Traidor
Sus ojos se abren y todo lo que ve es oscuridad. Trata de mover su cuerpo, pero hay cadenas apresándole. Intenta gritar con todas sus fuerzas, pero ningún sonido se genera de su herida garganta. Su cuerpo comienza a sacudirse con violencia y siente terror al notar una mano sobre su pecho para detener su movimiento.
Una voz suave, tranquila y agradable hace que su cuerpo se relaje. Su respiración vuelve a tornarse calmada ante las palabras que son murmuradas hacia él. Su boca sigue sintiéndose seca, pero el pánico que azotaba su cuerpo minutos atrás comienza a disiparse.
Es en ese momento que vuelve el dolor. Su garganta quiere dejar salir gritos al sentir su pecho ser destruido, pero siente cómo sus cuerdas vocales son arrebatadas de su laringe, impidiendo también la correcta respiración. Sus extremidades se agitan de manera brusca, tratando de buscar su libertad, pero todo lo que obtiene es el dolor brutal que viene de compañía con las extremidades siendo desprendidas lentamente de su cuerpo. Trata de enfocar sus ojos en aquella profunda oscuridad, pero siente un objeto frío y posiblemente metálico comenzando a avanzar lentamente dentro de sus cavidades, posiblemente para arrancárselos.
Es entonces que despierta. Con sus brazos adheridos a su cuerpo, con su garganta en perfecto estado y con sus ojos permitiéndole ver la luz del nuevo día. Su pecho sube y baja con dificultad debido al miedo que sintió, pero trata de relajarse al aceptar que nada de eso ha pasado. Todo ha sido un mal sueño.
Baja de su cama para ir a su baño y darse una ducha, necesita olvidar la amargura que viaja por su garganta amenazándole con devolver todo lo que su estómago contiene. Espera que la temperatura del agua sea la correcta y desliza su cuerpo dentro de la regadera. Su mente sigue pensando en el sueño que ha tenido, pero una parte de sí mismo le pide que lo olvide y lo deje ir.
Cierra la llave del agua y sale de la ducha con cuidado para no resbalar. Aún recuerda las voces ajenas insultándole por su torpeza y sus descuidos. Eran fantasmas que jamás lo abandonarían mientras estuviese con vida.
Sus ojos suben al espejo colgado frente al lavabo y siente que el aire abandona su cuerpo de nueva manera. Sangre, está cubierto de ella. Todo ese líquido rojizo y ligeramente viscoso gotea por su cuerpo, recorriéndolo y abrazándolo como si fuese un viejo amigo.
Las ganas de vomitar aumentan y esta vez no se niega a regresar todo lo que alberga su estómago. La costosa cena de la noche anterior sube por su esófago hasta terminar en el escusado. Sus ojos se cierran con fuerza mientras su boca se torna amarga por todo lo que ha devuelto.
Cuando sus orbes vuelven a enfocar puede notar que todo lo que ha salido de su estómago es sangre y coágulos. No hay nada más que esa sustancia en su baño y en su persona. Solo el tejido líquido que debería ser sinónimo de vida, pero que en este caso es su propia condena.
Se levanta con dificultad y camina de vuelta al lavabo. Necesita asegurarse de que todo lo que está viendo es real, así que abre el grifo y espera a que haya suficiente agua llenándolo para poder sumergir su cabeza. Mantiene sus ojos cerrados mientras le pide a su mente que se calme y que analice las cosas como son en realidad. Saca su cabeza después de un minuto que parece eterno y se observa en el espejo nuevamente.
No hay nada. Su cuerpo está cubierto de gotas traslúcidas que comienzan a secarse debido al aire. Su cabello está empapado debido al agua donde su cabeza ha estado metida los últimos segundos. Un desvió de mirada hacia el retrete y este le saluda con una mezcla de colores incómodos y asquerosos que demuestran que lo único que hay en su interior es la comida digerida la noche anterior.
No hay sangre en ningún lugar.
