Capítulo 9
Luan despertó a media mañana en su departamento. Se había dormido muy tarde en la madrugada dándole vueltas al mismo asunto, y cuando el sueño lo venció al fin, no fue capaz de levantarse cuando sonó el despertador.
―¡Diablos! ―exclamó malhumorado.
Tomó su teléfono y comenzó a escuchar los mensajes. El primero de ellos era de su madre.
“Luan, cariño, estuvimos esperándote en casa del tío Bill para irnos contigo, pero no contestaste el teléfono. Supongo que estés durmiendo. Me he quedado preocupada, llama cuando puedas. Por cierto, recuerda que la princesa llega hoy, así que nos marchamos temprano con el tío Bill para llegar a tiempo. Un beso”.
“La princesa llega hoy” ―repitió Luan en su cabeza. Aquello significaba que la estaban esperando en Timbavati. Y como quien despierta a la realidad, se percató del gran error que había cometido.
―¡Madre mía! ―Aquello que había dejado en la habitación de la princesa no tenía sentido alguno ahora que tenía novio.
Se sentía tan ridículo que en un santiamén se vistió y tomó las llaves de su camioneta. Tal vez aún estuviera a tiempo. Tentado estuvo a pedirle a su madre que interfiriera y tomara del lodge lo que había dejado, pero se sentía tan avergonzado que prefirió ocuparse de aquel asunto por sí mismo.
Timbavati
Tras unos cincuenta minutos de viaje, el coche donde viajaba Caroline hizo su entrada en Simbavati Safari Lodge, el hotel que pertenecía a los Edwards. La tierra rojiza, el cielo azul sin nubes y la exuberante vegetación se convirtieron en el magnífico telón de fondo para apreciar la construcción del lugar, tan rústico como hermoso. Caroline bajó del auto mirando a su alrededor con suma atención.
―¡Bienvenidos! ―La espigada figura de Kande los recibió con una gran sonrisa.
―Qué hermoso todo ―confesó Caroline.
―Y aún les falta mucho por ver ―aseguró la anfitriona.
Se habían detenido en el edificio principal, que combinaba la piedra con la madera; el techo alto, de paja y tablones, completaba su apariencia simple. No había puertas, solo inmensos arcos que lo rodeaban, haciendo el espacio muy luminoso. El interior, en cambio, era sorprendente: las lámparas, alfombras y muebles eran muy elegantes, escogidos con la gracia más exquisita para establecer el contraste entre la rusticidad y el clasicismo.
Algunos objetos eran muy antiguos, como la lámpara de pie que Caroline encontró a su entrada, o el piano que se hallaba a un costado del salón ―la princesa se preguntó si alguien lo tocaría, ya que no es algo que esperara encontrar en un lugar así―. A la izquierda, en la recepción, un antiguo teléfono de los años 30 todavía parecía funcionar, ya que el chico de la carpeta se encontraba al habla en ese justo momento.
―Qué precioso todo ―apuntó la princesa―. Los elementos tan distintos me fascinan. Crean un nuevo concepto casi único.
―No es una decoración en sí misma, sino una filosofía de vida ―les contó Kande―. Muchas piezas pertenecieron a la familia de Quentin durante la época colonial y fueron traídos expresamente desde Europa. En el exterior, en cambio, se puede apreciar la impronta de nuestra cultura. Hemos querido un sitio heterogéneo y lo hemos logrado con el paso del tiempo.
Caroline continuó mirando el salón principal. Una vitrina con cristalería y una barra del siglo anterior eran el área perfecta para disfrutar de una copa en las tardes. Una mesa de billar, también antigua, se hallaba en el centro bajo una lámpara de cristal de bohemia. A la derecha, varias mesas de estilo Luis XV invitaban a tomar el té o jugar a las cartas, y al otro extremo del salón, estaba la chimenea que se encendía en invierno con algunos divanes cercanos para conversar.
Una vitrola, que se encontraba en óptimas condiciones, los recibió con los acordes de Waterloo, la emblemática canción de los ABBA.
