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Capítulo 33.

Después del concierto y una tranquila caminata por la playa, finalmente regresamos al hotel. Aún llevaba la sensación de la arena en mis pies, y el sonido de las olas seguía resonando en mi mente, como un eco lejano. Estaba agotado, tanto física como emocionalmente. Cada vez que Jae-min y yo pasábamos tiempo juntos, era como si mi cuerpo se relajara de una forma diferente, pero mi mente no dejaba de pensar en él, en nosotros.

Tan pronto como llegamos a la habitación, no dudé en quitarme los zapatos y lanzarme a la cama. El colchón era suave, y la sensación de hundirme en él me hizo suspirar. A un lado, Jae-min hacía lo mismo, aunque con su habitual despreocupación. Podía sentir su mirada en mí mientras yo me hundía más en las sábanas.

—Estás agotado —comentó, su voz cargada de una mezcla de broma y preocupación.

—No tanto como tú después de ese concierto —respondí, manteniendo los ojos cerrados.

Dejé escapar una pequeña risa, pero no le di más importancia. A veces, estar con Jae-min era así. No necesitábamos hablar todo el tiempo. Su sola presencia era suficiente para que me sintiera cómodo. Pero ese confort pronto cambió cuando sentí algo diferente.

Un suave contacto recorrió mi pecho, trazando un camino lento y deliberado a través de mi camisa. El calor de sus dedos se extendía por mi piel, trazando un rastro que me ponía alerta, despertando algo más profundo que el cansancio. Abrí los ojos, pero no hice ningún movimiento. Me quedé inmóvil, esperando. Conociéndolo, sabía que él siempre encontraba una manera de llevar las cosas a su ritmo, y aunque ya debería estar acostumbrado, cada vez que lo hacía me tomaba por sorpresa.

— Jae-min...— murmuré su nombre, pero no tenía intención de detenerlo. Ni siquiera estaba seguro de si quería que lo hiciera. Mi voz sonaba más como una invitación que otra cosa.

Jae-min no respondió, al menos no con palabras. En su lugar, sus manos se movieron con más confianza, bajando lentamente hasta el borde de mis pantalones. Sentí su respiración un poco más pesada mientras me desabrochaba el pantalón y bajaba el cierre y, con un tirón decidido, me bajó los pantalones sin esfuerzo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al notar el aire frío en contraste con su toque cálido. Mi mente se nubló, y todo lo que podía sentir era su presencia, su cercanía, el deseo que flotaba en el aire entre nosotros.

Sus manos me envolvieron con precisión, su toque seguro y experto, haciéndome arquear la espalda y soltar un suspiro involuntario. Cerré los ojos, dejándome llevar por la intensidad de la sensación. Cada movimiento suyo era una descarga que recorría mi cuerpo. El cansancio se desvaneció, reemplazado por una oleada de placer que se acumulaba, lenta pero incesante.

Mi respiración se aceleraba, el ritmo de sus movimientos me llevaba más y más cerca del borde. Traté de mantenerme en silencio, pero era inútil. Jae-min sabía exactamente lo que hacía, cómo hacerme perder el control por completo. No tardé mucho en llegar al clímax, soltando un gemido ahogado mientras me derrumbaba sobre la cama, agotado pero satisfecho. El sudor cubría mi frente, y mientras intentaba recuperar el aliento, sentí el calor persistente del cuerpo de Jae-min a mi lado.

Pero no había terminado. Cuando abrí los ojos, lo vi sentado en la orilla de la cama, mientras me miraba con una sonrisa ladeada, una mezcla de diversión y deseo. Y entonces noté la evidente rigidez en su entrepierna, que no había pasado desapercibida para mí.

— Encárgate de esto— dijo en un tono bajo y autoritario, mientras se quitaba el cinturón con un solo movimiento fluido. Me quedé un segundo mirándolo, el eco de sus palabras resonando en mi cabeza, el peso de su orden haciéndome estremecer.

