La ansiosa tentación de un despertar
Un ruido inhumano lleva taladrándome los oídos desde bien temprano. Por mucho que me cubra con la almohada y con las mantas de mi cama -como cuando huía del monstruo del armario cuando era pequeña-, el zumbido sigue estando ahí.
Te preguntarás quién se dedica a malograr mis sueños. Pues la verdad es que no puedo responderte a eso porque ni yo misma le pongo cara. Aunque no es la primera vez que salgo a la mañana fría, antes de mi hora habitual, y le grito cuatro cosas bien dichas a ese bárbaro cruel.
Pero caen en saco roto, ya sea porque no me escucha o porque se hace el loco. Esto último no le hace mucha falta hacérselo porque bajo mi punto de vista ya lo está.
Pero volviendo al caso, resulta que sea quien sea, va todo tapado con un mono verde y un casco también a juego que le hacen parecer un pepino gigante. Yo le llamo Cucumber. Y algo en sus andares me resulta familiar, parecen muy masculinos aunque no seré yo quien juzgue a nadie por eso, bastante he tenido toda mi vida con aguantar a mi madre decir que tengo los mismos andares que mi padre.
Total, que Cucumber lleva todo un mes. ¡Un mes! Llegando cada mañana al pie de mi casa a cortar Dios sabe qué.
El primer día pude entender que el espacio al lado de mi casa, lleno de plantas coloridas, necesitaba ser tratado porque, tal era la altura de las hierbas que nadie era capaz de saber qué había al otro lado.
El segundo día también podía entender su llegada ya que trasplantar un rosal a la esquina, todavía vacía, le daría muy buena imagen a este lugar.
Incluso llegué a entender ese tercer día cuando con su motosierra cortó las ramas del árbol que impedía que entrara la luz a la ventana del vecino.
Pero entonces llegó, un cuarto, un quinto, un sexto... y mi anhelo de un sueño perfecto comenzó a resquebrajarse.
La octava mañana salí al balcón de casa, buscando amedrentarlo con mi sola presencia. Hinché mi pecho y lo miré durante un par de minutos que me parecieron eternos, pero que resultaron ser insuficientes. Juro que intenté aguantar un poco más, sin embargo no pude, la ausencia de calor empezaba a congelar mis ideas y tuve que meterme, veloz, en mi cálido hogar.
Al noveno día intenté la misma operación de nuevo, esta vez ataviada con bufanda, gorro, guantes y calentadores. Resultó que mi presencia no quedaba al descubierto así que desistí con esa táctica. ¡Ya probaría suerte al día siguiente! O tal vez la suerte me haría el favor, ella sola, de quitarme a Cucumber de encima.
Llegó el décimo día y con el mismo hábito del día anterior, me presenté en el balcón con la denominada por mí operación del silbido. Bajo mi inocencia de aquel entonces, creía que con tres silbidos y unos gestos conseguiría alejar al intruso tocapelotas, pero... no funcionó.
La undécima mañana me personé con instrumentos de diverso índole. La trompeta, el tambor y el ukelele rescatados de mi trastero, no hicieron ni inmutar un pelo de la cabeza de Cucumber.
Llegados a este punto me daba igual que se riera de mí. Necesitaba demostrar mi razón.
El decimosegundo día mezclé mis dos operaciones anteriores y lo único que conseguí fue quedarme sin más aire para todo el día. Tan exhausta estaba que cualquiera podría haberme confundido con un zombie y no me hubiera ofendido, sino que le hubiera respondido con un "buh" lleno de contenido.
El día trece por fin visualicé mi victoria. Era el día de la mala suerte, así que era mi oportunidad. Esta vez mi original y muy cuidada idea implicó comida. Odio recurrir a ella para después tirarla, pero el sacrificio valdría la pena. Cuando mi proyectil en forma de naranja dio en su casco, sentí una música celestial en mis oídos. Se detuvo y pareció mirar la naranja, después miró hacia arriba viendo esta fruta como una gota de agua más y continuó con su quehacer.
Calculé una siguiente tirada, pero la idea de esa preciosa manzana roja que cargaba en mi mano hecha papilla en el suelo, me disuadió y me la comí sin remordimientos.
Después de todos los intentos fallidos me sentí desesperada y a punto estuvieron de caérseme las lágrimas, no podía seguir así. Así que me di por vencida e intenté hacer mi vida como siempre.
Dejé pasar los cuatro días siguientes, pero nada era normal. Ese sonido continuo y bronco me atormentaba en todo momento.
El decimoctavo día recurrí a los vecinos. Mientras caminaba hacia su encuentro, me preguntaba a mí misma por qué nunca se me había pasado por la cabeza hablarles antes. Esa cuestión no tardó en proporcionar una respuesta. No tengo ni un solo vecino que no esté sordo. Todos mayores de sesenta y llenos de fatigas, tendrían dificultades para escuchar a Pavarotti a su lado, gritando un poco más de lo normal.
Descartado lo de hacer piña de comuna, mis opciones eran cada vez menores.
