—¿Está diciendo algo? —preguntó Fury por el comunicador del quinjet.
—Ni una palabra —respondió Natasha, sin quitar los ojos del cielo.
Desde hace veinte minutos que amarramos a Loki y lo subimos a la nave, sentándolo en uno de los asientos, con arnés y todo. Lo raro es que, para ser alguien con mucho que decir (como había demostrado en Alemania), estaba demasiado callado. De hecho, era como si ni siquiera estuviera enojado por haber sido capturado.
Decidí no perder mi tiempo en preguntarle otra vez dónde estaba Callisto, porque sabía que no revelaría su paradero. Necesitaba que al menos dijera algo para determinar si mentía, pero él dijo que Callisto le habló sobre mí y mis habilidades, así que no me diría ni una palabra.
—Sólo tráiganlo —ordenó Fury—. No hay tiempo.
Intercambié una mirada rápida con Steve. Él tampoco parecía contento, pero no estaba segura de cuáles eran sus razones.
—Esto no me gusta —murmuró, volteándose para encararme, dándole la espalda a Loki y chocando el hombro con Tony, quien no dejaba de observar al dios con cara de pócar.
Asentí, entendiendo a lo que se refería. Me crucé de brazos, apoyando mi peso en una pierna y volteándome hacia él.
—¿Qué? ¿Que el profeta se rindiera tan fácil? —cuestionó Tony, sin tomar el asunto en serio.
—A mí no me pareció tan sencillo —contestó Steve—. Y no combatió con todo su poder.
—Tiene razón. Sólo me hirió a mí, y sabía que me curaría. Además, ni siquiera está molesto por estar aquí. No huelo su enojo. De hecho, no percibo nada —comenté. Tony me miró con una ceja arqueada, confundido—. Tengo buen olfato.
—Tu archivo de SHIELD estaba prácticamente en blanco, y decía que falleciste junto con los demás experimentos —mencionó, sospechoso—. ¿Qué eres? ¿Un sabueso con el poder de regenerarte?
Entrecerré los ojos, sin creerme que me hubiera dicho algo así. No me gustaba cuando se burlaban de mis habilidades.
—No, pero puedo oler tu desodorante Axe —contesté con una ceja arqueada—. Considera ponerte un poco menos.
Tony me señaló con el dedo, levantando sus cejas en asombro.
—En primer lugar, eso sí que no lo esperaba. Segundo, tenía prisa y era lo único que tenía a la mano —se defendió—. Eres bastante fuerte para ser tan joven... y tú muy hábil para ser tan viejo —puntualizó. Steve lo miró incrédulo cuando se refirió a él—. ¿Qué haces? ¿Pilates? Obviamente Gatúbela hace pilates. ¿Van a clases juntos?
En realidad, no hacía pilates. Hacía yoga. Me ayudaba a liberar mucha tensión. Pero no iba a decir eso. Además, empezaba a irritarme con sus bromas. No estaba acostumbrada a que se burlaran de mí. La única persona a la que le permitía cruzar todos mis límites era Bunny, y porque era una madre para mí.
—¿Qué? —contestó, sin entender de qué le hablaba.
—Es un ejercicio —explicó Tony—. Te perdiste algunas cosas... en tu tiempo como capipaleta.
—Fury nunca mencionó tu ayuda —dijo Steve, apretando la mandíbula.
—Sí, hay cosas que Fury no te dice.
Al menos concordaba en eso con Stark, pero no iba a admitirlo en voz alta.
Una larga serie de truenos y relámpagos iluminó el cielo y opacó el silencio de la nave, que se sacudió un poco por la turbulencia. Observamos el cielo, desconcertados por el cambio climático.
—¿Y esto de dónde vino? —murmuró Natasha.
El olor del miedo inundó mis fosas nasales, y justamente provino de Loki. Así que lo inspeccioné y me di cuenta de que estaba mirando el techo de la nave, como si a través de él pudiera ver los truenos.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Steve.
—Está asustado —murmuré, confusa con su miedo.
—¿De los rayos?
—No me hace muy feliz lo que viene —admitió Loki.
Entonces, algo golpeó contra el techo del quinjet, sacudiendo la nave con más fuerza. No fue un trueno y tampoco turbulencia. Había algo ahí afuera, y no estaba segura de que fuera a ser amigable.
Steve se volteó para tomar su escudo y casco al mismo tiempo en que Tony tomó el suyo, completando su armadura, y yo desenfundé las garras de mis manos. Tony caminó a uno de los controles, pulsó un botón y la puerta se abrió hacia abajo.
—¿Qué haces? —exclamó Steve.
Una figura masculina, musculosa y de largo cabello rubio, con capa roja, aterrizó sobre la rampa. Tony se acercó y quiso apuntarle con el guantelete, pero el hombre alzó un martillo que tenía en mano y le golpeó en el pecho.
Lo siguiente que sentí fue el impacto de la armadura de Iron Man contra mi cuerpo, empujándome al suelo. Creí que caería contra el metal del suelo de la nave, pero Steve cayó debajo de mí, amortiguando mi golpe con su cuerpo.
