El doctor Caws se pasó el camino diciéndole palabras de ánimo y ella lo agradeció. Esperaba con toda su alma que fueran buenas noticias, pero habían sido demasiadas las veces en las que esperaba algo positivo que nunca llegaba. Volvió a analizar el mensaje de su padre pero era demasiado neutro y no pudo sacar ninguna conclusión. La ausencia de tráfico les permitió llegar en poco más de media hora.
—No hace falta que me dejes en casa. —Lyeen no quería que nadie de la peluquería los viera, no por vergüenza, sino porque no quería soportar todo el interrogatorio que le harían seguro: «¿Quién es el chico, Lyeen?» «¿Es tu novio, Lyeen?» «¿Ya se lo has presentado a tus padres, Lyeen?» meneó la cabeza para alejar las voces de las mujeres—. Puedes dejarme aquí mismo.
—Está bien. —Elliot estacionó a dos calles—. Bueno... tranquila, ¿de acuerdo?
—Ella resopló—. Lyeen, mírame. Cuando sepas algo, ¿me llamarás?
—Claro.
Luego se quedó tiesa sin saber qué hacer. «¿Debería esperar a que me bese?» Desde esa noche, Elliot había evitado acercarse a ella y se sentía confundida. Alguien golpeó el cristal de su ventana y Lyeen dio un salto en el asiento. Cuando se giró, se encontró con su amiga Valeria que saludaba feliz con la mano. Bajó la ventanilla y el frío primaveral entró.
—¡Hola! —Valeria miró al doctor Caws con una enorme sonrisa—. Yo soy Valeria, la amiga de Lyeen.
—Encantado, yo soy...
—Elliot, ¿verdad? —Su amiga salió disparada al otro lado del coche, por lo que abrió también su ventanilla—. Lyeen me ha hablado de ti.
—Val. —Lyeen abrió la puerta—. ¿Podemos hablar?
—¡Claro! Espero que nos veamos pronto, doctor Caws. —dijo ella sin dejar de sonreír.
—Enseguida vuelvo... bueno, si tienes prisa... —Lyeen quería besar al doctor antes de que se fuera y rezó para que le dijera que podía esperar.
—Puedo esperar, no hay problema.
Salió con celeridad y asió a su amiga para apartarla a una distancia segura de oídos no deseados.
—¿Qué haces aquí?
—Pues voy a la pelu, la señora Fernández quiere que le haga las uñas. Es muy guapo. —Miró en dirección al doctor sin disimulo por lo que Lyeen la cogió de las mejillas para que no mirara—. ¡Au! —Se frotó la cara—. Anda cuenta, ¿qué pasó anoche...?
—Te lo contaré luego, te lo prometo. Ahora por favor, dime que tu madre y la mia no han hablado de lo de anoche.
—¡Claro que no! Convencí a mi madre para que pasara la noche en casa de su novio, así que estuvimos solas. Todo controlado, soy un as...
—Está bien. Gracias por cubrirme. —Miró de nuevo en dirección al doctor—. Dios...
—¿Qué pasa? —le preguntó su amiga.
—No sé si debería de esperar un beso...
—Lyeen. —Valeria la sostuvo por los hombros para que la mirara—. Un beso nunca se espera. No estés nerviosa, todo irá bien, ¿vale?
—Gracias, Val.
Se despidieron y Lyeen entró de nuevo en el coche. No tenía ningún pretexto más que besarlo y eso la hacía estar más nerviosa. Pero entonces pensó en las palabras de su amiga «Un beso no se espera...». Miró a Elliot y se acercó a él, absorbiendo todo el coraje que le fue posible. Asió su barbilla y simplemente lo besó. Se sintió de nuevo en una nube, con el sonido de piano y todos colores. Elliot acunó su rostro y le devolvió el beso con más pasión. «Un beso no se espera, se da», pensó. Cuando se apartó vio que él sonreía y se sintió aliviada.
Después de que él se marchara, anduvo hasta su casa y entró por la puerta principal, porque no quería perder el tiempo con las clientas. Necesitaba saber que le había dicho el médico a su madre. Cuando entró, se encontró a sus padres en el salón, entre risas y canciones.
—Lyeen, ¿qué haces aquí? Creía que llegarías a la hora de comer —dijo Carmen.
—No he podido esperar. —Los miró un rato—. ¿Son buenas noticias?
Ambos asintieron sin dejar de sonreír.
—He ganado la batalla, bichito. —Lyeen se acercó y su madre sostuvo su cara con intensidad—. He ganado la batalla —le dijo más lenta y segura.
Una lágrima le cayó y se hundió en los brazos de su madre. Roberto se unió también. «No puede creer que sea verdad, estará bien, mamá estará bien».
—¿Por qué no me lo dijiste por mensaje? —Se apartó limpiándose las lágrimas—. Me habéis hecho sufrir mucho...
—Las buenas noticias también deben darse en persona —dijo su padre—. No nos hubiéramos perdido tu cara de felicidad por nada del mundo.
Sus padres le pidieron que no dijera nada a nadie, que a Cristina y a Trevor se lo harían saber ese mismo dia a la hora de comer; para el resto, querían organizar una fiesta y anunciarlo.
—Bajaré para ver si Cristina necesita ayuda...
—¿Por qué no descansas? —le propuso su madre— Tienes cara de haber dormido poco..
—Es cierto —dijo su padre—. ¿Valeria no te dejó dormir?
—¿Valeria? —Recordó los besos de Elliot en la oscuridad y se sintió confundida—. Oh, sí Val, ya sabéis como es...
