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Capítulo 34

Por fortuna, nadie resultó herido, ni siquiera Peter que era el más cercano al edificio. Estaba en el piso inferior y tuvo suerte de salir a tiempo. Caroline no sabía qué hacer, la expresión de Luan era la de un hombre confundido, y preso del dolor, como había, premonitoriamente, soñado Kande.

Keith se apresuró a llamar a los bomberos, mientras que John hacía una observación que los pondría a todos con los pelos de punta:

―Luan, si quieres salvar a los cachorros, y tal vez a Gertrude, necesitamos hacerle una cesárea. Lamentablemente los implementos los tenemos dentro de la clínica…

Aquello bastó para que Luan se echara a correr en dirección al edificio sin pensar en nada más, ni tan siquiera en el riesgo que enfrentaba.

―¡Luan, no! ―exclamó Caroline. Quiso correr tras él, pero Charlie se lo impidió. Simplemente la inmovilizó con sus manos.

―No puede, su Alteza. No puede… ―le decía para hacerla razonar―. Es muy peligroso.

Caroline tenía miedo de que no regresara con vida. El fuego se esparcía, y no sabía cómo ayudarlo…

―Luan saldrá pronto ―la confortó Jus, quien tenía su teléfono aún en las manos. Su grabación era la mejor evidencia de lo que estaba sucediendo.

Caroline soltó el aire que venía reuniendo cuando vio salir a Luan con un maletín en las manos. Llegó corriendo, exhausto... Caroline lo abrazó por un instante, pero Luan solo tenía ojos para Gertrude:

―Dime si es lo que necesitas ―le dijo a John.

―Sí ―respondió él cuando revisó el kit de cirugía, los medicamentos y el suero―. Tendremos que moverla, aquí no es seguro ni contamos con las condiciones. Debemos llevarla a tu casa, al menos.

Luan asintió. Improvisaron una camilla con una manta que Luan tenía en la camioneta, y entre todos, con sumo cuidado, lograron llevar a Gertrude.
En la camioneta de Luan se marcharon él y John. En la de este último, Caroline y Jus con Charlie al timón. Keith y Peter se quedaron en el lugar aguardando por los bomberos y las autoridades.

El laboratorio, aquel lugar donde Luan había cifrado todos sus sueños y recursos, era devorado por las llamas. Nada más parecido al Infierno de Dante. Lo peor era que este infierno, era real.

La casa de Luan se había vuelto una clínica improvisada. En la mesa del comedor, luego de desinfectar, colocaron a Gertrude. Leila ya había llegado, para ayudar a su hermano, y entre ellos dos y Luan, llevarían a cabo la cesárea.

Aquel no era, ni por asomo, la vía que Luan había soñado para traer al mundo a los cachorros. Faltaban unos días para la fecha; su madre estaba luchando contra el envenenamiento, y el riesgo para su vida aumentaba con una cirugía sin las mejores condiciones. Si no fuera por su inmenso deseo de salvarlos, Luan ya se habría rendido.

En el salón principal se había dado cita todo el equipo. Solo faltaba Chris. Su hermano había dicho que se sentía mal, pero que él estaba listo para grabar lo que hiciese falta. Jus tenía la mente más fría en ese sentido, y dio las órdenes de preparar todo. El nacimiento de los cachorros se grabaría de una manera u otra, porque estaba convencido de que vivirían y que debía dejarse constancia de ello para la historia.

Kande y Quentin, quienes también se encontraban allí, estaban desolados. La primera preparó café para todos, mientras aguardaban a que comenzara la cirugía. Caroline quería ayudar, así que no se quedó de manos cruzadas y se llegó al comedor. Se quedó junto a Luan, sin molestar, esperando a que él le dijese algo.

―¿Te impresiona la sangre? ―Fue lo único que le preguntó.

―No ―respondió ella, aunque no estaba segura de que fuera del todo cierto. Esperaba no desmayarse allí mismo, junto a la leona. Quería serles útil, ya que tenían pocas manos para ayudar en el procedimiento.

Marc estaba en una esquina con la cámara en mano, grabando la preparación. A Gertrude ya le habían suministrado la anestesia. John se puso los guantes y luego de afeitar parte de su abdomen realizó la incisión con precisión. Salió un poco de sangre, Leila ayudó a despejar el campo, y unos minutos después extrajeron al primer cachorro. Luan rompió la bolsa y le pidió a Caroline que le pasara una toalla. Ella se acercó y cobijó al diminuto león. Luan lo fue limpiando, mientras con sus manos lo estimulaba, semejando la lengua de su madre…

El cachorro estaba respirando, lo cual era buena señal. Era macho, de color dorado. Caroline no pudo evitar sonreír cuando lo tomó en sus brazos. Luan se acercó a Gertrude, estaban a punto de sacar al segundo cachorro. Realizaron el mismo procedimiento. Este era un poco más grande, también macho, pero de un innegable color marfil.

