
Epílogo.✔️
Los pasos resonaron apresurados. Los pies descalzos y llenos de llagas sentían las punzadas de la frialdad del mármol como si fuesen cuchilladas martirizadoras. Las gotas de sudor que escapaban de entre sus cabellos húmedos, adheridos a la piel de su rostro, se deslizaban dejando un rastro imperceptible por el tenebroso pasillo por el que corría. Aún así no se detuvo. Tenía que escapar. Tenía que vivir.
¿Era aquello vida? Por supuesto que no.
Pero también era lo que se había ganado a pulso. Era el pago de todos sus errores. El mayor de todos, haberle permitido vivir a ella.
Corrió un poco más y se estrelló contra la puerta de cedro al final del pasillo. La abrió con prisas, sus manos temblaban frenéticas. Su corazón que muchas veces habían calificado otros como de piedra, latía con tanta rapidez y fuerza que parecía querer salírsele del pecho.
Entró al pequeño espacio y recostó todo su peso de la puerta. No permitiría que entrara.
Demasiado tarde, pensó cuando vislumbró las finas cortinas del balcón moviéndose.
Estaba ahí.
Lágrimas involuntarias escaparon de sus ojos dorados. Se deslizó lentamente hasta quedar hecho un ovillo en el piso.
La vela solitaria que aportaba una luz tenue al saloncito se apagó, al mismo tiempo, unos ojos intensamente verdes se clavaron en él.
-¡No, por favor! -gritó-. ¡Ya basta! ¡Estoy rogando, estoy suplicando, ya para!
Sus alaridos se escucharon en todo el resinto. Nadie acudió a su auxilio. Todos conocían a profundidad la pérdida de cordura que cada día se hacía más evidente en el honorable Conde Hethenvay. Incluso el Duque Dominick Ravenscroft había ido desistiendo con el tiempo de permitirle ver a los mejores médicos. Todos conocían que el pago de sus peores perversidades era el martitio de alucinar a su hija muerta. La misma que había muerto por su culpa. Y de también escucharla.
-Querías que fuera feliz, padre. ¿Lo recuerdas?
Una conversación del pasado hizo eco en su mente.
-Siempre supe que algún día servirías para algo más que para dar gastos, hija. Estoy orgulloso. Me lo agradecerás después, serás muy feliz.
Sonreí. Irónica.
-Por supuesto que seré feliz, padre -le sostuve la mirada con repugnancia por primera vez en nuestras vidas-. Y me encargaré de que lo tengas presente cada día de vida que te queda. Aún después de muerta, me encargaré de que tu miserable existencia me haga feliz.
-Solo cumplo tu voluntad. No puedo detenerme. No mientras sigas con vida.
La voz era dulce. Tanto que por un momento pensó que tal vez, se condolía de él. Tal vez, le estaba mostrando una salida.
Los ojos verdes se fijaron en el balcón. Los del él la siguieron.
Mátate. Hazlo y termina tú mismo con esta tortura. Hazlo y sé libre. Gritó la misma voz en su interior.
Caminó dubitativo. Cuando estuvo al frente apoyó sus manos de las barandillas frías de metal. Suspiró tres veces.
¿De verdad lo haría? ¿De verdad todo
terminaría así?
Se inclinó hacia atrás tomando impulso. Lo haría. Un segundo más y sería libre. Ella lo había dicho. Ella...
Estaba a punto de aventarse cuando lo agarró de la bata que usaba para dormir y sin mucho esfuerzo lo lanzó nuevamente al despacho. La mesa se destrozó con el impacto de su cuerpo. Los gritos esta vez fueron de dolor físico.
-Aún no -sentenció la voz cedosa-. Yo decido, y tú aún no pagas tu condena.
Caminó despacio a su alrededor. El vestido largo de un blanco pulcro se arrastró sobre las baldosas del piso.
-Puede que ahora sea eterna, puede que nunca muera, que nunca te encuentre en el más allá... Por eso, mientras vivas, aprovecharé la ocasión al máximo... y si el universo o lo que sea, no te tiene una otra vida llena de miseria y dolor, yo misma me encargaré de que en esta, te arrepientas de cada lágrima derramada por tu causa.
***
Lund había sido muchas cosas, pero nunca un hogar; y después del sabojate a la más desarrollada de las provincias de Suecia, la isla Gotland, tampoco quedaba mucho.
Habían pasado treinta años y aún el peso de la verdad en los pocos que la conocían, se acentuaba con cada respiración.
Malcolm lo sabía mejor que nadie. Los años le habían atesorado agotamiento, pero en el fondo, por muy pesada que fuese la carga, el rayo de luz que adornaba sus días, le hacía sentirse como lo que era, un hombre libre.
Desde su posición sobre la carreta miró al horizonte. Estaba cerca. Lo sabía porque se conocía aquel camino de memoria.
Cuando cruzó la colina, la construcción alta y antigua le dio la bienvenida. El monasterio estaba callado, como siempre.
Las mujeres que se refugiaban allí se encargaban de que la soledad del sitio más que sentirse tenebrosa, fuese tranquilizante.
Volteó por el mismo trillo de siempre y llevó la carga de la carreta a la parte trasera. Descendió y comenzó a trasladar los artículos y provisiones al cuarto que hacía de almacén.
Iba por la última vuelta cuando escuchó los pasos detrás de él. No se detuvo. Llegó a la carreta y sacó el pequeño cofre. Se volteó.
La mujer que esperaba bajo el arco de la entrada llevaba el mismo hábito de siempre. El particular diseño que habían adoptado en aquel sitio, cubriendo cada parte de su cuerpo y franja de piel, excepto sus ojos, los únicos que daban un indicio de que allí debajo se ocultaban personas y no otras cosas. Aunque eso no era del todo absoluto.
No para ella. La dueña de aquellos profundos ojos verdes que ahora se achicaban con lo que él estaba seguro, era una sonrisa.
Lo confirmó cuando, incumpliendo el reglamento de la organización, apartó las túnicas que cubrían su cabeza y cabello dorado.
El rostro sincelado de su hermana le hizo sentir confort. La hermana que en espíritu tenía su misma edad, pero que físicamente, no era más que una niña de 18 años.
-Mírate, ya no eres más que un viejito canoso, Malcolm, vamos a tener que sustituir tus responsabilidades a alguien más.
Sonrió.
Él le devolvió el gesto.
-¿Y perderme el cómo haces cagar al conde en sus pantalones? Eso nunca, Malicia.
La profunda mirada que compartieron y el regocijo que le embargó, era el resultado de la vida de porquería que les había tocado a los hermanos Holdom, pero que ahora haciendo gala de lo que en verdad se merecían, habían convertido en algo más.
-¿Vamos? -la invitó.
Ella asintió.
-Vamos.
Se tomaron de las manos y juntos fueron a encargarse de que ningún líder de Lund o algún otro fanático, se le ocurriese desear jamás volver a retomar la leyenda de los hijos de la Tierra...
Fin.
Espero haya sido de su agrado. Si has llegado hasta aquí, quiero darte las gracias. No imaginas lo que la oportunidad que le has dado a esta historia, significa para mí. Te amo monstruito!!!
Besos aterrorizados de Lis😘
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