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Ālātus: Fractis alis

Fracturada. Así salí de aquel bar. De pensar que llegaría la propuesta de matrimonio, luego de cinco años de relación, Jon me finalizaba sin ninguna explicación, más que con un cuánto lo siento. No eres tú, sino yo.

Ni para eso fue algo más original.

Solo recuerdo beberme hasta el fondo la copa de vino y agarrar mi cartera, dejando atrás el llamado de mi ya ex novio. Caminé sin dirección, trastabillando a medida que avanzaba. No era producto del alcohol, solo de la decepción. Se acercaba la noche, y el frío se colaba por entremedio de mi blusa, haciendo que agarrara con mi mano izquierda mi abrigo, intentando taparme. No logré coger ningún taxi, llevándome a la desesperación. Aun así, me armé de valor, a pesar de tener que cruzar uno de los vecindarios más peligrosos de la ciudad.

Todo parecía estar despejado, más allá de un gato saltando por los botes de basura, sin embargo, al momento de salir de aquella calle, un grupo de muchachas me impedía mi salida. No hubo charla ni amenazas. La punta de un revolver sobre mi cabeza era más que suficiente.

Por inercia dejé caer mi bolsa, nerviosa, siendo una de las chiquillas que me golpeara con la punta de su zapato. Sentí la sangre desplazarse sobre mi lengua y mentón. El resto comenzó a insultarme, sencillamente, porque no llevaba efectivo. Destrozaron mi móvil y mi poca dignidad.

Dentro de mis cavilaciones, una de ellas le murmuró algo en el oído a la que sostenía el arma, asintiendo esta a lo que le decía. Le quitó el seguro a la pistola, riendo. Rogué como nunca que mi ángel de la guarda apareciera, aun sabiendo que no existía.

Un zumbido opacó mi leve atención, pestañeando con rapidez, dándome cuenta, que las mujeres y captoras, estaban en el suelo, no obstante, una de ellas, huyó despavorida, indicando a mi protector. Pensé por un momento, que era el vino y mi horror, pero un hombre de blanco y celeste, de capucha y alado, estiraba su mano, sonriendo.

"Ven, te llevaré a casa".

Sentí que me elevaba, percibiendo el roce de su cuello en mi nariz. ¿Era real aquel justiciero?

Pregunté su nombre. Respondió con suavidad el nombre de Ālātus.

Los redentores estaban en la pantalla grande, en los libros de ficción, mas no en la realidad, pero él, y en tan solo unos segundos, me había salvado la vida.

Cauteloso y austero evitaba mis preguntas, solo mencionando que era la primera vez que ayudaba a alguien dejándose ver.

—Gracias... —contesté llorando, apartando mis brazos de su cuerpo.

—Siempre hay oportunidades, señorita. No lo olvide. Sé por qué se lo digo.

De estar quebrada por el rechazo de mi pareja, el casi morir por una banda de delincuentes, un ser alado, impetuoso y hermoso, me salvaba; recomponiendo la fe en mi ser.

¿Lo volvería a ver?

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