Me levanté lentamente de la cama, sin decir una palabra. Lo conocía lo suficiente para saber cuándo quería que yo tomara el control, aunque fuera bajo sus términos. Con cuidado, me acerqué frente a él y me arrodillé entre sus piernas, desabrochando su pantalón y liberando lo que había estado esperando atención desde hacía rato. Jae-min dejó escapar un suspiro profundo cuando mis dedos lo rozaron, su mirada fija en mí mientras yo me inclinaba hacia adelante.

Mis labios lo rodearon con cuidado al principio, pero pronto mis movimientos se volvieron más seguros. Jae-min dejó caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, su pecho subiendo y bajando con el ritmo de su respiración acelerada. Sus manos se enredaron en mi cabello, guiándome, y yo seguí su dirección, sabiendo que lo estaba llevando al límite.

Su cuerpo se tensó, y lo sentí estremecerse, alcanzando el punto de no retorno. Finalmente, con un gruñido bajo y gutural, llegó al clímax, sus manos aferrándose a mi cabello como si intentara anclarse en el momento. Cuando todo terminó, se desplomó hacia atrás, respirando con dificultad, mientras yo me fui al baño a limpiarme discretamente y poniéndome el pijama, luego fue Jae-min al baño e hizo lo mismo. Cuando volvió, se acomodó al lado mío en la cama.

Nos quedamos tumbados durante varios minutos, respirando lentamente, dejando que nuestros cuerpos se recuperaran. No había necesidad de hablar, pero eventualmente, la tranquilidad fue reemplazada por la necesidad de compartir algo más que el momento físico.

—Jeju... —dije, rompiendo el silencio—. Fue un buen viaje, ¿no crees?

Jae-min abrió un ojo y me miró, su expresión relajada.

—¿"Buen"? —repitió, fingiendo incredulidad—. Fue uno de los mejores viajes que hemos hecho.

Sonreí, recordando cada detalle: las playas, las largas caminatas, las noches bajo las estrellas. Todo en Jeju había sido perfecto.

—Deberíamos volver —comenté, mirando al techo—. Tal vez para nuestro aniversario.

Jae-min se rio suavemente.

—¿Nuestro aniversario? Falta mucho para eso —dijo, girándose hacia mí—. Pero sí, me gusta la idea. Jeju fue... especial.

Asentí, sintiéndome cálido por dentro. Jae-min no era del tipo que planeaba cosas a largo plazo, pero el hecho de que estuviera dispuesto a considerar regresar para nuestro aniversario me hacía sentir que estábamos en el mismo lugar, en la misma sintonía.

Después de un rato, el sueño comenzó a ganarnos. Cerré los ojos, sintiendo a Jae-min a mi lado, su respiración cada vez más lenta mientras ambos caíamos en un sueño tranquilo, llenos de satisfacción y promesas implícitas sobre el futuro.

La mañana en Busan comenzó con una tranquilidad extraña. El bullicio del concierto de la noche anterior ya era un eco lejano, y el tiempo que pasamos en la playa me dejó una sensación de paz que hacía mucho no experimentaba. Jae-min y yo habíamos regresado al hotel más tarde de lo planeado, agotados pero con un resto de energía, todavía flotando en la atmósfera cálida de la noche.

Ahora, con el sol brillando suavemente por la ventana, estábamos listos para aprovechar el día. Me encontraba sentado al borde de la cama, ajustándome los cordones de los zapatos mientras Jae-min se preparaba. Siempre le tomaba un poco más de tiempo entre levantarse, elegir su ropa y asegurarse de que su gorra y gafas de sol estuvieran en su lugar. Últimamente, ser reconocido en público era algo con lo que tenía que lidiar cada vez más, y aunque no solía importarle, prefería pasar desapercibido cuando podíamos disfrutar de un día relajado.

—¿Estás listo? —pregunté mientras lo veía poniéndose sus gafas de sol y mirándose en el espejo.