Suspiró profundamente y salió de aquel lugar para cambiarse y largarse de su habitación. Tenía cosas que hacer y no podía desperdiciar su tiempo de aquella manera. En otra época habría sufrido dolor inimaginable por desperdiciar aquellos segundos tan valiosos. Lastimosamente ya no estaba en esa época.
Bajó a la primera planta de aquella pequeña casa con una camisa negra y unos jeans ajustados. Caminó hasta la cocina y comenzó a sacar todo lo que necesitaría para hacer su desayuno. Mientras revoloteaba por la cocina prendió la cafetera para que su café estuviese listo en cuanto comenzara a servir su comida.
La soledad de la habitación lo incomodaba, así que comenzó a tararear una nana que su madre le había cantado cuando era menor. Aquella mujer le hacía mucha falta, pero no podía volver a su lado. Ella ahora estaba en un lugar mucho más seguro, al menos eso quería creer.
Tardó poco en cocinar y servir su comida. Pasó una mano por su cabello y lo despeinó, dejando así que las ondulaciones de este cayesen sobre su rostro. Era un tic nervioso que había tenido durante años, pero había tenido que ocultarlo para que no se burlaran de él más de lo que ya lo hacían. Tener las hebras oscuras sobre sus ojos tranquilizaban su mente y corazón de manera inexplicable.
La cafetera sonó llamando su atención. Había dejado su mente volar por un rato y agradecía aquel sonido o hubiese divagado más de lo necesario en el pasado. Se movió con elegante velocidad hacia uno de los gabinetes y de él sacó una taza completamente blanca. La observó por unos segundos antes de sonreír y proceder a servir aquel elixir mañanero.
Parecía que su mañana finalmente comenzaba a ir mejor. Aquellas terribles alucinaciones comenzaban a irse y él podía empezar a respirar en paz. Lo que significaba que su día iría mejorando poco a poco.
Vaya iluso.
Mientras bebía su café sintió un sabor extraño y desconocido, por lo que cerró sus ojos y ahogó la necesidad de inhalar con fuerza. Pasó la lengua por sus labios y sintió una arcada cuando el sabor que había sentido se propagó por esta nuevamente. Siendo el tonto que era decidió subir la taza a su nariz y oler el contenido para asegurarse de que no estaba equivocado con lo que estaba degustando.
El olor a pescado podrido y basura llenó sus pulmones, haciendo que bajase la taza con más fuerza de la necesaria. Se puso de pie y se alejó lo más posible de su desayuno temiendo volver a vomitar. Trató de no tragar su saliva o mover demasiado su lengua para prevenir las náuseas que sentía. Realmente odiaba el esfuerzo que estaba obligado a hacer cada vez que la comida regresaba de su estómago a la boca, así que quería evitar que sucediese otra vez.
Observó los gabinetes de su cocina y se apresuró a tomar un vaso para llenarlo con agua. Probablemente no fuese la mejor idea del mundo, debido a que su sentido del gusto estaba comprometido en ese momento, pero decidió ignorar el hecho. Necesitaba quitarse el sabor de putrefacción de la boca lo más pronto posible, de cualquier manera que tuviese disponible.
El agua se sintió como una bendición en su garganta. La tragó con la mayor velocidad posible y volvió a servirse otro vaso sin dudar un solo segundo. Inhaló y exhaló con fuerza varias veces cuando sintió que su boca ya no sabía a desperdicios, algo que calmó su alarmado corazón.
Su mirada se enfocó en la taza de café que había bebido antes y se acercó a ella como si fuese el peor de los rivales. Era divertido el que le tuviese miedo al contenido de una taza cuando había sido parte del bajo mundo por años. Pero había aprendido que los peores enemigos venían en las presentaciones menos esperadas.
Tomó aquel miembro de su vajilla favorita y lo llevó lentamente a su nariz para olfatearla un poco. Se negaba a llevarla de vuelta a sus labios si iba a volver a degustar aquellos sabores tan poco apetitosos. Pero, sorpresivamente, no sintió nada más que el aroma de un café negro bien cargado.
