Me hallaba semi dormido en la incómoda camilla del hospital cuando un leve ruido me hizo abrir los ojos.
Nada, leve penumbra, típico de las madrugadas, serían quizá las tres o cuatro —suspiré—. "Hora muerta", ¿eh? Y en un hospital, solo esperaba que la cosa que me perseguía no atrajera a otros demonios.
El silencio reinaba, nadie se había quedado conmigo esta noche, igual no importaba porque ya más tarde podría salir de este apestoso lugar.
—Aleeex... —me llamó un espectral susurro.
Me enfrié y busqué con la mirada de dónde había provenido. Había sido tan silencioso que podría jurar que lo había provocado el mismo viento.
—¿Gato? —me digné a preguntar, quizá era él.
—Estás condenado —volvió el susurro espectral.
Miré hacia la pared de enfrente y me horroricé.
Flotando cerca del techo se hallaba una mujer con bata negra, flotando, y sin piernas. Tenía el rostro pálido y la cabeza caída a un costado. Levantó un poco la mano y me señaló para luego esfumarse con lentitud.
Tragué salida con dificultad ahogando un grito. Miré a mis costados otra vez y pude divisar un bulto negro en la esquina más lejana —miré hacia otro lado—. No quería seguir viéndolo, aunque de seguro era el bicho, tenía miedo, mucho miedo por primera vez, de que fuera alguna otra cosa como la que se me había presentado hace unos segundos.
***
Cuando estuve en casa lo primero que hice fue marcar el número de Joel.
—Qué —respondió—, ¿ya resucitaste?
—Calla, idiotas, ¿se creen muy graciosos?
—¿Y ahora qué? Por cierto, idiota tú. ¿Y a qué viene esto?
—¡No me pareció graciosa su broma del ramito de flores!
—Cuál ramito de flores oye imbécil, ni que fuéramos maricas...
No pude evitar sonreír ante su expresión.
—Sí claro, niégalo. Sabes bien que te mueres por mí, cariño —respondí, aunque seguía lleno de rabia—. Bueno, olvídalo, llamaré a alguien más.
Corté y marqué otro número, al cual debí llamar primero.
—Diane...
—¿Ya estás mejor? Qué alivio...
—¿Quién te dio ese ramo a que me lo llevaras?
Guardó silencio unos segundos.
—Ay, creo que Miguel, no recuerdo bien, me abordó en plena calle, iba apurado.
Entrecerré los ojos y suspiré.
—Bueno... Lo llamaré.
—¡Eh! ¿Pero ya estás bien?
—Sí... —tensé los labios— Sabes, de algún modo tengo un vago recuerdo sobre el accidente... Tengo la impresión de que estabas ahí, recuerdo haberte visto.
Soltó una corta risilla.
—Quizá te parece, ahora todo debe lucir confuso. Yo estaba en mi casa cuando me enteré.
Suspiré.
—Claro... Debe ser, bueno, chau —colgué.
Miguel, seguro él. Marqué su número.
—Podrías pasarte todo el día llamando, nadie te va a decir la verdad —dijo el bicho, haciéndome colgar.
—Tú qué sabes.
—Tonto, tonto humano, recuerda que tienes prohibido decirle a alguien sobre mí.
Lo miré, estaba sobre mi escritorio viéndome fijamente.
—Claro, debí suponer que si persigues a alguien más, no podrá decírmelo.
—Oh descuida, no los conoces. Por cierto, se acerca viernes trece...
La sangre se me enfrió.
—A... A qué te refieres —murmuré con cautela—, no hay nada especial con ese día, nunca lo has mencionado.
—Oh, lo olvidé, así como en martes trece, los viernes trece también debes ser responsable de la muerte de alguien...
—¡TRAMPOSO! —grité incluso antes de que terminara de hablar.
Mi madre tocó la puerta.
—¿Con quién hablas tanto?
—¡No es de tu incumbencia! —respondí con tosquedad.
—Abre la puerta.
—Largo...
Abrió sin que dijera más, había olvidado echarle seguro. Nos quedó mirando a mí y al gato.
—Me tienes muy preocupada —murmuró.