―Un león blanco ―susurró Caroline cuando lo tomó. La princesa los iba colocando en una cesta que Kande había llevado. Allí, con toallas y sábanas, tenían calor, además del que se proporcionaban el uno al otro.

El último cachorro en nacer era una hembra, también de color dorado. Los tres estaban bien, pequeños, indefensos, débiles, pero aparentemente sanos.

―Muy bien ―dijo John suspirando un poco luego del momento tan difícil―. Vamos a cerrar.

Tomaron todos los cuidados dando los puntos, cerrando plano por plano, hasta que llegaron a piel. La sutura había quedado impecable, el resto era confiar en que se recuperara, pues Gertrude lo tenía bien difícil.

―Debemos preparar un sitio cerrado y en el suelo para que se recupere ―explicó―. No sabemos en qué condiciones despierte, pero la anestesia los afecta un poco y parecen como embriagados. No creo que sea su caso en particular, por su condición de salud, pero debemos prevenir.

―Caroline, busca a mi madre. Dile que traiga biberones y prepare fórmula. Ella sabe cómo hacerlo ―le pidió Luan.

Kande tenía experiencia. Alguna vez había atendido a cachorros de león huérfanos o que eran rechazados por su madre. Caroline siguió sus indicaciones, y a los pocos minutos Kande retornó con lo necesario para atender a los bebés.

A Gertrude la llevaron a la habitación de Luan, donde se colocó un colchón en el suelo, se cerró el área circundante con las barandas que solían poner para aislar a Ashanti cando iba a Timbavati de visita, y se le dejó puesto un suero de hidratación y antibiótico.

―Solo queda aguardar ―le dijo John pasando su brazo por la espalda de Luan―. Ha soportado como una heroína. Hay que tener fe, pero no sé si…

―Lo sé ―dijo Luan observando a su chica―. Gracias por todo, John. A ti y a Leila ―añadió mientras miraba a la hermana que acababa de entrar a la habitación―. De no haber sido por ustedes…

―Para eso estamos, Luan. No es un trabajo, somos familia ―respondió Leila.

―Tienes razón ―contestó Luan sentándose en el suelo―. Por eso duele tanto. No es el proyecto, es la familia… Gertrude es familia.

Luan tenía lágrimas en los ojos, y agradeció que Marc no estuviera grabando esa escena. Se sentía agotado, como si lo hubiesen golpeado en el estómago.

―Se encontrarán a los responsables ―le dijo John para consolarlo.

―No importa. El daño ya está hecho… ―suspiró Luan―. ¿Has visto la clínica? ―Todos habían estado allí, así que la pregunta era retórica―. Se ha dañado casi todo.

―Se reconstruirá, Luan ―habló Leila―. Suena difícil, pero no dejan de ser cosas materiales. Pudimos haber muerto de haber estado dentro del edificio, y por suerte no fue así. Los cachorros han nacido, están bien los tres, y Gertrude está luchando por su vida. ¡Duele mucho! ―reconoció―. Nada de esto debió haber sucedido, es muy injusto, pero al menos piensa que los cachorros nacieron…

―Tienes razón. ―Luan se enjugó las lágrimas y se quedó sentado en el suelo, con la espalda recostada a la cama.

―Estaremos afuera, por si nos necesitas ―comentó John antes de retirarse.

―Gracias.

Luan se quedó solo por unos minutos, hasta que Caroline llegó. Ella entró en silencio, no le dijo nada. Se dejó caer en el suelo y le pasó el brazo por los hombros. Luan escondió su cabeza en el cuello de Caroline y lloró en silencio como si fuese un niño. Ella sintió que su corazón se rompía en mil pedazos, lo abrazó más fuerte, lo besó en la frente, y finalmente, lloraron juntos.

El grupo estaba más unido que nunca. Kande, Leila y John cuidaron a los cachorros mientras Caroline estuvo consolando a Luan. Marc hizo algunas tomas de los recién nacidos, que dormían cual pequeñas bolas de pelo en su cesta.

Mila y Percy se encargaron de preparar algo de comida y café para la larga madrugada. Justin, Martin, Eva y Kate se quedaron en el salón, sin ánimo de marcharse, pero sin saber qué más hacer.

Estuvieron en vela toda la noche, aguardando. Al alba supieron que Gertrude estaba despierta. Adolorida, inmóvil, débil, pero viva. Eso era un halo de esperanza para todos.

