
|8| EL NIÑO DEL BOSQUE
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El pueblo en la frontera del norte no era tan grande como la capital, pero estaba lleno de vida. Taehyung lo observaba con ojos curiosos mientras sostenía con fuerza las riendas de su caballo. A su lado, su padre avanzaba con paso firme, asegurándose de que no perdiera el equilibrio.
Apenas se instalaron en la casa asignada, un mensajero aguardaba con noticias urgentes del frente de batalla. Seojoon no tuvo más opción que partir de inmediato, dejando a su hijo al cuidado de Hanni, una criada omega de confianza, y de algunos soldados que prácticamente lo habían visto crecer en la mansión Kim.
El sonido de los cascos se desvaneció en la distancia cuando Taehyung alzó la vista hacia el horizonte. Su padre, el general Kim Seojoon, desaparecía entre la bruma matinal, cabalgando hacia el campo de batalla.
Apretó los labios, reprimiendo un suspiro. Tendría que acostumbrarse.
Hanni pasó gran parte de la mañana ordenando todo lo que el pequeño Kim utilizaría durante su estancia en aquel pueblo: el vestuario, los útiles de aseo y todo lo que su señora le había mandado antes de salir de la mansión Kim. Estaba acostumbrada a realizar esa labor, pues desde pequeña, cuando la señora Kim la había adoptado, le enseñó cómo llevar una casa.
Estaba tan ensimismada en su tarea, como solía estarlo en la casa Kim, que por un momento olvidó que ahora su responsabilidad no era solo esa, sino que tenía a alguien más a su cargo.
Taehyung la había estado observando en silencio desde hacía un buen rato, sentado en una de las sillas del lugar. Su expresión reflejaba tristeza y Hanni solo fue consciente de su presencia cuando un pequeño estornudo llenó la habitación. Al darse cuenta, giró rápidamente y vio al niño limpiándose la nariz, amenazando con estornudar otra vez.
—¡Oh, Dios mío, joven Kim! Lo siento tanto —se apresuró a decir mientras se acercaba a él, preocupada.
Hanni lo miró con tristeza al notar que, desde que habían llegado, no había hecho más que observarla sin nada más que hacer. No se lo había dicho, pero estaba segura de que Taehyung estaba muy aburrido.
Por ello, tras avisar a algunos guardias, decidió llevarlo a algún lugar donde pudiera distraerse.
—Vamos, pequeño —le dijo Hanni con dulzura—. Demos un paseo.
Él asintió y, con pasos ligeros, comenzó a caminar junto a ella.
El bosque era fresco y olía a tierra húmeda. La luz del sol se filtraba entre las hojas, creando destellos dorados sobre el suelo cubierto de musgo. Taehyung pateaba piedritas distraídamente, su mente aún ocupada en los entrenamientos que había observado esa mañana. Quería unirse a los soldados, como lo hacía en la casa Kim, pero aquí no se lo permitían. Decían que era peligroso, que aún no estaba listo.
Suspiró, inflando sus mejillas. No solo le molestaba que le prohibieran entrenar, sino que también sentía que extrañaba a alguien. No entendía bien por qué, pero esa sensación lo inquietaba.
Entonces, un sonido lo hizo detenerse.
Un sollozo.
Frunció el ceño y giró la cabeza, buscando el origen. No tardó en encontrarlo.
Junto a la base de un árbol, un niño de cabello oscuro se encogía sobre sí mismo, frotándose los ojos con la manga de su ropa. En su mano izquierda, un raspón aún sangraba levemente.
Taehyung inclinó la cabeza con curiosidad y se acercó sin dudar. Su madre siempre le había dicho que debía ser gentil con aquellos que sufrían, pero sin arriesgarse a salir lastimado. Tal vez por eso se acercó solo un poco antes de preguntar:
—¿Por qué lloras? ¿Estás bien?
El niño se sobresaltó y alzó la mirada. Su expresión pasó de sorpresa a molestia en un instante, pues no quería sentirse vulnerable, al menos no frente a un niño que evidentemente era menor que él.
—¡No estoy llorando!
Taehyung lo observó con atención.
—Pero te vi.
El niño frunció aún más el ceño.
—¡Pues viste mal!
