
Capítulo X: Elixir
No mucho tiempo atrás, Hermes jamás habría considerado adentrarse en ese escalofriante mundo de paisaje cambiante. A pesar de no estar realmente al servicio de Hera, de ser algo así como su amigo y confidente, su trabajo se alejaba mucho de lo que estaba haciendo ahora. Desde que Zoe llegó a su vida, las cosas habían cambiado muchísimo. Y una de ellas era la aparición desconcertante y exasperante de su insoportable hermana pequeña. Era un hecho que si no la traía de vuelta, no sería Zeus de quien tendría que preocuparse. Pero no fue la amenaza de la joven lo que había alertado al dios mensajero. De hecho, mucho antes de que Zoe supiera el pequeño problema de su hermana, Hermes ya estaba decidido a ayudarla.
Por esa razón y no por otra, estaba en ese instante allí, plantado en medio del territorio de Kayros, como no mucho tiempo atrás, para descubrir dónde estaba la "adolescente en apuros".
― ¿A qué Dios has matado esta vez y a qué época quieres ir para recuperarlo?
La voz inconfundible del dios hizo que Hermes girara sobre sus talones. Era habitual que el mundo de Kayros tuviera un espacio temporal relativo, donde nunca podías saber a ciencia cierta si pasaban minutos, horas, días o años. Por suerte, era un dios, y el tiempo no le afectaba. De todos modos, sabía que no podía perder mucho tiempo.
― No maté a ningún dios ―replicó.
Kayros, con su túnica de color castaño y su piel tostada marcada por letras, números y jeroglíficos antiguos en tinta negra, esbozó una sonrisa apenas intuida bajo la espesa capucha de la túnica.
― Pero sí quieres viajar en el tiempo ―aseguró con solemnidad.
Hermes apretó los puños con fuerza, conteniendo la expresión de desazón que apenas pudo contener. Kayros se paseaba, descalzo sobre hierba virgen, con una lentitud pasmosa.
― Alguien lo ha hecho hace poco, alguien que no debería haber podido hacerlo. ¿Me equivoco?
La sonrisa permanente en los labios del dios del tiempo empezaba a resultar exasperante. Estaba jugando con él, o eso parecía. Debía aburrirse mucho en ese lugar, pensó Hermes.
― Normalmente los dioses erran en sus conjeturas, pero nunca admiten ni permiten que otros digan que se han equivocado en algo. Por lo tanto, ¿quién soy yo para llevaros la contraria?
Hermes gruñó, tan bajo que apenas fue perceptible, pero no pasó inadvertido para Kayros, que le dedicó una mirada de advertencia.
― Dejémonos de rodeos. Tatiana, la joven que enviaste al futuro junto a la portadora de la divinidad de Hera, ha desaparecido. Y sé que sabes dónde está.
― ¿Por qué supones eso? ―preguntó con inocencia.
― Pronuncio tu nombre ―aseguró. Kayros alzó una ceja oscura en un gesto divertido, aunque retador―. Se llevó consigo algo del pasado, estaba ligada a una sirena. Pisínoe, si no estoy equivocado.
― ¿Lo estás?
La lucha interior que estaba batallando Hermes se habría hecho evidente si no insistiera en mantener el rostro sereno. Pese a lo furioso que se sentía.
― Necesito saber dónde la has enviado. Necesito encontrarla.
Kayros dejó escapar una carcajada tan efímera como la hierba que ya no rozaba la planta de sus pies. El paisaje cambiante se había convertido en arena suave del desierto. Más acorde con su imagen.
― ¿Necesitas? ¿Por qué? ―se burló―. Hace un año exactamente, o relativamente, me pediste, me amenazaste, que debía enviarte al futuro para encontrar a una joven. Aseguraste que si no la encontrabas se desataría otra guerra. Te concedí el capricho porque no me apetecía que una guerra de ese calibre me afectara. ¿Pero de qué me sirvió malgastar tres gotas de elixir? ―A pesar de la burla, estaba claro que Kayros se sentía indignado ante lo sucedido―. De todos modos, la guerra estalló. Y para añadidura, tuviste que hacerme otra visita con tus nuevas amiguitas y Zeus. Mis problemas, en realidad, habrían terminado antes negándote el elixir. De ese modo, la guerra habría terminado con absolutamente todas las futuras visitas inesperadas. Como esta, por ejemplo.
― ¡La guerra la detuvo Zoe!
