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Capítulo 1: el primer contacto

Abrió los ojos de forma lenta. El techo fue lo primero que vio al despertar. A esto le acompañó el irrefrenable impulso de bostezar. Se llevó su enorme mano blanca a la boca para cubrirse. Lo siguiente fue apoyarse en su codo y reclinarse un poco hacia adelante. Al hacerlo, notó que algo lo sujetaba de su brazo justo a su derecha. Giró la cabeza hacia el mismo lado y allí lo vio. Cubierta por las sábanas, estaba la figura de una mujer joven de cabello violeta, la cual se aferraba a él como un mono a una rama.

Kleyn se vio a sí mismo en una situación peliaguda. Con ayuda de su mano libre intentó zafarse del agarre de la mujer. De alguna forma, ella había encontrado la posición para aferrarse a su brazo sin clavarse ninguno de los dos pinchos que sobresalían de este. Sintió que desenredarse de aquellas manos suaves y blancas era como intentar quitarse un montón de lianas de encima. Le costó trabajo, pero logró zafarse. Miró un momento a la chica para cerciorase que no la había despertado. Sus ojos cerrados y la postura tiesa que mantenía le indicaron al tipo que esta aún seguía dormida.

― Buff, menos mal.

Buscó su ropa tirada por el suelo. Tuvo que hacer a un lado aquella que no era suya. Tomó el aparatoso vestido de la mujer, junto con el sujetador y el resto de la ropa íntima y la dejó a un lado de la cama para que la tuviese a mano cuando despertase.

Luego tomó su remera blanca sin mangas, la cual tenía una capucha incorporada, sus pantalones ocres, y sus botas de cuero recubiertas de acero en las suelas y en la punta. Las dobló para llevarlas consigo al baño, dispuesto a tomar una ducha. Abrió la puerta y la luz de las antorchas se filtró por el marco.

Sin saberlo, la mirada curiosa de aquella que yacía en su cama, se deleitó con la vista del trasero del tipo antes de salir. Cuando la puerta se cerró, ella sonrió y volvió a cerrar los ojos para seguir descansando. Aunque en su cabeza seguía repasando la imagen del forjador desnudo junto a ella. Su piel blanca como la nieve y caliente como el fuego mismo, aquello la hizo arder en pasión. Su cabello rojo, junto con los cuernos que sobresalían de su cabeza, aquella sonrisa diabólica y la llama en su cabeza le daban un aspecto peligroso, pero salvaje y emocionante. Todavía podía sentir en su piel el tacto de aquellas manos tan grandes como la cabeza del tipo, pero tan fuertes y confiables. Solo de recordarlo se estremeció. Se dijo a sí misma que volvería a buscarlo con deseo una vez acabase de descansar.

Tras salir de la ducha y vestirse, Kleyn fue directo a la forja en lo más profundo de su guarida. Se paró encima de la plataforma y presionó el botón que hacía que esta descendiese.

Pronto, el calor incesante de las fraguas y el tono rojizo de la lava se hicieron presentes a medida que bajaba, pero, para aquel que nace por y vive para la forja, era el aire el puro que le llenaba los pulmones. No sé cansaba de ver cada vez que bajaba la enorme extensión de aquel lugar. Hectáreas de forjas en hileras. Filas y filas, una seguida de otra, y todas ellas cumpliendo un patrón similar. Una mesa de hierro al lado, junto con un yunque y un martillo, y al otro, un cajón con minerales varios para la fundición. En aquella zona circulaban muchos hombres con el mismo aspecto que Kleyn. Estos trabajaban los metales. Desde lo alto se podía oír el sonido de los martillos aplastando los materiales contra el yunque. Una música singular que no todo el mundo tiene el gusto de apreciar, pero que para Kleyn era mejor que cualquier canción interpretada por la voz más angelical que se pudiese imaginar, o que por cualquier juglar tan elocuente como el más aplicado de los bibliotecarios de los grandes salones del saber. No, aquel era el sonido de su día a día, el sonido que se equiparaba al latir de su corazón, aquel que endulzaba la constancia de su trabajo y lo convertía en un exquisito deleite en donde nacían las mejores creaciones que los vivos podrían concebir.

De entre los múltiples albinos que andaban por la enorme herrería, uno de ellos se paró justo en medio del largo camino enfrente del lugar donde la plataforma se detenía. Llevaba la misma ropa que Kleyn, justo como el resto, pero, a diferencia de los demás, también llevaba un casco hecho de oro. Este miró a aquel que bajaba de la plataforma, sonriendo, y le hizo un gesto levantando el mentón un segundo, casi insinuando algo.

― Miren, ahí está, ―anunció este, alzando la voz y asegurándose que el resto de individuos pudiese oírlo pese a los martilleos, el sonido de la lava fluyendo y del agua evaporarse al entrar en contacto con los metales incandescentes― es nuestro rompe corazones. ―dijo mirando hacia un lado y luego al otro, fijándose en sus compañeros, los cuales se acercaban y miraban junto con este al que descendía, regalándole una sonrisa insinuante― He, machote, ¿qué tal está tu Julieta?

Todo aquello era una parte más de la rutina de Kleyn, un momento de bromas y jugueteo. No pudo evitar sonreír también, mostrando sus dientes puntiagudos como los de una sierra. De un salto bajó de la plataforma varios metros antes de que esta llegase al final. El metal en la punta y en la suela de sus botas emitió un gran eco al chocar contra el suelo de piedra.

― Ella duerme plácidamente, exhausta, pero satisfecha. ―clamó con fuerza y alegría.

El resto gritó con euforia. Se acercaban para darle una palmada en la espalda y para estrecharle la mano.

― Dinos cómo ocurrió. ―dijo uno de entre la multitud.

Como si fuese el pregonero del pueblo, y su palabra fuese motivo de alabanza para cualquiera, su petición fue seguida por los gritos de apoyo de sus compañeros. Estos no le dejaban opción alguna al pelirrojo, aparte de corresponder a la petición por la que clamaban.

― Muy bien, muy bien. ―pedía calma alzando las manos y bajándolas para que estos también redujeran el volumen― ¿Qué puedo decir? La típica historia de siempre, un peligro amenaza un pueblo, yo estoy ahí por casualidad, mato al monstruo, porque vamos a ser sinceros, normalmente es un monstruo, y una mujer se me acerca entusiasmada por ver a aquel que pudo dar muerte a la bestia que amenazaba con matar a los adultos del pueblo y con comerse a los niños. ―los que lo rodeaban se rieron y se golpeaban los unos a los otros con sus codos, todos comprendían la situación a la perfección― Y bueno, el resto ya saben cómo va. Ella me pidió de forma indiscreta pasar un momento de intimidad en mis aposentos y yo dije que sí. Y, como siempre, yo nunca he obligado a nadie a nada, solo me dedico a aceptar o rechazar propuestas. Porque, como ya saben...

― ...el forjador está para ayudar a la gente siempre que pueda.

― Como se nota que me conocen muy bien, casi se podría decir que son igualitos a mí. ―bromeó de forma estúpida― Bueno, voy a dejarlos, que no he desayunado y me apetece comprarle pan a un panadero que he conocido hace poco, y que hace unos panes dignos de los reyes.