―Marc, ¿dónde está Chris? ―preguntó Justin al comprender que no había ido ni siquiera un momento a verlos en medio de la tragedia.

―Cuando supo lo que ocurrió se sintió mal ―explicó encogiéndose de hombros. Lo cierto es que él tampoco entendía por qué su hermano había actuado de esa forma.

―Es raro, ¿no?

―¿Qué quieres decir? ―Marc estaba a la defensiva.

―Que es extraño que en un momento así muestre tan poco empatía ―lo enfrentó Justin―. Todos nosotros hemos estado aquí, despiertos, aguardando, y tu hermano, en cambio, durmiendo en casa…

―Justin, no creo que… ―Marc se interrumpió cuando vio que su hermano estaba llegando al lugar―. Allí está ―dijo con una sonrisa de tranquilidad, pero esta se borró de inmediato al ver que Chris estaba llorando. Su rostro estaba rojo como un tomate.

―¿Qué sucedió? ―preguntó Marc preocupado.

―Yo… Yo tengo la culpa ―admitió―. Me… ―No sabía cómo hablar―. Me pagaron por descomponer el aire acondicionado… ―reconoció entre lágrimas―. ¡Fue solo eso, lo juro! El dinero era bueno, y no pensé que por una simple rotura fuese a suceder todo eso…

Justin lo tomó por las solapas de su camisa.

―¿Estás loco? ¿Cómo vas a hacer eso?

Marc, si bien estaba furioso, lo separó de su hermano. Percy, que estaba cerca, también intervino en la pelea.

―No estoy seguro de cómo sucedieron las cosas… ―continuó Chris llorando―, pero creo que lo que hice tiene algo que ver con lo que pasó después…

―¡Tienes que hablar con la policía! ―exigió Justin―. Percy, llama al investigador que está llevando el caso. Marc, saca a tu hermano de aquí… Si Luan se entera de que tiene algo que ver con esto, es capaz de matarlo.

Marc salió escoltando a Chris e hizo caso. ¡Todavía no podía entender cómo su hermano había hecho algo así!

A las diez de la mañana, luego de conocer la declaración de Chris, de realizar una inspección del lugar y de otros elementos, las autoridades de Pretoria tenían ya una historia coherente que compartir con los Edwards. Luan fue llamado a la sala, donde el investigador Aaron Curtis, a quien le habían asignado el caso, aguardaba para hablar con ellos.

―Lo siento mucho, señor Edwards, por fortuna no tenemos que lamentar pérdidas de vidas humanas ni de animales ―hizo notar―. Ha corrido usted, dentro de todo, con mucha suerte.

―Gracias. ―Luan, en aquellos momentos, se sentía como un hombre derrotado.

―Hemos reconstruido los hechos, luego de entrevistar a las personas implicadas.

―Dígame qué sucedió ―suplicó.

―Fue un sabotaje ―resumió el investigador―. Al parecer, ustedes habían reportado un problema con el aire acondicionado…

―Así fue. Yo no estaba presente, pero me lo contaron.

―El problema con el aire fue intencional. Chris Müller cortó los cables del suministro eléctrico.

―¿Chris? ¿El camarógrafo de Jus? ¿Y por qué haría semejante cosa? ―Luan no podía comprenderlo.

―Al parecer, le pagaron para ello. Estamos investigando y en estos momentos está detenido. Nos ha dado ya las características de la persona que lo contrató. Le dijeron que solo sería eso, molestarte un poco con la rotura del aire, pero nada más.

―¡Infeliz!

―Lo cierto es que a la señorita Leila, cuando reportó el incidente, le explicaron que no podían repararlo hasta el día siguiente.

―Sí, pero finalmente llegaron al final de la tarde… ―apuntó Luan.

―Eran falsos trabajadores de la compañía, pese a haberse presentado con el uniforme para confundir ―explicó el oficial―. Repararon el aire, pero también colocaron un dispositivo explosivo que se detonó un poco después y fue el origen del fuego. Es probable que esas personas también introdujesen el veneno en la comida de la leona.

―¡Santo Dios! ―Luan se dejó caer en su asiento, profundamente afectado por lo que escuchaba. Era un plan terriblemente urdido. Todo para hacerle daño y afectar su trabajo.

Su madre colocó una mano sobre su espalda, para confortarlo un poco.

―¿Sospecha de alguien que quisiera dañarlo de esta manera?

Luan se levantó como un resorte, y sus ojos verdes brillaron de la ira que sentía.

―¡Sí! ―exclamó―. Timothy Martins. Me odia y desprecia mi trabajo. ―Y acto seguido le explicó al investigador los motivos que lo hicieron llegar a esa terrible conclusión.

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