—Me termino de colocar los piercings en las orejas y nos vamos —respondió, sonriendo al verme por el reflejo. Sus piercings y aros se los quitaba o cambiaba, pero ya eran parte de él.

Cuando salimos, Jae-min señaló una pequeña tienda de postres mientras caminábamos que parecía los restos de una piñata. Los colores pasteles en la fachada y las vitrinas llenas de dulces tradicionales me recordaron a las tiendas que solíamos visitar cuando éramos niños.

—Vamos por algo dulce —sugirió Jae-min, ajustándose la gorra y las gafas.

Entramos en la tienda y el aroma de los pasteles recién horneados nos envolvió de inmediato. Jae-min se acercó al mostrador, sonriendo como un niño frente a una confitería. Sabía que, aunque su imagen pública siempre lo mostraba como un artista serio y concentrado, tenía una debilidad enorme por los postres.

—Mira eso —dijo, señalando una bandeja llena de dulces y postres que parecían tan perfectos que casi daba pena comerlos—. ¿Cuánto crees que podríamos llevar sin que sea demasiado?

—Conociéndote, podrías llevarte media tienda y no te bastaría —respondí, riendo.

Jae-min al parecer no escuchó lo que dije y fue directo a comprar los postres que más le gustaban. Yo fui a sentarme en una mesa mientras él esperaba que le sirvieran los dulces que había escogido. A mí me pidió un pudín de leche con forma de conejo, sinceramente me daba una pena comerlo.

Después de ver a Jae-min devorar sus postres y la mitad de mi pudín de leche que no resistió, nos quedamos un rato más en la mesa, pidiendo otros dulces para llevarlos, observando cómo la vida de Busan seguía su ritmo. A pesar de las gafas de sol y la gorra, Jae-min seguía llamando la atención de algunas personas, pero la mayoría respetaba su espacio. Era uno de esos momentos tranquilos en los que no teníamos prisa por nada, simplemente disfrutábamos de la compañía del otro.

—¿A dónde vamos ahora? —pregunté, apoyando los codos en la mesa y mirando a Jae-min mientras terminaba su último bocado.

Él sonrió, limpiándose los labios con una servilleta.

—Pensaba que podríamos ir a Bosudong Book Street. Dijiste que querías conocer ese lugar hace unos días, y yo quiero verte disfrutar un poco. Tal vez encuentres algo interesante.

La idea me emocionó más de lo que esperaba. Bosudong Book Street siempre había sido uno de mis lugares soñados. La atmósfera de las calles llenas de libros antiguos y nuevos, las estanterías apiladas hasta el techo, y la posibilidad de perderme entre páginas de historias desconocidas... Era mi tipo de aventura.

—¡Sí, vamos! —respondí, sintiendo una oleada de entusiasmo. Salimos de la tienda para dirigirnos a Bosudong, cargados con una caja de delicias dulces. Jae-min sonreía como un niño, y no pude evitar reírme de lo feliz que se veía con su caja de postres en la mano. Aunque normalmente era alguien que sabía controlar sus emociones, siempre tenía una debilidad cuando se trataba de comida. Y bueno, ¿quién era yo para negarle eso?

—No puedo esperar a probar todo esto —dijo Jae-min mientras ajustaba la caja de dulces que llevaba en la otra mano para tomar la mía—. Vamos a tener que hacer un maratón de postres esta noche.

—¿Esta noche? —repliqué, riendo—. Conociéndote, te vas a comer al menos la mitad antes de que lleguemos al hotel.

Jae-min me miró, fingiendo estar ofendido.

—¿Es una apuesta? —preguntó, levantando una ceja desafiante.

—No te subestimo —respondí—. Ya sé cómo eres con el azúcar.

Caminamos juntos por la calle, disfrutando del ambiente relajado de Busan y el tiempo que estábamos pasando juntos.