― ¡Fue su divinidad la que lo hizo, lo cual no soluciona el hecho de que la guerra estallara de todos modos! Y lo que ello supuso me afectó directamente. Tuve que ceder otras dos gotas de elixir para hacerlas regresar, ¿a cambio de qué? Una divinidad que he empleado en algo que, personalmente, no me beneficia en nada. ―La luz iluminó sus ojos por unos instantes, volviéndolos blanquecinos―. No me malinterpretes, mensajero. No me gusta hacer las cosas mal, por esa razón acepté la divinidad que esa joven me ofrecía a cambio de su regreso. Pero eso no cambia el hecho de que tuve que hacer las cosas bien de ese modo, solo porque tu amenaza me obligó a ceder algo que, de otro modo, no habría estado dispuesto a ofrecer.
― ¿Quieres decir que le diste el elixir para recomponer el orden más que por la divinidad que Zoe te ofreció?
― Muchacho. Al cederte esas gotas, enviaste al pasado a una mujer del futuro. Me hubiera ofrecido una divinidad o no, mi obligación como dios del tiempo y el orden era retornarlas a su tiempo. Acepté su divinidad como incentivo únicamente para cobrarme mi parte. Además, esa mujer no habría podido albergar esa divinidad mucho tiempo más sin morir ―aseguró con indiferencia―. Las almas divinas solo pueden resistir en cuerpos inmortales. Por suerte, resistió el tiempo suficiente. Y por lo que me han informado, ahora albergará su propia alma divina.
La noticia de que Zoe se había vuelto inmortal era conocedora por todos los dioses. Hermes no estaba sorprendido de que Kayros lo supiera, lo que si lo había cogido por sorpresa era saber que todo lo que hizo fue para cerrar el círculo que él había abierto mediante amenazas.
― ¿Quieres decir, entonces, que devolverás a Tatiana a su tiempo? Ella no debe estar en el pasado. Es del futuro.
― Esa joven está atada a una mujer del pasado. Por ahora, ese es su lugar hasta que ella la libere.
― ¿Cuándo será eso? ¿Por qué la ha hecho prisionera?
― Cuando le salve a él.
Hermes frunció el ceño.
― ¿A él?
― No te angusties, mensajero. La joven regresará cuando tenga que regresar. Y cuando lo haga, tal vez te cuides más de no amenazar a los dioses que pueden llegar a cambiar el tiempo tal y como lo conocemos ―lo regañó sin perder la sonrisa indiferente―. Jugar con el tiempo es peligroso.
Hermes no tuvo que marcharse del hogar de Kayros, este mismo lo expulsó deprisa y sin apenas inmutarse. Un instante estaba delante del dios, y al otro se encontraba de nuevo en el Olimpo. En su propio templo.
Hermes desapareció al instante, rezando porque Zeus estuviera lo suficientemente ocupado con su mujer como para no haber reparado en su regreso.
Tatiana regresaría cuando cumpliera con su extraña misión. Cuando esa sirena la liberase. Pero no tenía ni idea de cuánto tiempo sería eso. Ni qué podía sucederle allí sola.
No.
No podía esperar sentado a que ella regresara como Kayros había sugerido. Eso era inaceptable.
Tenía que encontrar otro modo de ir al pasado. Y mientras lo pensaba, una idea cruzó su mente. Sonrió.
Sabía de alguien que podía darle la respuesta. Alguien que lo había seguido al futuro cuando él fue en busca de Zoe. Alguien que no había acudido a Kayros para viajar en el tiempo.
― Vaya, vaya... Jamás pensé que te presentaras ante mí tan pronto.
― Han sido unos cuantos siglos, en realidad ―gruñó Hermes. El lugar oscuro y tenebroso en el que lo había localizado no era para nada extraño en él. No estaba sorprendido.
― Por el modo en que tu señor me amenazó, supuse que no querríais volver a verme jamás.
Hermes avanzó un par de pasos, situándose donde el dios seguía sentado bajo la copa de un árbol muerto. Hojas secas, algunas teñidas de sangre derramada por asesinos sin rostro, decoraban el paraje inhóspito de algún lugar del mundo.
― Y así habría sido ―aseguró. Lo pensó con detenimiento, considerando el desaparecer de nuevo y no volver a pensar jamás en la opción de presentarse allí. Lo desechó al recordar las palabras de Karyos―. Necesito saber cómo conseguiste el elixir la última vez. Como lograste ir al futuro sin acudir a Kayros. Necesito esas gotas, Ares. Y las necesito ya.
