie habla en voz alta, los ingenieros trabajan en silencio, y el resto del equipo evita cualquier contacto visual.
Estoy de pie junto a Christian, intentando distraerme jugando con Jade y Penélope, pero mis manos tiemblan cada vez que pienso en el choque entre Max y Carlos.
—Voy a llevarlas a la sala de descanso —dice Christian, dándome un beso en la mejilla antes de llevarse a las niñas con Kelly.
Me quedo allí, sola, fingiendo interés en mi tablet, cuando de repente lo veo. Carlos. Su figura se recorta contra la entrada del garaje, su mono aún cubierto de polvo y marcas de la pista.
Está enfurecido, y su mirada busca una sola cosa: a Max.
Lo encuentro antes que él. Max aparece caminando desde el área de descanso, con una botella de agua en la mano y una expresión de pura calma que me hace temer lo que viene.
—¿Dónde está? —dice Carlos, su voz resonando con fuerza en el garaje, dirigiéndose a cualquiera que pueda contestar.
—Aquí estoy —responde Max, sin apurarse, mientras da un sorbo a su botella.
Carlos cierra la distancia entre ellos rápidamente, y la calma de Max solo parece irritarlo más.
—¿Qué demonios fue eso, Max? —gruñe Carlos, sus ojos ardiendo de ira—. ¿Estás loco?
—No lo sé, Carlos —responde Max con sarcasmo—. Podría decir lo mismo de ti.
—No juegues conmigo —Carlos da un paso más cerca, su voz subiendo de tono—. Sé que lo hiciste a propósito.
—¿Y qué si lo hice? —Max lo mira directamente, su expresión cambiando de calma a fría en un segundo.
La declaración parece golpear a Carlos como una bofetada, pero no retrocede.
—¿Qué te pasa? —pregunta entre dientes, su tono lleno de incredulidad.
—¿Quieres saber qué me pasa? —Max deja la botella a un lado y se cruza de brazos—. Me pasa que estoy harto de verte paseándote como si nada después de lo que le hiciste a Alex.
El nombre resuena en el aire como un disparo, y siento cómo mis piernas tiemblan.
—No tienes idea de lo que pasó entre nosotros —Carlos intenta defenderse, pero su voz suena más débil de lo que esperaba.
—¿No? —Max suelta una risa corta, amarga—. Sé más de lo que crees. Sé que la dejaste sola cuando más te necesitaba, sé que corriste directo a los brazos de Rebecca en lugar de quedarte y luchar por ella.
—Eso no es asunto tuyo.
—Sí, lo es —Max lo interrumpe, dando un paso hacia él—. Porque mientras tú estabas jugando a ser feliz con Rebecca, yo estaba aquí, recogiendo los pedazos que dejaste.
Carlos intenta hablar, pero Max no le da oportunidad.
—¿Sabías que volvió a las autolesiones, Carlos? —su tono es como un golpe en el pecho, y veo cómo Carlos se congela ante esas palabras.
—¿Qué...? —susurra, con una mezcla de incredulidad y pena.
—Sí, con un maldito mechero. —Max lo mira fijamente, su voz cargada de rabia—. ¿Te imaginas lo que fue verla así? ¿Tener que quedarme con ella día y noche porque no podía confiar en que no iba a lastimarse otra vez?
Carlos me lanza una mirada rápida, y el dolor en sus ojos es evidente. Parece que quiere decir algo, pero Max no ha terminado.
—¿Y sabes por qué lo hizo? Porque tú no estabas. Porque, en lugar de quedarte y enfrentarlo todo, decidiste rendirte.
—¡No fue así! —Carlos finalmente encuentra su voz, pero su tono está quebrado—. No fue así, Max. Yo...
—¿Entonces cómo fue? —lo reta Max, dando otro paso hacia él—. Porque desde aquí parece que fuiste un cobarde.
—¡No sabes lo que sentí! —Carlos grita esta vez, sus emociones desbordándose—. ¡Tú no sabes cómo fue para mí verla con Christian después de todo lo que pasamos!
—¡Ah, claro! —Max levanta las manos con sarcasmo—. Es culpa de Christian, ¿no? Porque tú no pudiste manejar tus celos.
—¡Él la besó! —Carlos da un paso adelante, como si esas palabras fueran toda la justificación que necesita.
—¿Y qué hiciste tú? —Max lo mira con frialdad—. ¿Hablar con ella? ¿Intentar entender lo que pasó? No. Simplemente la dejaste.
El silencio que sigue es ensordecedor. Carlos parece estar luchando con algo interno, mientras Max lo observa con una mezcla de rabia y decepción. Finalmente, Carlos habla, pero su voz es apenas un susurro.
—No quería lastimarla más.
—Pues lo lograste. —Max lo señala, su tono ahora lleno de desprecio—. La lastimaste más que nadie.
Carlos me mira entonces, y la pena en sus ojos es casi insoportable. Pero yo no puedo moverme, no puedo decir nada. Estoy atrapada entre dos mundos que nunca debieron colisionar de esta manera.
Max da un paso atrás, como si diera por terminada la conversación.
—Espero que seas feliz, Carlos. Porque Alex merece algo mejor que esto.
Carlos baja la mirada, y sin decir nada más, da media vuelta y sale del garaje.
—Max... —intento hablar, pero él levanta una mano para detenerme.