Finalmente, llegamos a Bosudong Book Street, y la escena ante mis ojos me dejó sin aliento. Estanterías llenas de libros se extendían a lo largo de la calle, formando un laberinto de conocimiento y aventuras. Los letreros de las tiendas colgaban en las fachadas antiguas, dándole un aire nostálgico y acogedor al lugar. Decenas de librerías, grandes y pequeñas, mostraban sus títulos en los escaparates, invitando a los curiosos a perderse entre sus páginas.

—Wow... —susurré, deteniéndome un segundo para absorber todo lo que estaba viendo.

—Te lo dije, es como un paraíso para los que son como tú—dijo Jae-min, sonriendo al ver mi reacción.

Caminamos entre las tiendas, entrando en cada una que capturaba nuestra atención. Algunas tenían libros antiguos con encuadernaciones gastadas, mientras que otras estaban llenas de títulos nuevos, recién traducidos o impresos. Me perdí en los estantes, buscando entre las páginas, hasta que algo llamó mi atención.

Era un pequeño rincón en una de las tiendas más antiguas. El cartel sobre la estantería decía "Traducciones raras", y allí, entre docenas de libros, encontré lo que había estado buscando durante meses. Un par de títulos que no había podido conseguir en su versión en coreano.

—No puede ser... —murmuré para mí mismo mientras sacaba uno de los libros de la estantería.

Era un libro de teoría arquitectónica que había querido leer desde hacía años, pero nunca había encontrado la traducción en coreano. Lo sostuve en mis manos, mirando la portada con una mezcla de asombro y alegría.

Jae-min se acercó, mirando el libro en mis manos.

Le mostré el libro, con una sonrisa de emoción que no podía ocultar.

—Este libro... lo he estado buscando durante tanto tiempo. Nunca había podido conseguir la traducción en coreano. Y mira, aquí está.

Jae-min me miró con una sonrisa amplia, claramente feliz de verme tan emocionado.

—Entonces definitivamente te lo llevas —dijo con una sonrisa—. Yo te lo regalo.

Lo miré, sorprendido.

—¿En serio? No es necesario que lo hagas Jae...

—Es un regalo —insistió él, dándome un suave empujón—. Te hace feliz, así que quiero que lo tengas. Además, es divertido verte tan emocionado por algo que no entiendo ni de cerca.

Sonreí, sintiendo una calidez especial al ver cuánto se preocupaba por mí. Jae-min siempre había sido así, detallista y atento. Sabía que, aunque no entendiera del todo mi pasión por los libros y el diseño, le encantaba verme feliz.

—Gracias —le dije en voz baja, genuinamente agradecido.

Mientras él pagaba, me di cuenta de lo afortunado que era, de tenerlo a mi lado, de cómo siempre encontraba la manera de hacerme sentir especial, incluso en los momentos más simples.

Jae-min también aprovechó para comprarse un par de libros de poesía. Mientras pagaba, me mostró las portadas con una sonrisa.

—Voy a necesitar algo de inspiración para las nuevas canciones —explicó—. La poesía siempre me ayuda a conectar con las emociones que intento plasmar en la música.

Seguimos recorriendo la calle, y Jae-min, con su habitual generosidad, no solo insistió en regalarme el libro que tanto quería, sino que también comenzó a buscar más cosas para mí en otros puestos. Encontró un par de novelas cortas que sabía que me interesarían por su descripción y una edición especial de un libro de arquitectura que ni siquiera sabía que existía.

—No puedo aceptar todo esto —dije, riendo nerviosamente cuando vi la pequeña pila de libros que cargaba Jae.

Jae-min se encogió de hombros.

—Claro que puedes. ¿Quién mejor para aprovechar esto que tú? Además, es solo una forma de decirte gracias por siempre apoyarme, en todo.

Mi corazón se calentó aún más. A pesar de todo su éxito y el brillo que rodeaba su vida, Jae-min nunca dejaba de ser esa persona generosa y atenta que conocí cuando éramos más jóvenes. Sabía que, para él, los gestos pequeños eran su manera de mostrarme lo importante que era para él, y aunque a veces me sentía abrumado por su generosidad, también sabía que lo hacía desde el corazón.