Taehyung parpadeó, desconcertado. No entendía por qué se mostraba tan hosco. Desde su pequeña, pero según él, muy analítica perspectiva, si te caías y te dolía, lo normal era decirlo.
Se encogió de hombros y señaló su mano.
—Te lastimaste, tu manito aún sangra.
—No es gran cosa.
Sin decir nada más, Taehyung miró a Hanni, quien ya había sacado un pañuelo limpio.
—Déjame ver —dijo ella con suavidad.
El niño dudó un momento antes de extender la mano.
—No dolerá —aseguró Hanni mientras limpiaba la herida con cuidado.
Él se mantuvo en silencio, pero su rostro mostraba incomodidad. No por la herida, sino por la presencia de Taehyung. Algo en su forma de hablar le parecía extraña. Era demasiado despreocupado, como si no le importara con quién estaba conversando. Además, ¿quién en su sano juicio usaba una prenda de cabello tan lujosa en un pueblo? Era algo reservado para eventos especiales. Se veía demasiado presuntuoso.
Por eso, cuando Taehyung se sentó frente a él, moviendo los pies distraídamente, el niño solo le dirigió una mirada de reojo y desvió la vista.
—¿Por qué estabas solito? —preguntó Taehyung de repente.
—No estaba solo —bufó el niño, aún molesto.
Taehyung miró a su alrededor. No veía a nadie más. ¿Sería un amigo imaginario?
En ese momento, una voz los interrumpió.
—¡Jungkook!
Los tres voltearon. Una mujer apareció corriendo entre los árboles, con el rostro preocupado.
—Estoy bien, mamá... —murmuró Jungkook, bajando la mirada.
Ella revisó su mano con alivio antes de volverse hacia Taehyung y Hanni.
—Gracias por ayudarlo.
—No fue nada —respondió Hanni con amabilidad.
La mujer vaciló un instante antes de sonreírles.
—¿Les gustaría venir a nuestra cabaña? No tengo mucho, pero puedo preparar algo caliente como agradecimiento.
Taehyung miró a Hanni con ojos brillantes.
—¡Vamos!
Jungkook puso los ojos en blanco.
Cuando llegaron a la cabaña, Taehyung se quedó maravillado. El lugar era pequeño, pero acogedor. Olía a madera y a algo dulce en el aire.
—¿Vives aquí solito con tu mamá? —preguntó de repente.
Jungkook lo miró con fastidio.
—Sí.
—¿Y tu papá?
—No está.
Taehyung no insistió.
—¿Hace cuánto viven aquí?
La madre de Jungkook, que en ese momento servía un poco de té, sonrió con melancolía.
—Apenas llegamos hace unos días. No conocemos a nadie todavía. Por eso Kookie no ha tenido tiempo de hacer amigos. Discúlpenlo si es un poco gruñón.
Taehyung parpadeó. Eso explicaba muchas cosas.
—Entonces, ¿puedo venir a jugar contigo? —preguntó en un hilito de voz.
Jungkook se congeló.
—¿Qué?
—Sí, mi papi no quiere que entrene cuando él no está, y yo me aburro muy rápido. Podemos atrapar ardillas.
Jungkook frunció el ceño.
—¿No puedes jugar con otros niños?
—Tu mami dijo que no conocen a nadie.
Jungkook desvió la mirada. Su madre le lanzó una mirada de advertencia.
Taehyung bajó la cabeza, sintiéndose triste.
El gesto conmovió a todos, incluyendo a Jungkook, quien sintió algo extraño en el pecho. Miró su mano, aún con rastros del pañuelo. Se mordió el labio, indeciso.
Finalmente, suspiró.
—Está bien.
Taehyung sonrió con alegría.
Afuera, la luna comenzaba a brillar sobre el pueblo.
Lejos de la calidez de la cabaña, el general Kim regresaba del campo de batalla, solo para descubrir que su hijo había desaparecido.
El crepúsculo teñía el cielo de tonos rojizos cuando Kim Seojoon llegó al pueblo. Su armadura, cubierta de polvo y sangre seca, era testigo de la batalla reciente, pero su mayor preocupación no era la guerra, sino su hijo. Al desmontar, notó la inquietud en sus soldados. No habían encontrado a Taehyung en su habitación, ni en los patios, ni en ninguna de las casas conocidas. Un escalofrío recorrió su espalda al escuchar que Hanni, la criada, lo había llevado a pasear aquella tarde y aún no habían regresado.