Eso hizo que tuviese más confianza en darle un sorbo al líquido y confirmar que todo estaba bien. Lo que recibió a su lengua fue un sabor amargo y fuerte, pero el que se esperaría de un café bien cargado como el suyo. Nada fuera de lo normal otra vez.
Solo un café caro con sabor común y corriente.
Maldijo en su interior lo que sea que estuviese jugando con su cabeza y sus sentidos. Tenía trabajo que podría verse afectado por estas alucinaciones. Necesitaba detenerlas de una vez por todas.
Tomó la vajilla que seguía en la mesa y tiró los restos de comida para luego proceder a lavar todo lo que había utilizado. En momentos como esos extrañaba que alguien calmara sus demonios y le hiciese sentir mejor. Ahora que no tenía a nadie consigo sentía una opresión en el pecho abrumadora.
Asintió satisfecho al notar que todo estaba limpio y en su lugar. Por lo que decidió ir al pequeño estudio que tenía en esa casa y comenzar a trabajar. Podía escuchar al mejor hitman del mundo regañándole por el tiempo desperdiciado en sus ataques de pánico mientras el antiguo miembro de la Tríada trataba de evitar que el otro lo golpease con su mazo y lo dejase inconsciente por horas.
Su mente se llenaba de recuerdos sobre ambos varones mientras se encaminaba a su oficina. Le dolía recordar todas las vivencias que había experimentado con ambos, pero era mejor eso a llorar por su abandono. Llorar porque ellos, al igual que su madre, están muy lejos de él y lo más seguro es que jamás volverán.
La puerta de su oficina generó un chirrido molesto que hizo que tuviese ganas de golpearla hasta que las bisagras dejasen de sonar. No lo hizo por el simple hecho de que probablemente terminase sin puerta y no puede pagar por una nueva en ese momento. Así que solo le queda resignarse a las bisagras chirriantes y dolorosas que tiene.
Los papeles de su trabajo eran exactamente iguales a los que firmó el día de ayer. Se burla de su mente porque no hay forma de que esto sea cierto. No puede haberse negado a firmar un tratado de cesión de poder el día anterior, porque es obvio que nadie iba a querer quitarle el mando de su famiglia.
Sin embargo, una parte de su mente estaba segura de que era la quincuagésima vez que destruía ese papel y lo tiraba a la basura. Así cómo estaba segura de que el último de sus papeles sería una carta del heredero Vongola pidiéndole que se presente a su mansión para hablar de lo que ha pasado en su última misión. Una carta que también destruirá e igual aparecerá en su escritorio al día siguiente.
Decidió ignorar esa idea y centrarse en los papeles que tiene frente a sus ojos. Firma algunas misiones para sus subordinados y destruye algunas cartas sin importancia de algunos aliados que piden su asistencia a la mansión de la mafia más poderosa del mundo. No entiende cual es la necesidad de que todos manden una carta sobre ello, una del heredero basta y sobra.
Está a unas cuantas hojas de terminar cuando siente algo sobre todas ellas. Lo que sea que esté tocando está cubierto de algún líquido que seguramente ha arruinado todos los papeles que están debajo suyo. Eso hace que suba su mirada para comprobar qué está sujetando su mano.
Su palma está rodeando un corazón palpitante.
Sus dedos se levantan automáticamente para apartarse de esa cosa, pero es como si esta se hubiese adherido con pegamento extra fuerte. Trata de agitar su mano para levantarla, pero ella no abandona aquel órgano y este parece no querer abandonar el fajo de hojas que tiene debajo.
No duda en empujar su silla con fuerza hacia atrás mientras vuelve a jalar su mano. Esta vez se lleva el corazón y las hojas consigo, algo que le hace sentir impotente, por lo que usa su otra extremidad para arrancar aquello de su mano. Le produce un gran displacer el hecho de que esa cosa se pegue a sus manos como chicle, pero si quiere recuperar su miembro debe deshacerse de aquel órgano de inmediato.
