
Capítulo 5-Un nuevo día
—Keila, venga acaba el desayuno que dentro de un rato te vendrán a buscar para realizar la primera sesión, para saber cómo puedes ejercitarte y tener más fuerza. ¿No estás nerviosa hija?—dice mi madre mientras me echa unas cuantas galletas más al desayuno.
—Mamá, no te hagas pesada, no tengo hambre—digo cabizbaja—Además si me como todas las galletas que me has puesto ahí, me pesará más la barriga y tendré más peso y no podré hacer los ejercicios que me digan—suelto agobiada por la próxima visita.
—Llevas un par de días sin probar bocado, si sigues así te pondrás enferma y no tendrás fuerzas para seguir. Perdóname cariño, por ser tan insistente pero es por tu bien, haz un esfuerzo, por favor. No me hagas sentirme más preocupada—se apoya en la cama, mientras me pone una mirada seria para tratar de convencerme.
Hago lo que me pide para que no me siga fulminando con la mirada, así que como casi todo el contenido del bol para no escucharla por más tiempo. Ella tras ver mis intenciones se muestra satisfecha por el resultado.
Al poco rato, se escuchan unos golpes en la puerta.
—Adelante—decimos mi madre y yo al unísono.
Se abre la puerta y aparece Dante tras ella. Esta vez lleva el pelo castaño en un moño improvisado. Tiene la típica bata blanca que marca todos sus músculos. Mirándolo bien, se me parece a Can Yaman, el protagonista de " pájaro soñador". La novela que he mirado unas cuantas veces, para matar el aburrimiento y a la que me acabé enganchado gracias a ese atractivo actor. No quiero seguir mirando más para él, para que no note mi rubor y mi acaloramiento. No quiero que piense lo que no es, porque aún estoy dolida por el sexo opuesto.
—Keila, ¿Estás lista? Hoy tenemos nuestro primera sesión de fisioterapia—. Dice trayendo una silla de ruedas que ha cogido en el pasillo, después de abrir la puerta.
Yo me quedo mirando hacia ella. No puedo creer que esa vaya a ser mi compañera hasta el fin de mi días. Es muy doloroso pensar en eso, porque siempre me recordará el día del accidente y la odiosa relación con Greg a la persona a la que creí amar por encima de todo y que por encima de todo el que me rompió el corazón.
Mi madre ayuda a Dante a posarme sobre la silla, pero el apenas ha necesitado ayuda. No sé cómo lo ha hecho, ya que no soy muy muy gordita, estaré en el peso normal, pero mis huesos pesan más de lo que creí. Greg siempre me lo decía porque apenas podía cogerme en sus brazos cuando empezamos la relación. Decía que era más pesada de lo que aparentaba debido a mi delgada figura. Dante por el contrario me ha cogido como quien coge una muñeca, casi sin esfuerzo. Me ha cogido y puesto en la silla sin pestañear. Unas ganas de vomitar se han apropiado de mi, mientras lo ha hecho, imagino que de los nervios y también será porque mi estómago está a reventar. Yo me muestro cabizbaja, después de la primera sensación fuera de esta cama del hospital y sentada en esta silla. No quiero que me mire, mientras mis ojos están llenos de lágrimas por derramar.
Salimos de la habitación diciéndole adios a mi madre con la mano. Él decide romper el hielo y comienza a hablar al verme tan callada, mientras avanzamos por los pasillos.
—Hoy es mi primer día. Estoy un poco nervioso pero espero que nos lleguemos a entender y que te esfuerces para lograr más autonomía. Estoy contento de que tú seas mi primer paciente—dice en una débil sonrisa que siento tras mi espalda.—Ya casi hemos llegado—dice sonriente, mientras me lleva a una enorme sala dónde hay una inmensa piscina además de varias máquinas.
Yo me quedo impactada, viendo la cantidad de objetos y artilugios que allí hay, incluida la enorme piscina.
—Ya que es tu primer día también, empezaremos con algo sencillo—dice ofreciéndome unas mancuernas—tendrás que levantarlas con tus brazos y hacer treinta repeticiones en cada brazo—dice animándome para que empiece.