De entre la multitud, el que llevaba el casco dorado se separó un poco del resto y se acercó a Kleyn.

― ¿Entonces nos estás diciendo que sólo bajaste hasta aquí para alardear de lo que ocurrió a noche? ―su pregunta no pasó sin recibir el apoyo de la multitud.

― Chicos, chicos. ―volvió a pedir calma usando las manos― Me ofende que me estén insinuando que podría haber otra razón para bajar aquí antes de tomar mi desayuno.

Todos se rieron junto a él. Ese era el pequeño momento de comedia para todo, o también aceptado por todos como los "buenos días". Sabes que eres tan egocéntrico que llegas al punto de rozar el narcisismo, ¿no? Cómo era de costumbre, la voz en la cabeza de Kleyn aparecía para recordarle que no fuese él mismo, para variar.

Ya había pasado el momento de bromear, por lo que todos se fueron a sus puestos de trabajo. Por su parte, Kleyn volvió a la plataforma de antes para regresar a la parte superior de la guarida. Una vez lejos del resto, se disputó a responderle a la voz en su cabeza.

― Dime, ¿por qué no puedes simplemente tomar las bromas como el resto y disfrutar de un buen momento?

Porque no tomas conciencia de que te estás riendo por haber conseguido tener sexo con una mujer.

― Bueno, para mí es un motivo más que justificado para celebrar y reírse. Además, te recuerdo que no son risas de burla, sino de alegría, alegría por haber podido follar anoche.

Podrías estar jugando con los sentimientos de una mujer inocente y gentil.

― Lo que ocurrió anoche es totalmente lo contrario de inocente y gentil. ―mencionó con una sonrisa de regusto en su rostro― Pienso que a veces te quejas demasiado. ―inspiró profundo y luego suspiró― A veces sueño pensando que eres solo producto de mi subconsciente y eso significa que estoy loco.

¿Y quién dijo que no soy un producto de tu subconsciente, consecuencia de tu locura latente?

― Porque eres demasiado molesto como para solo ser una voz en mi cabeza. Las voces en la cabeza de los locos están para atormentarlos psicológicamente, no para darles el sermón cada vez que hacen algo que afecta mínimamente a otra persona.

Una pequeña sacudida y el fuerte clic del mecanismo le indicó al tipo que ya había llegado a la parte de arriba, y con ello, al final de su conversación con la voz.

Antes de salir de la habitación, tomó las dos espadas gemelas que estaban colgadas junto a la puerta de la sala, las cuales parecían las dos mitades de una tijera, con el filo de un solo lado y con las empuñaduras iguales a los agarres de una. Se colocó una a cada lado de su cintura, sujetadas por un sistema de enganches de cuero mediante un botón, como el de un cinturón. Por costumbre también llevaría el martillo que cargaba en un enganche de su enorme cinturón, al final de su columna. Pero se dijo a sí mismo que no haría falta, después de todo, solo iría a comprar un poco de pan y luego regresaría.

Cruzó el largo pasillo que daba a unas escaleras hacia el salón de la entrada. Al pasar, se fijó en que la puerta de su habitación seguía cerrada, pensó que así sería mejor. Subió por los escalones de dos en dos y fue corriendo hasta la entrada. Dio un salto justo antes de llegar a esta y la atravesó. Sus botas patinaron en la tierra al caer y el forjador se deslizó varios centímetros hacia adelante. Los dos guardias de la entrada lo miraron risueños. Al igual que los herreros de la forja, estos guardaban el mismo aspecto que el forjador.

― Miren quien está aquí. ―comenzó el de la derecha― ¿Qué tal fue todo anoche? ―preguntó guiñándole el ojo, a pesar de que Kleyn estaba de espaldas a él.

― Un caballero no habla de ese tipo de cosas con sus compañeros. ―respondió, dejando unos segundos de silencio, luego se giró hacia ellos― Menos mal que aquí no hay ningún caballero. ―rio― Se los contaré luego, ahora mismo tengo que ir a buscar mi desayuno.

― Cómpranos a nosotros algo también, que nos tienes aquí mal pagados. ―bromeó el de la izquierda.

― Recluta, no se queje, que hay cientos de hombres igual que usted que podrían tomar su puesto sin quejarse, así que mejor vaya con cuidado con lo que dice. ―amenazó Kleyn poniendo una voz grave forzada y cerrando uno de sus ojos para darle mayor énfasis a la imitación de sargento severo.

El guardia calmó su risa y se puso tan recto como pudo mientras seguía sosteniendo su arma, la cual se trataba de una alabarda.

― Señor, le juro que no volverá a pasar, señor. ―respondió mirando al frente, evitando la mirada de Kleyn.

― Más le vale, recluta, su puesto pende de un hilo así de fino. ―juntó sus dedos índice y pulgar tanto como pudo, casi se tocaban, pero no llegaban a hacerlo.

Una simple risa desmoronó toda aquella actuación, tampoco había razón para mantenerla durante mucho más tiempo. Kleyn se acercó al guardia y le acercó el puño, este lo chocó, aceptando el gesto debido a su actuación cómplice.

― Bueno, ya me han retenido lo suficiente. Gracias, pero debo de irme.

Quitó el botón del enganche que sujetaba la espada de su derecha y la dejó caer entre sus dedos, agarrándola del mango. Extendió el brazo hacia adelante, junto con la espada y luego lo levantó hasta dejar su brazo como un mástil. Lo dejó caer como si fuese una guillotina, realizando un corte que hizo que su cuerpo se inclinará un poco hacia adelante al momento de realizar el corte. La hoja de la espada se introdujo en un espacio invisible en el medio del aire, cuando su recorrido llegó a su final, un portal rojo se abrió como el parpadeo de un ojo por la línea que había trazado con su hoja. Volvió a dejar la espada en el enganche al que pertenecía y luego atravesó el portal antes de que se cerrara.

Kleyn apareció en la entrada de un pequeño pueblo, uno bastante simple, pero grande. Su muralla estaba hecha piedra, pero no medía poco más de un metro de alto. Una cosa que le resultó entre cómica y preocupante, fue ver a un par de preadolescentes saltando por encima. Se dedicaban a tomar carrerilla y saltar antes de llegar. Le pareció gracioso porque un par de niños que aparentaban unos doce o trece años conseguían saltar la muralla. Y le pareció preocupante justamente por el mismo motivo.

El interior del pueblo no distaba del aspecto de su muralla. Las calles eran de tierra, la misma que había fuera de la muralla, exceptuando el camino central, el cual estaba embadurnado de piedras que, en conjunto, creaban un camino hacia la plaza. Las casas eran de piedra con techos compuestos de maderos y tejas. Sus puertas eran de madera gruesa, sujetadas por bisagras de metal robusto. Y las ventanas estaban desprovistas de cristales. Sin duda, un pueblo humilde.