Fija su mirada al otro lado de la habitación donde está su amado sofá y una jarra con agua. No recuerda haberla colocado ahí, pero en la situación en la que está ese detalle no le importa. Su cuerpo se mueve dando zancadas para llegar lo más pronto posible al otro lado.
El espacio de su despacho es pequeño. Sin embargo, el camino que hace para llegar al otro lado es inmenso. Las hojas se han ido despegando poco a poco hasta que la última cae a sus pies poco antes de meter su mano en la jarra.
Un suspiro de alivio abandona sus labios hasta que abre los ojos y siente un nudo en la garganta. En la jarra no hay un gran corazón latiendo fuerte y sanamente, o al menos uno que esté despegándose de su piel.
En el agua solo está su mano con una herida en la palma de la misma.
Sacó de golpe su extremidad de aquel recipiente de vidrio mojando todo en el proceso y se voltea hacia su escritorio. Todas las hojas están ahí, ordenadas de manera perfecta. Incluso las cartas y contratos que no ha leído siguen ahí, esperando por él.
Llevó sus manos a su rostro y restregó con fuerza sus ojos mientras se comienza a decirse que esto le pasa por estar encerrado tanto tiempo. Ha comenzado a enloquecer debido a que no ha salido desde que regresó de aquella misión que salió mal. Quizá debería aceptar la invitación de los adolescentes y visitar su hogar como si fuesen unas vacaciones, sería la mejor solución.
Está por dar un paso hacia el frente cuando casi resbala con una hoja que se encuentra en el piso. La pobre está arrugada como si alguien hubiese estado sujetándola con mucha fuerza y luego se deshizo de ella como si no sirviese de nada. Observa con curiosidad toda la habitación para asegurarse de que no están jugando con su mente antes de agacharse y recogerla.
Aquel trozo de papel hablaba sobre las deudas que tenía con el joven informante que trabajaba para Vongola. La explicación que venía en él decía que había adquirido la deuda luego de perder un juego de cartas hace un tiempo. No estaba seguro de que aquello fuese cierto, por lo que tendría que preguntar si no se habían equivocado. Aunque, conociendo al joven de capucha, iba a querer cobrarle antes de darle cualquier tipo de información.
Pasó su mano aún húmeda por sus azabaches cabellos y suspiró con fuerza mientras caminaba de vuelta a su escritorio. Se sentía abrumado, pero no era el momento de dudar o preocuparse por sí mismo. Tenía papeleo que acabar y de este dependían otras vidas, así que era mejor finalizar de una buena vez con sus ocupaciones.
Las hojas se dirigieron de una pila de papeles a otra mucho más lento que antes. Algo dentro de su ser le rogaba que no siguiese con lo que hacía y mejor hiciese otra actividad. Ignoró ese deseo hasta que llegó al último de sus papeles, revelando una carta del heredero Vongola donde le pide que se presente a su mansión para hablar de lo que ha pasado en su última misión.
Por un segundo se siente tentado a aceptar la petición y mandar una carta confirmando su asistencia, pero el recuerdo de lo ocurrido hace que su cabeza comience a doler y prefiere no arriesgarse. Por lo que decide destruir la carta justo como las otras que le han pedido lo mismo y sonríe satisfecho al ver que su trabajo ha acabado y aún es temprano.
Salió del despacho decidido a entrenar un poco aun si no había almorzado todavía. Ha pasado tiempo desde la última vez que hizo alguno de los entrenamientos del dúo de ex-militares y sabe que lo castigarán por ello. Así que es mejor si aprovecha el pequeño gimnasio que instaló meses atrás para poner en práctica lo aprendido.
El inicio es duro, pero las voces en su mente le obligan a esforzarse. Cada golpe que le da al maniquí de entrenamiento le recuerda que en un combate real tres más pueden llegar. Cada respiración que toma es una diferencia clara entre su oponente y él. Es el símbolo de que al final de esa pelea él deberá estar vivo, porque es lo que se espera de él.
Luego de un tiempo decide alejarse y tomar su botella de agua para refrescarse un poco. Sus ojos están centrados nada más en esta y sus sentidos se han apagado por completo. Es por ello que no se espera el siguiente ataque.
