Capítulo seis.
DIXIE
ESTOY TENIENDO LA CRISIS DE LA MEDIANA EDAD
— Pero tienes 22 años, Dixie —me aclaró Tom como si acaso no lo supiera.
Levanté una de mis cejas, con ironía pero él pareció no captarlo. Bostecé una vez más y me acomodé en la silla de la habitación en la que mis amigos estaban declarando junto a un policía. Él tenía un aspecto temible pero aún así parecía haberse acostumbrado a mis amigos como para ser tolerable.
— ¿Por qué te trajeron acá? —me preguntó Milena. Yo dudé, sintiendo un poco de vergüenza de estar en aquella situación— Tom estaba bailando en un parlante, Nerea golpeó a alguien, Andy estaba caminando solo en la calle y yo estaba con unos aerosoles —me explicó, dándose cuenta de mi actitud. Ella era una de mis amigas más antiguas y me conocía tanto como para entender mis gestos y movimientos.
Torcí mis labios en una mueca de disgusto, ya que lo mío no era tan emocionante como sus motivos.
— Me encontraron durmiendo en una de las habitaciones —respondí y vi la confusión en su rostro.
— ¿Durmiendo? ¿Cómo durmiendo con alguien? —preguntó Nerea con un rayo de emoción en sus ojos. Negué rotundamente.
— Dormir como durmió ricitos de oro en la casa de los osos —expliqué. Andy se rió divertido y Mile sonrió mientras me encogí de hombros—. Al parecer he perdido mi faceta fiestera —agregué cruzándome de brazos porque el frio comenzó a llegar.
— ¿Y si tenías sueño o no querías salir, por qué lo hiciste? —me preguntó Tom. Miré al policía que parecía estar bien con el hecho de que mis amigos estuviesen haciéndome hablar en vez de él.
— Porque estoy en crisis —indiqué y apoyé mi rostro entre mis manos para prepararme a contar mi historia...
Hacía una semana, me encontraba en la casa de mi novio, recostada en el sillón junto a él. Al igual que a mí, a él le encantan las películas. Y esa noche aprovechamos para hacer una maratón de películas clásicas.
Estábamos tranquilos y felices, riéndonos y comentando cada escena de la película hasta que en un momento, vi a Ed recibir un mensaje y reírse divertido.
— ¡Mira! —me dice él; cuando sonreía se le formaban unos tiernos hoyuelos en sus mejillas y sus ojos grises brillaban. Observé la foto y reconocí a algunos de sus amigos posando para la foto, divertidos y risueños— Estuvieron todo el día molestando con ir a la fiesta de Exactas —agregó, volviendo a ver la foto.
Sonreí al verlo alegre pero me sentí un tanto culpable porque no haya ido. Pero si había algo que podía decir para defenderme de tener la culpa, era que no sabía nada.
— ¿Y no querías ir? —pregunté ladeando mi cabeza.
— ¡Nah! —dijo él, sacudiendo su rubio pelo— Estoy cansado y prefería estar contigo —me dio un beso en la mejilla, y me derretí de amor.
Lo abracé y nos quedamos acurrucados por un buen rato. ¿Y quieren saber que me di cuenta? Era sábado por la noche, teníamos 22 años y estábamos llevando una vida de ancianos. Pero aún cuando me di cuenta de eso, no me sentí mal y no me importó.
Luego, al inicio de esa semana, me encontré con Oriana completamente entusiasmada por ir a una fiesta. Y ese entusiasmo se fue propagando poco a poco a los demás, hasta que todos quedaron envueltos en una telaraña festiva de la que yo no era parte. Ajena a todo eso, meditaba las posibles consecuencias de una noche de juerga, donde todos estarían apretados en un lugar sin espacio, borrachos y descontrolados, comportándose como neandertales subdesarrollados. Así fue que descarté ese plan inmediatamente y me las ingenié para dar alguna excusa que alargara la verdadera respuesta que diría, aunque claro, había algunos que me conocían tan bien que la sospechaban internamente, como en el caso de Milena y Tom.
Pese a eso ellos no dijeron nada, y tampoco me sentí mal en ese momento, por preferir estar sola, o con mi novio, que con mis amigos.
— ¡Ey, Dixie! —la voz de Duncan me sacó del trance que tenía, unos días después, mientras dejaba el campus universitario.