Sin perder tiempo, Seojoon habia vuelto a montar su caballo y ordenado a sus hombres buscar en todo el pueblo mientras él se dirigía al bosque. Recorrió el camino con el corazón acelerado, mientras sus hombres se dispersaban en distintas direcciones. La búsqueda se alargó sin rastro alguno del niño ni de su cuidadora, hasta que, en la lejanía, una cabaña llamó su atención. Apretó las riendas y espoleó su caballo, apresurándose hacia el lugar.
La cabaña se veía aún más pequeña e insignificante bajo la luz de la luna. Seojoon desmontó con un movimiento ágil y se acercó con pasos firmes. Desde el umbral, pudo escuchar risas infantiles en el interior.
Su mandíbula se tensó.
Golpeó la puerta con fuerza.
Esta se abrió un instante después, revelando a una mujer de rostro cansado pero sereno. Su expresión cambió en cuanto lo vio.
—¡General Kim!— Hanni, en el interior, se levantó rápidamente con el temor dibujado en el rostro.
Seojoon no respondió de inmediato. Su mirada se deslizó rápidamente por el interior de la cabaña. Allí, junto a una mesa de madera gastada, estaba su hijo. Taehyung jugaba con un niño de cabellos oscuros, quien al verlo se encogió levemente, como si sintiera la tensión en el aire.
El general volvió su atención a la mujer que le había abierto la puerta.
—¿Quién eres?
Ella respiró hondo, intentando mantener la calma.
—Mi nombre es Eunha. Soy... una refugiada del Norte.
Seojoon entrecerró los ojos.
—¿Del Norte?
Un silencio cargado se instaló entre ellos.
—Nunca te he visto antes en este pueblo— dijo él con voz baja pero firme—. Conozco a cada habitante.
Eunha apretó las manos sobre su delantal.
—Lo sé. Llegamos hace solo unos días...
—¿Por qué?
El general no deseaba indagar demasiado, pero la sospecha de que pudiera ser una espía del rey le hizo preguntar, aun si sonaba intrometido.
Ella titubeó un instante antes de decidirse a hablar.
—Porque en el Norte están cazando a las chamanas y a las mujeres que practican la medicina.
Seojoon no reaccionó de inmediato.
—Dicen que son brujas— continuó Eunha—. Que cualquier mujer que sepa leer, que tenga conocimientos distintos a los que se esperan de ella... es una amenaza.
Su voz tembló ligeramente.
—Yo solo quería cuidar a mi hijo— susurró—. Pero alguien me señaló. Dijeron que sabía cosas que no debía.
Seojoon permaneció en silencio. Entendía perfectamente lo que ella decía. Lo mismo había sucedido con Moonbyul. Si no hubiera sido su esposa, si no hubiese tenido su protección, probablemente habría sido ejecutada también.
Apretó los puños.
—Por favor, mi general— Eunha inclinó la cabeza con humildad—. No tengo a dónde ir. No tengo a nadie.
Seojoon la observó largamente.
Luego, desvió la mirada hacia los niños.
Taehyung estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y una expresión completamente ajena a la tensión que flotaba en la habitación. Frente a él, Jungkook miraba el piso, moviendo distraídamente una piedrecilla con los dedos.
El general observó sus interacciones con atención.
Jungkook no parecía del todo cómodo. Taehyung, por otro lado, hablaba con naturalidad, aunque el otro niño apenas respondía con monosílabos.
Seojoon sintió que su tensión disminuía ligeramente.
Aquel niño no parecía tener mucho interés en Taehyung. Si acaso, lo toleraba.
Si hubiera notado algo más allá de una simple amistad infantil, si hubiera visto en sus ojos esa misma chispa con la que Moonbyul describió el encuentro que tuvo con el príncipe Min...
No lo habría permitido.
Suspiró con discreción antes de volver la mirada a Eunha.
—Puedes quedarte.
La mujer alzó el rostro con sorpresa.
—¿En serio?
Seojoon asintió con firmeza.