La gente que lo veía al pasar solía mostrarse sorprendida, a la vez que eufórica por cruzarse al forjador. Aquello era algo de lo que nunca intentaba hacer alarde o, mejor dicho, nunca intentaba corresponder, porque así evitaba escuchar a grandes fans que admiraban su trabajo y a otros que lo paraban para hablarle de sus problemas, con la esperanza de recibir su ayuda, además de aquel grupo que lo buscaba para hablarle de sus hazañas y de vanagloriarse de ser los mejores en algo, esperando que con ello Kleyn los considerase dignos de merecer una tijera dimensional. Su método era sencillo, pero eficaz, ignorar toda llamada hacia su persona y no parar de caminar hasta llegar a su punto objetivo.

Fue inevitable que durante su trayecto alguien lo parase. El primero fue un hombre que había llegado a convertirse en caballero hace poco, y que era algo sencillo para él. Kleyn solo lo miró levantando una ceja y luego prosiguió su trayecto. El siguiente se trató de una señora mayor hablándole de sus problemas con su nuera y con su hijo que ya no le hablaba. Continuó caminando hasta que ella se detuvo delante de un puesto de legumbres. Después lo siguió un grupo de tres muchachos que hablaban de él como si fuese el mejor hombre macho guerrero que había pisado este mundo. A estos directamente no les prestó nada de atención. Y como aquellos casos, varios más, hasta que llegó a la panadería.

― ¡Por fin! ―exclamó para sí, puesto que había tenido que pasar por varios obstáculos ineludibles.

Aunque su pequeña muestra de alivio resultaría ser nada más que un pequeño desahogo, porque delante de la tienda había una pequeña cola de personas que salía de la puerta. Creo que no obtendrás tu desayuno tan rápido como hubieses querido.

Había una cosa que Kleyn no podía negar, no tenía ganas de ponerse al final de la cola a esperar su turno para poder comprar pan.

Uno de los que estaba en la fila, un joven de estatura media, se giró hacia atrás un momento y se fijó en el hombre de piel blanca que estaba detrás de todos. Inspiró con sorpresa al percatarse de quién se trataba.

― ¿Es el forjador? ―exclamó algo incrédulo.

Solo eso bastó para que el resto de individuos en la cola se girasen a ver. Pronto todos ellos comenzaron a hablar entre sí, asombrados pero inseguros de si ese hombre de verdad era el forjador. Hasta que alguien se sobresaltó entre ellos.

― Sí, es el forjador. ―señaló un adulto vestido con ropas grises y un tanto llena de suciedad provocada por lo que, probablemente, sería humo.

Pronto todos se dejaron llevar por esa afirmación y dieron por hecho que ese hombre era realmente el forjador.

― ¿Qué haces por aquí, forjador? ―preguntó el mismo hombre que lo señaló como el auténtico forjador.

Lo primero que pensó Kleyn era que alguno de ellos comenzaría a pedirle algo o a contarle alguna cosa. Pero como tendría que esperar a su turno de todas formas, se rindió a entablar conversación con ellos.

― Nada importante, solo vine a comprar algo de pan.

― ¿Y por qué te pones al final de la cola? Seguro que tienes otras cosas que hacer y no puedes perder el tiempo aquí. Pasa y ponte delante.

Aquello se le presentó como una oportunidad, pero le parecía patético usar su título para obtener un mejor lugar en la cola.

― Oh, no, yo no podría hacer eso. Además, no pasa nada por esperar un poco.

― Tonterías, pasa. ―volvió a insistir, esta vez, moviendo su mano hacia la puerta, indicándole que entrase.

El resto de personas en la fila no pareció oponerse a aquella propuesta, sino que también comenzaron a animarlo para que se adelantara. Supongo que esta vez has tenido suerte. Ve delante, porque sabes que no te dejarán de insistir hasta que lo hagas. Kleyn cedió ante la insistencia de todo el mundo, y comenzó a caminar al interior de la tienda. Les dio las gracias a todos por dejarle pasar, aunque la expresión de su cara solo decía que aquel gesto lo hacía sentirse un poco culpable, pero solo un poco.

En el interior, las personas que estaban esperando su turno, no habían visto al forjador desde dentro, todo para no perder su sitio en la cola, pero habían escuchado las palabras del resto, y ninguno de ellos estaba en contra de lo que dijeron. Se asombraron al ver al forjador en persona, y de paso le pedían con cortesía que se pusiera el primero.

― Gracias, gracias. ―esa pequeña culpa que sentía al poseer "privilegios" ya dejó de afectarle en el momento que los vio a todos tan insistentes en que pasara. Casi pensó que hasta les gustaba que lo hiciera.

Detrás del mostrador estaba una mujer un tanto bajita y rechoncha. Llevaba puesto un delantal blanco y un pañuelo del mismo color, el cual llevaba atado a la cabeza. Su piel era blanca, pero sus mejillas y nariz eran rojizas. Kleyn pensó que aquello debía de ser por la acumulación de sangre. Al verlo le sonrió de sobremanera, enrojeciendo aún más esas mejillas.

― Pero si es el forjador. ―dijo con voz cargada y alegre― Veo que te gustaron nuestros panes. ―señaló llevándose una mano a la cintura y meneando el dedo de la otra mano hacia el albino.

― No puedo negar que sus panes son de los mejores que he probado.

― Haces que el corazón de esta pobre mujer se llene de alegría al decir cosas como esas. ―agradeció llevándose ambas manos al pecho― Dime, ¿qué te gustaría comprar esta vez?

― Pues... ―echó un vistazo al mueble que había detrás de la señora. Se trataba de uno con varios estantes sobre los que reposaban cestas de mimbre, dentro de las cuales estaban los diversos tipos de panes que les ofrecían a sus clientes. Había de todo, panes redondos, roscas, barras finas, otras gordas, panes oscuros y panes muy blancos. Uno de ellos le llamó la atención, era uno que parecía estar en el punto exacto de horneado― quiero dos de esas barras. ―apuntó a aquellas que le habían llamado la atención.

― Ahora mismo.

Tal y como Kleyn había pedido, la mujer tomó dos de esas barras y las enrolló por la mitad usando un trozo de papel. Luego se las alcanzó al tipo.

― Ten, serán cuatro monedas de cobre.

El pelirrojo dejó las monedas sobre el mostrador y tomó las barras.

― Gracias. ―soltó este sin más, inclinando la cabeza de forma leve.

― A ti por comprar aquí. ―respondió ella igual de risueña que al entrar.

De detrás de ella, en donde estaría la cocina, oyó el sonido de algo metálico cayendo al suelo.

― Loretta, espera. ―dijo un hombre desde dentro.

Por la puerta apareció una niña pequeña de piel blanca, pero un poco morena, similar a la parte media entre la corteza tostada del pan y aquella que permanece blanca. Tenía pelo castaño y largo, le llegaba hasta la espalda y se ondulaba un poco al final. Sus ojos eran verdes oscuros y llevaba un vestido ocre con un delantal blanco por encima, además del pañuelo en la cabeza que al parecer llevarían todos los de la tienda.

A juzgar por su apariencia, no tendría más de seis años. Parecía traer algo consigo, algo oculto entre sus pequeñas manos.

― Forjador, forjador. ―llamaba esta― Hice esto para usted. ―decía emocionada, alzando las manos por encima del mostrador, aun ocultando eso que llevaba. Debido a su estatua sus ojos no sobrepasaban la altura del mostrador, así que se puso en pinturas para ver al tipo y darle lo que había hecho.