Busqué por todas partes hasta que lo encontré, acercándose a mi tan risueño como siempre. Se veía tan fresco y juvenil, caminando holgazanamente como si no llevara horas cursando y teniendo que lidiar con compañeros de la facultad. Tenía cierta envidia de él y todas aquellas personas que eran prácticas y no enloquecían tan fácilmente como yo.
— ¿Qué has hecho? —me preguntó, dándome un beso en la mejilla y enlazando un brazo tras mi cuello. Bufé disgustada de solo pensarlo, y Duncan me dio un ligero apretón para darme ánimos.
— Cursar, comer, cursar, hacer trabajos, cursar, trabajar y en lo que queda intentar estudiar —respondí.
— Tranquila pequeña libélula, vas a volverte vieja si sigues preocupándote tanto —murmuró, y deseé tener la tranquilidad de él, la convicción de Oriana y el optimismo de Nerea—. Creo que esto va ayudar —susurró sacando algo de su mochila.
Cuando lo vi, se me hizo agua la boca, y nunca lo quise tanto como en ese momento.
— Una vez leí que el chocolate tiene no se qué cosa que hace que te sientas mejor —me explicó con aire sabiondo.
— Creo que el chocolate de por sí, podría traer paz y prosperidad a este mundo —dije, y él sonrió aún más.
— ¿Sabes que más te iría bien? —preguntó, y negué rotundamente—. Distraerte un poco, salir de tu zona de confort y hacer algo loco para después volver a la rutina —respondió. Torcí el gesto y no respondí porque tenía mi boca ocupada con chocolate.
No pude evitar pensar que todo eso era una artimaña para convencerme de salir, porque así eran mis amigos... usaban todas las cartas para poder vencer, y Duncan era una especie de carta ganadora.
Entrecerré mis ojos hacia él, con expresión maligna, y él arrugó su nariz para verse como un inocente y maquiavélico cachorro.
— Ya dije que lo iba a pensar —insistí y se me afinó la voz de un poco por el sentimiento de frustración que sentía. Ahora fue su turno de mirarme con mala cara.
— Todos sabemos bien que cuando dices eso, es que no vas a ir —dijo.
Y yo todo este tiempo creyendo que eran solo un par quienes lo sabían...
— Mira —me dijo, poniéndose súbitamente serio—, nadie te está obligando. Solo es algo para distraernos un poco, además, pronto nos veremos menos con todos los exámenes que vienen —agregó, y ante el pánico que hizo erupción en mi, rápidamente levantó su mano para frenar mis pensamientos—. Tranquila, no es para que enloquezcas es solo para que lo tengas en cuenta. Yo tampoco quiero salir, sin embargo, voy a hacer un esfuerzo...
El mentiroso caradura me miró como si realmente le disgustase tanto ir a una fiesta. La perra irónica que está dentro de mí en algunas ocasiones, me obligó a poner los ojos en blanco.
Nuestro duelo de patéticas miradas duró unos minutos más hasta que suspiré rendida.
— Lo voy a pensar muy pero muy seriamente la propuesta, de verdad. Lo prometo —le aseguré, y él asintió rápidamente con una sonrisa, como si ya diese por sentado que aceptaba.
Y no estaba tan equivocado.
Aclaré mi garganta después de hablar un rato, y miré a mí alrededor, sin poder asimilar que me encontraba en una comisaria con mis amigos. ¿Cómo demonios había terminado así? Bueno, esa es una pregunta retorica porque sí sabía que había ocurrido, aunque parecía como la Dixie que terminó allí fuese otra distinta a la que soy realmente... o eso es lo que creo.
— Disculpe —dije, mirando al señor policía conocido por todos como Raff—. No es que sufra de algún trastorno de ansiedad, pero, ¿Podría acomodar aquel cuadro? Esta torcido y me siento inquieta —comenté.
Todos, absolutamente todos, me miraron como si fuese una loca. Puse mis ojos en blanco dramáticamente, y deseaba echarles la culpa de todo lo que me pasó a ellos, pero realmente no la tenían.
¿Qué quien tiene la culpa? Creo que la tiene mi hermano, y un poco yo también.
Ese mismo día, al atardecer, llegué a mi casa y me encontré a mi hermano menor bailando solo en el medio de la sala, con la música a todo lo que daba. Me recordó momentáneamente a la película en la que Tom Cruise baila en su casa, solo que la performance de mi hermano era un tanto más patética y descoordinada.
Busqué alrededor a alguien con más cordura que la de Lucas, pero solo encontré a mi perro acostado contemplando a mi hermano con una expresión más aterradora; si es que eso era posible en un perro.
