
Navidad
Navidad 2011
Tenía una sonrisa soñadora mientras volteaba hacia el asiento de atrás. Sus hijos se había quedado profundamente dormidos.
—Va a estar interesante la bajada. —Una voz masculina murmuró a su lado.
Ella sonrió y recargó la cabeza en la cabecera del asiento y lo vio con el mismo amor de hace doce años.
—Comieron, jugaron y gritaron, creo que no iban a aguantar llegar a casa —respondió en voz baja.
Él sonrió y tomó su mano con ternura para depositar un beso sobre ella; uno que llenó su pecho de calidez y su estómago de mariposas.
—¿Te dije qué tan afortunado me siento de pasar otra Navidad a tu lado? —preguntó él en un susurro.
Ella se sonrojó. No importaba que tuvieran dos hijos, ni los años que llevaban juntos, sus palabras siempre la ponían así.
Suspiró y miró de nuevo a sus niños; parecían dos ángeles... Se sentía especial al estar rodeada de puros hombres hermosos, ni siquiera el hecho de haberlos tenido joven era suficiente para arrepentirse de sus decisiones.
En todo caso, agradecía al cielo por haberlos mandado cuando había perdido la esperanza.
Se detuvieron en un semáforo junto a una gasolinera que se encontraba en la esquina de una intersección; a esa hora de la noche casi no había nadie en las calles, ansiaba llegar a dormir. Una sonrisa se formó en su rostro al pensar en el regalo que planeaba darle a su esposo.
La luz verde les indicó que eran libres de avanzar, su esposo aceleró poco a poco cuando de pronto escucharon un fuerte ruido de llantas derrapándose y unas luces iluminaron sus rostros antes de recibir un golpe en el costado. Fue tan fuerte que volcó el auto y los hizo girar varias veces.
El estruendoso golpe resonó en la silenciosa noche, vidrios volaron por todos lados. Golpes y un inmenso dolor se expandieron a lo largo de su cuerpo hasta que de un momento a otro, el carro finalmente dejó de girar.
Abrió los ojos con dificultad, le costaba respirar y podía sentir el rápido latido de su corazón en la cabeza. Escuchó voces gritando y con pesadez notó que el auto había quedado de cabeza. Pudo ver a los trabajadores de la gasolinera correr hacia ellos. Trató de voltear para revisar a sus acompañantes pero un intenso dolor en su cuello se lo impidió. Lágrimas recorrieron su rostro al darse cuenta de que no podía escuchar nada que le hiciera saber que su familia estaba viva.
—¡Ayuda! —Uno de los hombres gritó mientras trataba de abrir la puerta del auto—. ¡Llamen a una ambulancia!
Todo se hizo borroso, los ruidos a su alrededor empezaron a desaparecer paulatinamente hasta que la oscuridad la tomó.
Nochebuena 2016
Podía ver la gente caminando a gran velocidad, siempre dejando todo al último y corriendo de aquí para allá.
A sus pies, parecían pequeñas hormigas a las que bien podría pisar.
«Maldita falsedad, maldita fiesta y maldita su gente» pensó con enojo y amargura.
Todos estaban tan ensimismados que no se daban cuenta de lo que pasaba a su alrededor.
Navidad, la fecha para compartir y dar amor... Algo que su ex prometida se había tomado literal.
Cerró los ojos y sintió una fría brisa rodearlo. En su mente se repetía una y otra vez la escena; ellos dos desnudos, ella gimiendo de placer, él con la mano recorriendo su piel.
Mínimo hubieran ido a un jodido hotel.
Creyó que eso del mejor amigo y la novia eran solo tramas para historias baratas llenas de cliché; pero no, ahí estaba él destrozado y sintiendo que su mundo ya no daba más.
¡Cobarde! Eso es lo que era.
Vivir una vida sin ella no tenía sentido. Y su mejor amigo, ese que solía llamar hermano, el que estuvo a su lado cuando sus padres fallecieron, en el que siempre creyó que podía confiar...
