
¡¿Qué?!
Esteban y yo pasamos toda la noche juntos, prescindiendo de todo. Disfruté tanto de su compañía que, cuando llegó la hora de regresar a casa, armé el plan perfecto con una excusa convincente para mantenerlo junto a mí por más tiempo. Le insistí a Nick que llevara a Rocío a la mansión, para que así mi hermanastro se viera obligado a llevarme con él y su acompañante. A pesar de que Esteban no demostrara cierto tipo de incomodidad y la chica no mostrara rastro de aversión, de ninguna manera quería que Ainhoa fuera sola con él. Me adelanté y tomé el asiento del copiloto antes que ella pudiera hacerlo. Aunque fuera un infantil y descontrolado impulso con el afán de marcar territorio, y ninguno de los dos demostrara interés al respecto, era algo que sentía la necesidad de hacer. Tras dejar a Ainhoa en su casa, quien conversó con ambos como si hubiera olvidado completamente el roce que ambas tuvimos hace más de dos meses, y regresamos a casa.
—La pasé genial. Gracias por animar la fiesta —manifesté, estando cada uno frente a su habitación.
—No es nada, yo también la pasé muy bien.
No dedicamos una sonrisa, parados frente a frente.
—No olvides quitarte el maquillaje —recordé.
—Lo había olvidado, gracias.
Por alguna razón, ninguno de los dos se movió. Era como si tuviéramos algo importante que decirnos y lo estuviéramos posponiéndolo por no ser el momento adecuado. O, quizás, simplemente nos agradaba la idea de observarnos sin razón.
—Bueno. Que descanses —dijo.
—Buenas noches.
Sin más, cada uno entró a su habitación. Mientras me desengalanaba, no podía dejar de recapitular todo lo que había pasado, sin dejar de sonreír. Cada detalle del rostro de Esteban, su sonrisa, sus ojos, el sonido de su voz, sus tan expresivas cejas y cada ínfimo movimiento de sus manos junto a las mías, navegaban por mi cabeza libremente. Sin embargo, la razón no tardó en venir a calmar las ansias y desmantelar el escenario de ensueño para poner los puntos sobre las íes. Acostada sobre la cama en un intento de dormir, mi mente comenzó a entretenerse con unir los puntos que, desde el inicio, parecían no tener ninguna relación. Como un detective investigando un asesinato, indagué en el origen de cada sentimiento y proceder para descifrar una palabra que definiera mejor mi arrebatada actitud y mi extraña mezcla de emociones. Pero, mientras más pensaba, con la intención de llegar a una respuesta certera, menos conseguía entender lo que ocurría. Finalmente, todo convergía en una sola atemorizante, lógica e intrigante palabra: amor. No había otro término que encajara mejor con mi imposibilidad de expresar o describir mis sentimientos y, al mismo tiempo, ser tan adecuada. Me dije que quizás el amor era algo que no necesitaba entenderse, sino sentirse. Por lo menos, esa era la mejor explicación a mi trastornada situación. Sabiendo que no podría conciliar el sueño hasta desahogarme y llegar a una conclusión satisfactoria, me reincorporé violentamente, tomé el móvil y le marqué a Nick.
—¿Aló? —atendió con una voz ronca.
—Lamento despertarte a estas horas, pero es urgente.
—¿Qué ocurre?
—Creo que estoy enamorada de Esteban.
—Madre mía, menuda noticia. Déjame lavarme el rostro para despertarme un poco, que sino no proceso nada.
Ansiosa, esperé a que mi amigo se desperezara.
—Listo. ¿Qué te hace pensar que estás enamorada?
Exhalé pesadamente.
—No lo sé... Al verlo con Ainhoa se me removía todo por dentro; la quería lejos de Esteban. No quería que ella lo tuviera, no quería que nadie más lo tuviera. Lo quería solo para mí para siempre. Quería que todo volviera a ser como en Illán de Vacas: solo él y yo. Que él me contara solo a mí todo sobre él, desde lo más insignificante hasta lo más importante.
—Vale, si dejamos de lado que eso es muy egoísta, tal vez solo sentiste y pensaste todo eso porque extrañas todo lo que pasó en Illán de Vacas. No necesariamente significa que lo ames como un novio. Puede ser que lo quieras como un hermano.
—No. Cuando subimos al altar me alegró que formara parte de mi familia, pero nunca lo he visto como un hermano.
—Nunca has tenido hermanos para saberlo.
—No lo percibo como el típico hermano que molesta a su hermana o todo ese tipo de cosas.
—¿Has pensado en besarlo o algo así?
—No, lo que siento por él va más allá de todo eso. Es algo que no consigo describir.
—Vale, supongamos que no lo quieres como un hermano. Tal vez lo quieras como amigo.
—Tú eres mi amigo, y no siento lo mismo por ti que por él. Esteban me ha hecho sentir cosas que tú nunca harías. Sin ofender.