Su cuerpo cae repentinamente al suelo haciendo que su cabeza duela debido al impacto. Maldice el hecho de que siempre que se cae lleva sus manos a su pecho y no a su rostro, aunque esta vez ha sido suficientemente inteligente para voltear la cabeza a un lado para no quebrarse la nariz. El dolor que lo recorre hasta su cerebro difiere de la idea que ha tenido para salvarse la cara.
Decide girar lentamente para asegurarse de que todo está bien y que solo ha sido su torpeza haciendo acto de presencia. Este no es el caso cuando siente una presión en su cuello y el aire comienza a hacer falta en sus pulmones. Le es difícil notar que hay una figura frente a él, pero una vez le ve no desaparece, así que decide pelear contra ella para recuperar algo de terreno.
Las manos abandonan su garganta momentos después, por lo que arrastra su cuerpo por el piso para alejarse lo más posible de su atacante. Su corazón y mente se alteran cuando mantiene sus ojos cerrados un momento y al volver a abrirlos ya no hay nadie. En las otras situaciones sentía que todo regresaba a la normalidad después del ataque, pero en esta ocasión no era así.
Trata de levantarse lentamente cuando siente que algo pincha su cuello y pocos segundos después algo cae sobre él. Comienza a patalear y a golpear todo con brusquedad para poder volver a respirar, pero la movilidad de su cuerpo poco a poco se va perdiendo. Así que no le queda más que cerrar sus ojos y resignarse a que la presión en su pecho acabe con su vida.
Solo pasan unos cuantos minutos cuando siente el peso comenzar a disminuir, por lo que decide abrir de nuevo sus ojos y entender qué está ocurriendo. Todo lo que tiene sobre el pecho es el maniquí al que momentos antes estaba golpeando, eso y algunos costales de arena que tiende a usar para mejorar su resistencia.
No hay nadie en la habitación, pero no se siente tranquilo.
Una última revisión a la habitación le asegura que la persona que trató de matarlo se ha ido, por lo que decide salir y tratar de encontrarlo. Puede imaginar que esa persona ha decidido abandonar su hogar creyendo que su trabajo está hecho, así que decide sorprenderle. Lo más seguro es que el asesino quiera irse por el jardín, aprovechando la flora que hay en él para desaparecer sin llamar la atención.
La adrenalina comienza a correr por sus venas. Este cambio en su rutina es bueno y puede que ayude a sanar sus viejas heridas para enfrentar lo que le ha pasado en la última misión. Después de esto quizá tome la decisión de escribirle una disculpa a Tsuna por haberse alejado y le pida una reunión formal para que lo ayude a superar todo lo ocurrido. Si hay alguien que puede entenderlo es el cielo.
Abrió la puerta trasera de su casa y comenzó a caminar con cuidado por el área. Puede que no fuese el mejor miembro de la mafia, pero seguía siendo parte de ella, y ser parte de ella significa saber vigilar el entorno cuidadosamente. Él quería a su presa y nadie iba a arrebatársela.
"Skull"
Su cuerpo se detuvo abruptamente y giró la cabeza en todas direcciones. La voz que había llamado su nombre era la de Uni, no había duda de ello. Mantuvo su cuerpo en alerta mientras trataba de encontrar a la pequeña niña, era demasiado raro que estuviese sola en ese lugar.
"Es tu culpa"
La descarga de pánico que recorre su cuerpo le hace saber que está otra vez en una situación peligrosa, por lo que trata de encontrar a la niña lo más pronto posible y así ponerle a salvo. No quería que estuviese en medio de fuego cruzado si algo salía mal.
"Tú causaste esto"
Sus manos están llenas de sudor y su pecho comienza a doler. No puede creer lo que escucha, se niega a hacerlo. La hija de Aria jamás trataría a nadie de esa manera. Obviamente la persona que trato de asesinarlo sabe su debilidad por la pequeña, así que lo mejor que puede hacer es acercarse de la voz para enfrentar al sujeto.