Salimos de las tiendas con bolsas llenas de libros, sintiéndonos como dos niños en una juguetería. Ya después de cargar con una considerable cantidad de libros y aparte, la caja de dulces medio vacía — Jae-min no se aguantó, justo como lo imaginé—, decidimos que era hora de irnos. Caminamos por las calles de Busan, el sol comenzando a ponerse en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosas.

—Me alegra que hayamos hecho esto —dije, girándome hacia él mientras caminábamos.

Jae-min sonrió, asintiendo con la cabeza.

—A mí también. Ver cómo te emocionas por los libros... vale la pena.

—Sabes —dije, mirando a Jae-min—, siempre me ha fascinado cómo, desde pequeños, teníamos gustos tan distintos. A ti te gustaban las lenguas y la música, mientras yo me inclinaba por las matemáticas y el diseño.

Jae-min rio y asintió.

—Sí, lo recuerdo bien. Mientras tú resolvías ecuaciones y diseñabas maquetas, yo estaba escribiendo letras de canciones y aprendiendo acordes en la guitarra.

Lo miré con una sonrisa.

—Lo bueno es que, cuando no sabías algo, yo lo sabía. Y cuando yo no sabía algo, tú lo sabías. Nos complementábamos a la perfección.

—Exactamente. Hacíamos un buen equipo —respondió, riendo—. Siempre era fácil copiar cuando uno sabía lo que el otro no.

Me eché a reír. Esa frase me llevó de vuelta a nuestros días de escuela, cuando pasábamos tardes juntos, ayudándonos a estudiar. Yo le explicaba ecuaciones y él me hablaba de poesía o música, y si no lográbamos entender al final del día, recurríamos a copiarnos.

—Sí, eso suena como nosotros —admití, riendo—. Aunque debo decir que nunca logré entender tu fascinación con la poesía.

—No es que no lo intentaste —respondió él, encogiéndose de hombros—. Tal vez nunca te encontraste con el poema adecuado.

Esa última frase me dejó pensando mientras seguíamos caminando. Tal vez tenía razón. Quizás no había encontrado el poema adecuado porque, hasta ahora, mi mundo siempre había estado lleno de números y diseños, con las letras y las metáforas dejadas a un lado. Pero eso no significaba que no pudiera disfrutar del arte que Jae-min tanto amaba. De hecho, estar con él me había enseñado a abrirme a cosas que antes no me interesaban. Su pasión por la música y el arte, incluso por las palabras, era contagiosa.

—Me alegra que podamos tener estos momentos —dije de repente—. Es fácil perderse en la locura de la vida diaria, pero cuando estamos juntos, todo parece más... sencillo.

Jae-min me miró, con esa mirada cálida que siempre me hacía sentir especial.

—Tienes razón —dijo suavemente—. Entre los conciertos, el trabajo y todo lo demás, a veces se me olvida lo importante que es parar y disfrutar de las pequeñas cosas. Me alegra que tú siempre me recuerdes eso.

Le devolví la sonrisa, sintiéndome afortunado de tenerlo a mi lado. Sabía que Jae-min era una persona apasionada y entregada a su música, pero también sabía que, a veces, podía perderse en su propio mundo. Yo, por otro lado, siempre había sido más de detenerme a apreciar los momentos pequeños, los detalles que, al final del día, son los que realmente importan.

Después de un rato, decidimos regresar al hotel, cargados con nuestras compras y nuestros recuerdos. El día había sido perfecto, y mientras caminábamos de vuelta, sentí que todo en mi vida estaba justo donde debía estar.

Jae-min y yo habíamos recorrido un largo camino, y aunque sabíamos que la vida nos seguiría presentando desafíos, también sabíamos que, mientras estuviéramos juntos, podríamos con todo. 

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