Suspiró, abrumado.
—No sé qué decirte; a veces nos tomamos las cosas demasiado personales o vemos castillos en el aire donde solo hay hechos.
—¿Crees que él sienta lo mismo? ¿Qué crees que piense de mí?
Rio ligeramente.
—Olvídalo, sí que estás que enamorada.
—¿Qué?
—Además de tu padre, nunca te ha importado lo que los demás piensen de ti, ni siquiera yo. Pero te preocupa demasiado lo que Esteban piense de ti, y puedo apostar a que esas preguntas nunca se las has hecho a nadie, ni siquiera a ti misma.
—¿Qué hago?
—Hablar con él.
—Claro que no.
—Por favor, Adela, te creí alguien que no se anda con rodeos y menos dramática que las típicas historias de amor que todo lo complican. Los problemas y malentendidos surgen porque la gente no habla claro y directo. Se guardan las cosas creyendo que todo va a pasar o temiendo lo peor, hasta que se dan cuenta que lo perdieron todo, y fue una estupidez no haberlo hecho. Hablándole, tal vez logres tener una mejor idea de lo que sientes por él y sepas, de una vez por todas, lo que él siente por ti. Así que ve y hazlo, y luego me dices si tengo que esperarte con una caja de pañuelos o con una tetera llena de té para conocer los detalles.
—¿Qué se supone que le diga?
—Lo que me dijiste a mí, así de simple.
—Vale, iré ahora mismo —dije, poniéndome de pie decididamente.
—No, Adela —me detuvo—. Tenle un poco de piedad al chico, son las cuatro de la mañana. Si yo apenas pude digerir esto, no me quiero imaginar lo que le costará a él. Espera hasta más tarde.
—Sí, tienes razón —admití, dejándome caer de regreso sobre la cama.
—Duérmete, así pensarás mejor lo que le dirás. Eso, si puedes dormir.
—Vale. Te llamo mañana.
—Buenas noches.
Obedientemente, me acosté y cerré los ojos. Me costó trabajo desentenderme del tema. No sabía si describirlo como emoción o ansia, pero mi estado de ánimo podía compararse con la noche anterior a un viaje importante o al primer día de instituto. Sin embargo, el cansancio fue más persistente que mis ganas de quedarme en vela, y me sumí en un profundo sueño que no terminó hasta las diez de la mañana. Tras recobrar la conciencia y recibir la tenue luz del día sobre los ojos, me levanté de golpe para prepararme y salir a resolver mis inquietudes. Me planté frente a la puerta de mi vecino de pasillo, respiré profundamente y toqué. No sé si mi nerviosismo estaba jugando en mi contra o si Esteban seguía profundamente dormido, pero había pasado más de un minuto sin respuesta ni algún indicio de movimiento dentro de la habitación. Volví a tocar y esta vez lo llamé, obteniendo el mismo resultado. Así que opté por tocar una tercera vez, llamarlo y abrir la puerta a medias. Una vez más sin respuesta, me animé a abrirla en su totalidad y entrar cautelosamente. No había nadie, y marcarle no era una opción, ya que había dejado su móvil. «Son las diez de la mañana; seguramente estará desayunando». Rodé los ojos por mi propia estupidez y, velozmente, me dirigí hacia el comedor. La familia Jiménez, la Muñoz y mi tío desayunaban despreocupadamente, pero no había rastros de Esteban.
—Buenos días —saludé.
—Buenos días —respondieron casi al unísono.
—¿Habéis visto a Esteban?
—No ha pasado por aquí —respondió uno de los tíos.
—Estará durmiendo todavía —agregó la abuela.
—Gracias.
Volví al recibidor. «¿En dónde podrías estar?»
—Buenos días —deseó mi padre desde el primer piso mientras bajaba a mi encuentro.
—Buenos días. ¿Has visto a Esteban? No lo encuentro por ninguna parte y necesito hablar con él.
Una vez frente a mí, encogió los labios y colocó su mano sobre mi hombro.
—Se ha ido hoy por la mañana.
—¡¿Qué?!
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Nota del autor:
Si han llegado hasta aquí, quiero agradecerles por haberse tomado la molestia de leer esta historia que significa mucho para mí. Espero que la hayan disfrutado tanto como yo al escribirla. Queridos lectores... Esta no es más que la primera parte de la historia y el inicio de un nuevo comienzo para Adela. Sin embargo, no publicaré la segunda hasta que esta primera tenga bastantes lecturas. Así sabré que hay mucha gente interesada y que entonces vale la pena publicarla por este medio. Les agradeceré su paciencia ya que "¡Tu estúpido rostro!" seguirá en proceso de edición. Me encantaría conocer sus teorías acerca de lo que pasará a continuación. Sin más, les dejo la canción que inspiró esta obra como transición entre esta primera parte y la segunda.
¡Saludos y un gran abrazo!
PD: La canción tiene pistas de la segunda parte.
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