Su pecho se contrajo dolorosamente y empuñó las manos; traición, vacío y soledad, eso era lo que su alma ahora albergaba.
¿Quién querría vivir bajo tales circunstancias?
«Un paso y todo acabará»
Se imaginó aventándose al vacío. La adrenalina recorriendo sus venas, su corazón latiendo tan rápido que se quedaría sin aliento... El aire impactando con su cuerpo y luego... la nada.
«Un paso»
Estiró un poco su pie sin abrir los ojos, inhaló con lentitud...
—¿Sabes? Hay edificios más altos, desde este solo vas a lograr quedar parapléjico. —Una voz femenina dijo detrás de él.
Rápidamente regresó su pie a la cornisa del tejado, volteó la cabeza con sorpresa y miró a la fuente de la voz.
Era una chica de cabello rizado. Por la hora estaba algo oscuro así que no podía apreciar bien sus facciones, pero notó que vestía una sudadera verde acompañada de unos jeans negros.
—¿Disculpa? —preguntó confundido.
Ella hizo la cabeza de lado, parecía estarlo analizando.
—Si lo que buscas es suicidarte, desde esta altura no lo vas a lograr —argumentó la chica con tanto desdén que parecía que hablaban del clima.
Giró para mirar de nuevo hacia abajo. Eran unos veinte pisos, estaba seguro que esa altura lograría su cometido. Notó de reojo a la mujer asomarse frunciendo el ceño.
—No, definitivamente necesitas más altura —murmuró.
Habían lámparas en la cornisa del edificio así que la luz iluminó su rostro. Tenía facciones finas y ojos color miel, alcanzó a vislumbrar una cicatriz a lo largo de su mejilla. Frunció el ceño.
—No deberías de estar... No sé, ¿tratando de disuadirme de mi decisión? —preguntó con incertidumbre.
Ella lo miró y arqueó una ceja.
—Tal vez, pero no me gustaría que me culparas de cambiar tus planes —dijo encogiéndose de hombros.
Él la vio extrañado y se bajó de la cornisa, miró con aprehensión a aquella joven mujer que parecía estar más interesada en que muriera que él.
—Estás usando psicología inversa o algo así —murmuró finalmente.
La chica rio y sacudió la cabeza.
—Tampoco, estoy ahorrándote años de sufrimiento, si quedas parapléjico tendrás una muerte lenta y dolorosa, y por obvias razones, sé que eso no es lo que buscas.
—¿Y qué eres un ángel de la muerte o qué?
—No, en este día me dedico a realizar sueños, si el tuyo es morir, pues, qué más da —respondió encogiéndose de hombros de nuevo.
Había algo raro en toda esa situación. Estaba seguro que ella estaba ahí para impedir que saltara a su muerte, pero estaba usando un truco barato de psicología.
—De hecho, creo que puedo hacerte pasar a la Torre Latino, esa altura seguro te mata —murmuró pensativa.
—Hay mucha seguridad ahí... ¿Crees que no lo pensé?
Ella le sonrió de nuevo, sacó su celular y mandó un mensaje.
—Hay manera de burlarla, te ayudo si me acompañas a un lugar.
«¡Ahí está! Va a llevarme a cenar con su familia y entre todos me van a tratar de hacer entrar en razón» pensó con molestia.
—No tengo interés en cenar, puedes buscarte otro acompañante —espetó con frialdad.
—De hecho necesito a alguien que me ayude a bajar unas cosas de mi auto, después de eso te llevo a la torre —alegó ella guardando su celular en la parte trasera de sus jeans.
Él frunció el ceño y la estudió detenidamente. No parecía ser una chica loca, incluso se veía sincera. De todos modos no tenía nada que perder y estaba seguro que nada lo haría cambiar de parecer.
—Dale, ¿a dónde vamos?
Ella solo sonrió.
Llegaron a una zona de hospitales y entraron al estacionamiento del más colorido, por un momento empezó a dudar de su decisión.