Lo escuché jadear por mi peso y la fuerza del impacto. El vibranio en mi esqueleto me volvía mucho más pesada y fuerte, por lo que obviamente le afectó mi caída sobre él.
—Lo siento —le dije con una mueca, avergonzada.
Cualquier mujer se sentiría igual al caer sobre un hombre fuerte y sacarle el aire con su peso. Después de todo, recibió el impacto de una mujer de ciento diez kilos (¡el vibranio me aumentaba cincuenta kilos!).
No pude moverme ni ver nada hasta que Tony logró levantarse. Me removí, quitándome de encima de Steve, y me aseguré de que estuviera bien, preocupada de haberle rasguñado o encajado mis garras. Él se levantó junto conmigo, ya recuperado del golpe, y me alivié de verlo intacto.
—Y ahora este sujeto —se quejó Tony, viendo el cielo nublado y todavía relampageando frente a nosotros.
El tipo se había llevado a Loki.
—¿Es otro asgardiano? —preguntó Natasha con voz fuerte, para escucharse sobre el fuerte viento.
—¿Y será de los nuestros? —interrogó Steve.
—No importa —dijo Stark—. Si libera a Loki o lo mata, perdemos el teseracto.
La única opción era ir tras ellos, buscarlos y averiguar quién era y qué quería con Loki. Obviamente, no lograríamos enfrentarlo. Si Loki estaba temeroso de su presencia era porque su poder no tenía comparación. Si no nos movíamos rápido, perderíamos a Loki, y con él... a mi hermana.
—Stark, ¡necesitamos un plan de ataque!
—Yo tengo un plan: ¡atacar!
Sólo nos miró un segundo, por encima del hombro, antes de salir disparado hacia el cielo a toda potencia, dejando apenas un difuminado rastro de la luz de sus propulsores.
Steve dijo algo entre dientes que no logré entenderle bien. Rápidamente se volteó hacia los paracaídas que habían amarrados a la parte trasera de los asientos y tomó uno. Entendí su plan y me apresuré a imitarlo.
Steve me vio de reojo y volvió a lo que hacía, hasta que captó mis intencion y me detuvo, evitando que siguiera poniéndome el paracaídas.
—No. Tú quédate. No sabemos que tan peligroso sea este tipo.
—Olvídalo. No confío en Stark —me negué, sacudiendo la cabeza.
—Pero confías en mí —protestó, mirándome a los ojos.
Tragué con dificultad, nerviosa por sus palabras. Sí, extraña y sorpresivamente, lo hacía. Confiaba en Steve.
—Lo siento. Si tú vas, yo voy.
Steve me miró dudoso un par de segundos antes de soltar mi paracaídas y asentir, terminando de asegurar el suyo.
—Yo no lo haría si fuera ustedes —habló Natasha—. Son básicamente dioses, personajes de leyenda.
—Sólo hay un Dios para mí —dijo Steve, abrochando el último seguro—, y jamás se vestiría así.
—Amén —murmuré, ajustando el último cinturón que rodeaba mi brazo.
Steve me miró de arriba abajo. Todavía no estaba muy seguro de dejarme ir con él, pero no dijo nada. Acortó nuestra distancia con dos rápidos pasos y ni siquiera dudó en tirar de los broches de mi paracaídas, asegurándose él mismo de que me lo hubiera puesto bien.
Mi corazón se aceleró ridículamente. Sí, era tonto que me emocionara por algo así, pero no pude evitarlo. Steve era todo un caballero, el tipo de hombre al que ni el príncipe de mis sueños jamás le llegaría al tobillo.
Tal vez... sólo tal vez... estaba teniendo un flechazo por Steve Rogers. Pero ¿podría cualquiera culparme? Era el caballero que toda madre desearía que se casara con su hija. Al menos, sé que Bunny enloquecería si llegara con él a casa.
A pesar de la oscuridad, pude verlo sonrojarse y una pequeña esperanza despertó en mi trágico y romántico corazón. Tal vez fuera una chica cerrada, pero también tenía mis momentos y sentimientos de colegiala. Nunca fui buena coqueteando, y la única relación seria que he tenido había sido un desastre.
No obstante, nunca he perdido la esperanza de encontrar el amor. Por dentro, probablemente era tan sensible como una quinceañera hormonal a mitad de su ciclo menstrual.
Steve carraspeó y se apartó, recreando espacio entre nosotros, después de darse cuenta de lo que había hecho. Le sonreí, esperando calmarlo con ese gesto. Pareció funcionar porque lo vi destensar los hombros y volverse hacia la entrada del quinjet. Sentí que la nave daba la vuelta, regresando al punto en el que Loki había sido rescatado... o secuestrado.
—Así que... ¿el plan es aterrizar y buscarlos?
—No hay opción —afirmó Steve antes de dar un último paso y lanzarse al aire.
Un segundo después, me lancé con él al vacío.
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