Meg estuvo varios días pensando en aquella propuesta y durante ese tiempo no tuvo noticias de Lucien, pues él le dio espacio para que reflexionara. Ni siquiera a Bianca le contó del dilema en el que se hallaba pues su amiga le diría que estaba loca por considerarlo siquiera. Sin embargo, ella sabía que esa una decisión muy personal y que debía tomar libremente, sin presiones de ningún tipo.
Estuvo leyendo sobre la maternidad subrogada y sus riesgos… La fortaleza psicológica que debía tenerse al ver crecer el vientre de un hijo que no sería suyo. Era algo duro, pero también era un gesto solidario. En algunos países incluso, como en Canadá, no se permitía pago alguno porque se consideraba que lo bonito del proceso era el sentimiento de generosidad y empatía que debía predominar en la madre que se sometía al tratamiento. Aunque en los Estados Unidos sí se aceptaba el pago, no todos los Estados permitían la maternidad subrogada. California, donde vivían, era de los lugares más seguros para realizarlo, ya que existía una extensa normativa sobre el proceso de subrogación.
Meg reflexionó sobre lo que ella deseaba. Por supuesto que no pensaba en tener otro hijo en estos momentos, mucho menos un bebé que no era suyo. ¡Qué difícil era ver cambiar tu cuerpo sabiendo que quien llevas en tus entrañas no es tu hijo! ¡Qué sensación tan dura la de parir un bebé que deberás dejar en otros brazos! No sabía si estaría preparada para algo así. Además de que un embarazo era por naturaleza algo delicado.
Por otra parte, pensaba en Lucien y en el amor que le tenía. El bebé no sería suyo, pero lo vería crecer pues eran amigos. En eso comprendía a Lucien: no era lo mismo llegar a un trato con una mujer extraña. Ella era una antigua amiga, alguien que estaría presente en el crecimiento de ese niño que ayudaría a nacer. Sin darse cuenta se vio pensando en el asunto con ilusión, y su corazón se llenó de los aspectos positivos de su acción. Lo haría feliz, y Lucien sería un excelente padre, de eso no tenía la menor duda.
Meg tomó su teléfono y le envió un mensaje:
“Hola, por favor, pasa a la casa cuando puedas”.
El mensaje no adelantaba la respuesta, pues necesitaba hablar con él ciertos puntos primero. Al cabo de media hora, Lucien estaba tocando a su puerta como un maniático.
―¿No tenías filmación? ―preguntó Meg frunciendo el ceño cuando le abrió la puerta.
―Todavía no comienzo a rodar y estaba en la casa cuando recibí tu mensaje. ―Meg notó que estaba bastante nervioso.
―Por favor, pasa. Jude está en el colegio todavía, así que tenemos tiempo para conversar.
Lucien se sentó en el diván y la miró expectante. Meg se sentó a su lado, pero no sabía qué decirle. Él le tomó la mano y le sonrió:
―No te preocupes, sé que no debí pedírtelo ―se disculpó―. Es algo demasiado grande, pero para mí eras la mujer ideal en todos los sentidos. No te sientas mal, Meg, yo puedo…
Ella le colocó la mano en los labios para silenciarlo. El breve contacto con su boca los desconcentró a los dos.
―Lo he pensado, Lucien, y voy a aceptar ―confesó.
Él la abrazó riendo y le dio un beso en la frente. Luego se puso de pie y dio saltos de alegría.
―Muchas gracias, Meg.
Ella no pudo evitar sonreír.
―¿No estás algo viejo para ese espectáculo? ―se burló―. Siéntate, que tengo condiciones.
Él la obedeció y se sentó a su lado.
―Puedo pagarte, Meg ―le recordó―, y siempre será poco lo que pueda darte.
―No es cuestión de dinero, así que no me ofendas diciendo eso. No puedo cobrarte algo así.
―Lo siento.
―Como te decía, tengo algunas condiciones.
―Adelante. ―Lucien estaba de acuerdo en concederle lo que deseara.
―Lo primero es que estoy dispuesta a que sea un único embrión ―le explicó―. Los embarazos gemelares son más riesgosos, en algunos casos requieren de reposo absoluto y no estoy dispuesta a eso pues tengo a un hijo que criar.
Lucien asintió.
―Estoy de acuerdo. Un solo bebé.
―Si en el futuro desearas otro hijo, deberás contar con otra persona, no conmigo.
―Por supuesto, Meg ―Él le acarició la mejilla―. Ya estás haciendo demasiado por mí. ¿Qué más necesitas?