—Me llamo Layla, te lo digo porque para entrar, debes fingir conocerme —dijo ella quitándose el cinturón de seguridad tras apagar el motor de la camioneta en la que habían viajado.
—Alan —murmuró imitándola y saliendo.
Se reacomodó su chamarra mientras veía a su alrededor. En el lugar había pocos autos, seguro era por la fecha.
Layla abrió la cajuela y comenzó a sacar varias cajas y bolsas llenas de regalos, las puso en el suelo mientras él la veía con sorpresa.
—¿Me ayudas? Quiero bajar todo para no regresar, así no tardamos tanto —pidió tomando las bolsas.
Alan frunció el ceño pero asintió y acomodó las cajas de tal manera que las pudo cargar todas al mismo tiempo sin maltratar el contenido.
Ambos caminaron hacia una puerta doble de cristal donde un policía con gorro navideño los esperaba.
—Tan puntual como siempre —le dijo a la chica mientras abría la puerta y pasaban junto a él.
—Si llego más tarde los duermen —respondió ella con media sonrisa.
El policía puso sus ojos en Alan y Layla inmediatamente intervino.
—Me cansé de hacer varios viajes, sabes que el tiempo apremia —le recordó.
El hombre lo analizó unos momentos antes de sacar de su espalda un aparato negro que pasó a lo largo de su cuerpo, Alan hizo girar los ojos con irritación.
—Está limpio, pueden pasar —comentó el policía cuando no recibió ninguna señal de que llevara algo metálico.
Layla le agradeció con una sonrisa y guió al chico hasta un largo pasillo con murales pintados con huellas de manos. Los pasos resonaban a su alrededor pues no había nadie; llegaron hasta un elevador y ella presionó el botón.
Las puertas metálicas se abrieron y ambos entraron. El chico bufó pero Layla fingió no escucharlo. La canción que los acompañaba era un villancico que ella tarareó.
—Esto no tardará, ¿cierto?
Layla negó con la cabeza. Cuando el elevador se detuvo y un tintineo se escuchó, las puertas se abrieron.
—No, me gusta entregar pero no quedarme a ver.
Entraron a un pasillo color crema. Frente a ellos había un largo recibidor donde una mujer de avanzada edad con sombrero de duende los recibió con un enorme sonrisa.
—Ya empezaban a preguntar por ti —informó con dulzura.
La chica sólo se limitó a sonreír y pasar, la mujer salió de su lugar y miró extrañada a Alan.
—Es mi Rodolfo —dijo Layla dándole un guiño.
La mujer rio y sacudió la cabeza.
Alan miró a su alrededor con incertidumbre. Podría escuchar el bip de lo que indudablemente eran máquinas de hospital. No sabía qué lo poseyó para aceptar ir con esa mujer.
Llegaron hasta una sala de tapetes de foamy donde habían varias mesas y sillas pequeñas alrededor de un enorme árbol de navidad que estaba adornado de colores pastel.
Layla puso las bolsas a un lado y le indicó que hiciera lo mismo.
La mujer del recobidor se inclinó para ayudar a sacar los paquetes, sus ojos parecían brillar por algunas lágrimas.
—Muchas familias quieren conocerte, no sé porqué no te quedas —dijo en voz baja.
Layla no se inmutó y le hizo una señal de que las ayudara a acomodar los regalos alrededor del árbol. Alan suspiró frustrado pero comenzó a hacerlo.
—Nadie ve a Santa. —La escuchó susurrar.
Alan trató de apurarse a hacer lo que le había pedido, sin embargo, no pudo evitar notar unos ojos curiosos que se habían asomado desde la entrada del lugar.
Layla siguió su mirada y se incorporó para cruzar los brazos.
—Vaya, tenemos dos pequeños latosos que no quieren recibir regalos —dijo fingiendo enojo.
Los pequeños se sonrojaron pero corrieron a abrazarla. Alan notó que ninguno de los pequeños tenía cabello.