Cuando abrió las manos, entre estas se mostraba un trozo de masa que tenía la forma de una cara feliz, o, al menos, eso parecía. Se notaba que ella habría tomado una pequeña bola de masa y la habría aplastado, luego con su dedo habría intentado dibujarle los ojos y la boca, pero la masa era un poco inconsistente y se caía hacia un lado, haciendo que aquella cara tuviese un ojo torcido y una parte de la boca deforme.

Kleyn le sonrió a la niña sin mostrarle los dientes por temor a asustarla, y tomó el rostro de masa.

― Gracias. ―pronunció sin borrar la sonrisa de su rostro.

La pequeña se mostró contenta al ver que al forjador le había gustado su regalo.

De la misma puerta de la cuál la niña había salido, apareció un hombre robusto de barba notoria, cabello corto y negro, una camiseta de tela de color cactus, pantalón oscuro, delantal y pañuelo de panadero. Su rostro estaba un poco enrojecido por el calor de la cocina.

― Loretta, te dije que esperaras. ―decía el tipo acercándose a la pequeña, sin que su tono sonase autoritario.

― Mira, papi, al forjador le gustó mi regalo. ―contestó ignorando las palabras de su padre.

― Ya veo. ―le acarició la cabeza― Eso significa que estás aprendiendo bien a hacer pan. ―dirigió su mirada hacia el forjador― Gracias por volver a comprar aquí.

― Solo vine porque tú pan es muy bueno, em, ―torció un poco la cabeza― ¿Joel...? ―preguntó intentando recordar su nombre.

― Joe. ―le corrigió de forma humilde― Disculpa a mi hija. Ella normalmente se va con su madre a vender pan por el pueblo, pero hace un par de días dijo que quería aprender a hacer pan, y no hubo manera de hacerla cambiar de opinión.

― Así que quiere ayudar al negocio familiar. ―sonrió mirando a la pequeña, y ella también le sonrió agarrándose el delantal e inclinando sus rodillas hacia un lado y hacia otro― Pero, ¿no sería mejor que jugara por allí con algún niño?

― Lo que pasa es que... ―quiso explicar Joe.

― En el Mathel no hay niños para jugar. ―interrumpió la pequeña Loretta― Solo hay adultos y niños mayores que yo. Y ninguno quiere jugar conmigo. ―explicó agachando la cabeza, con un pequeño aire de tristeza. Luego volvió a mirar al forjador y su rostro se iluminó. Kleyn dedujo que se le habría ocurrido alguna cosa― Ya sé. ¿Quieres tú jugar conmigo?

Esta vez Kleyn no pudo evitar sonreír mostrando sus dientes. La pregunta le resultó curiosa e inesperada.

― Bueno, yo... ―quería decirle que no a la pequeña, pero le resultaba complicado viendo lo ilusionada que se mostraba.

Su padre sabía que la pequeña había puesto al forjador en una situación un poco comprometida. Así que decidió echarle una mano. Se acercó a la niña y le posó la mano en el hombro.

― Loretta, estoy seguro de que el forjador es alguien muy ocupado como para jugar contigo.

― Pero estoy segura de que él si puede jugar conmigo. Dicen que el forjador puede hacer lo que sea. ―se defendió― ¿Es verdad? ―miró a Kleyn esperando su respuesta.

― Bueno, sí. ―respondió algo dudoso por el rumbo que la situación había tomado.

― Sí. ―festejó esta― Voy a jugar con el forjador.

Al momento de decir eso, la pequeña se sacó la ropa de panadero y la dejó encima del mostrador. Luego corrió hacia un extremo del mostrador, salió por una puerta que había debajo y continuó sin detenerse hasta salir del local.

― Loretta, espera. ―quiso detenerla su padre. Estás en un lío.

Así de fácil una niña lo había puesto en una situación comprometida. Estaba agradecido con la gente que lo dejó ir delante, por el buen trato de los panaderos y por el pequeño regalo de la niña, así que consideró que cuidarla por un rato era algo justo.

― No se preocupe, ―lo calmó Kleyn― yo me encargaré de cuidar a su hija.

― ¿Seguro?

― Sí, tranquilo. ―se dirigió a la puerta― Solo preocúpese de seguir haciendo panes.

Joe suspiró algo inseguro de lo que haría su hija, aunque la presencia del forjador lo tranquilizaba. Tomó la ropa que dejó Loretta y volvió a la cocina.

Definitivamente te has metido en un buen lío. Kleyn corría efusivo, buscando a la pequeña niña. Pensó que no sería difícil encontrarla si era la única niña pequeña en el pueblo. No era demasiada la gente que rondaba por las calles, así que no creyó que demorase mucho en encontrar a la pequeña.

Giró la cabeza hacia la derecha y pudo ver el vestidito ocre sobre el cual bailaba la cabellera larga y castaña de la pequeña. Esta andaba con prisa y se inmiscuía entre las personas para continuar con su paso. Para ella resultaba un poco más fácil debido a su capacidad para eludir a todos, o más bien, su tamaño e inocencia. Porque cuando alguien la veía acercársele se apartaba un poco para que ella pasase. Caso muy distinto cuando era Kleyn el que pasaba. Su velocidad era muy superior a la de la niña, y podía eludir a las personas mejor de lo que lo hacía ella, o al menos así sería si no fuese porque, cuando alguien lo veía, se interponía en su camino para hablarle, y provocaba que este tuviese que moverse unos palmos más hacia el costado para evitarlas. Al cruzarlas, solía excusarse diciendo "lo siento, tengo prisa" o "perdón, estoy ocupado".

Loretta corría feliz por el camino de piedra del pueblo, directo hacia la salida de este. Se divertía eludiendo a las personas en su camino, pero en la esquina de la próxima calle vio a alguien a quien ella conocía. Una mujer delgada de cabello largo castaño oscuro, piel morena y ojos verdes, la cual vestía con un largo vestido de color salmón, y un delantal blanco. Recargada en su brazo llevaba una cesta con barras de pan en su interior. La mujer no pudo evitar fijarse en la pequeña que se acercaba a ella, se había detenido justo a su lado.

― Loretta, ¿qué haces aquí? ―preguntó confundida― Acaso buscabas a mami para ayudarla a vender pan?

― No, el forjador vino a comprar pan y ahora va a jugar conmigo. Adiós. ―dijo, volviendo a retomar su paso.

― ¿Pero qué...? ―la miró confundida mientras se alejaba sin saber si estar preocupada o tranquila porque iba a jugar con alguien.

Para su sorpresa, alguien más apareció justo después de que Loretta se alejase, se trataba del forjador. La panadera no pudo evitar abrir los ojos y poner un rostro de sorpresa ante la presencia del tipo.

― No se preocupe, señorita, yo me encargo de su hija. ―alcanzó a decirle este cuando pasó a su lado sin detener su paso.

Ella solo se quedó mirando como se alejaba. Se llevó la mano a un lado de la boca para que su voz se pudiese oír mejor.

― Gracias.

