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Fue en un pueblo con mar...

Luka despertó al sentir cómo la furgoneta se detenía.

-Venga, chicos, ya hemos llegado –decía Rose desde el asiento del conductor.

Varios de los componentes de la banda se habían dormido durante el viaje. Llevaban ya un par de meses recorriendo el país, haciendo bolos en fiestas de pueblos y ciudades pequeñas.

Luka ni siquiera sabía cómo se llamaba el lugar donde estaban en ese momento. Sólo sabía que era un pueblo con mar, pues el aroma a salitre se coló por sus fosas nasales al bajar del vehículo.

Como cada vez que llegaban a un sitio nuevo, se dirigieron al hostal donde iban a dormir para dejar sus pocas pertenencias y dirigirse al lugar donde se iba a celebrar el concierto para montarlo todo.

Después de una tarde de trabajo y un concierto de casi dos horas, para un público no muy numeroso, recogieron todo y pusieron rumbo al hostal para descansar.
Pero Luka no estaba cansado. Quizá era por el sueño que se había echado durante el viaje o porque le apetecía romper con la rutina de cada día, que últimamente consistía en "llegar-montar-tocar-recoger-dormir-marcharse".

-¿Os apetece que vayamos a tomar algo? –dijo el guitarrista a sus compañeros.
-¿Has visto la hora, Luka?
-Vamos, chicos, últimamente sólo trabajamos. Tomemos una copa, ¡venga!
-Pero seguro que no queda nada abierto –dijo Iván.

Después de unas cuantas vueltas por el pueblo sin encontrar ningún bar donde meterse, los chicos decidieron irse a descansar.

-Otra vez será, Luka –dijo Juleka.

Pero el músico no quería darse por vencido aún. No tenía sueño y no quería encerrarse en la soledad de su cuarto otra vez, así que decidió caminar un poco.

De pronto, un luminoso llamó su atención. Era un bar. El único bar que vio abierto. Y decidido, se encaminó hacia él.

Cuando entró había unos pocos clientes, charlando y tomando algo. La música era tenue, como la luz, pero el ambiente era agradable.

Luka miró a la barra y la vio. Era la mujer más hermosa que había visto nunca. Su pelo azabache, su cuerpo delgado pero con curvas bien definidas, sus labios carnosos curvados en una preciosa sonrisa... pero lo que más llamó su atención fueron sus preciosos y expresivos ojos azules, dos mares profundos en los que, inmediatamente, quiso naufragar.

Ella volvió sus orbes hacia él y la intensidad de su mirada lo dejó paralizado. Era un ángel; un ángel hermoso y tentador, con unos ojos que brillaban como los de un gato. Un ángel con ojos de gata.

Luka se acercó a la barra y se sentó en un taburete.

-Hola –dijo él, perdido en sus zafiros.
-Hola –contestó ella con una enorme sonrisa.
-¿Me pondrías un cubata?
-Tal vez... Si me cantas una canción.
-Podría cantarte todo mi repertorio si me permites que siga viendo esos preciosos ojos toda la noche.

Ambos sonrieron; ella con un ligero sonrojo.

-Soy Marinette.
-Luka. Encantado.
-Sé quién eres. Estaba deseando ir a vuestro concierto, pero mi compañera enfermó y me tocó cubrir su puesto. Justo hoy –dijo con pena la joven.
-Vaya, lo siento. Pero mi oferta sigue en pie –dijo coqueto-. Si quieres... podría cantar para ti toda la noche.

Marinette sonrió.

-Venga, dime qué tomas.
-¿Qué me recomiendas?
-Nada complicado. Apenas llevo dos meses trabajando aquí. En realidad lo hago para pagar mis estudios. El próximo será mi último año de carrera y quería ayudar a mis padres a pagar la matrícula.
-Y ¿qué estudias?
-Diseño. Me encanta dibujar, diseñar y confeccionar mi propia ropa. Incluso hago cosas para mis amigas cuando tengo algo de tiempo. Mi sueño es ir a París y abrir mi propia boutique pero... es algo que me parece tan inalcanzable...

