Introducción
He Xuan podía recordar la primera vez que había besado, más o menos.
Los labios de su prometida, suaves y delicados; temblando ligeramente- de manera tan trémula que He Xuan no podría decir si era por la risa contenida de su conversación anterior, por el nerviosismo de saber que ese sería su primer beso, o el frío del invierno había burlado de alguna manera el pequeño refugio que He Xuan había construido para su rostro con las manos.
También recordaba, que al igual que una cereza fresca, sus labios se habían coloreado de rojo perlado.
Había muchas cosas que podía recordar de aquel día.
El color del Hanfu, apenas lo suficientemente grueso para protegerles del frío de la temporada, desgastado, pero aún de un adorable color melocotón. Las tenues luces que aún acompañaban la calle gracias a algunos negocios que se preparaban para cerrar.
El ardor de sus manos desprotegidas al clima. Y, por supuesto, la sensación de calidez creciente que empezaba en su vientre, se esparcía por sus mejillas, y terminaba en la punta de sus orejas.
El tenue y apacible aroma que desprendía su prometida, que la identificaba como beta. He Xuan había estado agradecido en ese momento, su particular nariz de alfa permitiéndole captar mejor su esencia, y a su propia esencia; lo suficientemente fuerte como para cubrirla por entero, orgullosamente demostrando que estaban juntos.
Y, sin embargo... también había muchas cosas que, el paso del tiempo se había encargado de enterrar en la mente de He Xuan, dilapidando sus memorias como el viento lo hacía con el suelo. Pues, ahora, realmente ya no podía recordar el rostro de su prometida.
Las líneas de lo que alguna vez habrían sido su delicado rostro se trasformaban. Y, la imagen que su mente le devolvía, ya no era aquella de la inocente chica que le había jurado amor eterno en susurros escondidos de sus padres. Si no, era el rostro arrebolado y casi sorprendido de Shi Qingxuan.
He Xuan, después de todo, también recordaba la segunda vez que había besado.
No había romanticismo, ni un nostálgicamente romántico ambiente invernal. Se encontraba en las profundidades de su madriguera –como amablemente le llamaban algunos oficiales celestiales- sus peses fantasma nadaban meditabundos a su alrededor, sus ojos vacíos incapaces de mostrar emoción alguna.
Sus manos, también, habían estado heladas. Pero gracias al frío fantasmagórico que caracterizaba a los de su clase. Ya no había aroma que percibir de él, oculto con maestría tras años de práctica y preparados de la ciudad fantasma, pero el dulzón y casi embriagante que marcaba a Shi Qinxuan como un omega de clase alta era suficiente como para apestar su morada.
— ¿Acaso estás asustado? —He Xuan había tenido problemas incluso en reconocer su propia voz, la soledad de su usual autoimpuesto encierro evitando que cruzara palabras más que con el insufrible de lluvia carmesí que busca la flor, ¿acaso estaba mucho más ronca que lo normal?
—N...no— Había conocido lo suficiente al maestro del viento como para saber que su miedo y nerviosismo se presentaban con un frenesí de risa y tartamudeo. Pero, también, le había conocido lo suficiente como para que su nariz pudiera distinguir los cambios en su aroma.
—Hum—Murmuró, recibiendo un pequeño sobresalto—Bueno saberlo.
La manera en la que había tomado los labios de su antiguo autodenominado amigo había sido rápida y certera, sin espacio para delicadeza o timidez. Aguas negras era conocido por ser un espíritu hambriento, devorador y voraz. Nada menos podría esperarse de un beso suyo, demandante en todo sentido.
Aquella ocasión había terminado con los labios de Qinxuan coloreados de tonos rojos y magentas, y la habitación principal de su palacio empapada en un aroma demasiado dulce y demasiado difícil de quitar.
Claro, que había tardado como dos días en hacerlo.
La tercera, la cuarta, y la quinta. Todas habían sido bastante parecidas.
Todas hasta aquella última ocasión.
He Xuan aún no se sentía con la habilidad mental para lidiar con sus decisiones, con no haberle cortado la cabeza a Shi WuDu, con haber dejado que los alaridos desesperados de Shi Qinxuan y las lágrimas que surcaban su desencajado rostro le hubieran hecho bacilar.
Es por eso que, ante las apariciones del maestro del viento en su palacio acuático, He Xuan optaba por apagar su cerebro. Pensar parecía resultar contraproducente últimamente, casi tanto como sentir.
Cuando devoraba sus labios no hacía lo primero, y definitivamente esperaba no hacer lo segundo.
Así que, cuando sus besos abandonaron el único lugar que se había permitido ocupar de Qinxuan, definitivamente no estaba haciendo lo primero. Ni tampoco lo hacía cuando su lengua se dedicó a recorrer el cuello de su acompañante, intentando que el aroma de omega excitado aumentara. Mucho menos cuando sus manos, anteriormente desinteresadas en todo aquel extraño ritual que ocurría entre ellos, decidieron explorar más allá de las elaboradas túnicas que Qinxuan siempre utilizaba.
Y, por supuesto, tampoco lo estaba haciendo cuando lo único que podía escucharse entre las paredes de su salón principal, se convirtieran en gemidos quedos y gruñidos ahogados.
He Xuan tendría tiempo suficiente después para descubrir cuánto es que el aroma del sexo tardaba en desaparecer completamente de un ambiente.
Notas:
Hacía mucho que no escribía, y aunque tengo algunas ideas allí, las palabras simplemente parecían negarse a salir. Esto es algo que quería hacer para quitarme un poco el estrés de estos últimos meses, además de responderme a mí misma la pregunta que me dejó el asesinato de SWD y la subsecuente "desaparición" de HX -sin contar su minima "aparición" en el circulo humano del acto final. "Y ahora... ¿qué?"
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