Aquella pequeña distracción que había hecho que la pequeña se detuviera por un momento, hizo creer a Kleyn que le ayudaría a acortar las distancias con esta, pero la verdad era otra. Un grupo de personas que se extendía por todo lo ancho de la calle, provocó que este se detuviera y esperase a que las personas le dejaran paso, cosa que no le resultó sencilla, ya que todos querían saludarlo. Cuando pudo librarse de ese pequeño grupo, continuó corriendo, pero ya no veía a la pequeña, y se detuvo.

― La madre. Sí que esa pequeña es escurridiza.

¿Genio, te recuerdo quién eres? Aquello no fue interpretado por Kleyn como un gesto de sarcasmo, sino como una sugerencia sutil.

Delante de ella estaba la entrada del pueblo, y junto a esta, dos guardias armados con una lanza. Loretta los saludó al pasar junto a ellos y dio un salto cuando llego a la salida.

― ¡Gané! ―clamó, triunfante.

A un lado suyo apareció una mano blanca y grande que la tomó por la cintura y la levantó del suelo.

― Te tengo. ―dijo, el forjador, quien había estado esperando oculto tras la muralla.

La pequeña se rio mientras estaba aupada en el brazo derecho del forjador.

― ¿Cómo llegaste antes que yo?

― Secretos de forjador.

Loretta se fijó en el pan que el hombre llevaba en su otro brazo, así que estiró un poco los suyos y tomó una barra. Sin decir nada, le dio un bocado a la punta de la barra. Sonreía mientras la corteza crujía entre sus dientes.

― Oye, ese es mi pan. ―protestó Kleyn.

Justo cuando abrió la boca, Loretta le metió la barra para que le diese un bocado. Kleyn desvío su mirada hacia los ojos de la pequeña, la cual seguía sonriendo mientras masticaba. Giró la mirada y simplemente cerró la boca, arrancando un trozo de pan. Pese a lo peculiar que se estaba tornando la situación con la niña cerca, no pudo evitar dejarse llevar por el sabor del pan que bailaba entre sus dientes. Era crujiente por fuera y suave y cálido por dentro. Cuando terminó de tragar, Loretta le volvió a acercar la barra para que le diese otro mordisco. De nuevo volvió a mirarla a los ojos durante unos segundos, intentando descubrir lo que esta estaría tramando en su cabeza.

― Gracias. ―dijo con simpleza, y le dio otro mordisco al pan.

En tan solo unos pocos bocados más Kleyn casi se terminó la barra. Pero le dejó la última parte a la pequeña, y de paso la bajó.

― Bien, ahora dime, ¿por qué saliste corriendo de la ciudad?

― Porque en la ciudad hay mucha gente, es más divertido aquí fuera. Mira. ―comenzó a caminar de forma ligera, alejándose un poco más de la ciudad.

Ahora que no había nadie de por medio, no le resultaría difícil a Kleyn alcanzarla. Así que solo se limitó a seguirla. Recordó que en su mano izquierda todavía tenía aquella carita de masa que le había dado la niña. A esas alturas, el rostro ya no parecía un rostro, sino algún ser que agonizaba en vida. Se fijó en él un momento.

― Tranquilo, yo acabaré con tu sufrimiento.

Con su otra mano libre, Kleyn cubrió aquel trozo de masa y produjo un destello rojo entre sus dos palmas. Cuando abrió sus manos, el trozo de masa se había cocinado, ahora estaba tostado por ambas partes, y la expresión dibujada por la niña ya no se parecía a nada comparable a un rostro. De un solo bocado engulló ese pequeño pan. No estaba tan bueno como el que su padre había hecho, pero tenía que admitir que no era malo. Lo más probable es que haya recibido ayuda, pensó.

Tras unos minutos caminando, el forjador y la niña llegaron a un árbol. La pequeña se acercó a este y le dio un abrazo. Kleyn se encogió de hombros al ver ese acto de cariño por un ser botánico. Le recordó un poco al cuidado que tenían algunas dríades con las plantas del bosque.

Entre tanto, se percató de que aún le quedaba una barra de pan, y no iba a comerla, así que sacó una de sus espadas y abrió un portal pequeño en donde dejó la barra. Notó un pequeño tirón en su pantalón. Se trataba de la pequeña, la cual miraba absorta la espada de Kleyn.

― ¿Esa es una espada? ―sus ojos parecían brillar al ver la hoja en manos del forjador. Este solo asintió en respuesta― ¿Puedo verla?

Y recuerda, para un niño, ver significa tocar. Así que se un adulto responsable y no permitas que ella corra peligro tocando tú... El pelirrojo se arrodilló y apoyó su espada encima de su pierna, sujetándola con ambas manos para evitar cualquier tipo de tragedia. Eso, no me escuches.

Esas pequeñas manitos rositas deslizaron sus aún más pequeños dedos por encima de la hoja.

― Ten cuidado, o podrías cortarte. ―advirtió.

― ¿Puedo agarrarla?

Ni siquiera lo pienses. Dudó por un segundo si dejarle blandir su espada, aunque lo siguiente que se cuestionó fue si ella sería capaz de levantarla siquiera.

― Bien, vamos a hacer esto. Dejaré la espada en el suelo y tú intentarás levantarla agarrándola por el mango, pero con mucho cuidado, ¿entendiste?

Ella solo asintió en respuesta al tipo. Tal y como éste había dicho, dejó la espada sobre el suelo. Loretta juntó sus dos manitas y tomó el mango del arma. Se podía ver en su rostro el esfuerzo que estaba empleando para mover el arma. Consiguió levantarla un poco, pero solo la parte del mango, la hoja siguió pegada al suelo. Aun así, la pequeña no desistió en intentar moverla, incluso llegó a dar un par de pasos antes de que la espada se le cayera.

Esta se dejó caer al suelo, sentada, y comenzó a respirar de forma algo apresurada. Suponiendo que ahí acababa el intento de la pequeña por dominar la hoja, Kleyn volvió a tomar su arma y la guardó en el enganche de su cinturón.

― Ya sé. ―exclamó de pronto la pequeña― Vamos a jugar a rescatar a la princesa.

Aquello hizo sonreír a Kleyn. Pudo ver qué, a pesar de lo peculiar que fuese la primera impresión que le dio esa pequeña, en el fondo seguía siendo la típica niña que sueña con ser rescatada por un príncipe y vivir juntos por siempre en un castillo.

― De acuerdo. Jugaremos a eso. ―aceptó a gusto.

Tras varios minutos de preparación argumental, el juego finalmente había comenzado.

― No te preocupes, princesa, la caballera Loretta está aquí para salvarte. ―exclamó la niña sosteniendo una de las espadas de Kleyn, se encontraba a unos cuantos pies de distancia donde la princesa.

― Oh, gracias a los dioses que estás aquí. ―pronunció Kleyn con rostro antipático y con la voz más simplona que podía utilizar. Alrededor de su cabeza llevaba una corona hecha con ramitas y flores.

― No sufras más, princesa. Yo mataré al dragón.

De detrás del árbol salió de un salto un clon del forjador con su capucha puesta, esta ocultaba su rostro por completo bajo la sombra que producía. El clon no dijo nada, solo imitó el rugido de un dragón y expulsó una pequeña llama por su boca. Eso asombró un poco a la niña, pero no se echó atrás.