Agradeció que la dejaran descansar hasta la tarde. Se tumbó en la cama feliz por su madre. Acto seguido cogió el teléfono para contárselo a Elliot, pero él no contestó. Cerró los ojos y inevitablemente se quedó dormida.
Los gritos de júbilo de su familia la despertaron aún con el teléfono en la mano. Vio que Elliot le había llamado, intentó devolver la llamada, pero no hubo respuesta. Lyeen colgó y dejó caer el aparato sobre la cama. Se moría de ganas de contárselo, de hablar con él y parecía que el destino no se lo permitiera.
Carmen y Roberto explicaron que el cáncer había remitido, pero necesitaba unos meses más de reposo y controles mensuales, por lo que la guerra aún seguía en pie. Aún así, la comida con la familia fue más alborotada de lo habitual. «Nos volvemos a reír como antes», pensó Lyeen mirando a su sobrino que explicaba cosas sobre un nuevo videojuego.
—Fue épico —dijo Carlos abriendo los brazos exageradamente—. Conseguí todos los tesoros.
—Carlos. —Roberto se giró para mirar a su nieto—. Te prometo que no he entendido nada de lo que has dicho.
—Abu, es el juego de moda —contestó Rosa seria. Tanto que no pudieron evitar reírse— . ¿Qué? —preguntó la niña mirando de un lado a otro.
Cuando terminaron, Cristina, los hijos de ésta y Trevor se marcharon, y Lyeen aprovechó para hablar a solas con su padre.
—Papá, ¿tienes un momento?
—Claro, mi niña.
—Es sobre las deudas...
—Por eso no te preocupes, no es nada.
—Vi las cartas. —Lyeen supo de la situación crítica por casualidad—. No entiendo porque no aceptas mis cheques.
—Lyeen. —Su padre la asió por los hombros—. Tú tienes que preocuparte por ti, en disfrutar de tu juventud.
Resopló molesta porque su padre fuera tan testarudo. «Seguro que no lo sabe nadie, ni siquiera mamá». Su padre siempre hacía lo mismo, no quería preocupar a los demás y se lo guardaba todo para él.
—Papá, no quiero que vendáis la peluquería.
—Lyeen. —Vio un vapor grisáceo salir de su padre, por lo que supo que la situación era peor—. No te preocupes por eso. Venga ve, que son las tres y toca abrir. Yo haré la maleta, que salgo esta noche.
—Papá...
—Venga. —Le besó en la frente—. Cuida de todos por mí, como siempre.
Ella asintió y vio como su padre entró en la habitación. Pensó en la manera de ayudar sin que se diera cuenta, y como un rayo, se le ocurrió una forma.
Pasó el resto de la tarde bastante tranquila, sólo recibió a cuatro clientes. A las cuatro llegó Trevor del instituto.
—Trevor, qué hermoso —dijo la señora Benita levantando la cabeza del lavadero—. Ven acá a darme un beso. —Éste suspiró y se acercó con pasos cansados—. Estás muy mayor —Apretó su cara—. Ya, ten cuidado, ¿eh?
Su hermano se apartó como pudo.
—Dejo esto y me piro —le dijo a Lyeen—. He quedado.
—Recuerda que te toca limpiar la casa. —Le añadió una mascarilla de coco al cabello rubio—. Así que no llegues tarde.
—Qué sí, pesada —dijo antes de desaparecer por las escaleras.
Lyeen vio que la señora López la escudriñó con la mirada. «Incluso se ha molestado en levantar la vista de la revista», pensó para luego regalarle una sonrisa hipócrita.
Cuando cerró las persianas ya era casi de noche y Lyeen se aseguró que no hubiera nadie cerca. Vació la caja y al hacer las cuentas, añadió más dinero. Luego escribió en la agenda los nombres de unas chicas inventadas. Sin ser consciente escribió los siguientes nombres: Stacey, Brittany, Lola, Helen y Kim. Cuando se dio cuenta, parpadeó nerviosa y resopló. «No debo olvidarlos». Lyeen sonrió al darse cuenta de que recordar sus nombres la ayudaba a olvidarse de Tyler.
Subió a casa y se encontró con todo patas arriba. Miró en la habitación de Trevor, pero no había rastro de él. Lyeen se apoyó en la pared frustrada, porque ahora le tocaría a ella limpiar y también hacer la cena. Odió a su hermano por ser tan irresponsable.
Lyeen se dejó caer en su cama a las diez exactas. Al hacerlo se topó con su teléfono, que había dejado olvidado hacía horas. Dio un salto y vio las llamadas de Elliot y un solo mensaje de hacía diez minutos exactos. Soltó el teléfono, se puso el abrigo y salió con sigilo de casa.
Al pisar la calle, notó que la noche era fresca y agradable, y las notas empezaron a sonar. Vio a Elliot apoyado en su coche con la mirada fija en su teléfono.
—Elliot. —Saboreó la menta—. Estás aquí.
—¿Estás bien? —Se acercó a ella—. No contestabas a las llamadas.
—Has venido hasta aquí... —Lyeen no pudo evitar sonreír.
—No sabía nada de ti. —Se encogió de hombros—. No sabía qué hacer. ¿Tu madre...?
—Está bien. —Se acercó a Elliot y puso las manos en su nuca—. No tenías porqué venir.
Elliot la miró a los ojos, y los destellos que salieron de él, la llevaron de ida y vuelta al espacio. Ella lo besó, y el sabor de sus labios le hizo pensar en todas las flores que saldrían durante la primavera.
***
¡Hola a todo el mundo! Como siempre gracias por leer, espero que mi capítulo te haya alegrado el día :)
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