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Ālātus: Redemptio

El despertar solo sería el sueño de los caídos. Una utopía inalcanzable para quienes habían luchado y perecido a causa del nuevo orden impuesto por Kérber. La ciudad de Greenfall permanecía desolada y desmoronada. Atrás habían quedado los años de plenitud y seguridad. Cuerpos por doquier, repartidos en cada rincón. Ālātus, abatido, dejó sobre la vereda los restos de un niño.

—Pensé que habías muerto, héroe de cartón. —Kérber, déspota, se agachó para contemplar al infante—. Tal vez merecía morir. No sabemos en qué pudo convertirse...

Ālātus se apartó con celeridad.

—No necesito de tu monólogo barato.

—Escucha...

El muchacho no dio tregua, lo cual raudo gravitó con vehemencia, ocasionando un torbellino, expulsando con arrebato a Cancerbero.

—¡Vaya, el héroe ha despertado! —espetó intentando formar un escudo sin resultados.

Este, inmovilizado por la escarcha proyectada por el vórtice, pegó un alarido, logrando que parte de las construcciones en ruinas terminarán por colapsar, consiguiendo así su liberación.

No obstante, el alado, suspendido sobre el guardián del Inframundo, batió sus alas con presteza, provocando el rechinar de las edificaciones, como el el rugir del firmamento. Quienes pululaban por las calles, sintieron el horror originado por las deidades. 

Kérber, furibundo, desprendió de su cuerpo tres cabezas de perro, provocando que de estas salieran llamas. El calor derritió en segundos el hielo.

Se elevó a gran velocidad, para luego propulsarse hacia el joven. Ālātus cayó aturdido.

Empero, aún atolondrado, sintió que alguien lo apartaba de la bestia.

—¿Pensaste que no me iba a enterar? —inquirió ladino—. ¡Lo vi desde Bahía Ardon! 

—Zacky...

Gracias al hielo derretido por Cerbero, Leviatán agitó sus brazos, como si moldeara una figura, impactando esta sobre la alimaña, cayendo sobre el asfalto. Gruñó iracundo, sintiendo el flujo de su cuerpo agitarse como quemándole.

—¿Y tú? —consultó Kérber, limpiándose la sangre de los labios.

—¿Crees que podrás conmigo? —Agregó el joven.

—¡Vamos, deja de alardear! —Ālātus bramó.

Ambos rodearon a Cancerbero. El viento, como una gran capa abrazó a la bestia, paralizándole en posición defensiva. Los héroes con rapidez fabricaron una barricada, imposibilitando su escape.

—Todo tuyo, amigo —mencionó Leviatán, agitado.

Ālātus asintió, sonriendo.

—Te debo una.

—Qué va —Se jactó—, soy tu talismán de la suerte.

Elián se aproximó hacia el pedrusco de granizo.

—Tal vez vaya contra mis principios, pero no dudaré. Es preferible que el infierno se quede sin su guardián, a que la gente de mi ciudad perezca.

Como si hubiera accionado un interruptor, de sus manos aparecieron múltiples dagas cristalinas, las cuales atravesaron el gran bloque de hielo, perforando el corazón del can. 

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