"Skull" "Es tu culpa" "Tú causaste esto" "Es tu culpa" "Skull" "Tú causaste esto"
La voz es más fuerte con cada paso que da, por lo que decide correr para enfrentarse al demente y callar esas frases que comienzan a resonar con más fuerza. Quiere acabar con todo esto, necesita acabar con todo esto. Quiere un poco de paz mental y solo la obtendrácallando esa maldita voz.
Aquella voz comienza a reír mientras aquellas quejas suenan cada vez más fuertes. El sonido está taladrando su cabeza, pero se niega a rendirse sin encontrar primero a la persona que está haciéndolo sufrir. No quiere dejarle ganar, no puede dejarle ganar. Él es uno de las Siete Personas Más Fuertes del Mundo y aunque sea el más débil de todos va a demostrar por qué tiene ese título.
No es hasta que está en medio de las rosas favoritas de la Giglio Nero que cae de rodillas y lleva sus manos a sus oídos, pero las risas, las quejas y su nombre siguen sonando en un tono inhumanamente alto. Siente su frente húmeda, su cuerpo caliente y su cabeza martilleando de dolor, así que retrae su cuerpo tratando de hacerse más pequeño. No puede seguir con esto, si da otro paso más se matará.
"Justo como a nosotros"
Abrió sus ojos hasta que la voz de Uni finalmente se había ido. Su cuerpo no paraba de temblar ante lo último que había escuchado, así que se dispuso a correr a su habitación para tomar su celular y llamar a alguien que le aclare qué está ocurriendo consigo. Tenía demasiado miedo de lo que aquella voz había implicado.
Corrió escaleras arriba ignorando la sensación de vacío que comenzaba a originarse en su estómago y no se detuvo hasta llegar a su cuarto. Hizo una inspección rápida en el área y al no encontrar a primera vista lo que quería comenzó a desordenarlo absolutamente todo. No podía entender dónde demonios había dejado su teléfono. Siempre lo dejaba en su mesa de noche para no olvidarlo al momento de salir de la habitación.
Algo que claramente había hecho ese día.
Una risa suave y cálida activó cada una de las alertas de su mente, por lo que volteó bruscamente a enfrentar al intruso que probablemente tenía su móvil. Juraba que si era otro de los Arcobaleno iba a atacarlos con fuerza por los sustos que seguramente le había generado durante el día. Aunque quizá fuese su culpa por haberse aislado de una forma tan brusca y debería pedir perdón por irse sin siquiera dar señales de vida.
Estaba decidido a disculparse cuando enfocó correctamente a la persona que estaba delante de él. No era la supuesta reencarnación de Da Vinci o el chino de traje rojizo. No era el hitman de fedora o el joven informante obsesionado con el dinero. No era el dúo de antiguos militares o la dulce niña de mirada azulina.
Frente a él estaba su madre.
Su bella, amada y muerta madre.
Ella le observó con tristeza mezclada con dulzura. La misma mirada que le había dado tantos años atrás cuando le había matado luego de que ella misma se lo pidiese. Desgraciadamente ninguna había previsto que no solo Pashenka terminaría muerta aquel día, pues el pequeño Cherep había caído en una espiral de mentiras que terminaron con él en medio de la mafia.
La mujer de cabellos azabaches extendió uno de sus brazos al muchacho que estaba frente a ella y le instó a acercarse. Skull quería correr a su madre y abrazarla como lo había hecho cuando era un niño y le tenía miedo a la oscuridad, pero sabía que eso ahora era imposible. Porque ella no estaba ahí como un espíritu bondadoso que deseaba calmar sus penas.
Ella estaba ahí para condenar su alma por sus actos.
Sus rodillas volvieron a encontrarse con el suelo mientras las lágrimas comenzaban a abandonar sus ojos. Le había fallado de manera brutal. Había destruido todo lo que amaba con sus propias manos y luego había fingido demencia ante el hecho.
