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Capítulo 12: Ayudante.

Zuleima empezó a caminar entre las tazas, donde varios cerberos deformes comían los restos de regordetas personas, las cuales habían comido como monstruos sin descanso durante toda su vida.

El circulo, al parecer, también tenía un poco de los avariciosos. Más específicamente aquellos que negaban comida y no eran capaces de compartirla. Todo ello implicaba, además, personas con severos problemas de voluntad y disciplina, las cuales comían como cerdos pero ellos era devorados, como si al mismo tiempo que comían, fueran la comida de una criatura sin forma definida.

Zuleima notó como es que los cerberos se alejaban de ella, pues de algún modo le tenían miedo. Remangándose las mangas de su gabardina o bata negra, se abrió paso entre las vísceras.

Investigando varios cuerpos abiertos de todos los obesos sacos de viseras, Zuleima tardó en encontrar al menos algún artefacto que fuera útil o siquiera similar a lo que los gemelos habían descrito.

Todo era algo ridículamente repulsivo. Su mano tentaba órgano por órgano, viseras por viseras y no se podía decir que era algo agradable para cualquiera; excepto los que tenían filias.

De entre todos los cuerpos, se encontró con el de una mujer obesa en una de las tazas. En esta, la mujer tenía el estomago abierto, pero no comía, a menos de que en realidad tuviera hambre.

Esta mujer era morena, tenía cabello ondulado y ojos maquillados, en exceso.

-Bien – Dijo la mujer - ¿Qué se te ofrece pequeña?

- ¿A mí? – Dijo Zuleima – Bueno... estoy buscando algo importante... un... – Zuleima dio la vuelta y le gritó a los gemelos - ¡¿Qué estamos buscando?!

-Tres cascos – Dijo uno de los trillizos.

- ¡Gracias! – Dijo Zuleima – Estamos buscando unos cascos. Pero hemos visto varios de los... hemos buscado, pero no encontramos nada.

- ¿Te refieres a estos cascos? – La mujer sacó de entre sus intestinos un trio de cascos, los cuales tenían algo de cables y estaban cubiertos de sustancias de dudosa procedencia.

Zuleima gritó hacia atrás para llamar la atención de los trillizos, los cuales corrieron hacia donde estaba Zuleima. Treparon la taza y se encontraron adentro, con la mujer obesa con los cascos en mano.

-Si – Dijo uno de los trillizos al instante de entrar – Son esos los cascos. Los necesitamos señora, por favor, dénoslos.

-No será tan sencillo, jóvenes.

- ¿Qué tenemos que hacer? – Dijo uno de los trillizos.

-Deberán darme un masaje en mi barriga – Dijo con un tono sensual.

Zuleima quería vomitar, y los trillizos igual, no parecían no estar muy motivados, pero era la única salida o forma de obtener lo que ellos necesitaban.

-Está bien – Dijo Zuleima - ¿Dónde debo acariciar?

-Por aquí está bien, dulzura – Dijo la mujer, levantando su piel, para dejar expuesto un enorme intestino en mal estado, con cortadas y pus, y quizá la peor parte; gusanos.

Estos se arrastraban lentamente, como si se tratase de una marcha o como si Zuleima viera en miniatura y parasitariamente, la marcha por los derechos de los homosexuales de Harvey Milk. Repulsivo era una pequeña y muy superficial descripción de lo qué veía; se sentía algo que era difícil de describir, algo sublime venía de allí y sus vísceras solo eran eso, vísceras.

Los gusanos, al darse cuenta de que Zuleima iba a tocarlos, se acercaron para hacer una barrera para los órganos.

-No te preocupes por mis amiguitos – Dijo la mujer.

-Está bien – Dijo Zuleima con cierta tranquilidad, aunque claramente no era una tranquilidad genuina; era, por decirlo así, unas palabras diplomáticas.

Metiendo sus manos y sintiendo los gusanos en sus propias manos, Zuleima no pudo si no solo hacer gestos de rechazo ante lo que veía. Todo no podía ser si no algo repugnante en todo el sentido anglosajón de la palabra.

Seguía moviendo de forma calmante sus manos, sin mirar, no sin no prestar atención a los gusanos, que le hacían sentir escalofríos.