Luka no podía dejar de mirar cómo se iluminaban los ojos de la chica al hablar de sus sueños, y cómo se movían sus labios, esos jugosos y apetecibles labios.

Continuaron hablando. Los minutos pasaban sin apenas ser conscientes de ello. Sólo se interrumpían para que ella atendiese a algún cliente.

Luka se dio cuenta que le encantaba oír hablar a esa chica que lo había dejado impresionado, primero con su belleza, y luego con su carácter afable y risueño.

-Bueno, y ¿qué hay de mi canción? –dijo de pronto la azabache.
-Claro, preciosa –dijo él coqueto-. ¿Alguna petición especial?
-Adoro todos vuestros temas, así que... sorpréndeme.

El moreno se acercó al piano que había en el centro del bar y tocó una canción tras otra, pendiente de cómo ella le miraba y cantaba sus letras.

Poco a poco los clientes del bar se fueron marchando y el sitio quedó vacío, a excepción de la azabache y el músico que querían alargar el tiempo todo lo posible, para no tener que separarse.
Marinette salió a cerrar.

La vio caminar hacia la puerta y su cuerpo contoneándose le hizo suspirar. Esa mujer era pura tentación. Y él deseaba caer en la tentación.

-¡Cuidado chaval! Te estás enamorando –se dijo.

Cuando ella volvió se acercó a él, que aún seguía sentado al piano, y acarició su cabello. De pronto bajo su mano hasta su espalda y con un dedo dibujó un corazón.

Él se estremeció bajo su toque y se giró hacia ella. Acercó una mano hasta su pierna y la acarició, por debajo de su falda, hasta rozar su muslo.

Ella se acercó más, sentándose sobre él en el banco del piano y mirándole fijamente a los ojos.

Él sintió una corriente atravesar su cuerpo cuando ella le acarició el rostro. La tomó por la cintura y la apretó contra su cuerpo. Pasó sus dedos por su pelo y los bajó hasta su cuello, después tomando su barbilla y levantándola, hasta que sus labios se unieron en un cálido beso.

Ese primer beso llevó a otro, y éste a otro más, cada uno más intenso, más profundo, más necesitado.

Sus manos empezaron a recorrer sus cuerpos. El deseo se apoderó de ellos.

-¿Nos vamos? –preguntó ella cuando sus bocas se separaron un instante.
-Mi habitación está muy cerca de aquí –dijo él con la necesidad impregnada en su voz.
-Y ¿a qué estamos esperando?

Se encaminaron juntos hacia el hostal, deteniéndose a besarse en cada farola. El deseo de estar juntos crecía a cada paso.

Cuando llegaron a la habitación no se dieron tiempo a nada. La ropa voló. Sus latidos eran frenéticos, sus respiraciones agitadas. El calor que desprendían sus cuerpos, el aliento del uno sobre el otro, los jadeos y gemidos que escapaban de sus bocas respondiendo a cada toque de sus manos, de sus dedos...

Las caricias con las que Marinette obsequiaba a Luka le hacían volar. Nunca nadie le había tocado así.

Los besos que Luka repartía por el cuerpo de Marinette la hacían enloquecer. Nunca nadie la había besado así.

Cada beso, cada caricia, cada sensación era única e irrepetible para ellos. La conexión que sentían era extraña e increíble. Era como si fueran las dos mitades de un todo.

Y, cuando se unieron por completo, cuando sus cuerpos fueron uno, sintieron que sus almas también lo eran, alcanzando el clímax al mismo tiempo y sintiendo que se pertenecían desde ese momento y para siempre.

Las horas pasaban. Las diez, las once, las doce, la una, las dos y las tres...

Hicieron el amor una y otra vez, regalándose besos y caricias, palabras y gestos, sueños y anhelos, el alma entera, y el corazón.

La luna y el sueño los encontraron desnudos al amanecer.

Ambos cayeron en los brazos de Morfeo, felices, dichosos, plenos.

