Prólogo - Espinas en las manos
No recuerdo quién me dejó en ese jardín de rosas. Aunque era muy pequeño a veces recuerdo esos momentos cómo un sueño, borroso y etéreo. Antes de que el caballero que guardaba la doceava casa me encontrase. Me sentía muy pequeño, rodeado de manchas de color rojo, con un espacio vacío e infinito de color blanco roto sobre mí y en mis manos espinas que se sentían enormes. Tenía frío, el tipo de frío que genera un espacio aún por llenar, o el que uno siente cuando se encuentra frente a lo desconocido. Y igualmente frías estaban sus manos. El guardián que allí se encontraba me recogió del suelo y me brindó cobijo apretándome contra el metal cortante de su pecho, tan duro y helado que parecía pincharme como miles de espinas, y tan luminoso que hacía daño a los ojos. Recuerdo el pelo de ese hombre, un rojo fino y sedoso como los pétalos de una rosa, rojo como la sangre de mis dedos, rojo cómo la cálida sonrisa que se convertiría en mi mundo por todos esos años.
El señor Lugonis era un hombre de costumbres. Cuando aún era un niño de no más de un año ya me llevaba a la tumba de los anteriores santos de Piscis. Allí arrancaba las rosas que crecían cerca de su lugar de descanso y me las mostraba. El olor de esas rosas aún se clava en mi mente, mucho más intenso que cualquier otra rosa del templo. Yo con mis pequeñas manos siempre intentaba cogerlas, y siempre me pinchaba. Mi maestro mientras tanto siempre conversaba con ellos, recitaba palabras que yo no podía entender, y mostraba sus respetos inclinándose antes de llevarme de nuevo en brazos a la casa en medio del campo. Realmente la casa de Piscis era enorme, o al menos así lo parecía. El rojo y el blanco sin ningún tipo de paredes que pudieran romper la amplitud, y un interior que no necesitaba zona residencial. Un espacio en el que solo habitaban las rosas y los santos muertos. Lo único que allí destacaba era la cabaña, oscura y cálida, con un ligero olor a humo por la cocina de leña, en la cual habían marcas de todas las veces en las que la cocina no salió bien y se acabaron quemando las paredes de piedra. El rojo parecía naranja, y era muy fácil cerrar los ojos envuelto en una manta, arropado por los brazos cálidos de mi maestro.
Era el único niño que conocía de mi edad, de hecho no tenía muy claro lo que era el concepto de ser un niño. Ya a mis cinco años de edad había aprendido lo que era el deber de un caballero. Siempre intentaba hacer el menor ruido posible, acatar las órdenes de mi maestro, e incluso ayudar a cuidar del jardín. Había aprendido a controlar las rosas, y a tener cuidado con ellas, ya me habían contado sobre su peligro, aunque nunca me aclararon del todo el por que yo si podía tocarlas. Esos pequeños seres vivos de los que estaba a cargo eran mucho más mortíferos de lo que pensaba, eso me habían contado. Un día vi por primera vez a un animal, un pequeño gorrión que parecía que acababa de aprender a volar. Se posó sobre la barandilla que limitaba el templo con el exterior, donde el aire fresco y el olor de rosas se encontraban. Yo, que nunca había visto nada parecido, me acerqué con la intención de conocer más sobre aquel pequeño ser que había cruzado por mi vida. El pajarito me miraba con ojos curiosos, hizo un par de sonidos extraños que alguna vez había oído cuando provenían de los árboles cercanos y se acercó a mi mano, reposada sobre el mármol blanco del balcón. Mi primer instinto fue acariciarlo, sin percatarme que mis manos se habían pinchado por mi labor de cuidar de las rosas. En el momento en el que mi sangre tocó al gorrión este intentó huir, desorientado y con vuelo errático, no pude hacer otra cosa más que verlo desplomarse en pleno vuelo y caer con un sonido sordo en el jardín de rosas que parecían mecerlo entre sus esquinas. Fuimos mi maestro Lugonis y yo quienes lo enterramos en nuestro templo, pues era peligroso el que se mi sangre se esparciera por otros lugares del santuario. Un año después, y en el mismo lugar en el que enterramos al gorrión, nació una rosa roja.
Ese mismo año comenzamos el ritual de sangre, el deber de todo caballero de Piscis. Mi maestro no acabó de explicarme bien de qué trataba, pero con la espina de una rosa pinchó su dedo, dejando salir un poco de sangre. Me quedé mirando un momento, el cómo el líquido rojo se esparcía entre el relieve de su dedo, cómo marcaba su huella entre los relieves y los valles de su carne, por un momento creí confundirlo con su pelo. Aún en este pensamiento, llevé la espina a la punta de mis dedos y repetí la operación que acababa de presenciar. Mi sangre se sentía más clara de alguna manera, más líquida, fluía con más rapidez por mis dedos pequeños. Y con eso unimos nuestros dedos y traspasamos la sangre, sentí pinchazos en mis manos, apreté los puños para pasar el sentimiento y sonreí a mi maestro. Él tenía una expresión que no le había visto nunca, cómo una estatua de mármol, o quizás como una rosa más, me miraba al dedo aún lleno de sangre, y sin decir nada se marchó chupando su dedo para detener la hemorragia, dejándome sólo en ese inmenso espacio cerrado.
