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Ālātus: originem

«Una aventura sin las habilidades extraordinarias de atravesar paredes, manipular el clima, poseer fuerza sobrehumana y velocidad extrema, no es aventura. Siéntete dichoso que eres de aquellos, y no un simple vigilante escondido bajo la noche o gracias a un antifaz"; pero recuerda, hijo mío... En esto hay procesos y retrocesos. Es la manera de comenzar. Es la manera de comprender, y tú no eres aquello para que lo que te hicieron. Tú eres algo más. Eres lo que decidas ser. No lo olvides, hijo de Eolo».

Cuatro paredes blancas eran las que me acompañaban en ese cuarto. Por más que mis extremidades permanecieran inmóviles, mis funciones mentales estaban intactas. Podían percibir cada partícula suspendida en el aire. El llanto de mi madre se sentía como una garra que me arrancaba el último aliento contenido en mis pulmones. La noticia del médico había sido devastadora.

—Su capacidad pulmonar está considerablemente reducida. La obstrucción es persistente —mencionó el médico, quitándose las gafas, apesadumbrado—. Lo lamento, señora Abades.

Yo, con apenas veintiún años, me estaba muriendo. No lo entendía, porque, a pesar de mis pulmones colapsados, existía una fuerza que me impulsaba a seguir. Y esas voces; en especial la de ese hombre, esa que me mantenía despierto ante el sopor mundano, me alentaba a no subyugar ante el dictamen como el conocimiento humano.

—Él no sufre, ¿verdad? —dijo ella, tragando apenas, tratando de espantar el llanto.

—No, está sedado, pierda cuidado.

El galeno la había convencido en firmar la ONR¹, garantizando que, ante cualquier nuevo episodio, mi corazón no aguantaría, en consecuencia, que era mejor dejarme partir. La orden de no resucitación estaba hecha.

Sentí una lágrima caer sobre mi mejilla izquierda, como si ese pequeño lamento gritara implorando por piedad.

«Aférrate, hijo del vendaval, respira», susurró aquella voz.

De pronto, mis pulmones como si hubieran sido globos, se expandieron provocando que aspirara agresivo para luego expulsar el oxígeno obtenido. Tanto mi madre, el médico como la enfermera que estaba a mi cuidado giraron para observarme.

El florero que estaba a mi costado había sido pulverizado, esparciendo el agua por todo el mueble.

«¡Respira, hijo!», murmuró otra vez esa voz cándida, logrando que mis pulmones se sosegaran.

Dentro de mi letargo, pensé desvariar. La muerte, tal vez, se estaba apiadando de mí, cayendo en mi último sueño de manera dulce.

«Siente la fuerza que hay dentro de ti, titán. Dependemos de ti».

La máquina que me mantenía conectado comenzó a sonar, de forma que el médico y los enfermeros corrieron hacia la habitación. Aunque estuviera en coma, yo podía verlos. Mi espíritu estaba flotando.

—Yo... No entiendo. —El hombre empezó a auscultarme, en shock.

Sentí un vacío, pero no estaba solo. A mi lado estaban dos criaturas que me sonrieron.

—Bienvenido, Astreo. Hoy es el origen. Hoy comienza el principio de un posible fin.

ONR¹: Orden de no reanimar.

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