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Invierno

1996

—Mira lo que conseguí. —Mingyu no dejó ni hablar a Minghao antes de arrastrarlo detrás de la puerta de servicio del video club.

—¿Qué conseguiste? —indagó por fin el chino cuando su amigo lo soltó.

El moreno sonrió y mostró sus caninos. Señaló con ambos brazos hacia el frente, lugar donde había una pequeña televisión en una mesa de madera.

Minghao alzó una ceja y cruzó sus brazos. —No entiendo.

—¡Es un reproductor de dvd's! —aseguró Mingyu emocionado, acercándose a lo que había a un lado del televisor.

Oh, tenía razón. Minghao había pasado por alto aquella cajita negra.

—¿De dónde lo sacaste? —indagó, porque en el video club solamente vendían reproductores de cintas VHS a pesar de que habían comenzado a rentar películas en dvd.

—Papá lo compró —explicó entonces —; pasé a recogerlo antes de venir al trabajo. ¿Y sabes que es lo mejor?

Minghao negó, aún sorprendido. En su casa ni siquiera había un televisor, sus padres solían decirle que aquellas cosas simplemente servían para derretirle el cerebro.

—No lo sé.

Mingyu amplió su sonrisa y metió la mano a su bolsillo. Antes de sacarla de nuevo, la puerta fue abierta abruptamente.

—¿Qué se supone que están haciendo aquí los dos solos? —los cuestionó Jeonghan con una sonrisa pícara.

A su lado, Jihoon empujó al hombre rubio para ver a ambos chicos. —La pregunta sería: ¿qué hacen aquí en sus horas de trabajo? —cuestionó. —Su descanso terminó, y el video club no se atenderá solo.

Jihoon desapareció tan rápido como había llegado y Jeonghan se rio un poco de la actitud de su pareja.

—Seguro pueden retomar su... —dudó —conversación pronto. Ahora, ambos afuera.

El rubio se desvaneció también y Minghao hizo una mueca cuando de nuevo estuvo solo con Mingyu.

—Cuando terminemos te ensañaré —aseguró el mayor, sacando su mano de su bolsillo sin haberle mostrado nada al pelirrojo.

A Minghao le gustaba cuando Mingyu tomaba su mano. Siempre era el mayor quien entrelazaba sus dedos, porque Minghao jamás se atrevería a hacer algo así.

Sus padres solían repetirle que no estaba bien que tomara la mano de su amigo —su mejor amigo— porque ya no eran niños.

Y los chicos no tomaban sus manos entre ellos.

—Seokmin salió con mis padres. Tratan de animarlo porque Hansol lo dejó con una carta —explicó el moreno cuando llegaron a su casa.

—¿Con una carta? —juzgó Minghao. —Vaya terrible manera de despedirse de alguien.

—Lo sé.

Mingyu, quien había cargado con el reproductor de dvd's todo el camino, asegurando que no era para nada pesado, lo dejó caer sobre el sofá sin ningún tipo de cuidado.

Minghao golpeó su frente entonces.

—¿Sabes cómo conectarlo?

El más alto asintió emocionado como un niño pequeño. —Lo estrenaremos hoy —anunció —. Prepara palomitas mientras enchufo todo —pidió.

Y Minghao simplemente caminó a la cocina como si se tratara de su propia casa.

Sacó una bolsa de palomitas y las metió al microondas. Mientras esperaba se sacó el grueso abrigo y sonrió al sentir la calefacción del lugar.

Le gustaba la casa de Mingyu. Le gustaba más que su propia casa.

Cuando regresó a la sala, con un bol lleno del maíz, encontró a Mingyu aun batallando con las conexiones.

—Creí que sabías lo que hacías —se mofó.

Mingyu hizo un puchero y Minghao desvió la mirada para que el mayor no notara sus mejillas rojas.

Un par de minutos después, el moreno por fin triunfó en la batalla.

Tomó asiento a un lado del pelirrojo y sacó de su bolsillo un par de gafas, cada una con un lente rojo y uno azul.

—Mi papá también las consiguió —admitió.

Minghao le arrebató unas de inmediato, examinándolas con cautela.

Woah, jamás he visto una película en tercera dimensión.

Mingyu sonrió porque lo sabía. Metió un disco al reproductor, cerró las cortinas y apagó las luces de la casa.

Las palomitas desaparecieron incluso antes de que los primeros 10 minutos del video terminaran.

La película era interesante, pero la cabeza de Mingyu le había comenzado a doler con los lentes puestos; y ciertamente observar a Minghao emocionarse era aún más entretenido

Se quitó las gafas cuando los créditos comenzaron a aparecer y sobó los párpados de sus ojos.

—¿Te sientes bien? —le preguntó Minghao.

¿Cuándo se había acercado tanto?

El chico también se había quitado las gafas; Mingyu lo sabía por los diminutos rayos de luz que se colaban entre las pesadas cortinas que había corrido para cubrir todo.

—Si, me duele un poco la cabeza, eso es todo —admitió.

Minghao se reprendió cuando su mirada vagó hasta los labios contrarios y comenzó a sentir el aliento del chico sobre el suyo. ¿Por qué Mingyu tenía que ser tan perfecto?

—Gyu, yo...

—¿Tú...?

Minghao vaciló. ¿Desear probar los labios de su amigo lo convertiría en una mala persona? ¿Qué pensarían sus padres de él?

Y aún así...

—¿Puedo besarte?

Mingyu suspiró sobre sus labios, no tenía una repuesta verbal para aquella pregunta.

Minghao cerró sus ojos. Era extraño. Jamás había besado a alguien en su vida, mucho menos a un chico.

Mingyu se limitó a juntar sus labios con los contrarios, y sonrió cuando Minghao se quedó rígido sobre el sofá. Se separó rápidamente y su pulgar subió hasta la mejilla ardiendo del menor, acariciando la tersa piel.

—Eres adorable —murmuró con una risilla que hizo a Minghao derretirse. —Solamente... —continuó bajando hasta delinear el labio inferior del chino para terminar entreabriéndole la boca —déjate llevar —concluyó.

Minghao lo miró por un segundo antes de seguir el consejo de su mejor amigo.

Dejarse llevar.

¿Qué tan malo podría ser?

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