
Capítulo 9. Confrontación
No Editado
Una caricia.
El familiar pitido del monitor.
El penetrante olor a desinfectante.
Mis ojos se abrieron poco a poco y por entre las pequeñas aperturas pude divisar la potente luz blanca.
Estaba en el hospital.
Otra caricia sobre mi mano y una rápida inspiración de aire hicieron que mi cabeza se girara a la derecha.
Parpadeé despacio, volví a mirar al techo y finalmente centré la vista en el rostro de Maddox. Él se quedó inmóvil al darse cuenta de que había despertado.
—¿Por qué estás aquí? —Mi garganta estaba seca y eso causó que mis palabras salieran en un susurro ronco que no denotaba para nada el grado de confusión que estaba sintiendo al verlo en ese momento.
Su mano, que estaba sobre la mía, dejó de trazar círculos a lo largo de mi palma y su mirada evitó la mía.
—Estábamos hablando por teléfono y dijiste que te sentías mal. Luego escuché un golpe y dejaste de responder. Salí corriendo a buscarte porque sabía que algo te había pasado. Luego vi la s-
Rápidamente sus ojos se centraron en mí. Sentí que estaba analizando mi rostro y la forma en que dejó de hablar súbitamente me dio a entender que estaba a punto de decir algo que no quería que escuchara.
—¿Luego viste qué? —Pregunté con premura. La idea de que a mi bebé le hubiera pasado algo me embargó y como pude intenté reincorporarme, pero un ligero dolor en el vientre bajo me lo impidió.
Maddox apoyó una mano sobre mi hombro y ejerció una leve presión para ayudarme a recostarme otra vez. No quería ceder, pero el dolor era demasiado y preferí no esforzarme de más.
—Luego vi que estabas sangrando y sentí que perdía la cabeza, Aella. No sé por qué me costó tanto darme cuenta. Sé que fui un gilipollas, pero te creo, ese bebé también es mío.
Me quedé estancada en la primera oración que dijo. Sabía que un sangrado durante el embarazo no implicaba una pérdida, pero el primer trimestre siempre era riesgoso. Un mal presentimiento se asentó en la boca de mi estómago y las náuseas me hicieron tragar varias veces.
Al parecer Maddox notó mi malestar y antes de que pudiera pedirselo, me pasó un vaso con agua que me bebí tan rápido como lo recibí.
—¿El bebé? —Me atreví a preguntar cuando sentí que las náuseas mermaron.
Nunca despegué los ojos de Maddox, noté que tragó grueso y para mi gran alivio y confusión una sonrisa comenzó a dibujarse en sus labios.
—Está bien. La médica dijo que te descompensaste por mala alimentación. Aún no saben qué causó el sangrado, pero te hicieron una ecografía y dijeron que todo se veía normal.
Mi ceño se frunció. No me gustaba el que no se supiera la razón de la hemorragia, pero me tranquilizaba saber que no había causado daño al bebé.
Sentí mi corazón normalizar sus latidos y cerré los ojos pensando en todo lo malo que me pudo haber pasado si Maddox no hubiera llegado a buscarme.
Volví a abrir los ojos y me encontré a Maddox mirándome con fijeza. Su mirada tenía un brillo que me atrevería a decir que denotaba emoción y su postura era rígida, parecía como si estuviera a la espera de algo.
—Aella, ¿sabes que el bebé tiene el tamaño de una cereza? Leí un artículo que habla del desarrollo del feto en la novena semana y dice que ya se le notan los dedos, ¡Ah! Y ya se le formaron los ojos y también-
Su repentina explosión de palabras murió y sus ojos recorrieron mi rostro al tiempo que la expresión en el suyo se tornó sobria. Supe que mi expresión delataba lo que estaba pasando por mi cabeza, en especial mi confusión al verlo asumiendo un rol al cual había perdido el derecho desde que me echó de su apartamento.
—Escucha, sé que te debo una disculpa-
Lo interrumpí.
—Decir que me debes una disculpa se queda corto. No tienes idea de lo que estás diciendo y yo no tengo idea de qué cojones haces aquí. Debiste irte después de dejarme. ¡Eh, por cierto! Gracias por traerme al hospital y evitar que algo le pasara al bebé que tú mismo me pediste que abortara —las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera pensarlo. Sabía que no me estaba comportando mejor a como él lo había hecho conmigo desde un comienzo, pero la ira no me dejó actuar con claridad.
—¿Se puede saber a qué se debe todo eso? —Levanté los brazos a cada lado de mi cuerpo.
Él se quedó callado por un segundo. La expresión de su rostro se mantuvo neutra y lo odié por poder esconder sus sentimientos, en especial porque estaba segura de que yo debía lucir como una desquiciada en ese momento.