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Islas Estófades
Detrás de las montañas rocosas, un camino algo más llano que las peligrosas puntas de piedra que había estado pisando durante horas, logró hacer el camino más cómodo para Tatiana. No le dolía apenas la herida ya cerrada, pero sí los pies y la cabeza, que parecía no querer desistir con su insaciable embotamiento. El muchacho que se hacía llamar Zale avanzaba de forma ligera por las rocas. Estaba acostumbrado, y seguía saltando sobre ellas incluso estando el camino al lado para facilitar su paso. Ella, por el contrario, había resbalado en un par de ocasiones, tenía una colección de rasguños en sus piernas y en las palmas de las manos, y su cabello se había encrespado tanto que pequeños rizos de mechones más cortos se arremolinaban alrededor de su rostro cubierto por una fina capa de sudor. No tenía el mejor aspecto del mundo, y la pérdida de sangre solo había hecho que empeorar la situación.
A pesar de todo, su cerebro siempre se había empeñado en recordar casi todos los detalles que sucedían en su vida. O al menos recordaba los importantes. Por lo que no había olvidado a la mujer que debía haberla traído hasta ese lugar. Recordaba su rostro, y sus palabras. Y por supuesto, recordaba el nombre que ella había pronunciado. Lo que había dicho.
<<Encuentra a mi Zale. Mi corazón ya no está para protegerlo. Cuida de mi bebe>>.
Pero estaba claro que si ese era el mismo Zale, no era en absoluto un bebe. Por esa razón no había hecho ni una sola pregunta. Ni siquiera hizo indicios de reconocer su nombre. Tatiana era cautelosa por naturaleza. Sabía qué decir, pero sobre todo era consciente de cuándo, dónde y cómo decirlo.
No podía estar segura de que ese muchacho fuera el mismo Zale del que hablaba la mujer que había estado invadiendo sus pesadillas. Y por ahora no le quedaba otra que seguirlo.
Pronto vio a lo lejos, al final del camino, una cabaña de madera provista de una verja de piedras y rocas grandes. Una barca también de madera, hojas secas y algas descansaba de lado en una de las paredes de la cabaña.
― ¿Vives aquí? ―Tatiana fue incapaz de detener la pregunta, y cuando lo vio volverse con los ojos entornados de irritación, no la sorprendió en absoluto. En realidad, ella misma se habría dirigido una mirada similar de tener la ocasión.
―Es un hogar como cualquier otro ―contestó tajante.
― Es bonita.
La expresión del muchacho demostró lo poco que la creía. Después de su pregunta llena de reparos, no era extraño que no la creyera. Había intentado suavizar la tensión entre ellos, pero estaba por desistir. El joven, cargando la honda despreocupadamente sobre un hombro, no era un gran conversador. Y Tatiana odiaba estar en silencio.
― ¿La has hecho tú? ―se interesó.
― No tengo criados ―aseguró como si el simple hecho de sugerirlo fuera un insulto imperdonable.
― No he dicho que los tengas. Solo era una observación. Lo que quiero decir es que estoy impresionada de que hayas hecho esta casa tú solo.
Jamás se había sentido tan insegura. Se la conocía por saber llevar perfectamente una conversación, por no permitir los silencios incómodos. Y con ese joven parecía incapaz de decir nada a derechas. En realidad, si lo pensaba bien, todos los comentarios que había hecho se podían interpretar mal. Lo que por consiguiente, habían ofendido al muchacho.
Desde fuera, la cabaña de madera parecía sencilla. Apenas grande, apoyada en un rincón de rocas grises decoradas con algas secas. Tampoco parecía haber peligro en esa zona. El viento apenas soplaba, y las olas estaban más tranquilas. No había aparecido el sol, pero la tranquilidad, en comparación, era suficiente para Tatiana.
Zale entró en la cabaña sin mirar hacia atrás. No la prestó atención en ningún momento, pero la muchacha no encontró razón alguna para no entrar detrás de él. Así que lo siguió.
La cabaña por dentro era una cosa totalmente distinta. Se quedó con la boca abierta al descubrir el secreto de su tamaño. Nada era como parecía desde fuera, pues la roca donde estaba apoyada, era en realidad una cueva.
La cabaña de madera solo era la entrada a un enorme espacio iluminado con espejos, del modo en que los egipcios los distribuían para conseguir luz en zonas oscuras como en las pirámides. La luz exterior, aunque tenue, se reflejaba en un espejo que procedía de una pequeña apertura en el techo, justo al fondo de la extensa cueva. Este reflejaba en otro más grande, y así sucesivamente por toda la cueva. Al parecer, el muchacho había sabido aprovechar bien esa apertura, que de un modo práctico albergaba un manantial de aguas cristalinas justo debajo de él. De ese modo, no solo tenía agua en casa, sino que en caso de lluvia, su cabaña no se inundaría. De hecho, el propio manantial ya reflejaba mucha luz del exterior, y conseguía iluminar más la cueva.
