Ālātus: Identitatem
Cómo me ve el mundo...
Y cómo lo veo yo a este.
¿Me identifico con lo que soy?
Durante todo ese tiempo, mi entrenamiento como conciencia fueron alterados. De pasar a ser un simple muchacho atormentado por una enfermedad congénita, que se debatía entre la vida y la muerte desde su nacimiento, de un momento a otro, me convertía en un semidiós, capaz de controlar el aire y desplazarme por el firmamento como un águila. Mis sentidos estaban por completo agudizados. Mis estados de vigilia ante alguna adversidad, totalmente activados como un ave directo a su presa.
Sin embargo, a pesar de mi repentino poderío, temí que se me descubriera. Por lo demás, sentía que alguien me espiaba. Pero ¿quién?
Aunque, mi real preocupación no era eso.
Tranquilo. Busca tu motivación, Elián. El por qué de tus poderes. La razón de lo que eres
Sin poseer mayores respuestas, supe que era importante mantener mi anonimato. Esa era mi principal motivación. Conservar mi seguridad y la de mis seres amados. Cualquiera fuera mi misión.
En todo el proceso, el cosquilleo en mi espalda fue constante, provocando pequeñas heridas que, con transcurrir el tiempo, se asomaron un par de alas retráctiles, brindándome mayor movilidad y equilibrio ante mi vuelo.
No obstante, aún trabajaba para controlarlas.
—Tus razones son válidas, joven alado —determinó Iris con parsimonia—. Tu anonimato es petitorio.
Iris, hija de Taumante y de la oceánide Electra. La que unió bajo un pacto el Olimpo con la Tierra, al final de la tormenta, estaba ante mí con sus cuidados y enseñanzas, entre telares e hilos de oro brindados por los dioses, confeccionando mis ropajes.
—Joven alado, me has llamado —agregué pensativo.
Al hacerlo mis alas se extendieron, cobrando vida propia, elevándome sobre mis protectores. Mi identidad, ellas ya la sabían.
—Ālātus: el titán de las estrellas —dije con seguridad, como si algo me lo hubiera manifestado.
Iris me observó y sonrió, mientras Céfiro arreglaba con suavidad las telas, ayudando a la diosa del arcoíris, la mensajera de los dioses.
Tejidos especiales que se acoplaron a mi propia fortaleza como dios, resguardando mi nuevo cuerpo sobrehumano.
—¡¿Dónde está mi supertraje?! —preguntó Céfiro, ladino.
—En tus sueños, viejo —respondió ella, riendo, haciéndome entrega de mi nuevo atuendo.
Mi indumentaria, consistiendo de una capucha, antifaz, botas y guantes, mas un traje de cuerpo entero, se ajustaba con dos hombreras protectoras ante cualquier elemento que intentaste arremeter en mi contra, aunque tampoco evitaba que pudiera ser dañado, empero, mi vestimenta estaba bendecida por los dioses. Ahora era mi responsabilidad saber ocuparla y defenderla.
"Ālātus...
Titán de los cielos, vestido de divinidad y pureza. Blanco sereno e inocente, que te brindará el sosiego y la concentración ante tus batallas, y el azul, que te abrazará con vitalidad, determinación y juventud".
Fueron las palabras de Iris.
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