— ¡Lucas! —lo llamé, pero apenas podía oírme a mí misma, así que él me oyó mucho menos.
Me sumergí en mi casa, mientras me acercaba al origen de la música, y continuaba riéndome de él. Lucas era una versión masculina de mí: de piel morena heredada de nuestra madre, con los ojos y el pelo negro de nuestro padre; la única diferencia era que él era mucho más alto.
— ¡Demonios, Lucas! —volví a gritar cuando apagué la música desde la computadora. Él se detuvo de a poco y me miró con arrogancia.
— ¿Qué haces? Estaba divirtiéndome —lloriqueó como si fuese un nene, y no un alguien de 18 años.
— Te dejan solo y pones patas para arriba la casa, luego pretendes que te presten el auto —me quejé. Su expresión se oscureció e hizo un gesto de burla.
— Dixie, ¿Qué te ha sucedido? Antes eras genial y divertida, ahora solo te quejas, gruñes y te molesta todo como si fueses una anciana de 100 años. Hasta nuestra abuela tiene más sentido del humor y diversión que tu —me reprochó con tono burlón pero también molesto.
Quise gritar y quejarme, diciendo que todo lo que decía era incorrecto, y que estaba haciendo las cosas bien, ¿pero saben que me di cuenta? Que mi patético hermano menor tenía razón; a su edad disfrutaba cada momento, cada circunstancia para juntarse, pasaba el mismo tiempo con mis amigos que con mi novio, y equilibraba mi vida de alguna forma que ahora ya no lo hacía.
Parpadeé y lo miré con la boca abierta, pero enmudecida. La satisfacción tiñó su mirada y entrecerré mis ojos hacia él. Lucas podía llegar a tener razón, pero no significaba que todo lo que estuviese haciendo fuese lo correcto, ¿o no?
¿Por qué mueven sus cabezas así? Tienen que estar de mi lado, no de su lado...
Traidores.
En medio de un grito catártico, me encerré en mi habitación oyendo la risa de fondo de la pequeña sanguijuela. Odiaba cuando no podía encontrar las palabras para defenderme, pero en vez de carcomer mi mente pensando en todo lo que podría haberle dicho, agarré mi móvil.
— ¡Dixie! —escuché mi nombre del otro lado del teléfono, cuando atendió la llamada.
— No soy una anciana de 100 años. Tengo 22 años, y soy una mujer muy activa. Se como divertirme y pasarla genial, ¿sabes? —pregunté.
— Eh... si, por supuesto que lo se —dijo Duncan con tono inseguro. Respiré hondo y canalicé mi mal humor para intentar hacer algo bueno con eso.
— Voy a juntarme, ir a esa fiesta, y la voy a pasar maravillosamente bien —insistí.
— ¡Me encanta oírte tan entusiasmada! —exclamó, y por su voz, sabía que estaba sonriendo—. Nos vemos entonces en mi casa. Y descansa, va a ser una noche inolvidable —murmuró antes de cortar la llamada.
Quedé son una sonrisa en mi cara, sintiéndome desafiante. Iba a salir de la rutina, volver a sentirme como alguien de mi edad para bailar y divertirme. Todo se sentía tan bien, hasta que la preocupación punzó en mi mente. ¿Qué mierda se baila hoy en día?
Era el atardecer del sábado, y el día había llegado. Hoy me convertía de nuevo en una chica joven aventurera y divertida, que era capaz de pasar un rato con sus amigos sin necesitar de estar con su novio en el sillón de su casa mirando películas y comiendo. ¿No?
— Todo va a salir bien amor, es solo una noche distinta a las que solemos tener —me dijo Ed, sonando tan optimista que me daba más terror. Sonreí solo para hacer de cuenta que creía sus palabras, aunque él realmente no podía verme. Deseé tenerlo junto a mí, abrazarlo, besarlo y probablemente seguir con esa encantadora secuencia.
— Esta bien, intentaré divertirme, pero voy a estar toda la noche pensando en ti —murmuré.
— Y yo en ti, amor. Te amo. Ve a divertirte un poco, que yo haré lo mismo —me dijo.
— Gracias, diviértete pero no tanto sin mí. Te amo —hice un mohín como si pudiera verme, y corté la llamada.
— Tanto años de amistad, ¿Y aún no confías en que te divertirás con nosotros? —me preguntó Oriana, apareciendo frente a mí con su amable sonrisa y ese brillo en sus ojos que la hace ver entusiasmada por todo.