Justin empezó a bailar mientras cantaba: “Waterloo, I was defeated you won the war” . Kande y Carol se rieron, era un poco desafinado. La princesa no dudó en unirse:
―Waterloo, promise to love you for evermore. Waterloo, couldn´t scape if I wanted too…
―Waterloo, knowing my fate is to be with you… ―Una voz grave los tomó a todos desprevenidos y la frase: “mi destino es estar contigo” quedó flotando en el aire como un presagio.
―¡Luan! ―exclamó Kande.
―Hola. ―El biólogo, que estaba unos pasos más atrás, se acercó al grupo―. Acabo de llegar.
―Nosotros también ―respondió Caroline.
Luan asintió. Estuvo pisándole los talones todo el tiempo, pero el último coche donde viajaba su equipo de seguridad, no le permitía adelantarlos, pues ya estaban próximos de entrar a la reserva.
―Espero que te guste ―dijo Luan mirándola a los ojos.
―Así es, aunque he visto muy poco aún.
―¿Qué te parece si continúo mostrándote el lugar? En el comedor, al aire libre, los están esperando los chicos del equipo y dentro de un rato el almuerzo estará servido.
―Estupendo ―asintió Carol.
―Nos vemos después ―se despidió Luan.
―¿No vas a almorzar con nosotros, hijo?
―No lo sé, por favor no cambien sus planes por mí. Tengo algunos pendientes que resolver. ―No se refería a nada de trabajo, sino a entrar al lodg de Caroline antes que la princesa. Ahora sería un poco más difícil porque el equipo de seguridad de la joven estaba inspeccionando el lugar y llevando su equipaje, por lo que debía esperar al mejor momento.
―Hasta luego ―le dijo Justin, y se marchó junto a las damas. Caroline no miró atrás. En su mente retumbaba “Waterloo”, aunque la canción ya hubiese concluido.
En los meses de verano el resort tomaba provecho de la maravillosa vista hacia una parte de la sabana que resultaba espléndida, sobre todo porque con suerte los huéspedes podían ver a algunos animales. No era improbable tomar el desayuno observando a una jirafa, una manada de licaones o algunos impalas. Timbavati, a diferencia de otros sitios de safaris en África, se caracterizaba por sus zonas montañosas y vasta vegetación. Aquella pequeña sabana, por tanto, era el escenario propicio para ver desfilar a los protagonistas del lugar, sin tener que hacer mayor esfuerzo o recorrido.
Bajo dos hermosos árboles de Jacaranda, se hallaba una gran carpa de color blanco que albergaba en su interior el área para almorzar. El color lila de las flores del árbol, seducía al recién llegado a disfrutar de su sombra y a degustar de una comida especial. Dentro de la tienda, había una inmensa alfombra multicolor, una mesa de ébano para varios comensales, y cómodas sillas de ratán con almohadones a juego con la alfombra.
Jus y Caroline se reencontraron allí con sus amigos: Kate y Eva fueron las primeras en ir a saludarlos, seguidas de Percy y Mila, los mayores del grupo. Por último, Martin y los hermanos Marc y Chris.
―¿Qué tal la reserva? ―les preguntó Jus.
―Es una maravilla ―respondió Eva, la joven del cabello rosa. A su lado Kate, su novia, le dio la razón.
―La comida es estupenda ―apuntó Martin. Todos se echaron a reír, sabían que la comida para él era un punto importante. Nadie dudaría de que el eléctrico tuviese un excelente apetito.
―El atardecer es un espectáculo para disfrutar todos los días ―les recomendó Mila, y le echó una ojeada a su marido. Al parecer esos dos habían disfrutado de las bondades de Timbavati.
―Los noto muy felices ―rio Jus―, pero les recuerdo que pronto comienza el trabajo. No hemos venido precisamente de vacaciones.
Los hermanos Marc y Chris rodaron los ojos. Una vez en Timbavati nadie tenía deseos de trabajar.