Terminó de acomodar los regalos junto con la señora que suponía era enfermera mientras que Layla escuchaba con atención a los pequeños.
Parecían emocionados de contarle los últimos acontecimientos en sus vidas. Cuando terminó se incorporó y observó a la chica con los niños.
—Me alegra ver a Layla acompañada, siempre está muy sola. —La mujer le dijo en voz baja.
Alan brincó al escucharla, no la había sentido a su lado, veía a la chica con mucha ternura.
—Supongo que así son los doctores, solitarios —comentó él encogiéndose de hombros.
La enfermera lo miró extrañada y el metió las manos en las bolsas de sus jeans con nerviosismo; se suponía que la conocía y ahí estaba él dando información errónea.
De pronto un destello de reconocimiento se vio en los ojos de la mujer, una sonrisa llena de melancolía se formó en su rostro.
—Layla no es doctora, es voluntaria, viene cada año a dejar juguetes para los chicos internados en el hospital.
Alan la vio con sorpresa y frunció el ceño.
—¿Los adultos no se sienten desplazados? —preguntó en voz baja.
La enfermera rio y sacudió la cabeza.
—Estás en un hospital pediátrico —le informó entre risas—. Esa mujer, nunca da información de más —concluyó con frustración.
Alan la vio con recelo, no entendió ese último comentario.
—Aquí solo atendemos a niños, esos que ves con Layla, son pacientes del área de oncología.
Alan bajó la mirada, no sabía mucho sobre medicina pero sí conocía qué se trataba en esa rama.
—Fue muy difícil que le dieran acceso al hospital, espero que no hagas nada para cambiar eso. —La enfermera casi lo amenazó.
Él bufó y miró a la chica que por fin se estaba despidiendo de los pequeños.
—Sólo estoy de paso —susurró. «En más de un sentido»
La chica se acercó a ellos y tras abrazar a la enfermera para despedirse guió a Alan de regreso. Estaban por llegar al elevador cuando éste se abrió y una pareja bien vestida salio de él. Layla se tensó cuando la miraron con sorpresa; la mujer incluso se llevó ambas manos a la boca y sacudió la cabeza incrédula.
Alan notó como lágrimas recorrieron el rostro de la dama mientras que caminaba con pasos veloces hacia Layla para abrazarla con fuerza.
—Desapareciste. —Alcanzó a escuchar que la mujer le recriminó.
Se hizo a un lado para darles privacidad, se sintió un intruso. El hombre le dio una mirada calculadora mientras esperaba a la que suponía era su esposa.
La mujer limpió sus lágrimas y comenzó a buscar algo en su bolso, finalmente sacó un pequeño oso gris y se lo dio a Layla la cual negó con la cabeza rápidamente.
—No, era su favorito y deben...
La mujer puso el muñeco en su pecho, dejó que las lágrimas salieran de sus ojos con libertad, Alan miraba la escena confundido.
—No, ella dejó escrito que tú debías tenerlo.
Layla se veía atribulada. Observaba el pequeño oso de felpa con tristeza, la mujer finalmente lo notó y le dio una sonrisa maternal.
—Cuídala, por favor, debemos irnos —le pidió.
Alan arqueó una ceja pero no comentó nada; esa era la petición más extraña que le habían hecho... sobre todo porque esa chica lo iba a ayudar a quitarse la vida.
La pareja finalmente se adentró al lugar y los dejó solos, Layla empuñó el pequeño oso y lo miró.
Alan sintió un nudo en la garganta, jamás había visto tanta tristeza en unos ojos...
Navidad 2016
—Era navidad como ahora.
Alan miró por la ventana de la camioneta; Layla había cumplido su promesa y estaban estacionados por la Torre Latino. Eran las dos de la madrugada así que ya era navidad.
La chica sentía que le debía una explicación pues cuando subieron al elevador del hospital se derrumbó.
Y aunque él tenía una maraña de pensamientos y sentimientos, no pudo evitar acudir a abrazarla mientras sollozaba con toda el alma.