Fué la primera vez que me quedaba solo en el templo. Algo estaba mal, el campo siempre había estado solitario, pero creía que me llevaba la corriente roja de rosas, y al estar fuera de la cabaña mi cabeza me daba vueltas. Dentro, no tuve voluntad para encender el fuego, tenía mucho calor, y luego tenía mucho frío, la temperatura me pinchaba los músculos como miles de espinas que poco a poco se hacían más y más grandes. El negro quemado de la pared, el carbón sin brasas, el sudor frío y húmedo recorría mi cuerpo y yo me sentía en llamas. Me dolía la barriga, mucho, miraba a la olla y me clavaba otra punzada en el estómago, quizás jamás pueda volver a comer, pensaba. La manta me daba asco, yo me daba asco, me quería dar una ducha pero no podía levantarme, quería vomitar, pero no tenía fuerzas ni nada en el estómago para hacerlo. El olor a rosas entró por la puerta que dejé abierta, la oscuridad de la cabaña me sofocaba pero el blanco del templo me daba miedo. Llegó mi primera noche solo sin darme cuenta de ello, entre el sueño y la vigilia lo irreal y lo racional se mezclaban en mi mente, no sabía si estaba dentro o fuera, hacia dónde caminaba, me dolían los brazos, me pinchaba una espina muy grande en mi índice, más grande que mi dedo, solo podía mover mi mano en movimientos erráticos, ya no se sentía mía, el dolor era presente y ajeno, no podía huir, y rodeado de rojo pensé que me convertiría en un gorrión.
Amanecí bajo la oscuridad sofocante de los techos bajos. Seguía haciendo calor, pero esta vez una mano fría se posó en mi frente. Abrí los ojos y creí que al igual que con el gorrión a mi también me había crecido una rosa roja y que efectivamente me encontraba muerto. Sin embargo, pude ver mejor que se trataba de mi maestro el cual abrió las ventanas, dejando que los rayos de sol se reflejasen en su armadura, como una estrella del amanecer. Pude fijarme en sus ojos, en el marco morado bajo ellos, parecía que él tampoco había tenido una buena noche, daba la impresión de que estaba tan cansado cómo yo me sentía. Sus mejillas brillaban tanto cómo su armadura y me pregunté si había estado llorando. En mis propias mejillas también se sentía la sal ya reseca, que se resquebrajaba sobre mi piel. Todo mi cuerpo se sentía pesado, cómo si me hubieran rellenado con bolitas de plomo y me hubiesen hecho correr hasta que colapsara. Aún no parecía que estuviera completamente dentro de la realidad, durante esa mañana me seguí preguntando si seguía dormido, tumbado en el jardín de rosas, dónde aún sentía las espinas pinchar mis manos.
Al día siguiente un hombre alto y vestido de blanco entró al santuario, su capa blanca e impoluta reflejaba la luz y brillaba entre el rojo. Su casco dorado tapaba su cara, pero el olor de las rosas a su alrededor me recordaba a las que se encontraban cerca de la sepultura del gorrión, su apariencia etérea le hacía parecer un mero fantasma del pasado, parado sobre una tierra muerta. Yo, sin embargo, formaba parte de ella, y aunque se me hacía complicado todavía andar, me acerqué a observar a la primera persona que había visto en mi vida capaz de pisar las rosas. Al vernos, mi maestro se adelantó a mi paso gracias a unas piernas mucho más grandes que las mías, y a mi no me quedó otra que correr para poder alcanzarle. El hombre misterioso avanzó un paso y Lugonis, ya muy cerca de él, se postró sobre una pierna. Aunque sintiese mis articulaciones todavía adoloridas, yo también tomé su ejemplo y me arrodillé, aplastando sin querer una flor. Ese hombre hizo un pequeño gesto con la cabeza, indicación para que mi maestro se levantase, acto que de nuevo copié. Ese día, me convertí oficialmente en aquel que heredaría la armadura de piscis, frente a esa presencia que me miraba desde arriba, que escondía sus ojos bajo la sombra de un casco dorado y que con un solo toque en mi hombro me dió la potestad de quitar vidas y el deber de protegerlas. Tanto mi maestro como él me dijeron que estaba a punto de sacrificar algo muy importante en mi vida, eso creí escuchar, aunque me preguntaba cómo podría sacrificar algo que nunca había tenido.