Llegó el fin de semana y mis padres me ofrecieron su casa como un retiro lleno de comodidades y fuera de ruidos, pero iba buscando paz y llegué llena y harta de planes familiares hasta que me jubilase.
Cumplió el día 21, y pensé poder descansar porque llegada la hora habitual de su llegada, no había perturbación del sonido en los alrededores. Sin embargo, tan pronto lo pensé, igual de pronto se hizo presente de nuevo.
No quise encolerizarme, así que opté por salir más temprano de casa y correr un rato. Después de esa caminata, casi (y recalco el casi) me sentí en deuda con Cucumber por sus ánimos de emprender acciones saludables en mi vida, no obstante lo medité bien y volví atrás en mi idea porque él era quien estaba impidiéndome dormir menos cada mañana.
El vigésimo segundo día, me levanté con fuerzas renovadas, hablaría con él. Sí, esa era la mejor opción. Saber por qué se dedicaba a ¿qué? Ni yo misma lo tenía claro. Ese día me levanté antes de lo usual, es decir, antes de que él me despertase. Corrí a hurtadillas por el espacio verde y me senté en un banco esperándole. Tenía todo un discurso preparado, grabado en mi mente con el paso de los días y había contemplado dos opciones: ir por las malas o por las buenas. Reaccionaría ante él como hiciese falta. Pero fue verlo llegar, con su indumentaria característica, y no pude hacer más que amedrentarme. No sé muy bien qué fue, tal vez su determinación al venir hacia mí sin vacilar o esa mirada que vi en su cara antes de cerrar el cristal de su casco, huí sin mirar atrás presa del pánico.
Esta vez llegué a casa y me eché a dormir, era de mañana pero mi sueño estaba atrasado.
Y curiosamente dormí con ese ruido de fondo, que esta vez se mezcló en mis pesadillas.
Pasaron los días y los sueños angustiosos se multiplicaron. ¿Y adivinas quien era el protagonista?
Tuvo que llegar el día número 29 para que yo cayera en la cuenta de por qué estaba tan atemorizada. Yo no me había dado cuenta de esa mirada suya que había cambiado con el paso de los años, pero mis sueños sí habían sido capaces. Y no se habían detenido en sus ojos, sino también en sus labios. Esos labios que había pasado por alto días atrás, pero que habían sido parte importante en mi vida años antes.
Mi cuerpo inconscientemente había huido ese día porque sentía todavía las reminiscencias de un pasado en el que había sufrido.
Flashes de una sonrisa que creía sincera pero que luego era a medias, llegan a mí hoy, día treinta.
¿Qué hace aquí?
¿Qué pretende?
Hoy no he podido dormir, el sueño no ha llegado. Basta de él. Estoy harta de recordarlo todo el rato. ¿Qué se cree viniendo a perturbar mi momento onírico? ¿No era suficiente para él estar presente en mi piel? ¿Por qué aparece ahora?
Un día me dejó, sin venir a cuento, con las fantasías de una chiquilla enamorada que vivía trazando su futuro juntos. Desapareció de mi vida, sin más, como una ráfaga de aire violento que lo agita todo a su paso pero tiene poca duración. Sin embargo, sí la suficiente para dejarte una marca, en este caso una cicatriz que te parte en dos.
Creía tenerlo olvidado, pero desde que lo he visto, eses fragmentos que creía consumidos han vuelto a resurgir y se muestran unidos de nuevo. Mi corazón ha vuelto a latir desbocado, sediento de ese sentimiento que un día lo embriagó.
Y es él, mi corazón y nada más, el que me tiene bajando las escaleras. Sin nada de abrigo, descalza y en pijama. Buscando ese proceso de fermentación entre él y yo.
Las lágrimas se van acumulando en mi mentón, cayendo en picado por mi cara. Como mi sentido común al que parece habérselo tragado la tierra.
Lo busco entre los manchurrones de mi visión, pero no son ellos los que me llevan a él, son otros sentidos los que se apoderan en este momento. Camino a ciegas haciendo del oído mi guía. Donde el ruido se intensifica mi tacto entra en acción sin ningún tipo de cobardía. El olfato pronto se hace partícipe y disfruta de ese olor que jamás será sustituido, a continuación, el gusto se deleita como su propio nombre indica.
Y ya está, se produce, esa reacción que estaba comprimida en mi interior, toma al estallido como referencia y provoca pequeñas descargas en toda mi esencia.
Las lágrimas han cesado y han dado paso a otro tipo de emoción.
Yo le miro, él me mira.
Nuestros labios hace unos segundos pegados, todavía cosquillean.
Puedo notar su agonía palpitante.
Quiere hablar pero lo callo.
No hacen falta palabras. No todavía. Las cosas tienen que hablarse, pero no es necesario hacerlo ahora.
Todo el ruido que ha hecho durante todo este tiempo, buscando mi atención, ha sido suficiente para resquebrajar y terminar por derribar ese muro que me había autoimpuesto y que ahora, en el suelo, me deja libre para volver a sus brazos.
¡Gracias Catcatalina_ por hacer de mi editora personal! 😊
Y no me olvido de ti missagnes14, gracias por tu opinión, espero que te guste el resultado final.
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