—No necesitas explicarte, Alex —me dice, su voz ahora mucho más suave—. Solo quería que supiera lo que hizo.
Me quedo allí, mirando la puerta por donde Carlos desapareció, con el corazón en un millón de trozos.
El garaje se sume en un silencio pesado tras la salida de Carlos. Por unos segundos, parece que hasta las máquinas han dejado de funcionar.
Miro la puerta cerrándose lentamente y siento un nudo apretarse en mi pecho. No sé si es rabia, tristeza o una mezcla insoportable de ambas, pero no puedo quedarme quieta.
Max sigue ahí, con los hombros tensos y la mandíbula apretada, como si estuviera conteniendo todo lo que le queda por decir. Su furia lo consume, pero al mismo tiempo sé que todo lo que hizo, lo hizo por mí.
—Max... —mi voz apenas es un susurro, y cuando él voltea a verme, sus ojos siguen brillando con esa intensidad que me recuerda por qué es mi mejor amigo.
Camino hacia él sin pensarlo, y en cuanto estoy a su alcance, lo abrazo con fuerza. Apoyo mi cabeza en su hombro, dejando que la tensión de los últimos minutos se deshaga poco a poco.
—Gracias —susurro, con un nudo en la garganta—. Gracias por quedarte conmigo.
Al principio, Max no se mueve, como si estuviera sorprendido por el gesto, pero luego siento cómo sus brazos me rodean con fuerza.
Es un abrazo cálido, protector, que me hace recordar todas las veces que estuvo allí cuando lo necesité, todas las veces que me levantó cuando pensé que no podía seguir.
—Siempre voy a estar contigo, Alex —dice con firmeza, su voz resonando cerca de mi oído—. No importa lo que pase, siempre.
Cierro los ojos, dejando que sus palabras me llenen de una calidez que había olvidado sentir. Por un momento, solo existimos nosotros dos, sin la presión de la Fórmula 1, sin las complicaciones de mi pasado con Carlos, sin los fantasmas que llevo cargando desde entonces.
—No sé qué habría hecho sin ti —confieso, con un hilo de voz—. De verdad, Max... si no hubieras estado allí...
Me separo un poco para mirarlo, y él me sostiene por los hombros, su mirada suave pero seria.
—No tienes que agradecerme, Alex. —Su tono cambia, más ligero, pero sigue siendo sincero—. Es lo que hacen los amigos. Aunque... —sonríe con un toque de humor—. Ahora que lo pienso, un agradecimiento en forma de cerveza después de la carrera no estaría mal.
Suelto una risa, a pesar de todo. Es típico de Max desviar la seriedad con un chiste para aliviar el momento, y por eso lo quiero tanto.
—Te debo muchas cervezas, Verstappen.
Él sonríe, pero su expresión vuelve a ser seria en un instante.
—No fue fácil verte así, Alex. Cuando Carlos se fue... cuando Charles, George y Lando decidieron alejarse también... me rompió el alma verte tan sola.
Desvío la mirada, sintiendo la familiar punzada de dolor al recordar esos días.
—Yo creía que éramos un equipo, ¿sabes? —mi voz se quiebra un poco—. Pensé que siempre estaríamos juntos, que estarían allí para mí. Pero al final... solo te quedaste tú.
Max niega con la cabeza, como si todavía no pudiera creerlo.
—Ellos no entendieron lo que estaba pasando. No vieron lo fuerte que eras, porque sí lo eres, Alex. Pero yo sí. —Hace una pausa, buscando mis ojos—. Y odio a Carlos por lo que te hizo pasar, pero si te soy sincero... también me alegra que todo esto me diera la oportunidad de demostrarte lo que significas para mí.
—Significas mucho para mí también, Max. —Lo digo con honestidad, porque es la verdad más simple y pura que puedo ofrecerle.
—Sé que sí —responde con una sonrisa pequeña, antes de soltarme finalmente—. Pero no puedo evitar preocuparme por ti, incluso ahora.
—Estoy bien, de verdad —le aseguro, aunque sé que ambos sabemos que no es del todo cierto.
Max me estudia por un momento, como si estuviera evaluando si realmente estoy diciendo la verdad. Finalmente asiente, pero no sin una última advertencia.
—Si vuelve a acercarse a ti para decir algo hiriente o estúpido, avísame. No me importa si me echan del paddock, haré que lo sienta.
No puedo evitar reír ante su amenaza.
—No creo que quiera enfrentarse a ti otra vez después de hoy, Max.
Él levanta una ceja, como si no estuviera tan seguro de eso.
—Bueno, por si acaso, sigo aquí. Siempre.
Y lo sé. No importa cuántas veces me caiga, Max estará allí para recogerme. Es más que un amigo; es mi familia, la única que no me ha fallado, la única que ha permanecido conmigo cuando todo parecía derrumbarse.
Lo abrazo una vez más, rápida pero sincera, antes de que alguien pueda entrar al garaje y vernos.
—Gracias por quedarte conmigo, Max. De verdad.
Él sonríe de lado, con esa confianza típica que lo caracteriza.
—Gracias a ti por aguantarme, Alex. Ahora, ¿vamos por esas cervezas o qué?
Asiento, dejando que el alivio finalmente se asiente en mi pecho. Tal vez no tenga todas las respuestas ahora, pero tengo algo mucho más importante: alguien que siempre estará ahí para recordarme mi fuerza, incluso cuando yo misma la olvide.
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