Los entrenamientos aumentaron, y en mis manos se formaron callos que me permitían coger las rosas sin temor a pincharme con ellas. Se volvió incluso placentero el hecho de sentir la rugosidad en mis dedos, el cansancio en mi cuerpo y las espinas de las rosas acariciar sin llegar a penetrar en la carne. Memoricé los movimientos de mi brazo, cómo apuntar, hacia dónde hacerlo, maximizar el daño y minimizarlo, las diferencias entre las rosas, cómo y para qué sirven cada una. Las rosas entre las que me había criado se sentían muy familiares entre mis manos, las manejaba a placer, y las entrenaba casi como entrenaba a mi cuerpo. Eran como seres vivos, aliados que me ayudaban a combatir, que servían cómo mi escudo y mi espada. Recuerdo ser muy feliz esos años, cada día aprendía más, y aunque el esfuerzo puesto era muy grande, el sudor seco sobre mis labios sabía a gloria cuando lograba aquello que me proponía. Los músculos cansados y las noches sin sueños, los entrenos interminables y la luz de mediodía que me indicaba que era hora de comer, los platos del maestro Lugonis y sus manos vendando con fuerza a las mías son todo lo que recuerdo de algunos años. De vez en cuando, si me levantaba más pronto de lo normal, me asomaba al balcón del templo y escuchaba a las voces lejanas de los santos que muy abajo de mi templo habían encontrado un año de esos un buen lugar para entrenar. Miraba sus cabezas y su pelo nergo, que desde tan alto les hacía ver como si fuesen hormigas. Yo ponía mi dedo sobre ellos y me preguntaba qué pasaría si dejaba caer una gota de sangre. ¿A caso se tambalearían y caerían como el gorrión? Tenía la intención de descubrirlo, e incluso llegué a acercar una rosa a mis dedos, a punto de pincharlos. Esos pequeños puntos parecían tan lejanos a mi que la idea de jugar e interactuar con ellos parecía divertida, ajena a mi. Pero a último momento recordaba que de hecho esos pequeños puntos se trataban de seres humanos, y nunca llegué a hacerlo. Con la rosa a punto de caer de mi mano, sólo para ver si la recogerían, siempre me acababa dando la vuelta y volvía al interior de mi templo.
Así llegué a los diez años, no había visto cómo mi maestro se había ido deteriorando poco a poco hasta que fué evidente, y cómo no, tarde. Un viernes por la tarde, bailaba solemne entre las flores, estas se aferraban a sus pies, acariciando su armadura, se movían de un lado al otro como pronunciando una llamada para que les acompañase a tumbarse con ellas. La clase de ese día se sentía distinta, el aire era más ligero y el cielo estaba nublado, regando de luz blanca y homogénea al interior. La armadura de piscis era todo luz, sin sombras en el metal, y sin sombras en la cara de mi maestro. Las únicas zonas oscuras eran aquellas bajo sus ojos. Moradas y profundas, cómo dos valles causados por siglos de erosión contra una roca. Su pelo rojo se enredaba cómo los pétalos de una rosa y caía sobre la capa blanca manchándola de carmesí, aunque ciertas canas ya visibles se escapaban del tinte. No presté atención a la lección, tenía una rosa en la mano dispuesto a pincharme el dedo para intercambiar sangre una vez más. Distraído, me pinché el índice más de lo necesario y la espina entró hasta el fondo de mi índice que se sentía más pequeño de lo normal. Mi maestro suspiró y se pinchó el mismo con la rosa que estaba manejando. Mirándome a los ojos tomó mi mano, y juntándola con la suya me dió un beso en la mejilla. Sus labios estaban helados, más que el metal de una armadura, sin embargo el gesto era cálido para mi corazón. Intercambiamos sangre una vez más y él se levantó de dónde se mantenía arrodillado.
-Estoy orgulloso de ti- Me dijo mientras aún sujetaba mi mano-. Por fin has logrado superarme, ahora has de ser tú quién protege esta casa, el legado de piscis y el mío propio- Me soltó la mano y comenzó a tambalearse hacia la zona en la que se encontraban las tumbas-. Te quiero mucho, espero que nunca olvides estos años y todo lo que te he enseñado, en todas estas rosas hay un poquito de nosotros- Y justo tras decir aquello, una de sus piernas falló. Con una sonrisa cayó desplomándose con un golpe sordo sobre un lecho de rosas.
No recuerdo quién me dejó en ese jardín de rosas, pero de vez en cuando creo recordar cómo un sueño ajeno cómo fué quedarme solo en él. Nunca conocí a mi padre, pero me pareció verlo allí cómo una mancha roja y dorada que yacía allí tirada. Su pelo se estiraba y retorcía entre los rosales, se tintaba de rojo grácias a mis manos que lo acariciaban una y otra vez esparciendo mi sangre por él. Las lágrimas se acumulaban en los surcos de su cara desgastada, hasta que se secaron y se convirtieron en sal sobre sus mejillas. Sus manos estaban frías y las mías eran todavía muy pequeñas. Intenté entrelazar nuestras manos, pero ambas se encontraban tan pinchadas que tuve miedo de matarlo una vez más. El último rojo del atardecer lo dictó mi maestro con su muerte. Y durante toda la noche, acompañado solo del sonido del viento, yo mismo tuve que arrastrarlo bajo tierra, tierra húmeda que humedecía mis manos y sudor frío que empapaba mi cuerpo. Con mis lágrimas y mi propia sangre regué aquella noche la tumba de mi padre, de la cual nació una rosa roja, una rosa que se había alimentado de sangre para nacer. Aquella rosa que nacía sobre las tumbas con un olor característico a muerte, olor a mí.
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