― Atrás, dragón. Yo salvaré a mi princesa. ―amenazó con su voz infantil.

El clon no se echó atrás, sino que se puso justo delante de quién la amenazó, por lo que Loretta se vio obligada a atacar. Cerró los ojos e intentó mover la espada con todas sus fuerzas, y acabó por soltarla y atacar como si aún la sostuviera. Ese movimiento la hizo perder el equilibrio, y cayó.

Confundido, el clon giró la cabeza para ver qué decía Kleyn. Este permaneció quieto con el rostro antipático, lo único que hizo fue apuntarle al suelo con los ojos.

Un agónico grito de dolor se oyó por parte del clon. Se llevó la mano al pecho, agarrándose el corazón y cayendo al suelo de espaldas.

Loretta se levantó y miró al clon tirado sobre el césped.

― ¿Gané?

― Apaga la llama de su cabeza. ―indicó el forjador.

En eso, la pequeña comenzó a soplar tanto como pudo, pero no la apagaba, insistió con más ahincó, insistió tanto que la cara le estaba cambiando de color, hasta escupía de tanto esfuerzo empeñado. Pero la llama solo se meneaba un poco.

― Por todos los... ―se quejó Kleyn.

Con un movimiento de su mano extinguió la llama de su propio clon, haciendo que ese se convirtiese en una cortina de humo que se disipó a los pocos segundos.

― ¡Gané! ―gritó victoriosa la pequeña tras ver como el dragón se esfumaba. De inmediato salió corriendo hacia donde estaba Kleyn― Ya estás a salvo, princesa.

― Oh, gracias, caballero. No sé qué habría hecho sin ti.

Loretta se mostró muy contenta por salvar a Kleyn. Se puso firme, se giró un poco, cerró sus ojos y colocó su mejilla apuntando hacia Kleyn. Este se echó un poco hacia atrás, extrañado.

― ¿Qué quieres? ―preguntó confundido.

― Te rescaté, ahora me debes un beso.

Aw, pero qué tierna... Hazlo, ahora que nadie te está viendo, así solo seré yo quien permanezca con vida para recordarte el vergonzoso acto que estás a punto de realizar. Kleyn la miró un tanto resignado, pero la niña permaneció ahí con su mejilla al aire y con los ojos cerrados, esperando el beso de su princesa. Resignado, inspiró profundo y luego exhaló. Se acercó a la niña y le dio un beso fugaz en la mejilla.

― Aw, gracias, princesa. ―canturreó, luego se llevó la mano a los labios y se rio. Kleyn no pudo evitar enrojecer un poco por la vergüenza que estaba pasando― Oye, tienes unos labios muy cálidos. Ni mis papis tiene los labios tan cálidos cuando me dan el beso de buenas noches.

― Ah, sí, eso... cosas de forjador.

― No sabía que podías tirar fuego.

― Bueno, la llama en mi cabeza ayuda a la gente a ver por dónde van las ideas.

― Ya sé a qué podemos jugar ahora.

Algo en el interior del forjador provocó que este se estremeciera por un momento ante la situación desconocida a la que se enfrentaría esta vez.

Loretta se encontraba sentada en el regazo de Kleyn. Este estaba cruzado de piernas y sus brazos estaban estirados con las manos apuntando hacia adelante. Su rostro no era uno de felicidad, sino de indignación. Deberías verte ahora mismo, seguro sentirías lástima por ti... bueno, aún más lástima, quiero decir.

― ¿Estás listo? ―preguntó la pequeña.

Un ligero sonido de descontento fue lo único que dio Kleyn por respuesta, pero que para ella significaba un sí. Esta tomó las púas que salían de los codos de Kleyn y las sostuvo con firmeza.

― Super catapulta de fuego, lista.

Tiró de la púa de su derecha y vio como unas pocas llamas salieron expulsadas de la palma de Kleyn. Esto sorprendía y maravillaba a la pequeña, quien, de inmediato, tiró de la otra púa. De la otra mano del forjador también comenzó a salir fuego, y este se unió con el de la otra mano, haciendo una llama cruzada que chocaba y se revolvía.

En condiciones normales, Kleyn sería capaz de lanzar llamas a varios metros de distancia, pero con un par de centímetros sería más que suficiente para mantener contenta a la pequeña. Debía de admitir que le hacía gracia verla tan feliz solo por un par de llamas.

― Soy la reina del fuego, hagan lo que yo quiera o los quemaré. ―clamaba al aire.

― Oye, eso no está bien.

― Solo juego, no podría quemar a nadie nunca.

Kleyn mantuvo cierto silencio pensativo.

― ¿Cuantos años tienes?

Ella soltó las púas para que Kleyn dejase de lanzar fuego, se giró hacia él y lo miró a los ojos.

― Así. ―enseñó su mano con los cinco dedos levantados.

Con sólo cinco años ha sometido al forjador para que haga lo que le plazca, y además tiene delirios de conquista. A este paso, será dueña de todo un continente a los quince años.

― Ya veo. ―guardó silencio por unos segundos― ¿Y si jugamos a otra cosa?

― El escondite. ―dijo de golpe, alzando los brazos con euforia.

― Muy bien. ―tomó a la pequeña y la dejó a un lado, luego se levantó y se quitó el pasto que llevaba pegado a su ropa― Tú cuentas y yo me escondo. ¿Sabes contar?

― Puedo contar hasta diez, aunque me tardo un poquito en llegar a diez.

― Perfecto. Ponte delante del árbol y yo me esconderé.

― Bien. ―dijo alegre. Corrió hacia el árbol tan rápido como pudo y apenas llegó apoyó su cabeza en el tronco y se puso a contar― Uno, dos, tres...

Aquel era el momento clave. Mientras la pequeña estaba distraída contando, Kleyn creó un clon. Y se aproximó a su oído.

― Escóndete en la ciudad. ―ordenó, a lo cual el clon asintió y salió disparado hacia Mathel.

Por su parte, el forjador tomó una de sus espadas y abrió un portal hacia su guarida, solo eso le bastó para desaparecer.

― Nueve y diez, creo. Listo o no, allá voy. ―la pequeña se giró para ver si conseguís hallar al albino desde donde estaba, pero no vio nada, así que solo comenzó a caminar― Sal de donde quiera que estés.

Por fin, Kleyn había conseguido volver a la guarida. Apareció en el comedor, justo donde había dejado la barra de pan, la cual estaba a la mitad. Entonces alguien lo tomó por la espalda y le dio un abrazo. De forma instintiva colocó sus manos encima de las de quién lo había abrazado y, al momento de tocarlas, supo a quien le pertenecían. Se giró para confirmar sus sospechas.

― Has vuelto, hombretón. ―dijo la mujer de pelo violeta que había pasado la noche con el forjador.

Se puso de puntillas y le robó un beso al hombre que había estado esperando. Este se dejó hacer y le devolvió el gesto.

― Veo que me echabas de menos. ―apuntó el tipo.

― Dónde has estado?

― Atendiendo un par de asuntos.

― Bueno, no quise no esperarte, pero comí sin ti, tus clones me ofrecieron algo mientras esperaba.