Las manos temblaron mientras recordaba la misión que había salido mal y había originado toda esa tragedia. Había sido capturado por la familia enemiga y ellos habían jugueteado con su cerebro de una manera demencial. Los Arcobaleno habían llegado poco después a su rescate, pero no sabían que él iba a ser el mayor de los males en un futuro cercano.
Lal había decidido que vivirían juntos hasta que se recuperara y estuviesen seguros de que estaba a salvo. Muchos se habían negado, pero la mujer no había permitido ningún tipo de queja contra su orden. Fue así como todo el ciclo de mala suerte comenzó.
Cada noche vivía una pesadilla insufrible mientras su mente recordaba la tortura que había sufrido. Cada mañana despertaba llorando y rogando que todo acabase de una vez por todas. Cada día odiaba un poco más al resto del grupo por presionarle y fingir que no había pasado nada. Detestaba que les importase tan poco su estabilidad mental.
Había iniciado con Verde. Colgándolo en su laboratorio mientras que las maquinas que había llegado a usar para experimentar con él destruían lentamente su cuerpo. Separando sus extremidades de manera lenta y dolorosa hasta que ya no pudiese ser reconocido. Luego había seguido Fon, siendo asesinado dentro de su ducha. El de cabellos tintados debía admitir lo mucho que le había dolido deshacerse de él tan pronto en el juego. Desgraciadamente él era demasiado perceptivo y sabría la verdad demasiado pronto. Debido a ello es que el menor había terminado bañado en la sangre que salía como fuente del cuerpo contrario.
Reborn no había sido fácil de matar, como era de esperar del mejor Hitman del mundo. Pero nada que un café con veneno de acción retardada e imposible de rastrear en el cuerpo no pudiese lograr. Desgraciadamente Skull no había sido capaz de verle sufrir en sus últimos momentos debido a que el mayor se había ido a visitar a los Vongola. Una verdadera lástima.
Víper fue el siguiente. Luego de pelearse por una deuda que los otros habían querido que él solventase. La hoja de la deuda fue utilizada por el actual líder de Carcassa para limpiar la sangre de sus manos luego de que golpease y apuñalase al mayor en el corazón continuamente hasta que podía sentir el palpitar del órgano contrario en sus manos.
Lal y Colonnello habían seguido el orden. Había aprovechado uno de los descansos durante un entrenamiento para atacar a la mujer en cuanto el rubio había abandonado la habitación para contestar una llamada. Sus manos no abandonaron el cuello de la mujer hasta que estuvo seguro de que no volvería a levantarse. Con el varón había usado un dardo para inmovilizarlo y que cayese al piso sin resistencia. Después de ello se aseguró de ver cuánto peso podía aguantar su pecho. Agregando pesas, sacos de arena y cualquier cosa que tuviese a mano para ver si el otro era tan resistente como siempre le había afirmado. Fue muy triste notar que sus pulmones habían colapsado durante el juego, pues no había podido juguetear tanto con el ex-militar como hubiese querido.
Apenas había comenzado a resignarse a aquel fallo cuando una voz aniñada se escuchó en la puerta de la habitación y poco después, frente a él, estuvo la pequeña Uni. La niña simplemente se había dado la vuelta y había caminado hasta el jardín en silencio. El acróbata se preguntaba si ella también debía pagar con su vida lo que había pasado. La descendiente de Luce siempre había tratado de ayudarlo y se sentía mal al pensar en su sangre recorriendo sus manos.
La menor había esperado por él en el jardín y luego le había pedido que caminara a su lado hasta llegar a sus rosas favoritas. El de mirada morada no se había negado a la petición de la Giglio Nero al pensar que quizá ese sería su momento de paz luego de arrebatarle las vidas a sus amigos de tantos años. Estaba seguro de que en el lugar estaría el guardaespaldas de la niña listo para acabar con su vida, o al menos estaría el joven Vongola listo para vengar a su padre adoptivo.