De hecho, habían tardado en llegar a su destino porque cada que veía el pequeño oso lloraba.
Layla suspiró y desvió la mirada.
—Acabábamos de salir de una fiesta con la familia, íbamos rumbo a casa cuando un tráiler nos impactó. —Suspiró y cerró los ojos—. Iba con mi esposo y nuestros dos pequeños.
Alan sintió que el corazón se le hacía pequeño, quería detener el relato pero su voz quedó ahogada en su garganta.
—El impacto fue del lado de mi marido, nuestro niños... —La voz se le quebró—. Iban en sus sillas, pero el auto giró varias veces y los golpes fueron demasiado para ellos.
Alan bajó la mirada a sus manos, las empuñó pero siguió escuchando.
—Ambos murieron al momento, mi esposo estuvo en coma hasta que su cuerpo no resistió más.
Lágrimas comenzaron a recorrer el rostro de Layla, ella trató de limpiarlas con la manga de su sudadera.
—Perdí todo en una noche y jamás fui la misma. —Miró a Alan con empatía—. En el primer aniversario de sus muertes, traté de quitarme la vida.
Lentamente levantó la manga de su sudadera. Tenía una enorme cicatriz que iba desde la muñeca hasta el codo, se notaba que había recibido puntadas.
—En ese tiempo maldije a Dios; la desolación y desesperación me abrumaron al grado de sacarme de quicio, quería estar con ellos. —Las lágrimas comenzaron a fluir con libertad—. Sólo eso quería, ¿sabes? Volver a abrazarlos, verlos sonreír...
Alan se sintió pequeño. A su lado, su razón para querer quitarse la vida era una burla, una verdadera estupidez.
Layla sonrió de manera leve.
—Pero, creo que alguien allá arriba me estaba viendo, pues mi hermana me encontró y me llevó a tiempo al hospital.
Alan abrió su boca y la cerró, no sabía si un "lo siento" era suficiente, algo le decía que no.
—¿Viste el hospital blanco con azul frente al que fuimos? —preguntó en voz baja, él asintió—. Ahí estuve internada, me tuvieron en observación psiquiátrica por un tiempo.
Layla cerró los ojos y sacudió la cabeza.
—Todos los días me paraba frente a la ventana y planeaba una y otra vez como hacerlo de nuevo de manera exitosa, fingiría estar bien y cuando menos se lo esperaran escaparía para saltar del edificio más alto.
—Que seguro no iba a ser en el que me encontraste —murmuró él sin pensar.
Layla rio y sacudió la cabeza, bajó la manga de su sudadera y limpió sus lágrimas. Lo miró fijamente.
—Un día levanté la mirada y encontré un mensaje en una de las ventanas de enfrente, estaba escrito en una cartulina blanca, decía "vive por mí".
Alan la vio extrañado pero no comentó nada.
—Sé lo que piensas, que ese mensaje pudo ser para cualquiera, también lo pensé. —Miró el pequeño oso de felpa y lo sostuvo con ternura—. Lo vi por varios días hasta que una mañana un rostro lo acompañó, no se veía muy bien pues ella estaba algo arriba, pero me saludó.
Alan se recargó en la puerta del auto.
—Desde entonces, diario la vi ahí. Cada día me saludaba y señalaba el mensaje, se me hizo tan extraño —contó con una pequeña sonrisa.
—Cualquiera lo hubiera pensado. —Se aventuró a opinar.
Layla asintió y le dio el oso, él lo tomó extrañado.
—Cuando me dieron el alta decidí ir a ver a esa niña, o niño, no sabía bien qué era pues no tenía cabello. —Sonrió ante el recuerdo—. Es un hospital pediátrico, es prácticamente imposible que te dejen entrar si no eres familiar, pero quería saludar a esa personita o que mínimo le dieran una carta de mi parte.
Alan recordó lo que la enfermera le dijo, lo difícil que fue que le dieran acceso a Layla.