―Necesitaré de apoyo en la casa y con Jude. El embarazo produce sueño, malestares, no sé si estaré en condiciones de hacerme cargo de todo…
―Mi personal en Malibú estará pendiente de ti ―le confirmó―. Ahora no tienen trabajo, pues mamá posee su propio servicio, pero mi ama de llaves y mi chofer de Maibú estarán contigo todo el tiempo para ocuparse de las labores de la casa, recoger a Jude en la escuela y lo que necesites. Como dije, tus gastos serán asumidos sin ningún problema por mí, incluyendo lo que dejes de ganar si requirieras de reposo.
Meg estuvo de acuerdo. Una cosa era no cobrarle, y otra era asumir los gastos del embarazo, así como proporcionarle la ayuda que necesitara.
―Hay algo más, Lucien ―le pidió―. Sé que no seré la madre del bebé, pero me gustaría mucho verlo con frecuencia, siempre que estés de acuerdo.
Él asintió.
―Serás la madrina de mi hijo ―afirmó con una sonrisa―. Estarás en su cumpleaños y lo verás cada vez que quieras, te lo prometo.
Meg sonrió también, estaba algo más tranquila. Aunque en el proceso de reproducción asistida se contaba con acompañamiento psicológico.
―Necesitamos firmar un contrato de maternidad subrogada ―le explicó Lucien―, es obligatorio para comenzar cualquier proceso médico. Hablaré con mi abogado y se encargará de buscar otro para ti, totalmente independiente a nosotros, para que vele por tus intereses. Cuando esté redactado, podremos discutirlo y firmar. Te aseguro que no haré jamás nada que te perjudique.
―Lo sé, Lucien.
―También agendaré una cita con la clínica de Fertilización In Vitro. Ya he ido anteriormente y también se está encargando del proceso de donación de óvulos.
―¿Finalmente es anónimo?
―Sí, pero he seleccionado algunas características sobre esa mujer desconocida. Físicamente la he buscado parecida a mí, para que el bebé a su vez se me parezca. Ya sé que es una tontería, pero para mí es importante. También he seleccionado algunas cosas como aptitudes, aficiones… Lo importante es que sea un bebé sano y feliz, lo demás lo irá descubriendo por sí mismo cuando crezca. Tal vez ni siquiera le guste el cine ―bromeó.
―Dudo que no esté orgulloso del papá que tiene. Si estoy haciendo esto es porque estoy convencida de que serás un excelente padre, Lucien.
―Gracias por confiar en mí ―Él se incorporó y le dio un beso en la frente.
Conversaron un poco más sobre temas diversos, hasta que bajaron juntos en el ascensor del edificio pues ella debía recoger al niño en el colegio. Acordaron verse en la siguiente semana para el tema del contrato y agendar la primera cita en la clínica.
Al día siguiente, Meg fue a desayunar con su mejor amiga luego de que dejaran a los niños en el colegio. Bianca salía de la guardia, así que estaba agotada; pasó a la escuela a ver a su esposo y darle un beso a su hijo, pero necesitaba comer y despejarse un poco. El café le vendría muy bien. Meg se entretuvo mirando el menú para finalmente pedir sus rosquillas acostumbradas y un capuchino.
―Estás muy extraña, Meg. ―Le hizo notar la doctora a pesar de su cansancio.
―Estoy igual que siempre ―respondió haciéndose la desentendida.
―No es verdad. No me contaste nada de tu cita con Lucien y desde entonces no me has dicho ni media palabra de él.
―Tienes razón ―asintió Meg, culpable.
―¿Estás saliendo con él? ―Los ojos azules de Bianca querían salirse de sus órbitas. La mujer pensaba que Meg no le habría dicho nada porque a ella no le simpatizaba el actor.
―No se trata de eso, Bianca. Lucien y yo seguimos siendo los amigos que siempre fuimos.
―Lo siento por ti ―respondió la doctora tomando un sorbo de su café―. Creí que las cosas tomarían un rumbo diferente para ustedes.
―Y así será, pero no en el sentido que supones. Tendré un hijo para él ―le contó.
Bianca estuvo a punto de escupir su café y dejó caer unas gotas sobre sus pantalones.
―¿Estás embarazada? ¿No dijiste que solo eran amigos?
―Acepté ser la madre subrogada de su hijo. Pasado mañana firmaré el contrato.
A pesar de la tranquilidad con la que Meg habló, Bianca no salía de su asombro, ni siquiera siendo médico.
―¿Has perdido la cabeza?
―Sé que es sorpresivo ―admitió―, pero Lucien me lo pidió y yo acepté.
―Dime que no haces esto por dinero, Meg…
―Por supuesto que no. Aunque debo contarte también que Lucien creó un fideicomiso con mucho dinero a nombre de Jude, para sus estudios universitarios.
―¿Y fue por eso que aceptaste?
―No, él me aclaró que una cosa no estaba relacionada con la otra. El fideicomiso ya está hecho y yo pude haberme negado a la maternidad subrogada.
―Debiste haberlo hecho, Meg. ―Bianca negó con la cabeza―. Un embarazo es cosa seria, tiene un porciento de riesgo y tienes un hijo que cuidar…
Meg suspiró. Ella misma había pensado sobre eso.