― Tampoco estuve fuera mucho tiempo. ―dudó un segundo― Verdad?

― Kleyn, ya está atardeciendo, estuviste todo el día fuera. ―rectificó ella.

El tipo no se había dado cuenta. ¿De verdad había pasado tanto tiempo sin que se diera cuenta?

― Debo volver a casa ya, me estarán esperando.

― Entiendo. Ahora mismo te abro un portal.

Se sintió un poco mal por no haber pasado tiempo con ella, pero le llamaba más la atención el hecho de no haberse dado cuenta de transcurso del tiempo.

Acompañó a la muchacha hasta su ciudad, incluso se despidió cordialmente de ella en la puerta de su casa.

― Gracias, me lo pasé muy bien. Tal vez volvamos a vernos algún día.

― Sí. ―sonrió el pelirrojo enseñando sus dientes picudos― Tal vez.

Cómo despedida, ella juntó sus labios y se acercó al tipo. Este hizo lo mismo, esperando un beso de despedida, pero, para su sorpresa, solo fue un beso en la mejilla.

― Adiós, Kleyn. ―una vez dicho eso, se metió en su casa y cerró la puerta.

Lo único que le quedaba por hacer al forjador, era regresar por donde vino, al pueblo de Mathel. Apareció al lado del árbol en donde había estado con esa niña. Suspiró para sí.

― Es una buena mujer. Tal vez algún día vuelva a verla, como ella dijo. ―Te acuerdas de su nombre? Kleyn estuvo a punto de responder, pero se quedó a media bocanada cuando se percató de que no tenía idea de cómo se llamaba aquella mujer de pelo violeta― Lo importante es que se lo pasó bien. ―Claro, lo que tú digas.

Dejando de lado aquel penoso hecho, Kleyn comenzó a buscar con la mirada a la pequeña que debía de estar jugando con su clon. Se sintió extrañado cuando no vio nada en toda la extensión de campo.

Por la espalda, una mano lo hizo girarse, se trataba del clon que había dejado allí para jugar con la pequeña. Este se mostraba agitado y preocupado.

― ¿Qué ocurre, compañero?

― Es la niña, se metió en el bosque. ―apuntó hacia el sitio mencionado.

― ¿Qué?, ¿cómo que se metió en el bosque? ―quiso saber, exaltado por la situación en la que se en encontraba ahora.

― Me escondí en la ciudad esperando a que ella fuera a buscarme, la vigilé desde la muralla para ver cuándo venía, pero se fue directo al bosque. Salí corriendo en su búsqueda, pero cuando llegué ya se había perdido en la inmensidad de este.

― Joder con la niña. ―su entrecejo se estrechó bastante y sus facciones se tornaron rígidas.

Chasqueó los dedos y el clon enfrente suyo desapareció. Los recuerdos que este poseía se trasladaron a la mente del original, dándole una perspectiva más limpia de lo que había ocurrido. No quiso perder el tiempo, clones comenzaron a salir del cuerpo de Kleyn, y todos ellos corrieron hacia el bosque. En total envío a veinticuatro clones al bosque, veinticinco individuos buscando a la chiquilla si se contaba a sí mismo.

― Peinen el bosque entero, quiero a esa niña conmigo antes de que el sol se oculte. ―ordenó de forma severa.

Lo primero que hizo fue tomar sus espadas y abrir un portal en el suelo que lo dejó varios metros en el aire por encima del bosque. Comenzó a descender en caída libre, hasta ver tierra. De inmediato abrió otro portal bajo sus pies y salió disparado de otro que se abrió en el suelo que había vislumbrado desde el aire. El impulso hizo que este saliera despedido hacia arriba. Para reducir esa fuerza, abrió otro portal encima suyo, el cual lo envió por otro, metros abajo en el mismo eje en donde había sido abierto el primero, creando un bucle en el cual subía continuamente, hasta que la fuerza del impulso se redujo y cerró los portales para aterrizar en el suelo.

― Lorena. ―gritó este para llamar a la pequeña.

― Loreja. ―se oyó desde una parte del bosque.

― Lorrela. ―dijo otro.

Es Loretta, inútiles.

― Sí, eso. ―concordó el original― Loretta.

Pronto todo el bosque comenzó a llenarse con los gritos que clamaban por la niña, la cual no aparecía. Algún que otro clon se había encontrado con un animal agresivo del bosque, y tuvieron que defenderse contra este. Otros no corrieron la misma suerte, fueron tomados por sorpresa y se desvanecieron. Cuando sus memorias llegaron a la mente de Kleyn, su preocupación no hizo más que aumentar.

Desesperado, creó más clones, muchos más, cien al menos, y los mandó de un soplo a inspeccionar el bosque a fondo.

Continuó llamando a Loretta mientras corría, buscándola, esperando con todo su corazón que lo oyese. De pronto, algo comenzó a moverse en unos arbustos que había junto a él. Se detuvo en seco y apretó las empuñaduras de sus espadas para liquidar a la cosa que se atreviera a atacarlo. Se acercó poco a poco al arbusto, el cual no dejaba de menearse en todo momento. A tan solo unos pasos, una sombra salió de repente, y Kleyn se lanzó hacia ella, listo para cortarla en un solo movimiento. ¡Cuidado!

― Te encontré. ―dijo la niña, feliz.

― ¿¡Loretta!? ―alcanzó a pronunciar, alarmado por la situación en la que estaba. No era capaz de detenerse, sus espadas ya estaban enarboladas. Sin muchas opciones, dio un gran salto por encima de la niña y cayó al suelo, tropezándose y rodando. Tuvo que soltar sus espadas antes de salir disparado para evitar un accidente mayor. Hasta que unos arbustos detuvieron su avance. Eso estuvo cerca.

Preocupada al ver ese despliegue de desastre, Loretta corrió hacia Kleyn. Este se había hecho un ovillo para resguardarse del mayor daño posible. La pequeña se arrodilló junto a él.

― ¿Estás bien? ―preguntó con el rostro un poco entristecido.

― ¿Por qué entraste en el bosque? ―consiguió pronunciar en forma de quejido por el dolor que recorría su cuerpo.

― Pensé que te esconderías aquí. Tiene partes oscuras y muchas plantas para ocultarse. Era la mejor opción.

― ¿La mejor opción? ―repitió. Se volvió a colocar de forma adecuada y miró a la chica, serio― Aquí hay animales salvajes que podrían atacarte apenas verte. ¿No pensaste en eso? ―la niña no respondió, solo negó con la cabeza, algo acongojada porque sabía que había hecho algo mal― Además, la ciudad es un mejor lugar para esconderse, hay recovecos por todos lados y personas con las que mezclarse... da igual. ―se levantó y se quitó la tierra de encima.

Comenzó a buscar sus espadas con la mirada. Una de ellas estaba clavada en un arbusto, no le resultó difícil recuperarla. La otra no la había visto aún. Alguien le tocó la pierna, y se giró para ver de qué se trataba. Era Loretta, quien había usado su cabeza para tocarle la pierna, y eso se debía a que entre sus manos llevaba consigo la espada que le faltaba al forjador.