―Precisamente sobre eso queríamos hablarte ―se apresuró a decir Kate, como ayudante de dirección―. Estuve viendo el plan de rodaje una vez aquí y hay algo que quería comentarte…
Justin asintió y se retiró con Kate para revisar sus apuntes, acompañados de Eva como script y de Percy, en su función de ayudante de producción. Del otro lado de la mesa, Mila, Caroline y Kande tomaban asiento, mientras los hermanos se alejaban un poco dando una vuelta por los alrededores.
―¿Lleva mucho tiempo viviendo en Timbavati? ―le preguntó Caroline curiosa.
―Desde que era una niña ―le contó―. Mi padre trabajaba para la familia de Quentin. Luego nos enamoramos, pero las cosas eran difíciles con el Apartheid y yo no me sentía segura de aceptarlo. No me consideraba digna y no creía que la familia de él me quisiera como su novia porque las relaciones interraciales estaban prohibidas. Finalmente pudimos casarnos y tuvimos a nuestros hijos. El hotel lo remodelamos juntos, y es como otro hijo más.
―Qué historia tan bonita ―reconoció la princesa. Sus ojos se quedaron fijos en la sabana, y en lo que Luan le había dicho una vez: que ellos dos eran bien diferentes. En realidad, ella no lo creía así, pero Luan tenía una herencia cultural detrás que le hacía pensar lo contrario.
―El amor es más fuerte que cualquier otra cosa, incluso que los prejuicios ―prosiguió Kande―. Por fortuna, a mis hijos les ha correspondido vivir un mundo mejor en muchos sentidos. Sin embargo, hay cosas que no se borran tan fácilmente. Luan a veces lo sufre.
―Debe estar orgullosa del hijo que tiene ―intervino Mila―. Desde que llegamos ha sido muy amable con nosotros, y nos ha hablado de su trabajo. ¡Qué preparado! Un hombre de ciencia que ha tomado sus conocimientos para ayudar a la especie que ama y a la propia reserva donde nació.
―Sí, estoy muy orgullosa de él. De los dos ―rectificó―. Mi hija Alika es doctora, y me ha hecho abuela. ¡Estoy muy feliz!
―¡Enhorabuena! A su hija aún no la conocemos…
―Vive en Ciudad del Cabo con su marido, pero nos vemos con frecuencia. ―Aquello Caroline ya lo sabía, pero no quiso decirlo.
―Es una abuela muy joven. ―Fue lo único que le comentó, pero el comentario hizo sonreír a Kande.
―Al menos en el corazón intento mantenerme joven.
―Kande, ¿cree que pueda ausentarme por unos minutos para cambiarme de ropa? Tengo un poco de calor. ―La sencillez de la princesa al hablar era algo que le agradaba mucho a Kande, se sentía muy cómoda con ella.
―Yo misma te llevaré a tu lodge. El almuerzo demora aún unos minutos ―le dijo con una amplia sonrisa―, y con gusto esperaremos por ti.
Mila se despidió de las mujeres y volvió junto a su marido. Kande apareció conduciendo un carro eléctrico que era muy útil para salvar las distancias dentro de la reserva.
―He llamado al lodge y tu jefa de Seguridad está allá. Ha llevado tu equipaje y todo está en orden. Nos esperan.
―Estupendo. ―Caroline subió al carro que se movía por unos de los caminos en dirección al área más exclusiva del resort.
―Nos alegra mucho que hayas podido venir ―comentó Kande de la nada―. A Luan le preocupaba que no pudieras hacerlo. Sabemos que son muchos los compromisos aplazados por este viaje.
―No tantos. Mi mayor compromiso era venir a Sudáfrica ―respondió.
―Comprendo. ―Kande se quedó pensando en el novio de la joven, pero no se atrevió a mencionarlo. No quería ser impertinente.
Caroline también pensó en Franz, pero no quiso hablar de él, era demasiado complicado determinar lo que estaba sucediendo entre ellos. Tal vez fuera mejor dejar las cosas como estaban.
Encima de una colina, se encontraba el hermoso edificio de madera y piedras, rodeado de vegetación. Charlie y Charlotte estaban en el exterior, aguardando por ella. El trayecto en el carro había sido de apenas cinco minutos.