Cuando Luka abrió los ojos, el sol se colaba con fuerza a través de las cortinas. Tocó el colchón a su lado, encontrando únicamente el hueco vacío.

Se incorporó de golpe, recorriendo con su mirada la pequeña habitación, buscando a la que había sido la artífice de su inmensa felicidad aquella noche, sin hallar rastro de su ser.

De pronto una hoja de papel llamó su atención. Se levantó y la tomó.

Sólo siete palabras escritas en ella.

Adios. Ojalá que volvamos a vernos. Marinette.

Su precioso nombre, escrito con delicadas letras, junto a un dibujo de unos ojos y una guitarra.

Guardó la nota y se vistió. Apenas tenemos a tiempo. Corrió hasta el bar, pero estaba cerrado a esas horas. Volvió al hostal, donde sus amigos le esperaban. Debían irse ya. Otro pueblo, otra ciudad, otra actuación...

Pasó el verano, acabaron los bolos y volvieron a casa. Cada noche soñaba con ella, cada día pensaba en sus ojos, en sus labios...

El otoño llegó y tras él, el invierno. Su nombre resonaba en sus oídos, el recuerdo de su piel, de sus caricias, de sus palabras, le acompañaban en los días fríos dándole calor. Rogaba por volver a verla, por estar con ella, por tenerla a su lado.

De pronto volvían a estar en verano. Sus compromisos los llevaron de un sitio a otro, nuevamente recorriendo pueblos y ciudades de toda Francia.

Una tarde, al bajar de la furgoneta en Dios sabe dónde, un olor llegó hasta él, trayéndole intensos recuerdos. Miró a su alrededor y reconoció de inmediato el lugar.

El azar le había llevado de nuevo al pueblo de Marinette.

Tenían el tiempo justo de montar, así que, hasta que no acabase el concierto no podría ir a verla.

Al terminar, se puso a buscar su cara entre la gente, por si ella había podido ir esta vez, pero no tuvo suerte. No estaba allí.

Dejó a sus amigos recogiendo todo y se encaminó en dirección al bar donde la había conocido, deseando volver a verla, estrecharla entre sus brazos.

Cuando llegó no vio el bar. Pensó que se habría desorientado. Al fin y al cabo sólo había estado allí una vez y de noche.

Donde él creía que estaba, sólo había una sucursal bancaria.

Así que entró en una cafetería que estaba al lado y preguntó. Le dijeron que el bar cerró. El dueño se fue a vivir a España y no supieron más de él.

Preguntó por Marinette, pero no la conocían. Le indicaron una tienda donde podría preguntar, pero tampoco sabían nada de ella.

En todo el pueblo no encontró quién de ella le dijera ni media palabra.
¿Acaso el destino le estaba gastando una broma macabra?

Estaba frustrado, cabreado y deseperado.

Se paró frente a la sucursal bancaria que antes fue el bar donde conoció al amor de su vida y se sentó en el suelo, llorando.

Su mano rozó algo. Era una piedra. Una intensa furia se apoderó de él y la lanzó contra el cristal de la sucursal. Y luego otra. Y después otra más. Vengando así su memoria.

Algún vecino alertó a la policía, que enseguida se personó en el lugar, deteniéndole y esposándole, para llevarle a comisaría.

Allí declaró que había bebido tres copas y que tenía un problema con ese banco. De ahí su ataque.
Le impusieron una multa y le dejaron marchar.

Volvió al hostal con el corazón destrozado.

Creyó que encontraría a Marinette, que podría volver a verla para decirle que la amaba, que la quería en su vida para siempre.

Pero se encontró solo, hundido y desesperado.

En el mismo cuarto donde había pasado la mejor noche de su vida con la mujer que había amado y amaba, hizo lo único que sabía hacer: escribir una canción, volcando en ella todos los sentimientos que, en ese momento, le estaban ahogando.

Y, escribiéndola, le dieron las diez, y las once, las doce y la una y las dos y las tres...

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