―Es verdad; pero me haré varios exámenes para determinar que todo está bien conmigo. Soy saludable, joven, no debo tener ningún problema. Lucien es muy importante para mí, y quiero hacer esto de corazón. Solo serán nueve meses de mi vida, pero para Lucien marcarán toda la diferencia.
―A ti también te marcará ―le advirtió Bianca―, y creo que terminarás con el corazón más roto que cuando empezaste. Lucien te está utilizando, Meg y cuando logre lo que quiere terminarás sola, con Jude, como mismo has estado en los últimos años. ¡No quiero que eso suceda contigo!
Las palabras de Bianca calaron hondo en su corazón.
―Eres muy dura conmigo ―respondió.
―Te hablo con la verdad porque te quiero y necesitas ver el asunto en su real perspectiva. Piénsalo bien antes de firmar, Meg. Es más: deberías decirle a Lucien cómo te sientes. Dile que lo amas, tal vez tengan una oportunidad juntos antes de que cometas una locura como esta…
Ella negó con la cabeza. Lucien solo la veía como amiga y si hacía eso todo se echaría a perder. Al menos si daba a luz a su bebé, el vínculo de ellos se volviera más fuerte. No como amor, pero sí como una gratitud infinita que los acercara cada día más.
Aunque Meg prometió pensar en el asunto, no se arrepintió. Dos días después, tal como planificaron, se sentaba junto a Lucien y los abogados en el despacho para revisar el contrato de maternidad subrogada. Su abogado, un hombre de experiencia y mediana edad, ya le había dicho que se ajustaba a los términos de la legislación de California en ese sentido, y de la primera lectura a Meg no le quedaron dudas. Se trataba de un contrato de maternidad altruista y no comercial, ya que la gestante no recibía pago alguno por el alquiler de su vientre, salvo las contraprestaciones derivadas de los gastos en los que se pudiera incurrir durante el proceso.
Por esta razón, Lucien tenía como obligaciones el pago de todas las cuentas médicas; los gastos de alimentación, ropa, y cualquier otra necesidad derivada del período de gestación. También contraía la responsabilidad de la custodia sobre el recién nacido. Las obligaciones de la gestante eran más delicadas, y en ese punto el abogado hizo énfasis durante la lectura de las cláusulas, aunque básicamente podían resumirse en: permitir la inseminación con el esperma del padre; llevar el embarazo a feliz término y renunciar a sus derechos de custodia.
El abogado de Lucien comenzó a leer las cláusulas con mayor detenimiento para que Meg las interiorizara:
―La futura gestante se obliga a facilitar toda la información relativa a su estado de salud, en especial de las enfermedades venéreas, mentales y todas las padecidas ahora y con anterioridad. Asimismo ―prosiguió―, debe presentar un certificado de antecedentes penales.
―Meg no tiene antecedentes penales, ¡la conozco! Tampoco tiene enfermedades venéreas ―repuso Lucien, quien en ese punto no había estado del todo conforme. Le parecía ofensivo para ella.
―Lo lamento ―contestó el abogado―, es uno de los requisitos para la maternidad subrogada en el Estado. Aunque se conozcan ustedes, debe aportar el documento que acredita no tener antecedentes y un examen médico que descarte cualquier enfermedad.
―No tengo inconveniente con eso ―respondió Meg, intentando ser objetiva.
―Debe pasar el reconocimiento médico en el centro elegido y seguir todos los tratamientos médicos, incluida la reproducción asistida ―continuó el abogado―. La mujer gestante está obligada a cumplir todas las instrucciones y prescripciones médicas incluyendo lo relativo al régimen del día, la dieta, las relaciones sexuales y la actividad física y la higiene, entre otras, así como a tomar los medicamentos indicados y seguir todos los tratamientos necesarios para la realización exitosa del programa de maternidad subrogada. Y, por último ―añadió casi al cierre―, no reclamará los derechos sobre el bebé ni obstaculizará la entrega al padre biológico.
Meg asintió. Por supuesto que seguiría todo al pie de la letra. Lo de las relaciones sexuales lo veía poco probable, pues no tenía pareja ni pensaba tenerla. Según lo estipulado, cuando la mujer fuera casada, su marido debía firmar ante notario su aceptación respecto a la subrogación; y si se tenían relaciones sexuales, estas debían ser protegidas. Meg prestó atención a cada detalle, pero sabía que nada de aquello era su caso en particular.
Al final de la entrevista, como todo le pareció correcto y su abogado estuvo de acuerdo, firmó el contrato junto con Lucien. Al fin estaban unidos por la ley en algo muy sagrado. No era precisamente un matrimonio, pero se trataba de algo incluso más importante: el traer una nueva vida al mundo.
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