
Capítulo cinco.
Hay un dolor mayor al físico, una tortura mayor a la que es arrastrada por tu mismo cuerpo. Existe, la hay... es el tormento de la falta, es la condena de la añoranza y en ella me sumerjo y me hundo sin fin.
Si acaso el azul intenso de sus ojos me alumbrará se apaciguaría en parte mi dolor.
Si solo su bella voz me acariciara el alma desgastada por el sufrimiento, sé bien que la podría revivir o por lo menos darle sosiego.
Si su sonrisa eterna fuera capaz de encender el frío que me carcome por dentro, tal vez... tendría un dejo de esperanza.
Pero él se ha ido, se fue primero y en su busca me perdí; tras sus pasos me extravié...
Ya no tengo fuerzas para pelear, quiero dejarme vencer, quiero abandonarme al olvido para perecer una y otra vez en manos de los ansiosos verdugos que me aguardan. Quiero...pero una voz me llama en la distancia, quizás es solo la demencia que este castigo atroz me ha impuesto, o quizás alguien a lo lejos evoca mi presencia, alguien ruega para que vuelva.
¿Puedes oírla tambien? Me dicen—Karen no te rindas, vuelve pequeña.
¿Acaso la oyes llamándome?
Intenta ¡por todo lo sagrado!... ¿oyes esa voz?
¿Habrá aún esperanza en la tierra del perpetuo olvido? ¿Aún existirá esa palabra aquí?
Ruego que sí... Suplico que sí...Imploro que sí...
Hazlo conmigo, oye... quizás alguien a lo lejos pronuncia mi nombre. Tal vez y solo tal vez... aún no es el final.
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Mi mirada se mueve inquieta de mi madre a mi padre y luego de nuevo a él. Suelto el aire que he retenido sin siquiera darme cuenta cuando noto que después de las explicaciones pertinentes de Jo, es el turno de hablar de mi padre, más bien de dar el dictamen sobre mi relación con él. Seco mis palmas y enfoco mis ojos en su mirada azul antes de llevarla a mi progenitor, esta me dice "tranquila pequeña, todo estará bien" como siempre y me permito confiar, como siempre que él me lo dice sin palabras. No las necesitamos, en estos meses hemos aprendido a leernos el corazón y el es tan claro que no deja espacio a la duda ni a la confusión.
—Creo que son muchos años, demasiados. Karen es solo una niña a tu lado y... no lo sé, me cuesta aceptarlo, a los dos—agrega mirando a mi madre quien asiente—Pero no soy iluso, sé que aunque me negara no terminarían y que aunque ella siempre sera mi niñita, ya tiene diecinueve años y es toda una mujer. Lo consentiré, reconozco que eres valiente al venir a decirnos esto cara a cara y eso es algo admirable, que espero hable de la manera que llevarás adelante la relación con mi hija.
—Así lo haré señor—dice mi hermoso novio con su voz profunda, y yo le permito, después de oír la sentencia paterna, a mi corazón latir a un ritmo casi normal.
Luego todo es mas relajado. Cenamos, y al terminar tomamos un café con un pastel de chocolate que hice. Y bien, a casi tres horas de haber comenzado, uno de mis momentos más temidos al fin terminó, y lo hizo sorprendentemente bien.
El auto de Jo esta afuera así que lo acompaño para despedirlo. Para llegar a el surcamos el enorme jardín que se encuentra entre nuestra casa y la salida. La noche es oscura y está salpicada de estrellas brillantes, caminamos despacio como cada vez que vemos acercarse una despedida y la tratamos de esquivar, o en todo caso de hacer de ese adiós uno infinito... uno que dure la eternidad. Pero llegamos, y él se para frente a mi con su altura que avergüenza a la mía, pero nunca a mi porque me hace sentir protegida; inmune a todo lo que me pudiera pasar.
—Ves pequeña, todo salio bien—me dice con una sonrisa que hace que me cosquilleen los pies. Lo que no tiene nada de sexy, pero creo que significa que me elevaré en cualquier momento como si su sonrisa tuviera poder sobre la gravedad del planeta, por cómo me siento ahora...oh sí, la debe tener.
—Si...te lo dije ¿o no?—bromeo, porque se que fue todo lo contrario y que me porte como una chiquilla asustadiza. Pero que importa como te comportes, si el que te ama lo hace por quien eres y no por lo que haces.
—No, Karen—me corrige—Dijiste, va a matarte y luego va a matarme a mi, y nos va a separar, no dejará que te vuelva a ver jamás.
Ruedo los ojos haciéndolo reír un poco y después riendo yo también.
—Lo sé, lo sé—aceptó—¿Y no lo harás, no Jo?, ¿no dejarás que nada nos separe jamás?
Su mirada se hace mas intensa después de oírme decir eso, mucho más. Casi siento que sus zafiros son como aquellas piedras, cristales preciosos que quieren clavar las siguientes palabras en mi corazón.
Sus manos se elevan para atrapar mi rostro en ellas y no dejarme dudas de que no podré escaparme de su apasionada y sincera confesión.
—Nunca, Karen, nunca nada nos separará. Eres lo que mas amo en esta vida, no sé que haría sin ti... te haz alojado en mi corazón tan dentro y tan profundo, que bien podrías llamar a mi corazón tu hogar. Y escúchame, si algo lo hiciera, yo siempre volvería a ti, siempre por más lejos que estuviera, más allá de lo que tuviera que atravesar. No me rendiría jamás.
Como anticipé, después de oírlo, ya no me siento en la puerta de mi casa pisando el camino de tierra que mi madre cuida tan bien. Estoy bailando un vals en el firmamento estrellado y él es el quien guía los pasos, quien nos mece a los dos, y yo, yo solo me dejo llevar, solo confío, solo me entrego.
Y como es debido, una declaración como esa solo se puede sellar con un beso, que anhelante al ver que se acerca despacio ya lo empiezo a degustar. Es tan delicado al besarme, tan sereno, le murmura a mi boca que le abra la puerta ¡Pequeño tonto! No necesita pedir permiso para entrar.
¿Será posible que alguien toque una sinfonía romántica y que yo no lo puedo ver?Juraría que mientras nos besamos nos envuelve una melodía lenta y excelsa, una que solo oyen los que se rinden por completo, los que no se guardan reservas y entregan el alma en completa desnudez.
Después de a poco nuestras bocas se despegan, pero lo hacen muy lento, como queriendo seguir aspirando el perfume que ese beso dejó en la boca ajena, como queriendo saciar toda la sed que nos aqueja en la humedad de una sola exhalación.
Solo sé que lo amo, mientras lo veo irse en su auto, negro al igual que el traje que vistió para la ocasión. Solo sé que me desborda el amor, y aparte de eso solo sé que creo en su promesa, aunque en esa despedida aun no entienda que la cumpliría estrictamente, y que ni la muerte misma lo podría detener.
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