—No sé qué decirte Aella. No tengo una razón exacta, pero después de ver todo lo que vi y después de sentir el temor recorrer mi sangre al saber que el bebé que te pedí que abortaras corría riesgo, algo sucedió. —Su voz sonó más seria de lo normal y su mirada era sincera, pero aún así no terminaba de convencerme.
—Luego vi la ecografía. Se veía su pequeña silueta, era apenas una mancha, pero mi corazón se infló de amor, Aella. Nunca había sentido algo así, lo juro. Tienes que creerme —se pasó las manos por el cabello y bajó la mirada al suelo separándose de la camilla.
Lo observé por un minuto y mi rostro comenzó a calentarse al tiempo que la ira comenzó a eclipsar la confusión que sentí inicialmente. Estaba siendo un hipócrita, me pedía que le creyera cuando él mismo me tildó de mentirosa y aprovechada.
—¿Te estás escuchando? No me vas a decir que ver al bebé en el monitor te cambió. No cuando desde el primer día lo viste y aún así me pediste que abortara. ¿Cómo crees que voy a confiar en ti?
Un atisbo de irritación se asomó por su rostro y me enfurecí aún más. Quise decirle mil cosas más, me moría por gritarle en la cara que se fuera e incluso sopesé la idea de llamar a los guardias de seguridad para que se lo llevaran, pero no quería causar un escándalo.
—Por favor, Aella.
Escuchar el desespero en su voz consiguió que toda mi atención recayera en él.
—No sé cómo explicarte lo que siento. Entiendo que nada de lo que digo tenga sentido para ti después de como los traté, pero te juro que estaba convencido de que querías estafarme o sobornarme con la prensa. Luego vi tu apartamento y escuché a alguna enfermera diciendo que tu papá es un accionista en el hospital y todo de lo que estaba convencido se vino abajo.
Desde que desperté me juré que no le creería, pero no pude evitar ponerme en sus zapatos. Maddox era una de las personas con más dinero en el mundo, una mínima palabra mía a la prensa causaría un caos.
Crucé ambos brazos sobre mi pecho y aclaré la garganta. Mis pensamientos eran confusos, una gran parte de mí seguía pidiéndome a gritos que le pidiera que se fuera, pero una parte, considerablemente más pequeña, me hacía querer darle una oportunidad.
De repente Maddox volvió a acercarse. El movimiento hizo que mis ojos encontraran los suyos y la duda creció. Mi corazón dio un vuelco cuando sus manos tomaron las mías y la suavidad de su tacto me tomó por sorpresa.
—No quiero que nuestro hijo crezca sin un padre —se quedó en silencio por un segundo y noté lo mucho que le estaba costando lo que estaba a punto de decir—. Yo sé lo que es eso. No quiero que un día se pregunte por qué su papá no está y tengas que decirle que no lo quiso. Nadie se merece eso.
El aire se quedó atascado en mi garganta y sin poder evitarlo mis ojos comenzaron a aguarse. Sabía que Maddox había crecido en un orfanato desde los doce. Alguna vez una revista sacó un artículo acerca de su vida y cuando lo leí lloré, no porque Maddox creció en un orfanato, sino porque detallaron cómo terminó en uno. Lo había olvidado por completo, pero en ese momento todos los recuerdos de las noticias que salieron después de su entrevista me asaltaron.
Mis manos dieron un apretón involuntario a las suyas y nuestras miradas se perdieron en la profundidad de la otra. Estaba claro que sus palabras habían hecho que el rumbo de nuestros pensamientos fuera el mismo. Él seguramente estaba rememorando los horribles hechos del asesinato de su madre, o el día en que su padre fue llevado a prisión años más tarde por abuso de drogas, mientras, yo recordaba a la reportera del noticiero contándolo.
Repentinamente sus manos se soltaron de las mías y al ver su rostro pude notar que nuevamente portaba su máscara de indiferencia. Lucía como si no acabara de hablar acerca de sus días más difíciles, pero el ver su vulnerabilidad, por más efímera que fue, ya había hecho efecto en mi.
Mi decisión estaba tomada, pero todo había sucedido demasiado rápido. La pesadez de mis ojos y el dolor en mi cuerpo era el mayor indicio de que debía descansar.
—Entiendo —murumuré y me derretí un poquito cuando las comisuras de sus labios se elevaron en la más diminuta de las sonrisas.
—Pero ahora necesito descansar. Tengo mucho en que pensar y ahora mi prioridad es recuperarme. Por favor vete, ya luego te llamo, ¿vale?
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