—No prometo nada más que protección mientras estés en Baekje— aclaró—. Pero no serás perseguida aquí.
Los ojos de Eunha se llenaron de lágrimas silenciosas.
—Gracias...
Seojoon no respondió. Simplemente, se giró hacia su hijo.
—Taehyung.
El niño levantó la cabeza.
—Es hora de irnos.
Taehyung frunció los labios con descontento, pero se levantó obedientemente. Antes de salir, sin embargo, se giró hacia Jungkook con una sonrisa.
—¿Puedo venir a jugar contigo mañana?
Seojoon endureció el gesto, pero no dijo nada.
Jungkook abrió los ojos con sorpresa y luego miró a su madre, como si no supiera qué responder. Eunha le sonrió con dulzura, animándolo.
—Si quieres— murmuró Jungkook.
—¡Entonces vendré!— exclamó Taehyung.
Seojoon inhaló profundamente.
La relación entre ambos niños no era peligrosa, y a estas alturas, negarle a Taehyung la oportunidad de relacionarse con otros sería demasiado cruel. Especialmente considerando que pasaría la mayor parte del tiempo solo, sin la compañía que antes había representado su madre.
Con esa idea en mente, no le pareció tan malo que Taehyung tuviera un amigo. Después de todo, si su destinado estaba en la capital, no había razón para temer por este niño, ¿cierto?
Así que decidió permitirlo.
—Nos vamos— ordenó.
Taehyung corrió hacia él y tomó su mano.
Seojoon le lanzó una última mirada a Eunha y luego, sin más, salió de la cabaña.
El aire frío de la noche le golpeó el rostro. Había permitido que una extraña se quedara en su territorio. Y había permitido que su hijo formara una amistad con alguien que, hasta hace unas horas, era un completo desconocido.
Esperaba no arrepentirse.
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Tal como lo prometió, Taehyung se presentó en el hogar de Jungkook la tarde siguiente. El niño de cabello azabache lo recibió sin mucho ánimo de conversar, pero un regaño de su madre lo obligó a esbozar una sonrisa. No era del todo sincera, pero al menos no estaba cargada de la incomodidad del día anterior.
—Pasa —le dijo, abriendo la puerta de su cabaña—. Pensé que ya no vendrías.
Jungkook se sentó en el mismo sitio donde minutos antes había estado escribiendo. Ahora, en lugar del pergamino, había unos juguetes de madera que supuso su madre había colocado mientras iba a abrir la puerta.
—Mi padre me estuvo enseñando a usar la espada esta mañana —comentó Taehyung con entusiasmo mientras se acomodaba a su lado.
Jungkook arqueó una ceja.
—¿Tú usas una espada?
Intentó ocultar su incredulidad, pero el tono en su voz lo delató.
Ni siquiera él, que era mayor —según lo que había escuchado de su madre—, era capaz de sostener una espada sin que sus muñecas terminaran entumecidas. Y aunque dudó si en el mes que llevaba en Baekje las cosas habían cambiado, todavía le resultaba imposible creer que un niño como el pequeño Kim pudiera dominar técnicas que ni siquiera los soldados más experimentados podían.
—Sí, una espada de madera —aclaró Taehyung al notar su expresión.
Jungkook exhaló con resignación y murmuró:
—Pues claro que no era una de verdad... era de esperarse. Yo sí entrenaba con una real —soltó Jungkook con aire de autosuficiencia.
El comentario hizo que Taehyung se lo pensara dos veces antes de refutarlo. Si incluso su primo Namjoon aún tenía dificultades, ¿cómo era posible que Jungkook, que apenas le llevaba un par de años, lo hubiera logrado? Sin embargo, lo había dicho con tanta seguridad que prefirió no discutir.
Antes de que pudiera cuestionarlo más, Eunha interrumpió la conversación al acercarse con una bandeja de galletas recién horneadas.
—Tomen, niños.
El aroma dulce invadió la pequeña cabaña. Taehyung tomó una con una sonrisa de agradecimiento, mientras Jungkook la mordisqueaba en silencio.
Las mujeres se quedaron charlando mientras los pequeños se entretenían con piedrecillas y semillas de árboles, que Jungkook usaba como distracción.