―Sus maletas están en la habitación ―le anunció Charlotte―. No se ha desempacado nada, como usted lo pidió.
―Tengo la manía de arreglar las cosas por mí misma ―le explicó la princesa a Kande―. Prefiero desempacar yo.
La sudafricana asintió.
―Y tiene un regalo encima de su cama. Hemos revisado todo y no hay problema alguno. Lo hemos dejado en su sitio ―concluyó Charlotte.
Caroline miró extrañada en dirección a Kande. La mujer se encogió de hombros un tanto avergonzada, ya que no sabía absolutamente nada del regalo.
―Lo siento, debe haber sido idea de mi marido ―reconoció, pero le apenaba no haber formado parte de esa iniciativa.
―Muchas gracias por el detalle. ¿Entramos?
―¡Por supuesto! ―Kande se había ofrecido a mostrarle ella misma el lugar.
―Excelente. Ustedes pueden ir a comer algo y a descansar, chicos. ―Charlotte y Charlie asintieron y descendieron por el camino, dejándola en compañía de Kande.
Las damas entraron al lugar y Kande hizo los honores: la paleta de colores neutros como hueso, ocre y tierra permitían que los interiores se percibieran como parte del paisaje circundante.
Un salón amplio hacía las veces de sala de estar y estudio. Decorado con materiales naturales, deslumbraba por los muebles que en su rusticidad semejaban troncos de madera; el cuero, lana y algodón de los coloridos tejidos, brindaban el toque de color al mobiliario más oscuro. Sobre una chimenea de piedra, varias estatuillas de mujeres africanas ataviadas con su vestuario nacional, ofrecían una hermosa decoración. Máscaras en las paredes, vasijas de barro, y alfombras de elaborados diseños, completaban la atmósfera.
El lodge contaba con una cocina equipada con la última tecnología, un comedor interior y un pabellón para comer al aire libre mirando a la naturaleza con mesas y asientos hechos de mimbre, y taburetes de madera. Cerca de allí, una piscina privada, de aspecto salvaje por la vegetación y piedra que la rodeaba, antojaba a un chapuzón.
―¡Qué belleza! Esta vista es magnífica. ―Caroline se recostó sobre la baranda de madera de la terraza y permaneció abstraída mirando el paisaje. Se sentía bien allí, el lugar le transmitía una paz muy grande. Tenía la sensación de hallarse en casa, a pesar de ser un sitio bien distinto a los que solía visitar.
―En su habitación tiene una bañera con una vista semejante a esta. Un baño relajante luego de una jornada de trabajo será revitalizador.
―¡Sin duda! Algo exótico. ―Rio al imaginarse en la bañera de espuma mirando hacia los árboles.
Luego de algunos minutos admirando el paisaje, Kande la llevó hasta la amplia habitación. En efecto, la bañera rodeada de cristales tenía vista a una laguna y a la vegetación. Era como tomar un largo baño en mitad de la selva. Literalmente.
Por lo demás, contaba con todas las comodidades. En mitad de su entusiasmo, Caroline no se percató de que el anunciado regalo no estaba encima de la cama como Charlotte le había dicho. Kande tampoco reparó en ello y se despidió de la princesa para dejarla descansar. Caroline le agradeció por todas sus gentilezas y volvió a entrar a la habitación.
Tomó de su maletín de mano la ropa que se pondría, escogiendo un vestido veraniego y sencillo de color blanco que colocó encima de la cama. Se desvistió y se quedó únicamente cubierta por la ropa interior de encaje negro que llevaba. Sujetó su cabello en alto y anduvo descalza hasta el baño. Al abrir la puerta, pegó un grito al encontrarse con una inesperada sorpresa.
Los ojos verdes de Luan la miraban con igual horror y sobresalto al ser descubierto en su escondite. Al apreciar su hermosa figura apenas vestida, palideció… La bolsa que llevaba se le cayó de las manos con un ruido sordo; masculló un: “lo siento” y salió despavorido preso de la mayor vergüenza que hubiese experimentado en su vida.
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