La primera vez que se marturbó fue pensando en ella.
Cuando Han Seojun se enteró que a uno de sus mejores amigos, Lee Suho, le habían querido ver la cara de estúpido, decidió tomar las riendas del asunto y vengarse en su nombre. Terco como él mismo, no tomó en consideración las palabras de su compañero que, no queriendo ver cómo Seojun se seguía metiendo en líos innecesarios, le aseguraba que todo había sido consecuencia de un malentendido estúpido y absurdo. Aquella niña de aire apático y soso no podía ser —a sabiendas— una mujer con ganas de turbarle el ánimo al primer lugar de la clase.
"Ella siempre queda de las segundas. Te apuesto a que lo ha hecho adrede", Han Seojun quiso convencer o —convencerse— de que el mal sabor en la boca de Lee Suho tenía una razón de ser que iba más allá de un simple malentendido. "Déjamelo a mí" había sido la última oración que Lee Suho y Seyeon Yoon habían escuchado de su camarada antes de verlo protagonizar el espectáculo en la cafetería del colegio durante su primer año en Saebom High School.
"¿Estás segura de que solo se evaluará probabilidad en el exámen de matemáticas?", le había preguntado Lee Suho a Choi Eun hee, la única de su clase que tenía pinta —y había demostrado— preocuparse lo suficiente por sus notas como para saber con exactitud qué sería evaluado en el próximo examen de matemáticas. Clases a las cuales, para su gran fatalidad, se había ausentado debido a una severa gripe que le azotó durante la última semana.
"Sí. Eso es lo que dicen mis apuntes" había respondido ella, con su acostumbrada habla monótona y cansina.
—¿Y qué pasa con álgebra?
—No tengo apuntado que saldrá en el examen. Álgebra solo la vimos por encima.
El asunto se dio por hablado. Ni Choi Eun hee ni Lee Suho se volvieron a dirigir la palabra después de aquel breve intercambio. No lo necesitaban. No existía ningún tipo de relación entre ellos y únicamente se comunicaban cuando tenían dudas sobre el contenido de alguna asignatura. Era una especie de acuerdo tácito, meramente académico, y que estaba por encima de la estupidez que emanaba de la mayoría de los estudiantes de primer año.
Claro que el ítem de álgebra que apareció luego en el examen no pasó desapercibido para ninguno de los dos, dejándolos a ambos con la bala pasada y a Lee Suho con un sentimiento agrio. Cuando Lee Suho le contó a sus dos mejores amigos, Seyeon y Han Seojun, no quiso describir el asunto como "traición" y se limitó a hablar del hecho como "el desaire de Choi". No obstante, Seojun, que se las daba de héroe y unificador de grupo, no dejaría que la malintencionada Eun hee se saliera con la suya y humillara a su amigo sin recibir punición alguna.
—¿Querías el primer lugar? —Han Seojun había detenido a Choi Eun hee en el segundo escalón de la escalera que hacía transitar a los estudiantes del primer al segundo piso.
—¿Perdona?
—Querías el primer lugar. Por eso le dijiste a Suho que álgebra no iba a ser evaluada en el examen, para que luego, en las finales, pudieras ganarle el primer puesto.
Choi Eun hee lo miró de hito en hito.
—Ya le dije a Lee Suho que fue un malentendido, que ni yo sabía que álgebra sería evaluada en el examen.
—Pues no te creo nada, eh. Nada. Nadita.
—Me importa un pepino. Si me he dado la lata de explicarte es para que me dejes tranquila, no para que me creas.
Tan rápido como lo dijo se volteó y continuó subiendo las escaleras. Llevaba las cejas fruncidas y la mandíbula ligeramente apretada. No es que tuviera nada contra Han Seojun, pero a simple vista era un tipo arrogante y, al menos cuando se trataba de tareas escolares, un holgazán. Eun hee no quería perder el tiempo con semejante personaje. En ese sentido, Lee Suho le caía un poquitín mejor, pues aunque parco, al menos el hombre demostraba interés por su quehacer escolar y no perdía el tiempo en infantilismos.