Para Taehyung, aquello era completamente nuevo. Jamás había compartido un momento tan ameno y divertido con alguien. Se sintió acogido, feliz, como si por primera vez en su vida pudiera ser un niño sin preocupaciones.
Se dejó llevar tanto que las horas pasaron sin que ninguno se diera cuenta.
Fue Hanni quien, al ver el sol ocultándose tras las montañas, se alarmó.
—Joven Kim, debemos regresar.
Taehyung hizo una mueca de tristeza al escucharla. Quiso pedir unos minutos más, pero notó la preocupación en los ojos de Hanni cuando miró hacia afuera. No quería causarle más problemas. Ya bastante tenía con el castigo que había recibido el día anterior por su descuido.
Suspiró resignado y se levantó.
Antes de marcharse, miró a Jungkook con ilusión.
—¿Puedo venir también mañana?
Jungkook, que había dejado de mover la figurilla de madera en sus manos, alzó la vista sorprendido. Luego, giró hacia su madre, esperando su aprobación.
—Ven cuando quieras —dijo Eunha con amabilidad.
Jungkook repitió sus palabras sin intención de sonar descortés, pero al ver la expresión expectante de Taehyung, se sintió obligado a añadir algo más.
—Me gustó jugar contigo.
Taehyung estuvo a punto de lanzarse a abrazarlo, pero Jungkook reaccionó al instante y se escondió tras su madre, evitando el contacto.
Aun así, la alegría del menor no disminuyó.
—¡Nos vemos mañana, Kookie! —exclamó antes de salir de la cabaña.
Jungkook se quedó inmóvil, parpadeando varias veces.
—¿Kookie...? —murmuró en voz baja, sin saber cómo sentirse al respecto.
Sin duda, Taehyung ya no le causaba tanta molestia como al principio, pero todavía le resultaba difícil seguir su ritmo tan despreocupado. Y ahora, la forma en la que había dicho su nombre solo hizo que su corazón se sintiera aún más confundido. Nunca nadie, aparte de su madre, lo había llamado así.
En su inocencia, pensó que algo extraño estaba pasándole o que, de alguna manera, Kim le había pegado una enfermedad tan rara como lo era él mismo. Su estómago sintió un cosquilleo desconocido, y sin previo aviso, el calor subió a sus mejillas.
Desde la puerta, su madre le sonrió con ternura.
—Parece que hiciste un amigo.
Jungkook bufó y se encogió de hombros, pero cuando volvió a sentarse, tomó la figurilla de madera con más suavidad que antes. Recordó lo que Taehyung le había dicho: que incluso ellas podían sentir dolor si se las trataba con brusquedad.
Eunha esperó hasta que los visitantes desaparecieron por completo entre los árboles antes de acercarse a Jungkook. Su tono era sereno, pero había un matiz de preocupación en su voz.
—Cariño, cuando estemos aquí, no menciones las cosas que hacías antes. Lo de las espadas, los maestros... Nada de eso.
Jungkook levantó la vista, desconcertado.
—¿Por qué, mami?
Eunha sonrió con dulzura. Se agachó frente a él y le acarició el rostro antes de levantarlo en brazos.
—Porque es un secreto entre tú y yo —susurró, tocando su nariz con la suya.
Luego, comenzó a girar con él en el aire, dando vueltas suaves mientras llenaba su rostro de besos. Jungkook soltó una risa escandalosa, retorciéndose por las cosquillas que le provocaban sus labios.
—¡Mami, ya soy grande! —protestó entre risas, tratando de zafarse.
Pero para Eunha, su pequeño siempre sería un niño. Uno que merecía el cielo y todas las cosas buenas de la vida.
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Los días en que Taehyung frecuentaba la casa de Jungkook se volvieron más constantes. A veces se quedaban en la cabaña, compartiendo juegos y galletas hechas por Eunha, y otras se aventuraban al bosque en compañía de Hanni cuando la madre de Jungkook salía a vender sus bordados. Con el tiempo, lo que había comenzado como un encuentro incómodo entre dos niños de mundos distintos se fue transformando en algo más natural.