Tatiana alzó el rostro para contemplar justo encima de su cabeza. Además de los espejos, millones de cristales de colores, de joyas o adornos, estaban pegados o incrustados en ranuras del techo de la cueva. La sensación de calidez y luz era asombrosa.
― Flipante... ―Tatiana se sobresaltó al escuchar en eco su escueta palabra. Se sonrió.
― Son espejos. Y vidrio ―apuntó el muchacho. Tatiana frunció ligeramente el ceño, ahora centrando toda su atención en él.
― ¿Cómo?
― Lo que estás mirando. No es flipante, se trate del material que se trate. Es vidrio.
Al comprender que el joven había confundido su expresión de asombro con algún tipo de material, Tatiana apenas pudo contener la risa. Tendría que evitar expresiones modernas, por el momento. No sabía cómo podría tomarse ese muchacho si le decía que venía del futuro. No. Mejor evitar el tema.
― Ya sé que es vidrio ―aseguró, conteniendo la risa al comprobar que parecía molestarle su buen humor. De seguro creía que estaba burlándose de él―. Perdona, Zale. Es impresionante lo que has conseguido con esta cueva.
Zale esbozó una sonrisa de suficiencia y se cruzó de brazos con orgullo.
― Ya no te parece que sean cuatro ramas mal puestas, ¿eh? ―la arrogancia del gesto la dejó momentáneamente desconcertada.
― Yo no he...
― Tu expresión de disgusto era suficiente ―apuntó volviendo de nuevo su rostro serio y gruñón.
Se encaminó hacia un rincón de la cueva donde goteaba agua constante en un hoyo en la roca aproximadamente de un metro cuadrado, cogió un recipiente de barro de la torre de cuencos amontonados a un lado y lo llenó de agua.
Regresó y se lo ofreció sin más. Como si se tratara de un gesto carente de importancia y rutinario. Tatiana decidió olvidar su comentario, se acercó con una sonrisa y recibió el cuenco con agua.
- Bebe.
― Gracias ―apuntó con amabilidad. Si dependía de él para descubrir más de ese mundo, no podía llevarse mal. Y no le quedaba más remedio que poner más de su parte. Se acercó el cuenco a los labios y bebió.
― Ahora desnúdate.
La orden consiguió que Tatiana se atragantara con el agua y la escupiera, bañando al muchacho que seguía delante de ella. Tosió hasta ponerse roja, aunque tal vez eso era más de vergüenza e indignación que de otra cosa.
― ¿Cómo dices? ―exclamó.
― Desnúdate ―repitió―. No quiero tener que enterrarte, mujer.
― ¿Vas a matarme si no me quito la ropa? ―preguntó anonadada. Zale pestañeó un par de veces, confuso. Su rostro empezó a encenderse y frunció el ceño tan fuerte que Tatiana estaba segura de que podrían habérsele salido los ojos por la presión.
― ¡No tengo ningún interés en verte desnuda! ―exclamó indignado―. No sé qué hacéis en vuestra casa, pero aquí, si no se limpian bien las heridas, se infectan. Y las infecciones llevan a la muerte. Y me consta que tienes unas cuantas, a parte de la que te he curado.
El sonrojo que adornó las mejillas de Tatiana en esta ocasión fue de una vergüenza diferente. Debería haber tenido eso en cuenta. Ella, que se jactaba de ser tan inteligente y saber tantas cosas. Por supuesto que conocía las enfermedades de la antigüedad. Y también que la gente podía llegar a morir de un simple corte. Debería haber pensado en eso en lugar de llegar a conclusiones tan descabelladas.
El muchacho se levantó airado. Ni siquiera le dirigió la mirada cuando pasó por su lado y salió de la cabaña dando un revuelo a las algas que colgaban de la puerta a modo de cortina. Tatiana se sentía mal. Se sentía una persona horrible. No había acertado con ese chico en ningún momento. Desde la primera palabra se había hecho evidente lo poco que necesitaba o quería su compañía. Y con su modo de decir las cosas lo único que había lograda había sido empeorarlo.
Suspiró con resignación y empezó a quitarse la ropa. Tenía rasguños cerca del cuello, en las palmas de las manos y en las piernas. Estaba sucia, cansada y sudada. Al ser consciente de todo eso, la idea de desnudarse y meterse en el agua ya no parecía tan extravagante.
