
III
Recorro la clase con la vista mientras voy explicando los fundamentos ideológicos y sociales del régimen franquista en España desde 1939 hasta 1975. De vez en cuando puntualizo un hecho importando de la presentación que proyecté en la pizarra y voy mirando si los alumnos me están prestando atención, hasta que mi vista recae sobre ti.
Estás sentado y encorvado en el pupitre. Parece que estás anotando algo en tu cuaderno, pero sé perfectamente que tan solo lo estás rayando con monigotes nada artísticos. Ni te molestas en fingir estar escuchando lo que estoy diciendo. No dejas de mover el boli sobre las hojas y el sonido hace eco en mis oídos. Sé que estás al límite, veo tu pierna moverse sin cesar y como tensas la mandíbula.
Pienso y agradezco que no estéis en la misma clase, porque lo conoces, claro que lo conoces. Vivís en la misma calle desde hace tantos años que ni recuerdas el número exacto, te topas con él a diario y sus padres son íntimos amigos de los tuyos, pues al fin y al cabo vuestros orígenes son del mismo país del este de Europa. Físicamente es mucho más alto que tú, de constitución fuerte debido al tiempo excesivo que pasa levantando pesas en el gimnasio, amable, muy atractivo y de currículum perfecto. Es aquél chico que siempre es el centro de atención sin ni siquiera intentarlo, al que todos admiran... y el ex de ella.
Recuerdas todas las veces que sentiste celos de él, antes e incluso después de comenzar una relación con ella. Te acuerdas de todas aquellos momentos en los que sentías que su presencia pululaba encima de vuestras cabezas, las ocasiones en las que ella te contaba sus vivencias con él y cómo te enfermaba ver el brillo de melancolía en su mirada. Rememoras las veces que le decías sobre tu temor y como ella te tranquilizaba con besos dulces, miradas cálidas y palabras dichas con una entonación casi sabia.
Incluso ahora mismo, con la ira y decepción recorriendo tu interior, recuerdas su expresión segura y apacible al asegurarte que todo aquello se quedó atrás y que las únicas migajas que quedaban de aquellos días era una amistad.
Te lo estuve advirtiendo, tú mismo lo notaste.
¿Por qué fingir no darte cuenta de nada? ¿Por qué aceptar las migajas de otros? Debiste afrontar la realidad cuanto antes y aceptar que ella nunca sintió lo mismo por ti, porque percibes mucho más de lo que denotas y expresas, corazón, pero fuiste iluso y creíste que cerrando los ojos y mirando a otro lado desaparecerían los problemas, cuando en realidad aquello terminó de firmar tu sentencia.
Para cuando suena el último timbre indicando el final de las clases tus manos tiemblan y el nudo en tu garganta se niega en rotundo salir. Tus compañeros de clase recogen y van saliendo uno a uno. Yo me voy despidiendo a la vez de ellos, sin embargo, mi atención se centra en ti. Tus movimientos son lentos y vagos, pasas por mi lado sin ni siquiera alzar la mirada.
Tan solo quieres irte, encerrarte en tu cuarto y pensar en qué hiciste mal, porque te echas demasiado la culpa, porque te sientes como un imbécil en la deriva de un acantilado esperando ilusamente que alguien te salve y te convenza de no saltar y porque sufres demasiado.
Por eso corres por los pasillos hacia la salida, esquivando a la multitud que se formó, pues realmente no quieres tener que soportar más miradas extrañas. Pero ya lejos del instituto, en la acera, andas despacio con la cabeza gacha y la vista fijada en tus botas de piel negra y cordones ámbar. El sonido de la melodioso voz de tu cantante favorita retumba en tu oído. Esta vez canta sobre el sufrimiento en soledad , sobre palabras que no se llegaron a decir y ahogarse en el propio dolor. Te sientes exhausto y abatido, pero te gusta, porque te ayuda a hundirte en tu propia miseria.
Tarareas la melodía que suena, pues siempre tuviste un talento innato con la voz, aunque solo la ducha y tu cuarto son testigos de ello. Suspiras y por primera vez en el día dejas de pensar en toda la mierda que te rodea y te sumerges en los versos melancólicos que tantas emociones te trasporta.
Y tan ensimismado estás que cuando llegas al portal de tu edificio y la vez al lado del telefonillo te quedas estático sin creer lo que tus ojos ven.
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