Yo me quedo observando a los pesados objetos. Apenas he ido a un gimnasio por lo que me costará más de lo normal pero eso no será impedimento para intentarlo al menos, lo que me está pidiendo. Empiezo con el brazo derecho, pero cuando ya llego a la décima mi brazo empieza a estar cansado, por lo que tengo que hacer una pausa.
El mira hacia mí no muy convencido y con gesto de desaprobación, porque he parado más tiempo de lo normal.
—Tienes que hacerlo lo más seguido que puedas. Tienes que empezar a fortalecer tus brazos, ya que va ha ser lo que más tengas que ejercitar, al tener que trasportar tu peso día a dia en la silla de ruedas—dice en un sube murmullo.
Yo me concentro en lo que estoy haciendo y vuelvo a empezar otra vez. Eso que me ha dicho me ha producido una rabia interior y quiero aprovechar esa fuerza para cumplir mi cometido. Después de hacer lo que me ha pedido, estoy agotada, sudada y acalorada por lo que él me ofrece una botella de agua y una toalla para secar mi sudor.
—El siguiente paso va a ser ponerte en esa máquina de ahí y gracias a sus anillas podrás moverte de adelante y atrás, apenas con un leve movimiento—dice ilusionado de que empiece la segunda prueba.
Me vuelve a mover casi si esfuerzo y esta vez me noto más mareada que antes y restos del desayuno me vienen a la garganta. Consigo tragar y tranquilizarme para seguir con el ejercicio y que vea que me estoy esforzando. Al ir por la mitad de las repeticiones, tengo que hacer una parada, porque una náusea vuelve a ocupar mi boca. Él se acerca a mí para ver si estoy bien y sin previo aviso devuelvo encima del él todo el contenido del desayuno.
Yo me siento mejor, después de haber echado el desayuno, pero no puedo estar más avergonzada. ¿Que pensará de mí en estos momentos?. Seguro que me quiere matar. Es su primer día y yo ya lo inauguro así. Él parece estar muy enfadado, pero no hace muestra de ello, ya que ni siquiera me ha gritado. De hecho no ha dicho ninguna palabra desde que lo he manchado. Es como si se hubiera quedado mudo. Después de observarme detenidamente fulminandome con la mirada, se marcha rápidamente hacia el baño más cercano, sin mirar atrás.
La he cagado pero bien. No tenía que haberle hecho caso a mi madre y comerme semejante proporción de galletas. ¡Dios mío! ¡Qué mal rato he pasado!. En mi vida me había sentido tan avergonzada, ni si siquiera aquella vez que me había caído por las escaleras del instituto, después de haber estrenado mis primeros zapatos con plataforma. Sin saber cómo, no calculé bien al posar el pie y caí rodando por las escaleras tras la intensa mirada de todos y sus consiguientes risas. Estuve un mes siendo el hazme reír del instituto por ese hecho, hasta que fui desvancada por otro chico, que al ir bajando las escaleras se le iban bajando los pantalones al mismo tiempo y él ensimismado con sus cascos no se dio ni cuenta, hasta que al llegar abajo, se calló de bruces por tener el pantalón hasta los tobillos. ¡Menuda situación tuvo el pobre también!. Toda estes pensamientos me hace arrancar una sonrisa de mis labios, aunque por dentro me esté muriendo por haber hecho el ridículo más espantoso.
Segundos después, viene una de las enfermeras de allí, junto a otro hombre. Me suben de nuevo a mi claustrofóbica cama y ya allí me siento a salvo. Por un lado me ha gustado que otra persona me trajera hasta aquí, porque no se como podría mirarle a la cara a Dante, después de lo que le he hecho. Pero por otro lado estoy deseando volver a ver esa sonrisa forzada y a sentirme de nuevo entre sus brazos. Cada vez que me eleva y estoy en sus brazos, me siento en paz conmigo misma. Quiero también disculparme por ese espectáculo tan bochornoso he protagonizado. Una cosa tengo clara, no volveré hacer caso a mi madre y la próxima vez apenas desayunaré y comeré fruta en su lugar, para ir con plena energía a la siguiente sesión y no acabar como lo hice.
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