Me reí y negué rápidamente. Ella ladeó su cabeza con mirada inescrutable.
— Es solo que se siente raro salir tras tanto tiempo —respondí con torpeza. Ella me dedicó una de sus sonrisas que te transmiten tranquilidad, y posó sus manos enmarcando mi cara.
— Todo va a salir bien. Intenta divertirte y no pensar tanto, si acaso no te diviertes, te prometo que te lo compensaremos de alguna forma —me guiñó un ojo.
Sonreí y asentí, porque cuando Oriana te habla de esa manera no hay muchas probabilidades que te atrevas a decir que no. Entonces el optimismo volvió a mí, y junto a ella nos acercamos a Milena a mirar una película.
— Puede que no te podamos dar sexo, pero si amor, películas y comida —murmuró risueña, alcanzándome el bol de papitas que acepté sin problemas.
Intenté relajarme y pasarla bien, sin estar pendiente de los mensajes de Ed, y fui bastante exitosa en eso. Me entretuve hablando con mis amigas como hacía mucho no lo hacía, y una vez que llegó Tom y nos reunimos a comer, se sentía bien estar con ellos. Sonreí para mí misma, al darme cuenta que mi hermano quizás me había empujado a hacer algo que debía hacerlo. Era un cambio que necesitaba y me hacía feliz.
Comí y bailé hasta cansarme en casa de Duncan, lo que me llevó a tomar unos cuentos vasos de más. No me había dado cuenta cuan afectada estaba hasta que llegamos a la fiesta, y no dejaba de reír por cualquier cosa que me dijesen o hicieran. Había estado tras Oriana y Milena hasta que me cansé de estar persiguiendo a un chico, y me acerqué a Duncan y Nerea.
Ellos escucharon mis delirios, donde mezclaba la confusión de no saber qué hacer ahí, y los sentimientos de extrañar a mi novio. Como si me estuviesen psicoanalizando, ellos me hablaban pero realmente no les prestaba atención. Lo siento. Mi mente estaba en mi hermoso novio, hasta que apareció Tom contando chistes y se me olvidó todo.
No podía dejar de reír por las ridiculeces que decía, y lo desafié a beber si contaba chistes malos, lo que provocó que casi se desmayara de un coma alcohólico. En serio, esto es un tema serio y no creo que esto deba pasar de nuevo. Pero claro, cuando iba a decirles eso, mis amigos comenzaron a hacer locas apuestos y volví a olvidarme de todo.
Me sentía como si fuese la computadora de una loca trastornada persona que no puede ver la carpeta de la papelera de reciclaje llena. Por supuesto, que la papelera de reciclaje sería en este caso yo.
Y de repente, mi mente se trabó de tal manera que me agarró un golpe de locura y arrastré a Tom hasta un grupo de mujeres.
— Él es un amigo del extranjero —les dije a las chicas entre gritos y risas—, háganlo sentir como en casa —agregué, y como estaban peor que yo, comenzaron a bailarle.
Tom abrió sus ojos horrorizado y pude ver el pánico que le agarró de no saber cómo actuar en ese momento. Y yo reía aún más, cuanto más nervioso e incomodo se ponía.
Dios, ¡que horrible amiga soy!
Pero no pasó mucho tiempo para que Duncan lo salvara, metiéndose entre ellas y captando toda la atención. Sonreí satisfecha pero luego me sentí mal porque no volví a encontrar a Tom.
Había mucha gente, la música estaba a todo lo que daba y las luces hacían que la habitación diera vueltas. Cerré los ojos y me dejé llevar por el momento, sin importarme nada. Bailé y bailé hasta que sentí la necesidad de llamar a mi novio. Pero como no me respondió en el momento y me llevó al correó de voz, lo que me hizo enfurecer.
— Ed, ¿Qué haces que no respondes? —pregunté con mi noto embriagado—. Te extraño y te amo. Haría lo que sea por estar contigo ahora, podría hacer ese baile que me pediste, con el disfraz pero no hay ningún disfraz ahora... pero podría practicarlo. Si voy a practicar. Te amo, mi amor hermoso lindo —grité al teléfono y una vez corte la llamada, quedé con una sonrisa de satisfacción.
Respiré hondo y seguí bailando hasta que encontré a Andrew. En cuanto lo vi lo abrace tan fuerte que temí romperlo; pero por supuesto que no lo haría, el chico es pura fibra y altura.