—Soy creyente, y durante mucho tiempo creí que Dios actuaba de manera extraña, cuando traté de quitarme la vida, dejé de creer. —Jugó con su manga con nervios—. Pero ese día los padres de la pequeña, la pareja que vimos hace rato, me escucharon pedirle a un miembro del hospital que le dieran el oso a la niña del mensaje de la ventana.
—¿Tú compraste esto? —preguntó Alan con sorpresa, Layla asintió.
—Ellos me ayudaron a entrar al hospital, como voluntaria y como familiar... Se llamaba Sara.
Alan miró el oso en sus manos, se estremeció al analizar sus palabras, se llamaba... Eso significaba...
—Era una niña alegre y hermosa, me dijo que llevaba días esperándome, que un ángel le había dado la misión de salvarme. —Los ojos de Layla se volvieron a llenar de lágrimas—. Conviví con ella y su familia por cuatro meses, sentí algo de vida regresar a mí, el irla a ver diario me daba esperanzas de ver un milagro, siempre creí que iba a sanar, ambas creíamos en Dios... Pero tarde noté que ella no esperaba recuperarse.
Alan sintió un nudo en la garganta y su estómago revolverse, ¿cuántas pérdidas había sufrido esa chica?
Layla suspiró y miró el pequeño oso con ternura.
—Era navidad de nuevo, cuando llegué al hospital los policías y doctores me vieron con tristeza... al subir a la habitación... —Su voz se quebró de nuevo, Alan tuvo el impulso de abrazarla pero ella sacudió la cabeza—. Me dejó una carta donde me contó la misión de Dios para ella... Tenía que regresarle la vida y la esperanza a alguien... Yo...
Alan no se pudo contener más y la abrazó, las lágrimas de la chica mojaron su camisa mientras sollozos escapaban de su boca.
Qué estúpido se sentía, quitarse la vida por una infidelidad, ¿qué estaba pensando?
—Sus últimos meses de vida fueron para regresarme la mía, para llenarme de sueños e ilusiones... en esa carta me rogó que recordara el mensaje, que viviera por ella —murmuró Layla en su pecho.
Alan suspiró y miró hacia arriba, podía ver la Torre Latino asomarse detrás de los otros edificios.
—Llevo tres años acudiendo al hospital, en esta fecha les llevo regalos con mensajes de aliento a todos los pequeños de ahí —contó en voz baja—. Quiero darles un poco de lo que Sara me regresó, soy voluntaria, a veces les cuento cuentos o hago obras junto con otras personas... Es algo que me llena de vida, ¿sabes?
Alan la dejó alejarse de su pecho, se sentía cálido por dentro, miró de nuevo la Torre.
—A esta hora no hay nadie en la puerta tres, esa te lleva hasta el penúltimo piso —susurró Layla siguiendo su mirada.
Alan frunció el ceño mientras observaba el gran edificio. Luego volteó y vio a la chica junto a él, en sus ojos no había juicio o enojo.
Tragó saliva con nervios, su corazón comenzó a latir de manera rápida pero su pecho aún estaba lleno de esa calidez. La idea de quitarse la vida ya no era tentadora, de hecho...
—Enséñame a vivir —susurró.
Layla lo vio con sorpresa y Alan la miró con cierta vergüenza.
—Quiero aprender, como lo hiciste tú.
Ella lo observó unos momentos en silencio hasta que finalmente sonrió y asintió.
Nochebuena 2017
¿Era él o cada día se trababa más al hablar?
Ojos miel lo veían divertidos mientras acomodaba regalos del otro lado del árbol.
Se suponía que iban a pasar desapercibidos, pero no, su pequeño club de fans lo admiraba desde la entrada.
—Eres toda una celebridad, Alan. —La enfermera Carla le dijo en voz baja.
Se sonrojó y trató de concentrarse en su labor, no necesitaba más presión, de por sí estaba más que nervioso.