A la mañana del día siguiente, durante el primer receso de aquel día viernes, cuando Choi Eun hee fue en búsqueda de su cuaderno de matemática que el día anterior guardó en su casillero, se encontró con su taquilla embadurnada de una extraña fusión entre silicona líquida y cola fría. Todas sus pertenencias, incluídos el cuaderno y el libro de matemáticas, estaban bañados en una especie de oro translúcido semejante al que deja el reflejo de la luz del sol en la llanura del océano durante la primavera, o por qué no, a la mangata de la luna sobre la infinitud de sus mares.
Atacada como por una especie de corazonada, que le mostraba al joven Seojun ingeniándoselas para mortificar su ya, de por sí, insufrible existencia, sintió como la sangre le subía a la cabeza y le teñía de un rojo intenso las mejillas. Su cuerpo se hiperventiló y cuando rozó con sus manos la fría languidez del pegamento en sus pertenencias, la asolaron unas terribles ganas de llorar. De impotencia. De ira. Lo último que percibió antes de asir en sus manos un pote de silicona líquida que había quedado volcado a su suerte en un rincón de su casillero, fue el toque suave, a manera de consuelo, que le dio su amiga Choi Soo ah en su espalda.
Caminó presurosa, intentando equilibrar su respiración para que no pareciera que le estuviera afectando nada. Se dirigió a la cafetería a paso seguro, con la frente en alto y el corazón azorado por la adrenalina. Cuando estuvo de frente a la mesa en la que desayunaban Seojun junto a sus amigos Lee Suho y Seyeon, Choi Soo ah sosegó su paso. Por unos tres segundos hizo contacto visual con quien tendría la suerte de ser su malhechor por un día. Escondió la mano que sujetaba la silicona tras su espalda y pasó de largo de la mesa de Seojun. En su rostro vislumbró una sonrisa fanfarrona.
Sin embargo, es seguro que el joven Han no esperara que segundos después de soltar aquella risilla, lo que en principio pareció ser un chorro de leche espesa le bañara desde la cima de su cabeza hasta sus prominentes clavículas. Era la silicona líquida, la misma que había usado para desbaratar las pertenencias de Eun hee y que ahora, a cada segundo, se impregnaba en su preciado cabello y se adhería a sus mechones colgantes y a la piel de su cuello, destilando con sigilo en una parte de su clavícula. Se quedó pasmado, con la fina línea que unía sus labios sutilmente separada. Lo siguiente que advirtió fue la humedad de un susurró que le empañó el lóbulo de la oreja derecha y un aroma a chocolate y a menta que le golpeó el cerebro, y le generó, por primera vez, un fuerte dolor —o ardor— en la parte baja de su abdomen.
— A mí no me molestes más, Han Seojun.
Fue lo único que salió de los labios de Choi Eun hee, antes de caminar de vuelta a la salida de la cafetería, completamente ingenua de lo que su susurro y su aroma habían provocado en el joven Han Seojun, que todavía se encontraba absorto y era observado por sus amigos a un lado y por la gran mayoría de estudiantes que habían presenciado la calurosa escena, por el otro. Un silencio mortuorio invadió la sala.
Ese mismo día, a esos de las 11:25 p.m, Han Seojun, por primera vez, desplegó las sábanas hasta el borde inferior de su cama, tomó su miembro y con ayuda de sus manos comenzó un leve vaivén por todo él, mientras en su mente se repetía frenéticamente la imagen del vapor de los labios de Eun hee en su oreja y su aroma a chocolate silvestre inundando sus fosas nasales. Sintió que se aturdía.
Al otro día, cuando Han Seojun se despertó, con un par de mechones de cabello faltantes, se prometió a sí mismo que durante todo lo que quedaba de colegiatura no volvería jamás a tocarse pensando en aquella salvaje mujer, en Choi Eun hee.
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