— Tú sabes que te quiero ¿No? Pero solo como amigo, nada más —le dije y él me dedicó una de sus arrogantes y encantadoras sonrisas; él sabe que cuando suelo tomar se me da por abrazar a todo el mundo y decirles cuando los quiero, así que no se asustó—. Ya sabes, no eres mi tipo. Además, creo que tu y Milena harían una gran pareja, lástima que son tan ciegos para ver cuánto les interesa el otro. Pero es que estamos cansados de verlos coquetear y después enojar, y volver a ser amigos para luego comportarse como novios en celos. En serio Andrew —le dije, quedándome sin aliento.
Santo infierno, había hablado un montón y necesitaba tomar algo.
— ¿Es que todos los saben? —me preguntó gritando, porque con lo fuerte que todo estaba, escuchar tus propios pensamiento era pura suerte.
— Solo ustedes dos faltan —respondí también entre gritos—. Amigo, en tu momento, debes ser fuerte e ir por lo que quieres —dije; yo en ese momento quería agua e iba a ir por ella— Yo por ejemplo... quiero algo para tomar —agregué, yéndome. Creí que me seguiría pero en cuanto llegué a la barra no lo encontré a mí alrededor.
Pobre bastardo, ojala encuentre a Milena y se declaren su amor así dejan de molestar a todo el mundo.
— ¿Qué? No me mires así, es lo que pensábamos todos —me defendí de las miradas acusadoras de Milena y Andrew. Los demás se hicieron los desentendidos y solo Raff me miró con comprensión; creo que en el poco tiempo que los conoce, logró ser tan torturado como todos nosotros.
Y entonces iba bebiendo mi segunda botella de agua cuando iba a mirar mi móvil pero Duncan saltó frente a mí, sorprendiéndome y alegrándome de encontrar una cara amiga. Nos abrazamos por alrededor de quince minutos, gritando y saltando como niños hasta que nos separamos y nos reunimos con Nerea.
— Entonces el idiota quiere volver a ligar conmigo y lo vuelvo a mandar a la mierda —me explicó Nerea completamente enfadada. Nunca la había visto tan enojada y como para no estarlo... si llegaba a saber quién era y lograba dar con él, iba a recibir una golpiza mía. Lástima que apenas podía coordinar mis movimientos.
— Shhh —nos calló Duncan—. Tú, toma y ve a cumplir tú apuesta —le dijo a Nerea dándole un sorbo de su vaso y moviendo sus manos para hacerla ir a bailar a algún lado.
Ella se alejó de nosotros, olvidándose de a poco de sus asuntos, y nos quedamos Duncan y yo sentados en una mesa en el patio. La música sonaba fuerte pero no tanto como adentro, y el aire fresco hacia que fuese más placentero estar allí. Así que nos quedamos en silencio nada más que mirando los alrededores como en algún trance mágico. Y ahí, pensando en magia y constelaciones, me di cuenta que estaba un poco mal de la cabeza.
— Sabes que ella va a cumplir la apuesta enseguida, ¿no? —pregunté en un susurro.
— Esperemos que no, necesita olvidarse del idiota —me dijo con voz pensativo.
Me volteé a mirarlo, y contemplé su aspecto aniñado producto de sus rasgos orientales y de esa frescura que siempre tiene. Sus ojos estaban en algún punto lejano que no sabría ubicar dado mi estado, y me di cuenta que él siempre velaba por los demás, preocupándose y asegurándose de que estuviesen bien. Claro, todo a su manera.
— Eres un gran amigo —le dije. Él me miró un tanto asombrado por mi declaración, y sonrió, iluminándose súbitamente su rostro.
— Y tu también —respondió, guiñándome un ojo.
A los pocos minutos volvió Nerea junto a Tom; realmente me alegro verlo a él bien y a ella nuevamente alegre y optimista. Sonreí para mí misma, y en el camino, ayude a Tom a intentar conversar decentemente, pero siendo sincera... mucho futuro en la materia no tiene. Y tal como hizo con Nerea, Duncan empujó a Tom a intentar hacer algo para divertirse y deshacer su timidez, matando dos pájaros de un solo tiro.
Se podría decir que no todo salió según lo esperado de Duncan ya que lo único que hizo Tom fue conversar con la misma chica en distintos periodos de tiempo, y ni siquiera se dio cuenta de eso. Quizás era que el alcohol en mi sangre se fue un poco y el agua me despertó, pero no podías era que él no se diera cuenta. Y la frutilla del postre de aquella ocasión fue que se sacó una foto con ella, y ni siquiera supo reconocer a la chica.
