
PRÓLOGO
OCHO AÑOS ANTES
Hace mucho frío para ser julio, pero ninguno de los pasajeros del vehículo se queja, ni siquiera Alma, que no suele gustarle que bajen mucho las temperaturas.
—¿Duerme? —pregunta el conductor a la madre de la niña, que está durmiendo en la parte de atrás.
—Sí, debe de estar agotada. Llevamos quince horas de viaje, sin descansar —la excusa ella.
—Deberíamos parar a comer algo —le sugiere el hombre.
—¿Podemos parar? Es la primera vez que han estado tan cerca de encontrarnos —se preocupa ella.
—Es imposible que sepan que estamos en Finlandia. No te olvides que son simples hombres.
—¿Por qué estamos aquí? —pregunta, ya que no se había atrevido a hacerlo antes.
—Tengo a un amigo en Inari, en la Laponia finlandesa, que puede ayudarnos a desaparecer.
—¿Es seguro?
—Le confiaría mi vida —responde él sin dudarlo.
—No podemos seguir siempre así. Si no nos encuentran los discípulos de Senés, Ares se dará cuenta de que he tenido a su hija y también querrá tenerla a su lado. Tengo que protegerla.
—Solo tendrás que esperar a que cumpla dieciocho años y podrá decidir por sí misma lo que quiere hacer.
—Los dioses no entienden de mayoría de edad.
—No, sin embargo, para ellos los dieciséis años es sinónimo de ser adulto, el propio Zeus se rebeló contra su padre cuando los cumplió. Entiendo que utilicen la misma vara para medir con sus hijos.
—Aún quedan demasiados años para que llegue ese momento y no podremos escondernos todo el tiempo —se desespera ella.
—Nos darán nuevas identidades, conseguiré un nuevo trabajo y nos mudaremos a Barcelona.
—A Alma no le gustará el Benjamin Franklin International School. Ya sabes lo que le cuesta hacer amigos —se preocupa la madre de la niña.
—En este caso, es mejor así, no creo que podamos quedarnos más de dos o tres años y no podrá contactarlas después de irnos.
Los dos adultos se deleitan con sus propios pensamientos y ninguno se atreve a romper el silencio. Él, todavía planeando su regreso a España, y ella, atemorizada por lo que pueda pasarle a su hija.
Hace unos años, antes de que tuviese la responsabilidad que siente una madre cada vez que puede estar en peligro un hijo, ella no le temía a nada. Es descendiente directa de Argantonio, descendiente de Poseidón. También corre por sus venas, sangre de Eneas, héroe de la guerra de Troya, hijo de Anquises y Afrodita.
Ahora esa es la razón por la que tiene tanto miedo. Los seguidores de Senés buscan a su hija porque es todo lo que ellos quieren destruir, una prueba viviente de que la Atlántida existió. Algo mucho más importante que un simple medallón perdido en el mar.
En estos momentos, solo le queda rezar a los dioses y pedir, sin levantar muchas sospechas, que protejan a esta niña que empezó a ser el centro del universo mucho antes de que nacer.
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