Jungkook comenzó a notar detalles sobre Taehyung que antes había pasado por alto. Se dio cuenta de que el pequeño Kim tenía una risa contagiosa, que hablaba demasiado y que su entusiasmo a veces rozaba lo agotador. Pero también descubrió que era alguien genuino, que no tenía miedo de decir lo que pensaba ni de mostrar sus emociones. Taehyung, por su parte, aprendió que Jungkook no era realmente arisco, solo reservado.
Aún recordaba la tarde en que lo entendió.
El sol se filtraba entre las copas de los árboles, dejando pequeños destellos dorados sobre la hierba. Taehyung estaba sentado con las piernas cruzadas, observando en completo silencio algo que no entendía del todo, pero que le parecía hipnotizante.
Jungkook sostenía un pequeño cuchillo y deslizaba su filo con paciencia sobre un trozo de madera. Sus manos, aunque pequeñas, parecían seguras, y aunque pudiera parecer peligroso, Hanni los vigilaba de cerca para asegurarse de que no se lastimara. Su expresión era de concentración profunda, el ceño ligeramente fruncido, los labios apretados en una línea fina.
Taehyung nunca había visto a otro niño hacer algo así. Para él, la madera no era más que un material inerte, pero en las manos de Jungkook cobraba vida.
—¿Por qué haces eso? —preguntó al fin, rompiendo el silencio con su vocecita suave.
Jungkook no levantó la vista.
—Porque me gusta hacerlo, Tae —respondió con una voz gentil que se coló en los oídos del más pequeño.
Con cada juego y tarde compartida, Taehyung había descubierto que su amigo no solo era capaz de soltar palabras hostiles a las personas; en realidad, era muy amable. No solo en la forma en que contestaba cada pregunta de su madre, sino también en cómo pasó de llamarlo simplemente "niño" a usar un apodo cariñoso cuando notó que a Taehyung le gustaba que su padre lo llamara de esa forma.
Taehyung apoyó la barbilla en sus manos, inclinándose un poco más hacia él.
—Pero... ¿por qué justo un conejo?
Esta vez, Jungkook sí se detuvo por un instante. Su mirada se quedó fija en la madera, como si su respuesta estuviera escondida entre las vetas.
—Porque mamá dice que corren muy rápido y siempre encuentran el camino a casa.
Taehyung ladeó la cabeza. Había algo en la forma en que lo dijo... no era tristeza, pero tampoco alegría. Era un sentimiento que no podía nombrar, pero que sintió como un ligero peso en el pecho.
Él, en cambio, pensó en su propia casa, en las largas noches en las que se había sentido solo a pesar de estar rodeado de gente. En cómo siempre tenía que comportarse de cierta manera, en cómo debía ocultarse.
Para él, el hogar nunca había sido un lugar al que ansiara volver. Al menos no ahora. Y se sintió culpable por ello, porque sabía que su madre lo esperaba en casa. Pero, por un momento, se imaginó a toda su familia viviendo en el campo, donde todo parecía ser menos complicado.
Jungkook dejó de tallar y, sin mirarlo, extendió la figurilla hacia él.
—Tae— le llamó — Esto... es para ti.
Taehyung parpadeó, desconcertado.
—¿Eh? ¿Para mí?
Jungkook asintió, esta vez sonriendo un poco.
Con sumo cuidado, como si temiera que pudiera romperse con solo tocarla, Taehyung tomó la pequeña figura entre sus manos. No estaba terminada del todo; la madera aún conservaba algunas asperezas y las patas no eran completamente simétricas, pero eso no importaba.
Lo que importaba era que Jungkook se la había dado.
Su primer amigo le había hecho un regalo.
Sin pensarlo demasiado, la sostuvo contra su pecho.
—Gracias —susurró.
Jungkook se encogió de hombros, como si no fuera la gran cosa. Pero Taehyung lo vio. Vio cómo sus dedos aún sostenían el cuchillo con fuerza, vio cómo su mirada se desviaba hacia el suelo al ser descubierto mirándolo con una sonrisa, esa que el primer día creyó que nunca vería.
Y entendió.
Jungkook no era alguien frío ni distante. No era un niño arisco que quería alejarlo. Solo era alguien que necesitaba tiempo para confiar.
Y ahora, por fin, lo habíahecho.
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Cuidense 737
Liz.
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