Yo quedé estupefacta mirando la foto. ¿Cómo demonios no se dio cuenta? ¿CÓMO?
— ¡Ne! —la llamé a Nerea con urgencia sin poder soportar mi asombro y estupefacción—. ¿Sabes quién es esa chica? ―le pregunté, pero claro que no sabría... o eso supuse.
— Si, es Lina, mi antigua amiga de la escuela —me dijo. Quedé enmudecida completamente y ni siquiera pude encontrar la forma gritar.
— ¿Lina? —le pregunté; mi voz salió chillona e inestable... como mi mente en ese instante.
— Si —me dijo—. En verdad, se llama Gabriela Salinas, pero siempre le dije Lina —agregó. ¿Qué mierda....?— ¿Me estoy perdiendo algo? —me preguntó.
¿Qué si se estaba perdiendo de algo? Por supuesto que sí. Oh, santo dios de las coincidencias y buenaventuras.
— Tu antigua amiga Gabriela es la misma Gabriela con la que Tom ha querido conversar toda la maldita noche, y estuvo hablando más de una hora con ella y no se ha dado cuenta —le dijo.
Y ahí estaba, la misma expresión que yo tenía se traslado a ella, y como para no, era una realidad difícil de creer.
— ¿Te das cuenta de lo loco y genial que es todo esto? —pregunté; no sé si la palabra era genial pero era lo único que vino a mi mente en aquel estado.
— El universo hace cosas extrañas —comentó ella.
Realmente no sé si era dios, el universo, el destino o nosotros mismos, pero que era todo loco e increíble, lo era. Nos reíamos de todo aquello, sobre todo de pensar en la reacción de Tom cuando lo supiese. Quería decírselo pero lo veía bastante entretenido con Duncan; él se había disfrazado y armaban un trencito mientras bailaban.
En ese momento, sintiéndome más feliz y tranquila que nunca, decidí alejarme un poco de todo eso. Me refresque la cara en un baño de la planta de arriba, y tras eso me encerré en una habitación, volviendo a tomar mi móvil para hacer una llamada. La que pensé sería la última de la noche.
— Hola, quizás sea tarde y estés durmiendo, o quizás estés de juerga. Poco importa. Solo quiero decirte que te quiero y valoro lo que hiciste por mí. Me empujaste a salir de mi zona de confort y realmente la estoy pasando genial: tomé mucho si, pero ahora estoy mejor. Bailé y abrace a muchas personas, me reí de mis amigos pero en el buen sentido y ahora me doy cuenta que me hacía falta, porque me acercan a quienes realmente quiero. Puede que esto sueñe cursi y también demasiado ebrio de mi parte, da igual. Eso sí, le haces escuchar esto a mama, y te corto los testículos. Con mucho amor hermanito, de mi parte... la genial Dixie —dije y corté la llamada con mi hermano.
La cama en la que estaba era demasiado cómoda, y se me cruzó por la mente hacer una pequeña siesta porque no me di cuenta hasta ese momento cuan cansada estaba. Y fue ahí donde me encontraron y para luego traerme a la comisaria.
— Donde seguiste durmiendo en el banco... —comentó Nerea, y asentí culpable.
— Es una noche fuera de serie —murmuré, con una sonrisa.
Mis amigos asintieron de acuerdo, y nos quedamos todos en silencio. Hasta que Raff se puso de pie, cruzándose de brazos.
— Ustedes son raros, ¿Lo saben? —nos preguntó. El resto nos miramos, sin tener algo bueno para defendernos.
— Es lo que hay Raff, no nos juzgues —se quejó Milena; se notaba que entre ambos había cierta familiaridad por el tono de voz que ella usó y la forma en que él la miró con impaciencia. Mile le sonrió con inocencia y Raff resopló.
Un golpe en la puerta nos puso a todos alerta. Raff caminó hacia ella con la mirada de todos sobre él, y cuando la abrió sentíamos que algo nos estábamos perdiendo. Oriana y Duncan nos miraban del otro lado, con una media sonrisa y actitudes tranquilas, como si no fuese algo fuera de lo común estar en una comisaría.
— ¡Buenas noches a todos! —exclamó Duncan, aunque realmente era casi de día. Oriana pasó por su lado, lenta y cuidadosamente, observándonos y deteniéndose en su hermano y en Milena. Su rostro se volvió serio hasta una sonrisa brotó de él.
— Misión cumplida —canturreó victoriosa y miró a Duncan con reproche.
Esperen un momento, ¿Qué significa eso?
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