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Atracción fatal

Ya me avisaran de que podía suceder y por eso tomé las medidas que cualquiera consideraría suficientes, pero no lo fueron y no se pudo conjurar la desgracia.

Mi madre estaba empezando a vivir su adolescencia truncada por mí, ella me tuvo con 16, cuando el chico rebelde apareció.

Mario era él más deseado, contestatario, indómito e indisciplinado. Ese que viste con chupa de cuero y enciende un cigarro en cada rincón sin importarle que un niño esté a su alrededor.

Todas estábamos locas por él. Era verlo y babeábamos como un perro cuando ve un hueso, pero él no nos hacia ni caso.

Su mirada estaba puesta en alguien mayor. Alguien desarreglada, caótica e impuntual. Esa persona que llegó tarde a recogerme un Lunes después de mi clase de literatura.

Mi madre.

La sugerente y sinuosa mujer que me dio la vida y que aunque llevaba pintura en la camisa, el pelo sin peinar y un calcetín de cada color, levantaba todas las miradas.

Ella resultó ser la elegida para poner en práctica las tácticas de seducción de mi compañero de pupitre en matemáticas.

Mi cara de perplejidad al verlos hablando apoyados en el coche todavía es hoy recordada por mi amigo Brais. Y es que, ¿cómo tacharías esa situación en mi lugar? Por un lado el pensar que mi madre está en el "mercado de hombres" ya es duro, pero además te enteras que es considerada un pibón por tus compañeros de clase y el chico que te gusta es el que da el primer paso en el acercamiento.

Las cosas no tardaron en aumentar de velocidad y en dos semanas tenía al sustituto de papá en el cuarto de al lado.
Fue muy incómodo encontrarme con él en cada rincón de casa, con esos andares a los que acostumbraba y esa sonrisa ladeada que tenía a mi madre prendada, y por qué negarlo, a mí también. Era abrumador porque a parte de asimilar todo de golpe había perdido todo tipo de intimidad, cosa que a él o a mi madre no parecía importarles ya que no se privaban de nada en ningún momento.

Maldije durante muchos días. El pobre Brais tuvo que aguantarme.

Pero así como llegaron las cosas, se fueron. No sé qué ocurrió pero llegó un día en el que Mario desapareció de casa. Mamá volvió a ser la misma de siempre, incluso más cariñosa.

¿Volvía la normalidad?

¡Ni de coña!

En el colegio las miradas y cuchicheos se disparaban a mi paso y Mario, con el que solía cruzar solo un par de palabras, salió a defenderme.

Como compañeros de pupitre pocas conversaciones habíamos tenido antes, pero supongo que el vivir bajo un mismo techo durante un tiempo te da cierta complicidad y cuando antes era yo quien buscaba algún tipo de escusa para hablar con él, ahora era él el que indagaba con preguntas.

Al principio lo atribuí todo a las reminiscencias de un amor por mi madre, pero pasaba el tiempo y ninguna pregunta iba dirigida hacia ella.

Empecé a desconfiar cuando me invitó al baile de fin de curso. ¿Cuál era el punto de todo eso? ¿Debería contarle a mi madre o dejar que las cosas surgieran sin más? ¿Qué pasaría si él llegaba a recogerme, cómo sería la reacción de ambos?

Se lo oculté. Fue Brais el que vino a recogerme esa noche y con el que me hice todas las fotos que luego cubrirían mi álbum. Él me dijo por activa y por pasiva que tuviera mucho cuidado.

Y sus palabras surtieron efecto hasta la medianoche, como una Cenicienta, cuando el reloj dio las doce me volví yo misma. Esa chiquilla enamoradiza que era por entonces y que se dejó llevar por el calor del momento.

Pero no, tampoco me dejé llevar del todo, tenía la lección muy bien aprendida desde pequeña. "No dejes que te hagan un bombo en lo mejor de tu vida", había repetido mi madre desde que yo tengo uso de razón.
Y no fue ese día cuando sucedió, sino unas semanas más tarde cuando todo falló.

Si sonríes y pones buena cara aunque las cosas vayan mal atraerás la buena suerte, dicen, pero si tienes un mal día y te recreas en él, las cosas pueden tener un final catastrófico.

Ese día me levanté más tarde de lo normal por lo que corrí a clases, ya que tenía examen e iba retrasada. De camino allí pisé cuatro charcos, una cagada de perro y una abuelita me arrolló con su andador.

Pero aún no estaba todo perdido, los actores se desean mucha mierda antes de salir a actuar y podría ser que esta vez se extrapolara a mi examen.
No fue así, no sabía ni responder la primera pregunta.

Con el examen entregado en blanco, creía que mi día no podía ir peor, pero Mario apareció en mi campo de vista.

No le resultó complicado arrastrarme con él a una fiesta de la que no disfruté nada, ya que me la pasé encerrada en su habitación. Y de nuevo me atacó la mala suerte, estas cosas pasan podrías decir, pero no a mí. Yo me sabía al dedillo cada cosa mala que podía ocurrir y como actuar ante ella.

Las cosas sucedieron con normalidad, utilizamos un preservativo cada vez que lo hicimos y ambos disfrutamos. Pero la mala suerte rondaba por encima de nuestras cabezas.

No fue hasta que pasó un mes que descubrí la gravedad del asunto.

Es imposible decir la palabra nunca y esperar que lo que has dicho no vaya a suceder, como si una ley de Murphy acudiera en representación.
Una vez dije «nunca cometeré el mismo error que mi madre», y pasados seis meses sucedió.

Ahora tengo a mi hijo en brazos. Lo acuno y le susurro una nana improvisada que es similar a tres gallinas cacareando.
No se calla y no se callará hasta que pasen semanas, ha corroborado mi madre.

La vida es un ciclo dicen, como la pescadilla que se muerde la cola, y no me atrevo a recriminárselo.

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