― Kleyn, ―dijo ella con la cabeza gacha― lo siento. ―alzó la mirada sin dejar de mantener el rostro apuntando hacia el suelo.

Kleyn cerró los ojos e inspiró profundo para luego suspirar. Apoyó su mano encima de la cabeza de la chica y la acarició.

― Lo importante es que estás bien. ―acercó su mano para tomar la espada que ella le había traído― Gracias por encontrar mi espada. ―sonrió, y al parecer, Loretta también― Pero no vuelvas a ir sola al bosque, es peligroso.

― De acuerdo. ―respondió animada.

El pequeño rugido del estómago de la niña le llamó la atención al albino.

― Parece que tienes hambre. ―abrió un pequeño portal con una de sus espadas y tomó la media barra de pan que le había sobrado a la chica en su casa. Se lo dio a la niña― Ten, come.

Esta no perdió ni un solo segundo, tomó la barra con confianza y le dio un buen mordisco. Se fijó en el forjador, que estaba guardando sus espadas. Cuando terminó de tragar, carraspeó un poco su garganta para llamar la atención del tipo.

― Gracias. ―dijo ella, y siguió comiendo.

Kleyn miró a su alrededor y chasqueó sus dedos. La niña no lo sabía, pero en ese momento, todos los clones del forjador que estaban en el bosque, desaparecieron.

― De nada. ―correspondió mientras se acercaba a ella con una de sus espadas en mano. Alzó a esta con su brazo libre― Vamos a llevarte a casa antes de que se ponga el sol. ―alzó la vista para percatarse de que el sol ya casi estaba oculto en el horizonte― Tus padres van a matarme.

Viajaron hasta la entrada de la panadería usando un portal. Kleyn dejó a la niña en el suelo y ambos se dispusieron a entrar. Ya no había ningún cliente, solo estaba la mujer que había visto en la calle cuando perseguía a Loretta, su madre, y la mujer regordeta que lo había atendido a la mañana. Ambas estaban limpiando. La madre barría el suelo y la otra mujer llevaba las cestas vacías a la cocina.

― Mami. ―gritó la pequeña con énfasis. Fue corriendo hacia su madre y le dio un fuerte abrazo.

― Loretta, por fin has vuelto. ―exclamó la mujer al ver a la niña. Correspondió su abrazo acariciándole la cabeza. Alzó la mirada hacia Kleyn con rostro contento― Gracias por cuidar de mi hija, forjador.

― No fue nada. ―indicó lo mismo que dijo con un gesto de su mano. Eso, lo mejor que puedes hacer ahora es aparentar.

― Como se nota que es un hombre de bien. ―comentó la mujer que lo había atendido por la mañana― Y además muy guapo. ―le guiñó el ojo.

La reacción de Kleyn solo fue la de una sonrisa nerviosa.

― ¿Ya volvió? ―preguntó una voz masculina desde la cocina. Joe salió de allí con un pan redondo del tamaño de un plato, y tan alto como una manzana. Salió de detrás del mostrador y dirigió su mirada con una sonrisa marcada hacia Kleyn― Muchas gracias por cuidar a nuestra hija, forjador.

― Por favor, llámame Kleyn.

― De acuerdo, Kleyn. Ten, esto es tuyo. ―le entregó la rueda de pan en mano― Es la forma que tenemos de darte las gracias. ―tocó a su hija en el hombro― ¿Qué se dice, Loretta?

― ¿Jugarás otra vez conmigo todos los días? ―preguntó inocente a la vez que ilusionada.

Todos los presentes se rieron, excepto Kleyn.

― Hija, estoy seguro de que el forjador nos hizo un favor cuidándote hoy, pero él es un hombre ocupado. Tendrá muchas cosas por hacer.

― Pero él puede hacer más como él. Ellos podrían hacer sus cosas y él podría quedarse conmigo. ―propuso. La niña no es tonta.

Joe quería darle algún argumento a su hija para que abandonara esa idea.

― Pero, hija, no tenemos forma de pagarle al forjador por un servicio como ese.

― Sí, él dijo que nuestro pan es delicioso. Podría cuidarme y jugar conmigo todos los días por pan. ―De nuevo, la niña no es tonta.

― No creo que sea suficiente para él con algo tan simple como el pan.

― ¿Se lo preguntaste?

A pesar de todo, su hija tenía un punto como argumento, tal vez pobre desde el punto de vista de un adulto, pero debía reconocer que era un argumento. Se encogió de hombros y se dirigió hacia el forjador, suponiendo que, escuchando la respuesta de él, su hija desistiría de sus intentos para obligarlo a jugar con ella.

― Kleyn, ¿querrías cuidar a mi hija todos los días a cambio de pan? ―intentó que la pregunta sonase lo más serena posible, pese a su peculiaridad.

Bien, está bastante claro que la niña tiene sus recursos, a pesar de tener cinco años, ha intentado negociar, admitámoslo. Pero ambos sabemos que después de lo que viviste hoy, el trato que te ofrecen no es uno conveniente para ti. Y lo bueno es que su padre lo sabe y lo entiende, así que nadie te dirá nada por negarte. Acaba con esto cuanto antes y así podremos volver a casa... bueno, tú podrás volver a casa, después de todo, vayas donde vayas, yo seguiré aquí, tampoco tengo otra elección. El albino se rascó un poco la barbilla y entornó la mirada, como si mostrase interés por la oferta. Miró un momento a la pequeña. Esta tenía los ojos llenos de ilusión, tanto que saltaba emocionada, segura de que él aceptaría.

― ¿A cambio de pan? ―reiteró.

― Sí. ―dijo Joe.

― ¿El que sea?

― Eh... Sí, por supuesto. ―respondió algo extrañado por las preguntas, pues ni consideraba que estas tuviesen lugar en la conversación.

Kleyn, no juegues. Estás jugando con las ilusiones de una pequeña y también con mis sentimientos.

― Bueno, por el estómago es por donde se me conquista, y, además, tengo muchos años para seguir haciendo mis cosas. Así que... ―Deja ya la broma― acepto el trato.

El rostro de los padres de Loretta fue de incredulidad total, mientras que el de ella fue de triunfo y alegría. Corrió hacia Kleyn y le dio un abrazo en la pierna. Luego alzó la cabeza sin dejar de abrazarlo y clavó sus ojos en él. Este le devolvió la mirada.

― Nos veremos mañana. ―aseguró la pequeña.

Kleyn sonrió.

― Nos veremos mañana.

Los padres dijeron que no hacía falta seguirle el juego a la pequeña, pero este les había asegurado que no era así, sino que su palabra era verdadera. Se despidieron y Kleyn volvió a su guarida. ¿Por qué aceptaste un trato como ese? ¿Acaso te encariñaste de esa pequeña niña humana? Kleyn soltó una enorme carcajada cuando escuchó esas preguntas.

― ¿Bromeas? Este es el mejor pan del mundo, y solo tengo que ocuparme de esa pequeña para conseguirlo. ―Pero, ya has visto de lo que es capaz― Eso es porque la conocí por primera vez hoy. Mañana será distinto, no podrá conmigo. ―No sé por qué, pero creo que a partir de mañana comenzará una etapa de sufrimiento y agonía en tu vida.

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