—Fuiste más rápido al poner el árbol. —La chica le recordó con una enorme sonrisa.
—No estaba mi club de fans, Layla —susurró molesto.
Ella rio y su estómago se llenó de molestas mariposas.
—Quién te manda a ser el príncipe encantador —recordó.
No pudo evitar sonrojarse. En el día del niño habían hecho la obra de la Bella Durmiente, él había sido el príncipe y ella la princesa.
Y desde entonces, las pequeñas y adolescentes del hospital lo admiraban y seguían.
Miró a Layla alejarse para hablar con las chicas en la puerta, reía con ellas mientras le preguntaban cosas en voz baja.
—¿Hoy es el día? —La enfermera Carla le preguntó en un susurro.
Alan se sonrojó y puso los últimos regalos antes de incorporarse.
En ese año había pasado demasiado tiempo junto a Layla. Lo había convencido de ser voluntario en el hospital; participaban juntos en las actividades pero también solían salir a hacer cosas solos.
Hasta la fecha seguían siendo amigos... Él quería algo más pero se había detenido por su pasado.
Hasta que hace unos días tuvieron un extraño momento en el cine donde ella recostó la cabeza en su hombro y lo miró como esperando algo.
Pero cada que trataba de preguntarle, se atragantaba.
—No sé de qué habla —se defendió.
La enfermera rio y se puso junto a él, veía a Layla de manera maternal.
—Si la haces llorar, José, Octavio, la enfermera Rosa y yo te vamos a linchar —dijo en voz baja.
Alan no pudo evitar sonreír. Esa chica sabía hacerse querer; los policías, enfermeras y doctores del hospital la consideraban parte de la familia.
—No planeo hacerlo —murmuró sin dejar de observar a la chica que lo había traído de regreso.
Navidad 2017
Salió al jardín y suspiró. La familia de Layla era grandiosa, pero su hermana y cuñado no dejaban de lanzarle miradas significativas.
Todos sabían lo que quería hacer, pero las palabras se quedaban atoradas en su garganta.
—Escapaste en la mejor parte —dijo Layla detrás de él con una enorme sonrisa.
Giró y le sonrió con nervios antes de darse cuenta de que estaban solos, era ahora o nunca.
Extendió su mano para que ella la tomara, Layla lo vio extrañada pero lo hizo.
Alan entrelazó sus dedos y la miró con ternura.
—Sé que ésta fecha es difícil para ti —comenzó en un susurro, Layla hizo la cabeza de lado tratando de entender a dónde iba con eso—. Pero me haz enseñado mucho en éste tiempo, no creí que una persona te pudiera llenar de esperanza... De ansiar empezar y volver a tratar.
Los ojos de Layla se llenaron de lágrimas, él puso ambas manos en sus mejillas y juntó sus frentes.
—Gracias... Por todos y cada uno de los momentos que hemos vivido hasta hoy.
Una lágrima escapó de sus ojos y él la limpió con su pulgar.
—Yo... no pretendo que olvides, ni quiero tomar el lugar de nadie... Sólo anhelo estar a tu lado para llenarte de ese amor y cariño que te mereces, quiero pedirte una oportunidad, para crear nuevos y hermosos recuerdos.
Layla no apartó la vista, una pequeña sonrisa se formó en su rostro. Muy lentamente asintió y se paró de puntas para acercar sus labios.
Se dieron un lento y tierno beso, uno que marcaba el inicio de una nueva vida juntos. Sus corazones latieron al unísono y en sus pechos sintieron una extraña pero agradable paz.
Gritos y aplausos se escucharon en el interior de la casa y ellos se separaron un poco para reír. Alan suspiró y tras pasar un mechón de cabello detrás de su oreja la abrazó por la cintura y la volvió a besar.
¿Quién diría que para ellos, navidad marcaba un nuevo inicio?
Pues en esa fecha, de alguna u otra manera, empezaban una nueva vida...
Y Alan estaba seguro de que lo mejor apenas estaba por llegar.
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