Su rostro se descompuso por completo cuando, al llegar a su destino, escuchó la voz de la pequeña pidiendo que le matase. Estaba seguro de que la sorpresa estaba escrita en todo su rostro debido a la ligera y suave risa que la menor realizó poco después. Ella solo dijo que había visto todo aquello suceder y que no había sido capaz de detener su dolor a pesar de su don para ver el futuro, por lo que su castigo era perder la vida en manos de aquel a quien no había podido salvar del abismo de desesperación.
Aquellas palabras calaron hondo de la manera incorrecta en su ser. Porque la niña podía haber evitado todo desde antes de que iniciase. Podía haberle otorgado paz a su destrozada alma y mente, permitiéndole morir. Aun así, no lo había hecho. Lo había condenado a matar a su amada familia debido a la ira. Ella había renunciado a ayudarlo desde antes de pudiese intentarlo.
Ella lo había dado por perdido desde el inicio.
Sus ojos brillaron con tristeza mientras sacaba el arma que Reborn alguna vez le había regalado con la esperanza de que se sintiese más familiarizado con ellos y con la mafia. Jamás la había usado, pues usarla era cortar el último lazo que tenía con Cherep y él no quería perder esa parte de su alma. Pero ahora eso no importaba. Cherep había muerto desde hace muchos años atrás.
No fue hasta que jaló el gatillo para arrebatarle la vida a la hija de Aria que entendió eso.
Tsunayoshi apareció poco después y le observó con tristeza, pero no con compasión. El niño siempre había sido empático con el dolor ajeno, pero no por ello perdonaba las ofensas hacia su familia. Ofensas que él había hecho una y otra vez cuando tomó la vida de los Arcobaleno y eso significaba que el muchacho debía tomar su vida lo más pronto posible antes de que Bermuda apareciese dispuesto a llevárselo a Vindicare.
Lo que salió de la boca del menor fue algo inesperado, pero no fuera de su carácter amable y bondadoso. Lo llevaría al hospital mental que habían fundado un par de años atrás para tratar a toda persona con traumas debido a la mafia. Ahí se recuperaría y luego volvería a casa con su familia. Volvería al lugar que pertenecía.
Había aceptado con la condición de arreglar sus cosas esa noche para viajar al día siguiente. Pero él sabía que no había solución para su alma o su mente. Porque el único lugar al que alguna vez había pertenecido había sido destruido con sus propias manos y no merecía una nueva oportunidad cuando aquellos a los que tanto amó ya no estaban.
Así que esa noche había tomado una de las cuerdas del jardín y se había quitado la vida de la manera más cobarde posible. Pero eso había sido siempre y moriría con la misma etiqueta. Moriría siendo el cobarde, el débil, el innecesario. Moriría usando aquello que lo había mantenido con vida el tiempo suficiente como para ser conocido como inmortal. Usaría aquel don que le había mantenido con vida para terminarla de una vez por todas.
Aquel sería su más grande acto para el mundo.
Debió aprender que aquello de ser odiado por la muerte misma no era broma. Su alma había acabado en un limbo eterno, obligada a repetir el ciclo de muerte de su familia cada día por el resto de la eternidad. Despertando sin recuerdos solo para que al final del día el fantasma de su madre le recordase aquello que había hecho. Haciendo que en ese momento su alma vuelva a iniciar el ciclo que liga su alma a su pecado.
El pecado que lo haría un traidor por toda la eternidad.
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Hola, ¿Qué tal?
Esto no es lo que suelo escribir, al menos no del todo. Pero ha sido un reto propuesto por la preciosa VadaSilva4 para mi, para la preciosa JessicaLiriano y para ella misma.
El reto consistía en una historia corta de un género que estuviese fuera de nuestra zona de confort. Es más que obvio que el final triste para Skull no aplica en el reto debido a mi preferencia por el Angst, pero es lo mejor que pude hacer.
Esperen más historias cortas de esta índole, porque los retos solo están empezando. También pasen por los perfiles de este par de de bellezas para encontrar sus respectivos retos cumplidos.
Nos leemos pronto y cuídense mucho. La salud es lo más valioso que tenemos.
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