Meneaba los intestinos, el estómago, y le dio un pequeño moldeo al hígado hinchado con grasa y a las múltiples partes de su anatomía; otros órganos y algunas glándulas.

El tacto del cuerpo era muy desagradable; todo tenía una consistencia viscosa; no había uniformidad en su tacto y todo parecía derretirse en sus dedos.

Zuleima no podía si no sentir su estomago gritar, buscando sacar todo lo que tuviera. Claro, aquella sensación era solo por su cerebro; no había ya nada que vomitar, mucho menos había algo que realmente pudiera estar sintiendo en el cascarón que era su cuerpo.

Pasados unos segundos, la mujer empezó a sentirse más placentera y mostró alivio con un suspiro.

-Oh si – Dijo la mujer – No te detengas jovencilla. Ya casi, ya lo tienes ¡Lo tienes!

Dando un orgasmo, la mujer dejó salir lo que parecía ser excremento, de sus piernas, las cuales ahora eran comida de cerbero.

-La verdad es que llevo años sin hacer del baño – Dijo la mujer – Perdonen el mal hedor, pero esto tiene desde hace siglos.

Los trillizos vomitaron afuera de la taza y Zuleima solo pudo mirar anonadada.

-Vaya... esto... demonios...

-No digas nada primor – Dijo la mujer, entregando a Zuleima, con esos brazos gordos, los cascos que tanto trabajo le habían costado – Solo llévatelos y recuérdame a donde vayas. Gracias por todo. Te invitaría algo de comer de no ser porque me castigarían.

-Okey... – Dijo Zuleima – Gracias...

-No hay de que – Dijo la mujer, mientras Zuleima salía de la taza – Hasta pronto.

Zuleima había salido de allí, viendo como los trillizos se limpiaban la boca tras haber vomitado.

-Que bueno que ya tienes los cascos – Dijo uno de los trillizos.

-Lo sé... solo espero poder pasar con ustedes, y que lo que me dijeran no fuera una mera mentira.

-No te preocupes Zuleima – dijo uno de los trillizos.

Otorgando los cascos, Zuleima se sintió algo agobiada, a la par que no se sentía bien mentalmente.

-Bien – Dijo Zuleima – Lo único que deseo es largarme de aquí, si me lo permiten.

-Puedes hacerlo, si quieres – Dijo uno de los trillizos.

-Gracias – Zuleima siguió a los trillizos, quienes iban hacia la salida del camino de las tazas,

-Espera – Dijo uno de los trillizos - ¿Por qué nos sigues?

- ¿Cómo que por qué idiotas? – Dijo Zuleima.

-Si ¿Por qué?

- ¿No se supone que los iba a acompañar?

-Oh – Dijo uno de los trillizos poniéndose el casco, inmediatamente los otros dos se pusieron los suyos – Hablando de eso.

El casco se prendió, con una luz azul, la cual encandiló las almas de los trillizos, haciéndolos azules, mostrando ojos negros.

-No puedes seguirnos Zuleima. Fue algo muy amable de tu parte, pero no pasa de ser algo amable.

- ¿Qué?

-Si – Dijo uno de los trillizos – En realidad nosotros solo necesitábamos los cascos para pasar. Jamás quisimos ayudarte realmente. No te preocupes, hablaremos bien de ti con Abadón.

-O no bastardos – Dijo Zuleima con paso furioso hacia ellos – Ustedes me deben...

-Cerberos – Dijo uno de los trillizos - ¿Por qué no nos divertimos un rato?

Todos los extraños perros deformes miraron a Zuleima.

- ¿Qué mierda? – Dijo Zuleima.

-Si intentas hacernos algo, no dudaremos en usar a estos lindos perros que ves en todas tus direcciones.

-Son unos infelices – Dijo Zuleima.

-Lo sabemos, sin embargo, si te apresuras o nos dejas en paz, tal vez podamos traerte algún recuerdo de la pelea iracunda en el quinto circulo.

-No pienso dejarlos ir – Dijo Zuleima quitándose su bata – Tendrán que matarme primero.

-Buena idea – Dijo uno de los trillizos - ¡Cerberos, ataquen!

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