En ese instante sentí necesidad de lanzarme y contarle lo que me estaba pasando pero si lo hacía el animal se vengaría de algún horroroso modo. No podía y sentía que quería explotar, ¿ahora quien moriría por mi culpa?
—Estoy bien —respondí a duras penas pero pidiéndole ayuda con mis ojos. Claro, no entendió.
Suspiró y salió de la habitación. Me dejé caer en el colchón.
—Iré a buscar a la víctima —anunció el diablillo y salió por la ventana.
***
Cada día que pasaba era una tortura, no había vuelvo a ver al gato ni en las noches. Temía que tuviera que cargar con más culpa, quizá si no salía de casa evitaba la muerte de alguien más.
Pero claro, lo acataría ese día, viernes trece. Quedaban dos horas, y ahora me encontraba tomando como un poseso en casa de Joel.
—En serio hermano, que la flaca no quería y yo tenía que insistir —contaba él.
Todos reían excepto yo, que me encontraba jugueteando con mi encendedor. Miré hacía la ventana y pude ver una sobra pasar. En ese instante y de un brinco, apareció el gato negro y quedó cara a cara conmigo, haciéndome soltar un grito y dar un salto. Los demás estallaron en risas.
—¡Qué marica eres! —se burló uno con la voz rasposa por los efectos del licor.
—¡Te asusta un gato, eres una niña!
—¡Callen, idiotas! —les respondí.
Me puse de pie y salí, dejándolos sorprendidos. El gato bajó del borde de la ventana y empezó a caminar, guiándome. Yo no sabía por qué lo seguía, parecía que no estaba dentro de mis cabales o era el licor el culpable.
—¿A dónde me llevas? —pregunté sin ganas.
—Encontré a alguien... Morirá y quiero que sea por tu culpa.
Respiré hondo.
—¿Y si no quiero acercarme?
—Bueno, entonces ella morirá de todos modos...
—¿Ella?
El animal empezó a reír de forma siniestra y echó a correr, lo seguí sin dudarlo, ya sabía que algo se traería entre manos. Había encontrado a alguien conocido para mí, estaba seguro. Y en ese instante me congelé al pensar en que quizá era Diane. Quizá verla ese día del accidente había sido una señal.
Corrí y corrí. Y me quedé de una sola pieza al ver a Diane cerca de una tienda de balones de gas.
—¡Diane! —la llamé.
Aún estaba muy lejos como para que me escuchara, ¿qué rayos hacía ella ahí, a las once de la noche? ¿Era acaso que iba a morir en alguna explosión o algo? Y peor aún, ¿iba yo a cometer alguna estupidez que la produjera? ¿Por qué rayos empecé a seguir al animal?
—Apresúrate o morirá —avisó el detestable bicho.
¿Qué rayos significaba esto? ¿No que alguien debía morir por mi culpa? ¿No iba a ser ella? ¿Quería que la salvara?
Sentí tirón y miré hacia mi costado, un ave me había arrebatado el encendedor de mi bolsillo y se lo llevó al vuelo.
—¡HEY! —grité desesperado.
Corrí nuevamente, lo más veloz que podía, para intentar atrapar al ave que iba volando a duras penas con el aparato en las patas. Pude reconocerlo, era un cuervo, ¿un cuervo?
Las imágenes fugaces del cuervo posándose en la banca aquel día cuando quise contarle a Diane lo del gato me cruzaron por la mente.
—¡Cuervo! ¡Eres uno de ellos! —volví a gritar.
Estando cerca di un salto para intentar capturarlo pero me mordió la mano y logró escurrirse de nuevo, para mi sorpresa, fue a parar a la mano de Diane.
—Hola, Alex —dijo ella.
Me quedé frío otra vez, sin saber qué ocurría.
—Quítale el encendedor a esa ave, no sabes lo que es —le advertí despacio, temiendo alguna reacción violenta por parte de los dos animales.
El gato empezó a alejarse y el cuervo también, después de dejarle el encendedor a mi amiga.
—¿Ibas a matar a alguien hoy? —preguntó ella.
—¿Qué? No.
—Mientes, pero tranquilo, eso se acabó.
Prendió fuego y lo lanzó hacia un montículo de balones de gas que no había visto en mi desesperación.
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