A pesar de lo cristalina que era, la profundidad considerable la amedrantó un poco. Estaba iluminada por la tenue luz del exterior, directa gracias al espejo. El reflejo verdoso y rojizo en el fondo de algas y coral era tan hermoso como peligroso. Había algas venenosas, y también podría enredarse y morir ahogada. Así que sumergió las piernas, sentándose sobre una roca baja y plana, y lavó las heridas superficiales, los cortes de las manos con las rocas, e intentó limpiar todo el polvo acumulado sobre su piel.
Era agua salda. Era el agua del mar. No se trataba únicamente de agua de la lluvia. Sintió el abrazo del océano en sus piernas al sumergirse. Fue tentador. Hipnotizarte. Y como ya sucedió una vez antes, el agua la llamó.
Se metió poco a poco, por completo. El sonido sordo al introducir la cabeza, sintiendo sus cabellos flotando como algas a su alrededor. Miró hacia arriba. La luz filtrada rozó su rostro a través del agua cristalina. Esbozó una sonrisa, disfrutando del contacto. Como si necesitara aquello para vivir.
No supo cuánto tiempo había pasado, pero de repente, una mano fuerte la cogió de un brazo sacándola repentinamente del agua. Sintió alzarse su cuerpo para encontrarse sentada sobre las rocas, con un manto ligeramente mojado sobre su cuerpo.
― ¡¿Estás loca?! ―gritó.
― ¿A qué viene esto? ―preguntó Tatiana, recuperándose del estupor y apartando el cabello mojado de su rostro mientras se cubría correctamente con el manto, consciente de su desnudez.
― ¿No te han enseñado que no puedes meterte en el agua de una cueva cuando sube la marea y hay corrientes submarinas? ¿Es que tienes instintos suicidas? Primero la harpía, ahora el agua...
Tatiana frunció el ceño. Cuando se había metido en el agua, por lo menos había tres palmos de distancia entre la superficie rocosa y el agua, ni siquiera había empezado a anochecer. Como si fuera algo evidente, se giró hacia el manantial para comprobar que el agua seguía exactamente como la recordaba. No fue así.
El borde del agua se había extendido, cubriendo una aureola de un nivel superior en el recinto de la cueva. Creando un amplio borde lleno de agua por el que podías pasear sin problemas y te cubría poco más arriba de los tobillos. No se mantenía quieta tampoco. Por el contrario, chocaba ligeramente, dando a entender unas corrientes submarinas potentes que se filtraban por un agujero inferior que absorbía el agua hacia adentro.
― ¿Cómo se te ocurre seguir en el agua o volver a meterte en ella después del ocaso? ―gruñó―. No quiero problemas, chica rara. Será mejor que dejes de intentar que te maten. Por aquí no es tarea tan difícil, te lo aseguro. Pero si quieres morir, que no sea en mi casa.
Zale se levantó airado. Lo observó caminar hacia un pequeño lecho de algodón, o algo parecido al algodón. Seguramente del extracto de alguna planta recóndita que debía crecer en esa extraña isla.
― ¿Cuánto hace que te has ido? ―decidió preguntar Tatiana cubriéndose más con la manta, intentando secarse.
Zale se acomodó. La luz de la luna entraba por el espejo, reflejando una difusa imagen del satélite en el agua oscurecida por la negrura de la noche.
― Cuatro malditas horas. Creía que las mujeres tenían suficiente con eso para bañarse y vestirse.
Después de esa replica, cerró los ojos y pareció sumirse en un profundo sueño.
Cuatro horas.
Tatiana se volvió blanca como el reflejo de la luna. Astrid, en la playa, le había dicho que había estado debajo del agua cinco minutos. Ella no la creyó. No podía aguantar tanto debajo del agua, pero dentro de lo normal, no era imposible.
Cinco minutos era una cosa. Pero no eran minutos los que había perdido sumergida en el agua en esta ocasión.
Había estado cuatro horas.
Hermes tenía razón, pensó con amargura, necesitaba ayuda.
Lástima que él no estuviera allí para ofrecérsela.
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Aquí el siguiente capítulo. Asegurar, porque algunos ya me lo han preguntado, que no abandono esta historia. Estoy tardando en subir porque estoy estudiando, trabajando en ocasiones y haciendo prácticas (todo al mismo tiempo), y me deja muy poco tiempo para escribir. U.U ¡Pero no abandono la historia!
Espero que siga gustando ^^ ¡¡Gracias por todos los comentarios y el interés en su continuación!! ¡Un beso y abrazos para todos!
:)
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